Julio Embid
Hace tres semanas estuve en tu casa de Las Águilas, en el quinto pino, desayunando. Te llevé palmeras de chocolate, que sabía que siempre te habían gustado las marranadas dulces para comer. Me preguntaste si te veía más flaquita y te dijo que no, que desde que nos conocimos hace trece años en un segundo piso de la calle Zurbano currando en la misma Fundación Alternativas, siempre te había visto más flaquita que yo, alimentándote exclusivamente de risketos, triskis y coca-cola light. Nos reímos mucho, muchas veces estos años. Y siempre te tuve mucho cariño porque eras energía pura, una gran jefa de prensa que leía sin parar y que era capaz de vender un paper en el desierto. Allí donde trabajaste: en la FAPE, en Reporteros Sin Fronteras o en Alternativas, dejaste buen recuerdo.
Cuando llegué a tu casa me sorprendió la luz que tenía, brillaba a través del ventanal del salón. Y tus dos gaticos dando vueltas alrededor de nosotros subiendo por encima de la mesa que casi nos tiran los cafés y hablamos de cómics, de libros, de Carmen (Es di-vi-na dijiste el día que la conociste), de nuestro amigo Carlos y de tantas cosas que, estos años, desde que me había ido a Zaragoza a vivir, no nos habíamos podido contar con tanta frecuencia. Sigue leyendo