Quique

Julio Embid

Quique le caía bien a todo el mundo. Abría los ojos todos los días a las 6.30, aunque fuera fin de semana. Cuando se levantaba, ya tenía preparado desde la noche anterior el uniforme de trabajo sobre la otra camita de su habitación. Se duchaba y se vestía con cuidado para que no se arrugase la ropa como le enseñó su madre. Desayunaba solo, ya que ya era mayor. Y cuando el reloj circular de la cocina daba las 7 en punto de la mañana, Quique salía por la puerta de casa camino de la marquesina del autobús. El conductor de la ruta, que siempre era el mismo, le daba la bienvenida con un «buenos días general» mientras pasaba el abono de transportes por el lector. La verdad es que el uniforme con el escudo bordado le sentaba muy bien. Sigue leyendo