Los desplazados colombianos: las víctimas «invisibles»

Erika Fontalvo Galofre

A tan sólo una hora de Bogotá, en el municipio de Soacha, se encuentra Altos de Cazucá, hogar de decenas de miles de desplazados: hombres, mujeres y niños que viven en medio de una pobreza abrumadora, hacinados en casas de cartón y bolsas de basura, con un desempleo generalizado, sin posibilidad de educarse por la falta de escuelas y con enfermedades de todo tipo, entre ellas, desnutrición y trastornos sicológicos que difícilmente encuentran atención por la reducida presencia del Estado que carece de una política seria y sostenible para afrontar esta problemática. El drama que se vive a diario en Altos de Cazucá se repite en decenas de ciudades colombianas donde los desplazados no tienen garantizado el acceso a los derechos básicos como el trabajo, la educación y la salud. Tampoco cuentan con suficientes espacios de recreación, medios de transporte y muchas veces tienen restringidos sus derechos a la libre expresión, a la libertad de asociación y de conciencia. Por eso no es de extrañar que en muchas ocasiones ni siquiera se les garantice la vida. El conflicto, el terror, esa violencia maldita que los expulsó de sus lugares de origen los sigue acosando como una llaga que va extendiéndose por toda su piel hasta quedarse allí para siempre causando un daño irreversible. Y junto a esta dura y caótica realidad que socava las esperanzas de estos colombianos desplazados se encuentra otra verdad, tan dolorosa y cruel como el hambre, el frío y el miedo que padecen a diario: la indiferencia. Indiferencia de buena parte de un país que desconoce, se niega a reconocer o que olvida muy rápido los rostros de la tragedia que lucen los compatriotas que, con enorme frustración y desconsuelo, tienen que dejar lo poco que tienen para no ser víctimas de la infamia. Frente a esa otra Colombia que los ignora e incluso los desprecia, los desplazados resisten aferrados como antorchas que se niegan a apagarse en medio de la oscuridad más profunda.

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Una colombiana será diputada socialista en la Asamblea de Madrid

Erika Fontalvo Yolanda Villavicencio, una economista bogotana que desembarcó en España hace 20 años, se convertirá en la primera latinoamericana en ocupar un alto cargo de elección popular en la historia democrática de este país: será diputada de la Asamblea de la Comunidad de Madrid por el PSOE. Toda la vida de Yolanda Villavicencio ha estado marcada por los desplazamientos, el de su madre, una humilde mujer del sur del Tolima que debió huir con su familia amenazada por la violencia política que arrasó la región durante la década de los 50; el suyo que la trajo a España a mediados de los 80 con apenas 29 años y una hija de 3; y el de miles y miles de inmigrantes latinoamericanos que han tocado su puerta buscando apoyo y orientación para lograr su plena integración en este país. “Es doloroso ser testigo de los dramas humanos que muchos compatriotas viven al llegar a España. Mujeres y hombres con grandes capacidades profesionales, con una formación valiosa que se han visto frustrados por los obstáculos a nivel legislativo y  social, por el racismo. Eso me ha llevado a preguntarme, ¿tenemos acaso diferente condición, diferente dignidad ?��?, se lamenta Yolanda quien, desde su posición como futura diputada, es una de las encargadas de los temas de inmigración en el PSM, partido socialista de Madrid. Hace menos de una semana, las directivas del partido le notificaron su decisión de incorporarla en la lista a la Asamblea de Madrid en el puesto 34. Sigue leyendo

Macabra coincidencia, unidos en el ordenador de un asesino

Erika Fontalvo Galofre

Alfredo Correa de Andreis era un hombre tan leal a sus principios como testarudo.Por eso ni las persecuciones más humillantes ni las crecientes amenazas de sus verdugos quebrantaron su férrea voluntad, tan firme e impactante como su misma figura que, imponente, alcanzaba casi los dos metros de altura. Anteponiendo la justicia y la verdad, las únicas armas que llegó a conocer durante toda su vida como catedrático universitario e investigador en temas de conflicto, Alfredo se defendió como pudo de los macabros tentáculos de la extrema derecha que lo cercaban sin piedad. Convencido de su inocencia, jamás consideró el exilio como una opción, no huiría, no tenía razones para hacerlo, pero otros no pensaban lo mismo. Alfredo Correa de Andreis fue asesinado el 17 de septiembre de 2004 en medio de una calle de su natal Barranquilla, causando una conmoción nunca antes vista en la región.

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¿Impunidad a cambio de paz?

Erika Fontalvo Galofre

Kimi Pernía Domicó era uno de los dirigentes más representativos de la etnia indígena Embera Katío de Córdoba, en el norte de Colombia. Nieto de Yari, el gran Jaibaná y Cacique de la tribu, fundador de esta comunidad en la región del Alto Sinú, e hijo de Manuelito, otro reconocido e histórico Cacique de su pueblo, Kimi fue un incansable defensor de los suyos. En el 2000, lideró una movilización en la que participaron centenares de indígenas como él – hombres, mujeres y niños – que descalzos y sin abrigo viajaron desde sus cabildos hasta la fría Bogotá para hacer valer sus derechos contra un gigantesco proyecto hidroeléctrico que amenazaba su supervivencia, inundaría sus tierras y obligaría a su pueblo a abandonar casas, cosechas, animales hasta convertirse en una comunidad nómada sin rumbo ni norte. Al llegar a la capital del país, Kimi los ubicó en un improvisado campamento que instaló para su gente en los jardines del ministerio de Medio Ambiente. Allí comenzó su dura batalla para ser escuchado. Se sentaba en medio de los enormes fogones de leña y aún así, lucía imponente con su rostro pintado y sus collares multicolores que le daban un aire casi mágico, mítico e incluso, aparentaba mucho más que el escaso metro y 60 centímetros que en realidad tenía.

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