Cataluña en el horizonte

David Rodríguez

Se dice que todos los gobiernos suelen tener cien días de margen para demostrar sus intenciones y poder ser evaluados con un mínimo de rigor, algo así como un período de gracia. No es el caso de España, dónde el gabinete de coalición entre PSOE y Unidas Podemos ha sido vilipendiado sin piedad por las derechas del país desde el minuto cero, de hecho, desde antes de que tomara sus primeras decisiones. Los sectores más reaccionarios están demostrado, una vez más, su absoluta falta de respeto a las reglas del juego del parlamentarismo.En primer lugar, las tres derechas han saltado a degüello a la yugular de Pedro Sánchez y de todo su equipo. Han utilizado una gesticulación del todo punto exagerada, han puesto en práctica un lenguaje altisonante que recuerda a los libros de texto del franquismo, y han lanzado una serie de debates falsos, como el del pin parental, que intenta vincular la libertad nada menos que a la censura. Han apelado a la unidad patria y han proclamado que se rompe España y que las fuerzas bolivarianas han venido a provocar el apocalipsis sobre nuestra economía. Los argumentos racionales para semejantes críticas han sido lo de menos, como puso de manifiesto Ortega Smith cuando dijo sobre los nuevos ministros aquello de “no les conozco pero seguro que son muy malos”.

Al “trifachito” hay que sumarle los sectores más reaccionarios del poder judicial, que en España son muchos, muy variados y compiten entre sí para ver quién la tiene más grande (la bandera). Cuando el gobierno del PP judicializó el conflicto con Cataluña, puso en manos de ciertos magistrados la solución de tipo punitivo, y ahora los tribunales andan absolutamente desatados. Además, al objetivo del castigo ejemplar contra el enemigo de la Patria se le suma ahora una nueva causa, la de desestabilizar al gobierno progresista, tratando de provocar a ERC para hacer bueno aquello de que “con España no hay nada que hacer” y de este modo la izquierda independentista retire su imprescindible apoyo al nuevo ejecutivo.

A todos estos poderes estatales se suma la oposición de la derecha nacionalista catalana, los convergentes de toda la vida, encabezados por Puigdemont y Torra, que siguen apostando por la vía mágica a la independencia y por la estrategia del ‘cuanto peor mejor’, como si fuera idéntico un gobierno con UP que otro con Vox. Desde un ideario opuesto en lo nacional al de las tres derechas, acaban compartiendo una estrategia de desgaste contra el gobierno español, presionando constantemente a ERC para que regrese al redil del ‘procesismo’ más inoperante.

El gobierno español sabe que la resolución del problema con Catalunya es clave para su estabilidad. Han comenzado reconociendo la existencia de un conflicto político, hecho que aún siendo obvio representa un paso adelante. Han rectificado la metedura de pata de no hablar con Torra una vez conocido el adelanto electoral en Catalunya, propuesta que podía tener su coherencia pero no encajaba dentro de la lógica del diálogo acordada con ERC. Se ha producido la reunión entre Presidentes, sin excesivo entusiasmo pero de manera necesaria para emprender una nueva dinámica. Finalmente, se ha comenzado a definir la mesa de diálogo, que ha de servir de momento para persuadir de que existe una vía negociada viable para avanzar hacia soluciones aceptables.

Las elecciones autonómicas catalanas van a ser importantes para el conjunto de España. A Pedro Sánchez le conviene claramente que ERC supere a Junts per Catalunya. Mientras los primeros defienden el diálogo y dejan de lado la desobediencia estéril, los nuevos convergentes van a hacer todo lo posible para desestabilizar y regresar a la visión de que no se puede hablar con el Estado. Todo ello aderezado con oportunas intervenciones judiciales que engrandezcan el discurso del exiliado Puigdemont y coloquen a ERC de manera constante en el disparadero.

En este escenario, y aunque todas las encuestas vuelven a dar como primera fuerza al partido de Junqueras, no va a ser un camino de rosas que por primera vez en mucho tiempo haya un presidente de ERC. Buena parte del gobierno español sueña con la victoria de un Iceta que pueda aprovecharse de la batalla intestina entre los independentistas y del viraje de Ciudadanos hacia el PP. Pero ante la dificultad de esta tesitura, y aunque no lo explicitan, ruegan por un gobierno de ERC y los Comunes con el apoyo del PSC. Pues la repetición de una presidencia neo-convergente volvería a amenazar con negros nubarrones a cualquier solución dialogada y, por ende, a la estabilidad del gobierno de España.

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