El agua que nos deja

Juanjo Cáceres

A lo largo de las últimas semanas, los efectos de la sequía han puesto en alerta al conjunto de la ciudadanía catalana, pues no solo dos centenares de municipios han pasado a estado de alerta y las restricciones en el uso del agua van en aumento, sino que las condiciones de uso aguardan un mayor endurecimiento y se habla abiertamente de la posibilidad de que otras comunidades autónomas envíen barcos en auxilio de las maltrechas existencias catalanas.

No obstante, las dubitativas medidas implementadas por la Generalitat, la lentitud en aplicarlas o los debates que viven las instituciones sobre si autorizar o no el llenado de piscinas el próximo verano, no son más que el eco de una sociedad que nunca se ha tomado demasiado en serio las amenazas climáticas ni la gestión de los recursos esenciales.

Hay quien pensará que si en los relatos políticos el agua se considera un recurso esencial y se habla de ella como si fuera un tesoro, ¿qué modelo de gestión y de país existe detrás de todo ese discurso? De entrada, un modelo agropecuario de carácter intensivo, que ha hecho del regadío el modelo absolutamente hegemónico de producción y que no ha escatimado esfuerzos para presionar recursos de todo tipo mediante la producción masiva de cabezas de ganado que luego se distribuyen por el ancho mundo. Sigue leyendo