Desgracia

Melinda

La película “Desgracia”, dirigida por  Steve Jacobs, es un fiel retrato de la novela del mismo nombre, escrita por el Nóbel surafricano, Coetze. Había leído hace unos años la desgarradora novela, pero me había dejado un mal sabor de boca, un sentimiento desolador.  La película, sin embargo, me sobrecogió por su realismo, pero me cautivó por su belleza y sinceridad, y, sobre todo, no me pareció, en absoluto, desprovista de esperanza. Lo sorprendente fue que, contrario a lo que suele pasar con películas basadas en novelas – si te gusta la novela no te suele gustar la película-, en este caso, ver la película me hizo apreciar la novela en todo su valor y me ha entrado curiosidad por releerla.

La novela se publica en 1999, recientemente superado el régimen del Apartheid, y tiene lugar en Ciudad del Cabo y en una granja, situada  al Este de Sudáfrica. El tema principal de la película y novela gira en torno a la humillación y el perdón, y la indefensión que provoca la violencia; pero también late con fuerza inusitada una esperanza redentora que se apoya en la generosidad de los que pretenden vivir en armonía con la naturaleza, con los animales y con aquellas personas que habían sido desposeídas de su tierra.

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Relatos de verano (último)

Melinda

5. Don Elías en la playa

 Era a mediados del mes de junio y ese año estaba haciendo calor, por lo que Don Elías fijó enseguida la fecha para pasar unos días en la playa con su mujer y sus dos nietos pequeños.  

– Justina, mañana salimos a las 7:00. Ten a los chicos listos a esa hora porque hay que salir  temprano- le dijo Don Elías a su hija, la víspera del viaje.

 Madrugar era lo habitual para Don Elías; pero cuando iba de viaje – especialmente, si iba al sur-,  su costumbre era salir mucho antes del amanecer para que no le cogiera el sol de plano. Esta vez sólo iban a Gijón, pero el estado de las carreteras hacía que el trayecto durase unas cuantas  horas. Algo antes de la hora señalada, Saturnino, el chofer, se disponía a bajar las maletas y algún bulto al coche, de forma que a las 7 en punto partían los cinco rumbo al norte. Don Elías delante, en el asiento del copiloto y Doña María detrás, con sus nietos, Juan y Marta.

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Relatos de verano

Melinda 

3. La  rutina de Don Elías 

Don Elías decía que no soñaba. Se levantaba todos los días igual de despierto, o eso parecía. Subía la persiana y dejaba que el aire fresco le diera en la cara al abrir de par en par las dos hojas de la ventana de su cuarto. Se tiraba al cuarto de baño y salía hecho una rosa: limpio, afeitado y bien oliente. Cuando se sentaba a desayunar con su mujer, Doña María, en el cuarto de estar, ya estaba trajeado y con corbata. Eran las 8:30 y la sirvienta les traía el café y las tostadas.

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Relatos de verano

Melinda

 

 1. Babia 

El sol sale por Peña Ubiña,  el monte más alto que rodea por el este el ancho valle en el que se sitúa el pueblo de Huergas de Babia, cuna de mis abuelos. Es una peña caliza, con poca vegetación en sus cumbres, visibles desde las ventanas que miran a oriente en la casona que construyó mi abuelo en la primera década del siglo XX. A menudo, aún pueden verse sus picos nevados ya entrada la primavera, que llega tardía, no antes del mes de  junio. Es entonces cuando el campo, en esa tierra, se llena de flores silvestres de todos los colores y el monte de tomillo, lavanda y otras hierbas aromáticas, que desbordan los sentidos por los olores y colores y la frescura del aire. Todo ello enmarcado, a menudo, en un cielo azul intenso y transparente, que forma el fondo de un relieve montañoso.  

 

Desde el mirador de hierro y cristalera antigua, situado encima de la entrada principal de la casa, aparece, imponente, el Abedular, que se ve muy cerca, casi cerrando el valle por el sur. Es un  monte verde, más alargado que picudo, cubierto de abedules que parecen matojos o pequeños arbustos desde la casa, pero que son muy grandes cuando te animas a subirlo y desapareces entre ellos. En verano, sus laderas están llenas de escobas con  flores amarillas y otras matas con  flores malva, repletas de arándanos.  Mirando al oeste, que apunta en la dirección de El Bierzo, está Pregame, monte de subida fácil que fue remate de muchas chocolatadas familiares en la Fuente Santa, cuando mi hermano y yo –que pasábamos con mis abuelos los veranos en Babia, durante la infancia y preadolescencia-, acudíamos a aquellas meriendas campestres  con  alborozo, acompañados por primos y tíos y, excepcionalmente, también por mis abuelos o mis padres.

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El aborto, también un derecho para las jóvenes de 16 años

Melinda

La reforma de la ley del aborto que ha planteado el Gobierno en el Congreso de los Diputados el jueves pasado nos equipara a otras sociedades avanzadas europeas, al convertirla en una ley de plazos, al tiempo que propone la autonomía legal para las jóvenes de 16 años, quienes no tendrían que contar con el consentimiento paterno para poder abortar.

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Las Venas abiertas de Latinoamérica

Melinda 

Era el verano de 1976. Mochila a la espalda, recorría con mi novio parte de las Américas: de Nueva York a Denver, Arizona, luego San Francisco; de allí a San Diego y, por fin, nos adentrábamos en la península de Baja California por la siniestra Tijuana. El autobús se detuvo en Loreto a las 2 de la madrugada y de repente nos invadió un calor húmedo tremendo que casi te impedía respirar. Descansamos unos días y continuamos, vía La Paz, hasta llegar al bellísimo Cabo San Lucas, en la costa del Pacífico, desde donde, después, atravesamos en un ferry hasta Puerto Vallarta, y, así, entramos de nuevo en el continente por el oeste de México. 

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