La miseria de la tradición

Frans van den Broek

Imagine que usted está durmiendo y, en medio de la noche, escucha un ruido indefinible pero vagamente familiar en la habitación de al lado. El ruido persiste, con cierta morosidad, y suscita su inquietud. Se levanta, se asegura de no despertar a quien duerme a su lado, y va a indagar el origen de esos rumores quedos y débiles fricciones. Abre la puerta con parsimonia y al tener la cama a la vista comprueba que un hombre está encaramado sobre una joven muchacha, ocupado en el rítmico quehacer del comercio sexual. El hecho provoca su ira, obnubila su juicio por unos instantes, pero esta turbadora corriente emocional desemboca en una conclusión clara e inequívoca que se presta a ejecutar. Deja a los amantes donde están, va en busca de un palo de golf, y vuelve a la habitación, abre la puerta sin precauciones y enciende la luz: los amantes se alarman, se separan, y el hombre voltea a ver qué ha pasado, con un rostro en el que el pavor ha diseñado un diagrama de fatalidad y usted aprovecha dicho instante para propinarle el primer golpe en la frente, que lo echa de la cama, y luego el segundo, que lo deja inconsciente. La joven muchacha, una adolescente en verdad, no sabe qué hacer, se cubre, balbucea y eleva sus brazos como implorando, y usted le golpea la cabeza también con el palo ensangrentado, lo que la deja inerme sobre la cama. La golpea de nuevo para asegurarse de que no se moverá y siguiendo el curso que han labrado la ira y el destino, piensa. Pero en realidad no piensa, siente, actúa, obedece. Luego, va a su despacho y saca un bisturí de un anaquel con olor a medicinas. Se dirige al hombre primero, lo examina por un rato y procede a cortarle la yugular. Mientras se desangra, hace lo mismo con la muchacha, cuya rozagante belleza no han mermado del todo el golpe o la inconsciencia. Ve como la sangre emana del cuello, se le nublan los ojos y va a la sala, se sirve un whisky y llora por un tiempo que le parece una eternidad. Para entonces su mujer se ha despertado y está sentada a su lado también, llorando y tratando de llamar su atención, diciéndole algo que no entiende, que solo de a pocos alcanza su conciencia. Había que limpiar la escena del crimen, que fabricar una historia, que coordinar los hechos.

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Doris Lessing: in memoriam

Frans van den Broek

Después de una larga vida en la que nunca dejó de escribir y de publicar en varios géneros, sobre todo novelas y cuentos, murió hace poco a la edad de 94 años Doris Lessing, la irreverente escritora británica nacida en Persia y crecida en Rodesia del Sur, la actual Zimbabwe, desde donde emigró a Londres, ciudad en la que vivió desde entonces hasta ahora su madura muerte. Se ha dicho mucho sobre Doris Lessing estos días, pero no deja de ser irónico que se hayan repetido muchas cosas que la propia Lessing intentó disociar de su persona, al parecer no con mucho éxito, como su supuesta filiación feminista. Pero se ha dicho poco sobre el por qué intentara con tanto denuedo disociarse de tales asociaciones y para ello me permito unas palabras, que recuerdan de modo somero su relación con el sufismo.

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La libertad del absurdo

Frans van den Broek

El 7 de noviembre, en su amada Argelia, nació hace cien años Albert Camus, quien fue uno de los pensadores y escritores más importantes del siglo veinte. Suele considerársele un filósofo, pero siento reticencia a usar dicha cualificación, porque lo asocia con quienes obran bajo lo que me parecen demandas distintas del lenguaje y el pensamiento. La cualificación no es falaz, por supuesto, más aun dados los giros que la escritura filosófica ha tomado desde entonces, en parte gracias a pensadores como Camus mismo, pero sugiere un rigor y un sistematismo que es hasta cierto punto opuesto a su quehacer intelectual. Albert Camus era ante todo un librepensador, un ensayista y un escritor de hermosas obras de ficción, cuya pertinencia y relevancia no ha mermado el tiempo.

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Ingrávida historia: Gravity, de Alfonso Cuarón

Frans vand en Broek

El espacio extraterrestre es un lugar solitario y melancólico y en el que, al parecer, no pasa mucho, si bien está atravesado por rayos y fuerzas de todo tipo, y puede hacernos explotar en segundos como sapos fumando si se nos ocurre la idea de andar por allí sin traje presurizado. Lo digo porque algunas de las películas más famosas que lo tienen como lugar de acción, ya consideradas clásicas, son a ratos fabulosamente aburridas, aunque rezuman otras cualidades argumentales o estéticas. Piénsese en obras como “2001: Odisea del Espacio” o “Solaris”, ambas basadas en sendas novelas de ciencia ficción de buena calidad, y estupendas películas ellas mismas, pero que pueden desafiar la paciencia del espectador más tolerante. Dudo mucho que dichas películas conseguirían ahora un público demasiado amplio, menos aún entre la así llamada generación Y, habituada al cambio rápido y la acción continua y variada. En su momento, fueron disfrutadas como novedades técnicas, la primera, o como obras de arte, la segunda, y sin duda por su calidad argumental, llena de referencias metafísicas y especulaciones filosóficas (si así puede llamárseles) sobre el sentido de la existencia humana y su relación con el universo y la tecnología. Pero pasaba poco en dichas películas. Algunas secuencias de “2001”, por ejemplo, no tenían otra razón de ser que la de mostrar la pericia fílmica de Kubrick, como cuando muestra a una azafata poniéndose de cabeza para llegar a otra parte de la nave, y en “Solaris” se la pasaban meditando sobre la vida y la muerte sin que la trama avanzara un pelo en el sentido de acción narrativa. Con todo, son consideradas joyas de la cinematografía del espacio por razones otras que el entretenimiento del espectador, y se entiende que así sea. La ciencia ficción, al fin y al cabo, ha sido uno de los lugares de especulación metafísica más activos desde que se inventó el género, si bien Hollywood se encargó pronto de enfatizar la acción por encima de la especulación o el concurso de las ideas.

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La ciudad real e imaginada

Frans van den Broek 

Allá por los años sesenta, el escritor peruano Sebastián Salazar Bondy publicó un libro devastador, titulado «Lima, la horrible», en el que desbarataba la imagen idílica de Lima como Arcadia Colonial, imagen favorecida por quienes gozaban del privilegio de no ser indios, cholos, serranos, mulatos o negros, y podían por tanto disfrutar de sus lugares más suntuosos y sus alamedas más elegantes. Los otros debían conformarse con las barriadas periféricas o las labores al servicio de la minoría blanca que aún detentaba el poder. El libro se concentraba en desmontar la ilusión de paraíso colonial que Lima se había forjado para sí misma, una ilusión llena de marqueses y descendientes de conquistadores, pero que se olvidaba que Lima estaba habitada en su mayoría por gente en estado de destitución o viviendo en la más abyecta pobreza. Incluso la planificación y organización de la ciudad reflejaría esta segregación, razón por la cual Salazar Bondy consideró adecuado el epíteto: Lima era, sin lugar a dudas, horrible. Cuando publicó su libro había empezado un proceso de crecimiento exponencial debido a la migración interna desde las provincias, un crecimiento más cercano al cáncer que al desarrollo orgánico, fomentado por la necesidad de trabajo y por el sueño de una vida mejor. Desde aquella época, con su millón de habitantes, Lima se ha octuplicado y sigue creciendo, a un ritmo que dudo mucho capten los censos o las encuestas. 

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“El héroe discreto” de M. Vargas Llosa

Frans van den Broek

Es difícil juzgar la obra de quien se ha leído tantas veces sin prejuicios, preconcepciones o expectativas, o sin el concurso de teorías acumuladas durante los estudios o las lecturas al azar. Esta debiera ser, sin embargo, la manera de leer todo libro, como si fuera el primero de un autor desconocido y del cual se sabe poco o nada. Pensar en esto me produce nostalgia por aquella prístina época adolescente o juvenil, cuando uno se acercaba a los libros sin ideas preconcebidas y los juzgaba de acuerdo a su valor para uno en aquel momento. Pero he aquí la paradoja, o la maldición, de la lectura, que mejora en cuanto más leemos, a la vez que nos llenamos de pre-juicios, de interpretaciones y de expectativas. Recuperar el ojo inocente de antaño es imposible, pero cierta intencionalidad hacia recuperarlo podría ayudarnos a leer con más frescura y menos imposición interpretativa.

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La historia y sus desusos (o cuándo se descubrió América)

Frans van den Broek

La semana pasada, sin haberlo planeado en absoluto, conduje un pequeño experimento entre mis alumnos. En aras de enseñarles (sin éxito, huelga decirlo) las sutilezas del pretérito perfecto o el indefinido escribía la frase: Colón descubrió América en… Y dejaba que ellos terminaran la frase. De unos 60 alumnos a los que planteé la pregunta solapadamente solo 3 o 4 supieron la respuesta. El resto dijo de todo (con o sin indefinido): 1780, 1650, o lo que fuera. Para mi alivio, nadie sugirió el siglo veinte o diecinueve, y hasta hubo algún listillo que me indicó que en realidad Colón no había descubierto América, sino los vikingos, que habrían llegado mucho tiempo antes. Esperar que además pusieran en entredicho el concepto mismo de descubrimiento ya era demasiado, por lo que no proseguí con el asunto, pero me hizo darme una idea del conocimiento histórico de la juventud de hoy en día por estos lares. Cabe decir que mis alumnos no son estudiantes de humanidades, sino de dirección de empresas hoteleras. No deja de ser perturbador, sin embargo, que quienes conocen muy bien la Plaza Colón de Madrid o la estatua de Barcelona, donde es probable que hayan hecho sus prácticas, no tengan una idea muy clara de cuándo ocurrió uno de los eventos más importantes en la historia de la humanidad. Me hizo sonreír, empero, la perspectiva de que algún día cambiemos a Colón por algún vikingo desconocido y barbudo señalando América con su hacha. O que los pongamos lado a lado.

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Tarde mejor que nunca

Frans van den Broek

La corte suprema de Holanda ha aceptado por fin responsabilidad por los sucesos ocurridos en Srebrenica hace ya 18 años, en julio de 1995, durante la guerra que desmenuzó a la antigua Yugoslavia. Recordarán quienes siguieron tales eventos la magnitud de los mismos, la peor masacre ocurrida en territorio europeo desde la segunda guerra mundial, que costó la vida a alrededor de ocho mil hombres, jóvenes y hasta niños musulmanes a manos de las tropas serbias de Ratko Mladic. A Srebrenica se lo suponía un enclave seguro, controlado por las Naciones Unidas, y refugio de miles de bosnios musulmanes que huían de la cruenta y vesánica guerra que asoló dichas regiones. Al mando de las Naciones Unidas estaba un contingente del ejército holandés, el así llamado Dutchbat, cuyo centro de operaciones estaba en Potocari. La situación, antes de la caída del enclave, era ya mala, por la cantidad de gente que había llegado y las dificultades para alimentarla, ordenarla y conseguir que tuvieran una existencia con un mínimo de facilidades. Era mala también porque bajo las narices de los holandeses operaban milicianos bosnio-musulmanes que lanzaban desde el enclave ataques de tipo comando en las regiones serbio-bosnias, algunos de los cuales, según se alega, podrían pasar también a cualquier antología de los horrores en una guerra ya repleta de ellos. Ignoro si estas actividades bosnio-musulmanas han sido llevadas a tribunal alguno o han sido probadas por investigadores independientes, pero lo menciono para enfatizar el hecho de que una guerra como esta produjo monstruos en todas partes, y para dar una mejor idea de lo que ocurrió.

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Viejos de la medianoche

Frans van den Broek 

Sin duda, una de las tragedias más espantosas del siglo viente, tan pródigo en horrores, fue la partición de India y Pakistán tras la independencia de India de la colonia británica. La historia es compleja y es difícil atribuir responsabilidades, pero es inevitable afirmar que fueran quienes fueron los responsables, dieron muestra de una monumental -diríase hasta criminal- estupidez, de lo que no se salva nadie, ni el mismísimo Ghandi y con los británicos a la cabeza. Hasta el más ignorante campesino hubiera podido predecir lo que sucedería al crear un país bajo premisas religiosas en una región como aquella, donde conviven la tolerancia y la intransigencia, la espiritualidad y la miseria moral. Quizá nunca se sepa cuántas personas murieron a raíz de la partición, pero se cuentan en decenas de millones, sin contar las que morirían después por las guerras entre Pakistán e India. Desde este punto de vista debiera considerarse la independencia de India y la creación de Pakistán, aquella medianoche de agosto de 1947, como una fecha de luto, no de celebración. Las naciones, sin embargo, se nutren de victorias, de héroes y de triunfos míticos, de mentiras, en suma, y es así que aquel día es celebrado como un día de libertad, esperanza y consumación. Es en esta encrucijada que se centra la película que quisiera comentar, basada en el libro homónimo de Salman Rushdie, «Midnight’s children», con colaboración del mismo autor.

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Ilusiones de la distancia

Frans van den Broek

El día dura hasta bien entrada la noche en Escandinavia y confiere una sensación de irrealidad al largo atardecer, iridiscente y mágico. Si la experiencia es matriz de nuestra comprensión afectiva del mundo, ¿qué tipo de comprensión del mismo poseen los escandinavos? ¿Es posible que la belleza natural contribuya a mejorarnos como seres humanos? No faltará quien lo afirme, aludiendo quizá a la conocida relación entre lo bello y lo bueno, debatida desde la antiguedad, como no faltará quien lo niegue, recordándonos la existencia de seres humanos miserables, aunque educados en los más sofisticados refinamientos estéticos, capaces de llorar de emoción ante un atardecer mediterráneo y de torturar a quienes consideren indignos de respeto. La verdad se encuentra quizá, como tantas veces, en algún lugar intermedio: la sola belleza no puede embellecer un alma ni la depravación moral impide disfrutarla. La belleza, quiero creer, produce estados psíquicos más afines con la moralidad que con la depravación moral, pero es incapaz de elevarnos por encima de nuestra condición si no es coadyuvada por muchos otros factores que se encuentran allende el juicio estético o el placer natural ante lo bello. Al final, nuestra vida interior es cualquier cosa, menos de una sola pieza. Para bien y para mal.

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