Tarás Bulba cabalga de nuevo

Arthur Mulligan

En un ensayo publicado en 1952 — La dialéctica artificial. El Generalísimo Stalin y el arte del gobierno —, Isaiah Berlín cerraba a modo de moraleja con estos dos párrafos no exentos de negra mordacidad:

«Hubo una vez un hombre que aceptó un trabajo como camarero en un crucero. Le explicaron que, para evitar romper platos cuando el barco se balanceaba a causa del mal tiempo, no debía caminar en línea recta, sino desplazarse en zigzag: eso era lo que hacían los marineros expertos.

El hombre dijo que lo entendía. Como era de esperar, llegó el primer día de mala mar, el camarero perdió el equilibrio y enseguida se oyó el estrépito de los platos haciéndose añicos contra el suelo.

Le preguntaron entonces por qué no había seguido las instrucciones.

  • Lo he hecho – aseguró. He hecho lo que me dijeron. Pero cuando yo hacía zig, el barco hacía zag y cuando yo hacía zag el barco hacía zig.

La habilidad de coordinar con cuidado sus movimientos con el vaivén dialéctico del Partido – un conocimiento semi instintivo del instante preciso en el que el zig se convierte en zag – es el arte más preciado que un ciudadano soviético puede dominar. La carencia de esta pericia, que ni siquiera el mayor de los conocimientos teóricos del sistema puede compensar, ha demostrado ser la perdición de algunos de los partidarios más capaces, útiles y, en los primeros tiempos, fanáticamente devotos y menos corruptos del régimen.»

Mutatis mutandis, así ocurre con la vida política en la Rusia de Putin. A tal punto se parecen los dos dictadores que su sola presencia denota la vacuidad de los cambios en las últimas décadas (todas las proporciones conservadas); del mismo modo, si se solapan los mapas de la división territorial de la actual Federación Rusa y la Rusia Federal soviética, la similitud es tan extraordinaria, que parece una matrioska estéril mirándose en un espejo.

Con la caída del comunismo la Federación rusa no se centró en promulgar un discurso anticomunista, sino que su objetivo era reforzar la identidad nacional.

Y el Estado ruso siempre ha contado con un sistema político tan característico como inigualable al del resto de naciones de destino, por lo que más que destruir todas las reminiscencias comunistas, el estado se centró en adaptarse a los nuevos tiempos en los que vivía, intentado establecer una serie de leyes y medidas que regulasen su diversidad étnica, de modo que en 1996 el Presidente Boris Yeltsin desarrolló una política estatal en materia de nacionalidades basándose en la Convención Internacional de Naciones Unidas sobre la eliminación de toda forma de discriminación racial.

Una vez más, este inmenso país esquivó su cita con la historia y todo terminó con la llegada de Putin al poder y su redefinición de los objetivos del Estado mediante continuas contrarreformas que restringían cualquier viso de autonomía.

Rusia es un Estado multiétnico cuya división no le permite establecer una sociedad civil homogénea a lo largo de su territorio que incorpore los valores mínimos asociados a la dignidad de ese nombre.

Aunque en las grandes ciudades sí se ha creado una comunidad cuyo elemento más fuerte es mejorar la calidad de vida, todavía existe mucha marginación de las continuas oleadas inmigratorias procedentes de zonas rurales con niveles de formación poco compatibles con los de Moscú, San Petersburgo y otras grandes ciudades cuyos habitantes toman conciencia de que el aire de la ciudad les hace libres.

Con todo y con eso, en el país más extenso del mundo conviven no menos de 200 etnias, tiene un escaso índice de natalidad coincidente con su mortalidad creciente, factores ambos ligados al bajo nivel de vida que soporta la mayoría de los rusos. El consumo de alcohol, el tabaquismo y sus consecuencias en forma de enfermedades cardiovasculares hacen que la esperanza de vida de los varones no sobrepase los 67 años.

Por si fuera poco, son cientos de miles de ciudadanos los que abandonan el país anualmente en busca de trabajo, entre ellos un buen número de jóvenes especialistas (ingenieros, programadores, médicos) que desean incorporarse a las oportunidades que nunca le dará un PIB ruso similar al de Italia – pero con el doble de población – y concentrad principalmente en la exportación de materias primas.

Ante la inexistencia de una opinión pública organizada, se hace imposible la deliberación democrática, paso previo a las necesarias transformaciones de todo orden que satisfagan la estabilidad no militar de Rusia y sus dominios para lograr un progreso económico y humano.

Mucho se especula en occidente sobre la dudosa salud mental de Putin y las posibilidades de sustituirlo mediante golpes palaciegos o focos rebeldes imaginarios de varia intención, pero carecen de un asidero creíble porque, de momento, la presidencia goza de buena salud, sobre todo por incomparecencia forzada de los adversarios y la incógnita de las adhesiones propias.

La historia de este enorme territorio sigue pareciendo un contínuum a través de los siglos, salvo tal vez los breves intentos liberales (1825, 1905 y 1917) de Decembristas y socialdemócratas, y que se expresa con especial fuerza y de manera notable en su literatura a través de rasgos dominantes entre grandes autores como Pushkin, Tolstoi, Dostoyevski, Gogol, y en menor medida, Turgueniev que se resumen en un trueno interior, una vocación de transcendencia al final del inmenso horizonte y, en todo caso una redención, de base religiosa, que solo se alcanza en el seno de la unidad de un pueblo ruso, en la patria, en la historia y en su épica, cuyas raíces románticas insisten en el cumplimiento de un destino, que pasa, inevitablemente, por su oposición a occidente.

Dostoievski, por ejemplo, contrario a que Rusia abriera sus fronteras a las ideas liberales, pensaba que éstas destruirían el espíritu de un pueblo que se había mantenido apegado a la tradición cristiana; en su ortodoxia germinaba una especial aversión hacia la Iglesia católica porque consideraba que era el resultado de una alianza mezquina con el poder político (algo inconsistente, si juzgamos del mismo modo a la jerarquía ortodoxa).

«Si Dios no existe, todo está permitido», sostiene Iván Karamazov, uno de sus personajes más ilustres y Tolstoi, por otra parte, cree que la virtud reside en las personas humildes y no en la aristocracia o los intelectuales, radicalizando con la edad una extraña conciencia religiosa personal, hasta el punto de que en Resurrección, una novela doctrinal, muestra los abusos infligidos al pueblo ruso por el clero y la nobleza.

Finalmente Gogol, en su más extenso relato, se embarca en la épica de los Cosacos y su modo de vida, con un héroe como Taras Bulba, violento, anti-intelectual, xenófobo y pésimo padre.

En fin, afortunadamente para la literatura universal, ninguna de estas posiciones y enseñanzas en sus obras oscurecen el gran estilo y la gracia de orfebre de la lengua en las brillantes descripciones, plenas de fuerza, vida y color; sin embargo, su influencia se extiende en el tiempo y llega hasta la actualidad en la encarnación de tipos como Putin, que sin necesidad de martillo ni cincel alguno, esculpen con su acción política el rostro redivivo de cualquier personaje de “Los endemoniados.”

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