Juanjo Cáceres
Circulaba el otro día como la pólvora un video de Lluís Llach, en el que, con motivo del 50 aniversario de la ejecución de Salvador Puig Antich, ponía de manifiesto su involución hacia ese lugar desconocido hacia el que lleva ya algún tiempo viajando, cuando señalaba que las fuerzas políticas que entonces podían haber negociado con el Estado franquista, como el PSC o el PSUC, no hicieron nada.
Más allá del asombro y la indignación repentina que semejantes despropósitos verbales pueden causar, y sin que sea posible descartar posibles trastornos cognitivos causados por el envejecimiento, lo que está claro es que el autor de L´estaca está culminando su conversión a un catalanismo profundamente fundamentalista que menosprecia todo lo que suene o huela a español. Y no es la primera vez que lo observamos, ya sea en forma de palabras o de tuits. En esta ocasión no le frenó el hecho de que sus consideraciones chocasen con la realidad incuestionable de que los militantes del PSUC de entonces, o bien andaban por las cárceles, o bien eran zurrados en protestas y comisarías. Tampoco que el PSC ni tan siquiera existiera en aquel momento. Ninguno de esos detalles fueron relevantes para contener esa nueva muestra de desprecio “llachiano”.
De todos modos, nada de esto puede sorprendernos a la luz de algunos hechos. Por un lado, una trayectoria personal cada vez más sectaria, que le ha conducido a abrazar desde su escaño con Junts, hasta su pertenencia al Consell per la República de Puigdemont. Por el otro, el haber participado activamente de esa reconstrucción vivencial que casi durante una década el procesismo indujo sobre el conjunto de Catalunya. Esto último, ese enorme ejercicio de inducción de imaginarios, que no entró en crisis por el 155, sino por la conmoción social causada por la pandemia en 2020, parece que ha dejado amplias secuelas en las personas más afectadas por el mismo.
Solo hace falta escucharle hablar cinco minutos sobre la actualidad política para constatar que su reino no es de este mundo. Pero cierto es también que el catalanismo realmente existente es un objeto con múltiples capas, bajo las cuales se encuentra lo mejor y lo peor. Hay y siempre ha habido un catalanismo progresista e inclusivo, que va desde el “un sol poble” hasta el reconocimiento natural de la diversidad de orígenes, idiomas o formas de pensar. Es una forma de entender la catalanidad que incluso una fuerza independentista como ERC la ha reflejado a lo largo del tiempo o al menos durante algunas etapas: ahí tenemos a Rufián para acreditarlo, pero incluso Carod-Rovira se refirió en su día a la necesidad de hacer del independentismo algo que no fuera exclusivamente cosa de catalanes de pura cepa.
Además, esa es la forma como el común de los mortales convive por aquí, sin necesidad que discursos ni ideas trasnochadas de ningún tipo les explique cómo comportarse. La de no sufrir disonancias cognitivas porque te gusten tanto Llach como Sabina (y menos aun viendo que los dos están iguales, aunque cada uno a su manera), ya que es tan normal o tan anormal como cualquier otra cosa. Pero lo que ocurre en el plano político tiene su lado perverso y sus efectos son extensos.
Si empiezas a rascar un poco la superficie de todo lo que se mueve entre el catalanismo autonomista y el independentismo, empiezan a salir cosas raras. Esta vez ha sido una apropiación indebida de una víctima del Franquismo como Puig Antich. Otras veces una conversión postmortem de un cantautor de pensamiento libertario y militancia comunista como Ovidi Montllor, en alguien que con un ADN inequívocamente independentista digno de alimentar conciertos del independentismo más “cupaire”. Rascas un poco más y te sale un instituto pseudohistórico que proclama la catalanidad de Cervantes, Santa Teresa de Jesús y el origen catalán del castellano. Y si sigues rascando, pues bueno, te sale una alcaldesa en Ripoll cuyas proclamas pueden resumirse en que “només serem lliures quan ens lliurem d’espanyols i immigrants”.
No tiene nada de extraordinario que cualquier corriente o tendencia genere mitos y que estos se alimenten y retroalimenten; que evolucionen y se reconstruyan. Lo inquietante es la facilidad con que el contenido se amolda al continente. Si un mismo paraguas sirve para albergar cosas tan diversas, ¿cómo evitar que cuando un sector de pensamiento se vuelve predominante, el conjunto de las personas que alberga bascule hacia esa dirección? La evolución política de lo acontecido en Catalunya durante la segunda década del milenio tuvo mucho de efecto arrastre. Nunca tanta gente se vio con tanta facilidad ni tan rápidamente llevada de una posición estrictamente autonomista, a convertirse en convencidos de la declaración unilateral de independencia y creer que además era coser y cantar. Pero lo más relevante fue quizás lo que vino después, ni más ni menos que el resurgir de la Rosa de Foc, una ciudad donde noche sí, noche también, ardían contenedores en calles muy transitadas y pobladas por vecinos, y donde el centro de la capital olímpica se convertía en parque de atracciones para manifestantes y guardia urbana.
La pandemia acabó por cortocircuitar todo eso. Ahora nos olvidamos que “als condemnats del Procés” les cogió la pandemia en Lledoners. Que el giro hacia la realpolitik de ERC, los indultos y la ruptura ERC-Junts se produjo después, no sin antes vivir nuestro propio drama de muertes y de gestión de residencias. Y si pasó todo eso, es porque la pandemia fue real y tuvo enormes consecuencias a todos los niveles. Pero la Covid ha quedado ya atrás y si bien el independentismo no se ha recuperado de ella como fuerza de masas, proliferan las apuestas esencialistas: desde la extrema derecha independentista de la ripollesa Silvia Orriols y su partido Aliança Catalana, hasta las “llistes cíviques” que amenazan con concurrir a las elecciones de 2025. Entretanto Junts se huele que debe endurecer su discurso sobre la inmigración para no verse sobrepasado, la UE habla de rearme y Trump muestra su patita por debajo de la puerta.
¿Les parece que mezclo cosas? Pues sí. ¿Y no será por qué Llach y sus semejantes de todo tipo dispersos por el mundo nos quieren llevar a un lugar desconocido? Pues también.