Pero Andalucía no puede

Pedro Luna Antúnez.

El pasado domingo 18 de febrero León vivió una de las manifestaciones más multitudinarias que se recuerdan en defensa de su autonomía y en demanda de un futuro para una región castigada por el paro, la emigración y el olvido de la administración central. Con un trasfondo ligado a las reivindicaciones del pueblo leonés por gobernarse como una autonomía separada de Castilla, la movilización no dejó de ser al mismo tiempo un grito de justicia social y así cerca de 80.000 leoneses y leonesas salieron a las calles bajo una gran pancarta que rezaba: El momento de León. Soluciones ya. Infraestructuras. Industrialización. Cabe añadir que la movilización de León unida al fenómeno político de Teruel Existe han puesto sobre la mesa el debate acerca de la llamada “España vacía”, regiones abocadas desde hace décadas al abandono, al éxodo de sus poblaciones, a la falta de perspectivas laborales y a la citada desidia de los respectivos gobiernos del Estado. Y ese desencanto se está organizando en movimiento político.Desde la izquierda se ha saludado favorablemente la aparición de tales fenómenos sociales y políticos circunscritos a un territorio o región. Antonio Maestre, periodista y tertuliano de izquierdas, realizaba hace unos días en su cuenta personal de Twitter la siguiente reflexión sobre la movilización autonomista de León: Acción-reacción-acción. El discurso recentralizador, años con el procesismo copando el debate público, y el abandono de muchas regiones empuja a la cantonalización. Y es de una lógica aplastante. Al margen de la referencia gratuita y obsesiva al procés catalán como origen de todos los males, Maestre habla de lógica aplastante para entender las reclamaciones de unas provincias olvidadas por un Estado que ha primado su eje central en detrimento de sus periferias regionales. Y efectivamente es de una lógica aplastante que esos territorios se autoorganicen en un espacio político propio para luchar por sus derechos sociales y como pueblo.

Pero Andalucía no puede. Incluso para esa izquierda política y mediática que se relamía los labios con las movilizaciones autonomistas de otros pueblos. Y esto viene a colación por la reciente ruptura entre Teresa Rodríguez y la dirección estatal de Podemos por la aspiración de Adelante Andalucía, referente de Unidas Podemos en Andalucía, de erigirse en una candidatura netamente andaluza con su grupo parlamentario propio en el Congreso de Diputados de Madrid. Es decir, como una candidatura que represente a los andaluces y que traslade los problemas de Andalucía al Congreso, sin las ataduras e hipotecas inherentes de formar parte de un proyecto estatal. La reivindicación andaluza de contar con una candidatura andalucista en un Congreso donde Andalucía aporta 61 diputados de un total de 350 fue respondida, curiosamente, con las críticas, cuando no ataques, de buena parte de la izquierda española personificada en sus representantes políticos y mediáticos.

Veamos que decía Antonio Maestre nuevamente en su cuenta de Twitter sobre la ruptura en Andalucía: La salida de Teresa Rodríguez me parece una pérdida importante para Podemos. Pero más grave aún es lo que me temo, que con los precedentes de comportamiento ideológico derivará hacia el nacionalismo. Espero equivocarme. O lo que es lo mismo, esa lógica aplastante que valía para otros pueblos no valía para Andalucía, ¿Por qué? Pues porque el señor Maestre vio el tan dañino fantasma del nacionalismo detrás de las demandas de la izquierda andaluza. Análisis, por cierto, muy torpe y desconocedor del andalucismo político puesto que cualquiera que haya leído a Blas Infante sabe que si hay un elemento que define al andalucismo es su ausencia de nacionalismo.

En cualquier caso, la reacción de Antonio Maestre, siendo como es la suya una reflexión personal, no es meramente anecdótica sino que pone de manifiesto el menosprecio histórico que los poderes centrales y sus proyectos políticos, han dedicado a Andalucía. De esa mirada condescendiente hacia la realidad política de Andalucía no se salva una parte de la izquierda, una izquierda de las clases medias urbanitas, procedente del ámbito académico y de profesiones liberales, muy activa mediaticamente y en las redes sociales, y que en los últimos años ha tomado cierto protagonismo en la llamada nueva política. No obstante, ese paternalismo no es algo nuevo y se puede decir que lleva entroncado en el corpus político progresista de tal manera que ha resultado chocante ver cómo esa misma izquierda que apoyaba las expresiones nacionales de otros pueblos del Estado ha invisibilizado una realidad nacional y política como Andalucía.

El mismo Pablo Iglesias declaró en noviembre de 2017 en el transcurso de la presentación del libro Repensar la España plurinacional que el Estado español estaba formado por cuatro nacionalidades: la española, la catalana, la vasca y la gallega. Diez años antes, en 2007, el Estatuto de Andalucía ya había aprobado en el artículo 1 de su Título Preliminar declarar a Andalucía como nacionalidad histórica. Las recientes reacciones de la dirección de Podemos y de su entorno ante la escisión de Teresa Rodríguez y de la izquierda andaluza hacen pensar que desde el podemismo siempre se ha visto Andalucía desde una óptica estrictamente electoralista y que no se ha querido hacer un ejercicio de comprensión de la realidad social y política andaluza. Uno de los dirigentes de Podemos más críticos con la creación de una candidatura de la izquierda andalucista ha sido Pablo Echenique, actual Secretario de Acción de Gobierno y anterior Secretario de Organización hasta junio de 2019. Echenique, muy crítico asimismo con el independentismo catalán, no se cortó, sin embargo, cuando en 2016, con el objetivo de arrebatar votos a la Chunta Aragonesista, reivindicó a Aragón como nación con soberanía propia y reclamó el derecho de autodeterminación para su tierra de acogida. Esa hemeroteca que no siempre nos deja en buen lugar y que certifica el doble rasero sobre la cuestión nacional de una izquierda que se permite designar qué pueblos merecen el derecho a expresar su hecho diferencial, independientemente, claro está, de cuál es la opinión de esos mismos pueblos al respecto.

Las protestas y movilizaciones del campo andaluz en defensa de su olivar, por unos precios justos del aceite y por unas mejores condiciones salariales han vuelto a constatar la necesidad de articular un movimiento político que represente al pueblo andaluz en las instituciones del Estado. La ceguera y el desconocimiento sobre el olivar andaluz del que han hecho gala algunos analistas de la izquierda, con acusaciones hacia las movilizaciones de estar mal dirigidas y de servir a los intereses de la derecha, no han hecho sino ensanchar aún más la incomprensión hacia Andalucía. Como si hubiera cierto temor, o al menos eso parece, a que el pueblo andaluz se organice uniendo las reclamaciones nacionales con las de clase. Andalucía despierta y eso preocupa a muchos. A todos aquellos que durante años han olvidado e ignorado al pueblo de Andalucía.

2 comentarios en “Pero Andalucía no puede

  1. El campo andaluz no son todos los que viven del campo. El pueblo andaluz no son ni el campo ni tampoco nada. El periodismo andaluz , ni son los andaluces que hablan del campo ni los periodistas españoles que hablan del campo andaluz. Los periodistas no son gente del campo, por definición.

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