El recuerdo de Ormazábal, parte 3: Norberto Ibáñez y José Antonio Pérez

Juanjo Cáceres

Llegados hasta aquí, podría suponerse interesante que alguien hubiera explicado toda la vida de Ormazábal. Incluso el propio Ramón sopesó antes de morir escribir sus propias memorias, si bien no pudo llegar a hacerlo. Al final, mucho antes de que Enric Juliana resucitase al personaje que afirmaba que a la “Universidad de Burgos” no se había venido a estudiar, acabó apareciendo una biografía. Se ocuparon de ello Norberto Ibáñez y José Antonio Pérez, en Ormazábal. Biografía de un comunista vasco (1910-1982), que fue publicada en el año 2005, es decir, casi veinte años después de la obra de Morán y más de quince años antes que la de Juliana.

Ese libro es tanto por su tono aséptico, como por su estilo académico, un trabajo mucho más desapasionado que los dos anteriores, aunque no del todo. Por ejemplo, cuando los autores rechazan los calificativos que Morán utiliza para referirse a los dirigentes de la prisión de Burgos, que consideran “unas opiniones más cercanas al psicoanalista que al investigador, que rayan el insulto”. Se referían con ello al hecho de que, según Morán, Carrillo consideraba a Núñez, Ardiaca y Ormazabal “como tres tontos, o más exactamente, dos simples y un zote”.

El relato de estos dos autores nos permite vislumbrar toda su trayectoria y sobre todo identificar como el devenir histórico lo sitúa en uno u otro escenario. Podemos verlo en el periodo republicano, ya en el mismo año 1931, en la agrupación local comunista de Irún, primero como mugalari (un acompañante para pasar clandestinamente la frontera entre Francia y España) y después como impulsor de Euzkadi Roja, el órgano oficial del comunismo vasco. También en su condición de fundador y miembro del Buró Político del Partido Comunista de Euskadi (PCE-EPK), constituido clandestinamente en junio de 1935. En los primeros meses de la Guerra Civil lo vemos en Guipúzcoa y luego en Vizcaya. Estará de nuevo al frente de Euzkadi Roja y habrá de desplazarse, tras la caída de Bilbao, primero a Asturias y después, en otoño de 1937, a Barcelona, junto a otros refugiados vascos.

El final de la guerra lo pasará en Madrid, donde como responsable de prensa tendrá su cuota de protagonismo en los eventos que se desarrollaron tras el golpe de Casado. Tras la huida de Madrid, vendrá el campo de concentración de Albaterra y la prisión de Porta Coeli, de donde Ramón conseguirá escapar, en un alarde de astucia, en mayo de 1940. Empieza ahí una nueva etapa de huida y exilio, con el traslado a Madrid y después a Portugal, donde le tocó viajar hacia Nueva York en un barco platanero, acompañado por un buen número de ratas que le causarían un fuerte trauma. Llegó en la primavera de 1941 y fue entonces cuando redactó su informe sobre Quiñones. En 1942, tuvo que pasar a México, en un peligroso  viaje a través de Río Grande, enfáticamente evocado por Juliana. Después se marcharía a Argentina, ya en 1943, donde entablaría relación con Santiago Carrillo y juntos proyectarían su retorno a la Península. No había descanso para el dirigente comunista, ni existía la más mínima oportunidad de que pudiera comenzar una nueva vida al margen del partido. Tampoco comodidades: a Ramón le tocaría regresar en una embarcación griega a Lisboa, escondido en el espacio reservado para el ancla.

La siguiente etapa de su periplo no fue España sino el norte de África. Primero Marruecos y después Argelia, llegando con Carrillo a Orán en verano de 1944, en un momento en que el Magreb constituía un trampolín de retorno a la actividad clandestina o guerrillera en el interior. Ormazabal iniciará en el Atlas su preparación para integrarse en un grupo que intentaría pasar a Málaga y será allí donde constatará que sufre vértigo, lo que le hará inadecuado para actuar en las duras condiciones de la sierra andaluza y le obligara a acabar finalmente exiliado en la Francia ya liberada del dominio nazi. Allí, desde 1945, se ocupará de nuevo de las entradas clandestinas y apoyará políticamente el pacto de Bayona, que integraría fuerzas antifranquistas de diferente signo, pero del cual acabaría alejándose el PCE-EPK a partir de 1947, en paralelo al creciente rechazo que hacia el PCE mostraban los otros grupos políticos del exilio y que derivaría a un enfrentamiento abierto con ellos.

Llega así al año 1948 y es entonces cuando se produce su primera exclusión del partido,  derivada de un golpe policial en mayo contra el PCE-EPK, que supone la caída de decenas de militantes y su casi desarticulación hasta finales de los años 1950. Ello le relegará, quizás por primera vez en su vida, a la vida familiar y profesional, pero solo hasta 1956, el año del informe Kruschev, que marcó también el relevo de Vicente Uribe como hombre fuerte del PCE en beneficio de Santiago Carrillo y la puesta en marcha de la política de Reconciliación Nacional. Es en ese contexto en el que se recupera a Ormazabal y en que empieza una etapa del partido dirigida a promover grandes movilizaciones en el interior, motivo por el cual pasará a España en 1961 y acabará internado en Burgos.

¿Y que vino después de Burgos? Su salida de prisión en 1969 y otro proceso de rehabilitación, que hará de él un hombre estrechamente ligado a la jerarquía carrillista. Ormazabal ya no se separará políticamente nunca más del líder supremo. Ello le garantizará una preeminente posición en el orden jerárquico del momento, pese al protagonismo que nuevos militantes como Carlos Alonso Zaldívar empiezan a tener. Ramón ejercerá el liderazgo en el PCE-EPK y se consolidará como dirigente también en el PCE, siendo incluso miembro destacado de la delegación del partido que viajó a China en 1971. El segundo congreso del PCE-EPK de 1972 ratifica a Ramón como secretario general, mientras el partido va evolucionando y se nutre de nuevos cuadros más cercanos al nacionalismo vasco o incluso procedentes del entorno de ETA, como su futuro sucesor Roberto Lertxundi.

Con la puesta en marcha de la Transición, Ormazabal dará amplias muestras de lealtad a la línea marcada por Carrillo. Lo vemos a su lado en la rueda de prensa clandestina de Santiago en Madrid, el 10 de diciembre de 1976. Será también uno de los primeros dirigentes históricos en significarse en el Comité Central del PCE a favor de aceptar la bandera rojigualda, tras la legalización del PCE en 1977 y en un clima de fuertes riesgos involucionistas. Participará igualmente en el primer mitin legal del PCE en Bilbao, que contará con la presencia de Carrillo y Dolores Ibarruri y logra reunir a unas 30.000 personas. No obstante, la intervención de Ramón causará enormes silbidos y abucheos por parte de los asistentes al hacer algo que hoy sería inexcusable y por aquel entonces, insólito. Sucederá cuando condene el secuestro de Javier de Ybarra y el asesinato de un policía en San Sebastián con estas palabras: “Una violencia que ha cortado la vida de un ciudadano por el mero hecho de estar uniformado”.

Poco después, en las primeras elecciones generales, Ramón encabeza la candidatura del PCE en Vizcaya, que para sorpresa y gran decepción de los comunistas, se saldará con un resultado levemente superior al 5% en la provincia y ningún electo. Ello abrirá una profunda crisis entre los sectores más nacionalistas y los más centralistas, que se concretará en la puesta en marcha de movimientos internos para apartar a Ormazabal de la secretaría general, los cuales culminarán con la designación de Lertxundi en su lugar. Una sustitución también avalada por Carrillo, pero al que seguirá siendo fiel. Se abre así una etapa de arrinconamiento de Ramon en la presidencia del PCE-EPK, que coincidirá con un nuevo retroceso del PCE-EPK en las elecciones generales de 1979 y la obtención de un único diputado en las primeras elecciones autonómicas vascas en 1980.

En ese contexto, Lertxundi empujará paulatinamente al partido a alcanzar una fusión con Euskadiko Ezkerra, que tendrá la firme oposición de Ormazabal, alineado con la línea oficial del PCE en un contexto en que ya ha estallado la crisis del PSUC y en que la batalla entre históricos y renovadores empieza a librarse a nivel nacional. Todo ello culminaría más adelante en la escisión del PCE-EPK, en la gran derrota del PCE en las elecciones generales de octubre de 1982 y en el pase del sector mayoritario a Euskadiko Ezkerra, pero la muerte sorprenderá a Ramón unos meses antes, cuando el 5 de julio de 1982 un infarto de miocardio en la sede del PCE-EPK de Bilbao acaba con su vida.

El fallecimiento de Ormazabal cierra un itinerario político de más de 50 años repleto de singularidades y declinado en contextos dispares: república, guerra, exilio, clandestinidad, transición y democracia. Su figura es un exponente de una forma de entender la militancia en un partido comunista y de practicarla. También un reflejo de todos las obligaciones y sacrificios conscientes e inconscientes que ello suponía según el momento. Es igualmente un personaje marcado por la derrota: es derrotado en la guerra, es derrotado por su vértigo en el Atlas, es rápidamente derrotado en su actividad clandestina en el interior y también lo son sus posiciones políticas emitidas desde la prisión. Aceptar esa última derrota le supone alinearse con la dirección de un partido, cuyo devenir político se saldará con otras tantas derrotas, ya en democracia y especialmente en el País Vasco. Y aun así, todas esas derrotas, como las de tantos otros, se condensarán en la gran victoria de haber sido parte activa en el advenimiento de una democracia por la que también habrá luchado toda su vida y bajo la cual serán enterrados sus restos mortales. Eso, al fin y al cabo, es mucho más que un pequeño consuelo.

2 comentarios en “El recuerdo de Ormazábal, parte 3: Norberto Ibáñez y José Antonio Pérez

  1. Ya sabemos que lo del comunismo, aplicado en la práctica, salió mal, rematadamente mal, en Rusia y en tantos otros lares donde la opresión totalitaria se nutrió de imperialismo. Pero este hombre, como tantos otros, lo que hizo fue luchar contra «nuestra» opresión nacional-católica, sin demasiado éxito pero con mucha intensidad. Y gran coste personal. Gracias por compartirlo.

  2. El partido de la oposición a Franco fue el PCE , no el PSOE . Esto es indiscutible, a pesar de las individualidades que pudieran haber sido activamente corresponsables de una actividad opositora.
    Que la brava resistencia de Ormazabal y los comunistas prisioneros en Burgos formaba parte de una lucha por la democracia es más dudoso, al menos con nuestro concepto actualizado de una democracia liberal.
    El deslizamiento de una historia por más que contenga peripecias aventureras hacia el cumplimiento de una finalidad , hacia una teleología de cuyos engranajes forman parte , hacia una manera de existir propia de Indiana Jones , por más que sus motivaciones beban en otras fuentes , es inadmisible.

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