En la ficción de las cosas

Juanjo Cáceres

Un hombre cualquiera se dirige a coger un tren de cercanías. Son las 12 de la mañana de un sábado y al acercarse a comprobar el horario, unas personas que ejercen precariamente de orientadores le indican: «No se moleste en mirar las pantallas, porque hace más de una semana que no debe hacerse caso de ellas. Mi compañero está ahí abajo junto al maquinista para confirmar que este es el tren que sale ahora». Pasan algunos minutos y, en efecto, el compañero hace una señal con el brazo, tras la cual los pasajeros reciben la instrucción de bajar al andén y subir al tren. Aposentados ya en sus asientos y convencidos de estar a punto de partir, de repente, ven pasar por la vía de al lado otro tren con unos pocos viajeros que han recibido una indicación distinta. Su cara, tras ver al convoy correcto partir en la dirección que ellos querían seguir, oscila entre la incredulidad y el asombro.

El hombre cualquiera piensa: «Bueno, no es tan raro sufrir una incidencia, seamos pacientes: indignarse no sirve de nada». Y tiene razón, al menos en parte. La indignación no va a acelerar su viaje, sino que será solamente el resultado emocional de una circunstancia no deseada. Y mientras espera, el hombre cualquiera medita sobre otras cosas que tampoco están ocurriendo. La llegada de una rápida solución. Una explicación clara. Un servicio alternativo completo. Una ampliación de los servicios de transporte ofrecidos por otros medios (autobús) o por otras empresas (FGC).

Todo ello conduce a que se plantee por qué, pese a que esos fallos de funcionamiento llevan varios días dejando a las personas usuarias sin tren, nadie ha puesto sobre la mesa una solución de alcance que realmente sea reparadora y devuelva la apariencia de normalidad a las infraestructuras. Llegado a ese punto, se pregunta cuál es esa pieza que falta en el rompecabezas. Esa “no respuesta” de la que, además, nadie parece ser consciente, como si no fuera posible o como si ya no estuviera al alcance de nadie poner los medios para completar y compensar temporalmente lo que ya no se muestra operativo.

El hombre cualquiera se da cuenta de que las cosas no son como deberían ser, pero no comprende el motivo, por lo que sigue creyendo en la fatalidad, en la suma de circunstancias adversas, en la mala suerte y en la fragilidad del ser humano. Un ser humano poderoso tecnológicamente, pero incapaz todavía de solucionarlo todo. Consulta en las redes para hallar alguna buena explicación, pero solo le ofrecen griterío. Acude a la prensa, pero las reflexiones que allí lee tampoco le convencen. Piensa en la televisión y recuerda que los responsables gubernamentales tienden a divagar, aunque ahí sí que hay una cosa que tiene clara: lo hacen con solemnidad y, sin duda, con grandilocuencia.

Tras no hallar una mejor respuesta, se da por vencido y se ve abocado a atribuirlo todo a una mera avería. Pero la centralidad de las averías y de las incidencias que impiden la normal circulación de los trenes, es totalmente ficticia, y no lo es porque no existan, sino porque se perciben solamente como consecuencia y no también como síntoma. Porque los desperfectos y zonas de riesgo extendidas por todas las infraestructuras desvelan algo más inquietante: la posibilidad de que el Estado sufra una profunda crisis de capacidad de respuesta y que ello le impida seguir ofreciendo servicios de manera estable y garantizada a la ciudadanía. Una crisis ya no solamente puntual, sino de alcance sistémico.

¿Cómo interpretar, si no, todo ese colapso? Hoy las incidencias desnudan la realidad, pese a que los agentes con influencia se apresuren a vestirla de nuevo. Sin duda es mucho mejor quitarle importancia, tratarlo todo como un pequeño problema de falta de inversión o echarle la culpa al cambio climático, que mostrar la cruda realidad. Sobre todo porque asumir la realidad tiene consecuencias tales como que se exijan responsabilidades políticas o que se reduzca la confianza de la población en las instituciones y en el buen uso de sus impuestos. Es mucho más sencillo y cómodo atribuirlo todo a un pequeño fallo de cálculo en las inversiones o a un comodín recurrente como el clima, aunque precisamente el asunto climático represente la mejor prueba de la gravedad con que se habla de algo y la levedad con la que se actúa al respecto.

Nada resultaría tan chocante si al mismo tiempo que el maquinista es avisado por teléfono de cuándo tiene que salir y que el orientador hace señales con el brazo, España no presumiese de ser un país avanzado y, lo que es más gracioso, inmerso en un proceso de digitalización de empresas, ciudades y administraciones. Seguro que alguno de los pasajeros frustrados era, incluso, beneficiario de un kit digital, pero por algún motivo que desconocemos, la digitalización no ha alcanzado ni a las vías, ni a los vagones, ni a los túneles.

«Ya pasará», concluye el hombre cualquiera, mientras por megafonía anuncian que su tren partirá en breve. «En algún momento los problemas ferroviarios cesarán, los trenes volverán a ir a la hora y nos olvidaremos de todo esto». Recuerda en ese momento cada mensaje compasivo emitido estos días: «No restauraremos el tránsito hasta que las vías sean seguras», «Hemos invertido millones en Rodalies», «Venimos a dar a la población certezas», hasta que una ráfaga de viento penetra por la puerta todavía abierta de su vagón. Alza la vista y le parece ver como si todas esas palabras se elevasen y fueran arrastradas hacia algún lugar desconocido.

El imperio de los milmillonarios contra la democracia

David Rodríguez Albert

Como suele ser habitual a principios de cada año, Oxfam Intermón acaba de publicar un informe sobre las terribles desigualdades que existen en el mundo. En esta ocasión, se hace bajo el título Contra el imperio de los más ricos. Defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios. Como he manifestado en más de una ocasión, estos estudios deberían aparecer en las portadas de todos los medios de comunicación y ser objeto de intenso debate social, pero desafortunadamente suelen pasar de puntillas en un mundo invadido intencionadamente por la frivolidad, la irrelevancia y el odio a las personas equivocadas.

El informe está repleto de datos que ponen de manifiesto las intolerables injusticias que se padecen a nivel internacional. Por ejemplo, desde 2020 la riqueza conjunta de los 3.000 milmillonarios que hay en el planeta ha crecido en un 81%, y en la actualidad equivale a lo que poseen los 4.100 millones de personas más pobres. Así, no es extraño que casi la mitad de la población mundial viva en situación de pobreza. Estas ingentes desigualdades no se deben a ningún principio de meritocracia ni se sustentan en la proclamada libertad de mercado, sino que obedecen al enorme control monopolístico de unas pocas fortunas y resultan totalmente incompatibles con cualquier mínimo concepto de democracia.

En España se repite un patrón similar. Mientras algunos voceros lanzan soflamas estigmatizadoras hacia los segmentos más vulnerables de la población, la riqueza conjunta de los 33 milmillonarios que parasitan nuestro país supera la que poseen 18,7 millones de españoles, y los salarios crecen por debajo de la inflación. En este contexto, resulta ridículo que algunos sujetos puedan señalar alegremente que estamos bajo un gobierno “socialcomunista”, a la vez que se dedican a desviar la atención de este enorme expolio y tratan de sumir en la ignorancia a amplias capas de la población, que culpan a los pobres y a los migrantes de todos sus problemas.

Este crecimiento en la concentración de la riqueza coincide con el mandato de Trump. Desde su llegada al poder, se han reducido los impuestos a los más ricos, se han bloqueado avances en la fiscalidad internacional para grandes corporaciones y se han recortado los presupuestos de ayuda al desarrollo. Según el informe de Intermón, esto podría provocar más de 14 millones de muertes adicionales de aquí a 2030. Esta tragedia humana se produce mientras los palanganeros al servicio de la versión más radical del capitalismo se lanzan a criticar la supuesta hegemonía de la izquierda woke en el mundo, discurso que debería provocar la hilaridad general ante semejante despropósito.

Pero quizás una de las principales novedades del estudio de Oxfam Intermón es la conexión que establece entre la acumulación capitalista y el poder político de las élites. Hay datos que resultan demoledores. A modo ilustrativo, “los milmillonarios tienen 4.000 veces más probabilidades de ocupar un cargo político que la gente corriente”. Además, según la Encuesta Mundial de Valores, realizada en 66 países, “casi la mitad de las personas encuestadas percibían que los individuos más ricos suelen comprar las elecciones de su país”. No es extraño entonces que las libertades civiles y los derechos políticos estén retrocediendo de forma alarmante, y que “en 2024 se registre un deterioro democrático por decimonoveno año consecutivo”.

Obviamente, todo esto está relacionado con el control por parte de los más ricos de los medios de comunicación y de las redes sociales, de modo que más de la mitad de las grandes empresas de medios del mundo y la totalidad de las principales plataformas de redes sociales están en manos de milmillonarios. Elon Musk, el primer hombre en superar la barrera patrimonial de los 500.000 millones de dólares, ha adquirido X; Jeff Bezos se ha hecho con el Washington Post; The Economist es propiedad de un consorcio de milmillonarios; el magnate francés de extrema derecha Vincent Bolloré controla el canal de televisión CNews; y en el Reino Unido, tres cuartas partes de los periódicos están en manos de solo cuatro familias extremadamente ricas. Con este panorama, tampoco debe sorprendernos que los discursos de odio en X hayan aumentado en torno a un 50%.

Para acabar, me gustaría destacar lo cortas que se quedan las palabras ante la realidad trágica que padecemos. Por más que rebusquemos en el diccionario, es imposible hacer justicia a los millones de personas que cada año fallecen de manera evitable en el mundo, e igualmente no encuentro ningún término adecuado para los milmillonarios que provocan este desastre y para los gobernantes y aquellos que les brindan apoyo. Quizás tenga razón Joaquín Sabina cuando escribe que simplemente se trata de “recuperar de nuevo los nombres de las cosas, llamarle pan al pan, vino llamarle al vino, al sobaco… sobaco, miserable al destino. Y al que mata llamarle de una vez asesino”.

Muros de realidad

Sergio Patón

Estamos en una época dónde se nos pide rapidez en la toma de posición. Además de tener que hacerlo con contundencia y vehemencia, o así por lo menos lo siento yo. En un contexto como éste parece que las explicaciones sobre unos accidentes como los de los trenes de Rodalies en Barcelona en vez de confrontar nuestras creencias, ideas, prejuicios u opiniones políticas y opciones de vida, las asienta. O más que asentarlas, no las hacen cambiar, diremos lo mismo antes o después. Al menos en el corto plazo, y en el largo ya dará lo mismo y no tendrán impacto político para las mayorías.

Ante el accidente de Gelida, y los posteriores accidentes e incidentes, producido por la caída de un muro, del que no sabemos si era de la Autopista o de ADIF, combine como quiera lo que viene según su criterio, seguro que o lo ha pensado o le ha llegado por algún lugar. Es lo que pensaba antes y lo que pensó después. El año que viene ya veremos, al final nos cambiamos nosotros mismos de opinión.

  1. La culpa es un gobierno corrupto y los tejemanejes de sus empresas vinculadas. El gobierno de ahora o el de otro momento [elija usted cual].
  2. La culpa es del neoliberalismo, y de las privatizaciones y desregulaciones vinculadas a este proceso. Eso de desgajar ADIF de RENFE no ha sido un buen negocio, ni dar cancha a otras empresas, tanto como trabajadores, como usuarios o como ciudadanos.
  3. La culpa es de las bajadas de inversión en lo público y en los servicios. Menos Estado es esto, y los que piden menos impuestos deberían hacérselo mirar, a no ser que quieran cero control y expoliación de lo de todos en beneficios privados de unos pocos.
  4. Es que cada vez tenemos menos España; y el puto procès. Los políticos catalanes y sus élites estaban en otras cosas, en vez de preocuparse de la parte que les tocaba en todo esto. De hecho los catalanes no han apoyado al gobierno que salió de las urnas. Un suma y sigue que nos hace perder muchos esfuerzos de todos en beneficio de lo común, de la España de todos, cómo son las Cercanías de Barcelona-Cataluña.
  5. Puta Espanya, la culpa es de un Estado que no es el de nosotros los catalanes. Que no invierte en Catalunya, que nos expolia para luego devolvernos menos de lo que aportamos y además insultarnos, invierten lo que se invierte en una colonia. El penúltimo embate del país, el procès, empezó así por los problemas de Rodalies, y así seguimos, que no olviden. Solidaridad con el resto de España pues aún, pero parece que todo vaya a las Cercanías de Madrid, dónde estos problemas son impensables, no será sólo porqué son Meseta.
  6. Demasiados impuestos, pero para los chiringuitos del PSOE y del catalán. Nacionalismo y socialismo nos llevan a esto. El primer tren de España fue el de La Habana con Santiago de Cuba, y en la España peninsular el de Mataró a Barcelona, el comunismo está acabando con las dos líneas. Felicidades.
  7. La Unión Europea que nos obliga desregular, privatizar y abrir a todas las empresas y no nos vigila los resultados. 
  8. Demasiada movilidad pero para ir a ninguna parte. Nos movemos demasiado para nada.
  9. Hemos abandonado nuestro catolicismo como Dios manda; y él ha abandonado a España.
  10. Me quejaría del Opus Dei pero ya no están, creo.
  11. En el fondo lo de los trenes es para que vayan los inmigrantes; autopistas de pago bien hechas y santas pascuas.
  12. El cambio climático está claramente impactando en nuestras infraestructuras y más que lo hará. Hace un par de año estuvimos de sequía y ahora hemos entrado en un periodo de lluvias. No sabemos si estamos de monzón o de clima tropical. Pero como vienen avisando los científicos, llueve sobre mojado, y muchas de nuestras infraestructuras no están pensadas para este nuevo clima y las situaciones que nos provocan. Ojo que la R1 va por el lado de la costa y cualquier día o se cae o se sumerge.

Lo que es seguro es que es lo que sosteníamos antes del accidente.

Frente al anonimato y la impunidad

Julio Embid

Si yo fuera presidente del Gobierno, la primera medida que tomaría por el bien de la democracia y de la libertad de expresión sería acabar con el anonimato en las redes sociales. Que nadie pueda publicar con total impunidad en internet sin dar su nombre, sus dos apellidos y su número de DNI.

Y lo digo escribiendo en un blog que, durante más de una década, ha publicado centenares de columnas firmadas con seudónimo (o nom de guerre, que dirían los más veteranos). Lo digo siendo consciente de las consecuencias que tendría una medida así. Pero también lo digo porque no hay derecho a que @mortadelo88 o @republikanoradikal llamen “hijo de puta” o “asesino” a Pedro Sánchez Pérez-Castejón o a Santiago Abascal Conde sin ninguna consecuencia personal, más allá de contribuir a envenenar el ambiente público.

El pasado domingo 1 de febrero, una señora condujo su coche más de 50 kilómetros, desde el Rincón de Ademuz (Valencia) hasta Teruel, para poder gritar “hijo de puta” al presidente del Gobierno durante un mitin del PSOE. Fue expulsada del recinto (¿hay buenas maneras de sacar a alguien que grita “hijo de puta”? Yo las desconozco) y, en menos de una hora, había perdido el anonimato y alcanzado una fama que probablemente no buscaba.

Se trataba de Belén Navarro Cañete, concejal responsable de las áreas de Sanidad, Servicios Sociales y Salud, y de Urbanismo, Obras e Industria, en el Ayuntamiento de Vallanca, por el Partido Popular. En su defensa, afirmó que había actuado de manera espontánea. Espontáneamente condujo 52 kilómetros. Espontáneamente hizo cola para entrar en un mitin de un partido que no era el suyo. Espontáneamente esperó a que intervinieran Rafa Guía, secretario general del PSOE de Teruel, y Pilar Alegría, candidata a la Presidencia de Aragón por el PSOE. Y solo cuando subió al atril el último interviniente decidió, también espontáneamente, gritar el insulto.

Probablemente la señora Navarro, acostumbrada en Twitter y Facebook a llamar a diario “hijo de puta” a Sánchez desde la comodidad de su casa, no midió las consecuencias de hacerlo en un mitin lleno de cámaras. En el anonimato del sofá, con el móvil en la mano, no hay consecuencias. Nadie te ve. Nadie te señala. “Hijo de puta”, “asesino”… y a hacer la cena. La impunidad es total.

Quien actúa con violencia o abusa del poder sin querer rendir cuentas suele cubrirse el rostro. Los agentes de la policía de fronteras estadounidense, el ICE, actúan en muchos casos encapuchados, con gafas de sol y armas largas, para evitar ser identificados cuando detienen, deportan o separan familias. No es algo nuevo. También lo hicieron los terroristas del Ku Klux Klan: de día, honrados comerciantes y agricultores; de noche, con la cara cubierta como nazarenos, quemando casas y linchando a quienes consideraban enemigos. La impunidad siempre necesita anonimato.

La defensa de la democracia es un asunto demasiado serio como para trivializarlo. Criticar a los gobiernos es no solo legítimo, sino necesario. Pero el insulto sistemático, amplificado por plataformas propiedad de multimillonarios de extrema derecha, sin consecuencias ni responsabilidades, es otra cosa. La Unión Europea debería tomarse mucho más en serio su propia supervivencia frente a los extremismos financiados desde fuera, desde Estados Unidos y desde Rusia, que trabajan activamente para destruirla.

Su lucha

Carlos Hidalgo

Adolf Hitler acumuló una fortuna personal que equivaldría a 450.000 millones de euros actuales, casi el doble del patrimonio que posee el hombre más rico del mundo en este momento, Larry Ellison, fundador de Oracle. Aparte de las “donaciones” y “regalos” que el líder nazi recibía, gran parte de su fortuna se debía a las regalías por su libro, “Mein Kampf” (“Mi Lucha”), que cuando él llegó al poder se convirtió en lectura obligatoria en las escuelas, se regalaba a los novios cuando se casaban y que, en sus diferentes traducciones, era comprado por los admiradores del nazismo a lo largo y ancho del mundo. Las regalías de Hitler eran 16 veces mayores que su sueldo de Canciller del Reich. Obviamente casi todo este patrimonio acabó destruido a causa de la guerra provocada por el mismo Hitler. Sus casas fueron arrasadas o expropiadas, sus posesiones personales saqueadas y sus cuentas en Suiza nunca fueron reclamadas y, por tanto, pasaron a ser incautadas por el Estado suizo.

El actual titular de los derechos de autor de su libro y heredero de su patrimonio inmobiliario es el Estado de Baviera que, naturalmente, no tiene demasiadas ganas de rentabilizar la obra de uno de los mayores criminales de la historia y que ha demolido la mansión alpina del dictador para que no se convirtiera en un lugar de peregrinación para simpatizantes del nazismo. Y el bloque de pisos en el que vivía en Munich es ahora una comisaría.

Aunque Trump es uno de los lectores contemporáneos de “Mi Lucha” y no tiene problemas en citar (sin decir de dónde las ha sacado) frases y fragmentos del libro de Hitler, no parece que vaya a imponer ninguno de los libros que hay a su nombre en el mercado. Entre otras cosas, porque ni siquiera los escribió él. Citar a Hitler parece ser suficiente, véase este fragmento de Mein Kampf citado para justificar la posible invasión estadounidense de Groenlandia: “la naturaleza no ha reservado esta tierra para la futura posesión de una nación en particular; por el contrario, esta tierra existe para el pueblo que posea la fuerza de tomarla”.

A falta de libros propios, Trump ha decidido aumentar su fortuna exigiendo donaciones para su “biblioteca presidencial” (algo muy poco regulado y que en ocasiones anteriores ya se consideró como un agujero legal por el que se puede sobornar a presidentes en activo), demandando por extravagantes cantidades de dinero a medios, como el New York Times, la CBS o la BBC, exigiendo mil millones de dólares para ingresar en su recién creado “club de la paz”, del cual es presidente vitalicio y, en general, pidiendo descaradamente que se “invierta” en las empresas dirigidas por su hijo Donald Jr. o por su yerno, Jared Kushner.

Y, total, ¿quién necesita un libro sobre tu doctrina personal cuando esta, en realidad, no existe y tienes a medios del tamaño de Fox News dedicados a justificar intelectualmente cualquier barbaridad que se te cruce por la cabeza?

Ahora parece que Trump y su entorno han aceptado otro soborno de Jeff Bezos, fundador de Amazon, en forma de un documental acerca, no de Trump, sino de Melania Trump, su esposa, exmodelo eslava e inexpresiva primera dama. El documental ya se ha estrenado en cines y parece ser que hay anuncios en prensa que ofrecen 50 dólares a quien vaya a verlo y aguante toda la proyección.

Mientras tanto, la otra lucha de Trump prosigue con detenciones y expulsiones extrajudiciales, alrededor de 40 personas (entre ellos Alex Pretti y Reneé Good) han muerto a manos del ICE, el departamento de aduanas reconvertido en “stürmtroopers” de Trump, más de 1200 desaparecidos tras ser detenidos en las redadas antiinmigración de estos, una política exterior errática, dedicada a perseguir intereses personales y no nacionales, persecuciones e investigaciones policiales arbitrarias a opositores…

¿Para qué escribir un libro si te van a regalar el dinero igual y puedes hacer lo mismo mientras te van a escribir los planes otros?

Soufflé emocional

Arthur Mulligan

El desgaste del Presidente se hace cada día más transparente, más indisimulado y mucho más predecible porque no se oculta; no aspira a ser creído ni a convencer a fuerza de repeticiones toscas de sus trucos, como la envoltura de los problemas en cajas de muñecas rusas siempre iguales a sí mismas pero en diferentes tamaños que satisfagan los egos en presencia, desde los liliputienses podemitas vanidosos hasta los dignísimos representantes de la Cataluña eterna y levítica; desde los armadores de flotillas happyflowers hasta los jóvenes airados de barricada pret a portè.

Y detrás de cada columna la amenaza del encontronazo casual con uno o dos vascos que vegetan esperando revitalizarse con la gestión de los aeropuertos locales o la última transferencia de moda en Cataluña.

Pero el ferrocarril son palabras mayores, tanto como un portaviones para una flota o la extensión de España para los españoles. Por eso mismo ha sido y deberá seguir siendo un orgullo para todos, que es lo mismo que decir que se encuentra en relación íntima con nuestro PIB, una parte del cual se gasta el Estado español, exactamente el 39% en 2007 que se convirtió en el 46% en 2022.

Por desgracia, la inversión pública ha caído desde el 5% del PIB hasta el 2% en el mismo periodo, con el agravante de que las infraestructuras son determinantes para seguir generando PIB e ingresos públicos para pagar pensiones, sanidad, educación y dependencia, pero ni les estamos dando la prioridad que merecen, ni estamos invirtiendo el dinero necesario para mantenerlas. 

El AVE es un tren sofisticado y su mantenimiento, como estamos conociendo, extraordinariamente caro y más caro aún después de la liberalización del tráfico a otras compañías.

Es en este contexto en donde se ha producido la tragedia, hondamente sentida, del accidente de Adamuz, porque en algún momento cada uno de nosotros podemos tomar un transporte público máxime cuando se nos dice que es el más seguro y, en conjunto, las cifras acreditan esa información. Por eso hemos seguido con mucha atención las causas que han producido este accidente y la gestión de los daños por las administraciones concernidas.

Resulta, sin embargo, que nos encontramos con que la principal de ellas en esta crisis sufre una crisis de credibilidad por qué no aparece como un ministerio, especialmente preocupado por criterios técnicos. El ministro anterior está encarcelado a la espera de juicio, su compañero de celda hasta hace poco, nombrado Consejero de Renfe; la expresidenta de Adif imputada; la compañera sentimental del ministro, colocada; más sospechas de nepotismo en varias empresas públicas; más graves sospechas en adjudicaciones de obras públicas; más sospechas de nombramientos de amigos, ya bajo el mandato del ministro Puente, 

porque este ministro no se distingue precisamente por su experiencia ni por el uso del criterio técnico a la hora de comunicarse con los ciudadanos sino por convertir las desgracias nacionales en motivos de enfrentamientos.

Es un ministro faltón, insultador, que ha recibido a presión unas explicaciones técnicas que exceden con mucho su capacidad de no equivocarse y mucho más aún de rectificar con soltura sus meteduras de pata.

Por el contrario, discute con acreditados peritos frente a la cámara desde su ignorancia supina convirtiéndose en un espectáculo desalentador para los espectadores asociado con el previsible dolor para los familiares de las víctimas.

Después se atreve a proponer indemnizaciones actuando de parte y levantando justificados recelos cuando todavía sus hipotéticos beneficiarios se recuperan de la conmoción por el duelo.

No manejan bien las crisis que se superponen y cada vez cometen más errores. Las encuestas no se mueven (son doscientos diputados). Tampoco los vagones de Rodalies. Toca esperar mientras el país pierde oportunidades y se empobrece. Recuerden las cifras. Esto si es un soufflé emocional.

El fin del mundo conocido

Juanjo Cáceres

Muchas veces se ha debatido sobre si el fin de mundo se producirá mediante una estruendosa explosión o un silencio atronador. Los argumentos a favor de la explosión son numerosos y se encuentran bien avalados por décadas de proliferación nuclear, pero no es nada desdeñable tampoco lo del silencio, puesto que no son pocos los que sospechan que así se produjo el fin de esa especie tan añorada que conocemos como hombre de Neanderthal. El gusto que además compartimos los seres humanos y los animales por morir mientras dormimos o porque un sueño profundo preceda el instante anterior a nuestra defunción, abunda aún más en esa idea de que todo es mucho más silente de lo que a veces nos imaginamos.

Pero también es posible que el fin del mundo empiece ruidosamente y acabe mucho más silenciosamente. O que el ruido que se escucha sea pequeño en comparación con lo que realmente ocurre. Esto último, además, podría estar produciéndose actualmente. ¿Qué nos imaginamos que ocurrirá cuando el mundo se empiece a caer en pedazos? ¿Un accidente nuclear o todo un conjunto de avisos sutiles y diversos, repartidos por diferentes partes del mundo? Por ejemplo, guerras que se eternizan como si fueran una maldición, asesinatos indiscriminados en Minnesota, trenes que se salen de sus vías, gobiernos que todas las respuestas que ofrecen a los desastres y al caos pueden resumirse en impotencia e inactividad administrativa…

El mundo romano occidental presagió su fin al ver llegar ejércitos procedentes del mundo exterior que ocupaban sus tierras, sus villae y sus instituciones, pero en tiempos más sutiles, como los nuestros, hemos de lanzar nuestra mirada sobre lo que ocurre más sigilosamente. Unas pantallas que nos mantienen embobados. Una Inteligencia Artificial que deja nuestra presumible superioridad intelectual a la altura del betún. Unas nuevas generaciones que se imaginan que los impuestos son una forma de robo. La estigmatización del otro como norma. La rendición como única solución a los grandes problemas. El retorno al mundo de las apariencias, en detrimento del mundo real. Y, no menos importante, una decadencia total y completa de las organizaciones políticas, que las hace incapaces de analizar e interpretar con un mínimo de rigor la realidad, e iniciar alguna forma de proceder que tenga sentido y sea coherente con la misma.

El tema de Rodalies en Catalunya podría ser el mejor caso práctico de todo esto, porque integra como pocas cosas desmoronamiento de la infraestructura, incapacidad de mantener las prestaciones, actitud de “ventilador” y “sálvese quien pueda” de las administraciones y empresas implicadas y, como colofón, un Govern cuyas explicaciones y, lo que no es en modo alguno menor, forma de explicarse, están lejos de los criterios más elementales que deben marcar la relación con la ciudadanía. Si hoy preguntásemos a una Inteligencia Artificial como debemos abordar la crisis de Rodalies, respondería proponiendo un proceso ordenado, aparentemente coherente y luego ya veríamos si es eficaz o no. En cambio, las respuestas del Govern son confusión, ruido e inoperancia. Pero no se extraiga de ello que este es un problema del partido que gobierna: sobre la pregunta de si los partidos de la oposición, en este contexto, dan más pena que gloria o viceversa, creo que no puede plantearse duda alguna sobre cuál de las dos opciones es la correcta.

Pero ojalá solo fuera esto, ojalá el desplome del sistema público que hemos conocido solo se notara en un mal servicio, y no se notase también en horribles tragedias como la de Ademuz, en las numerosas formas de abandono institucional que manifiestan nuestras democracias y en el resurgimiento del individualismo extremo como único mecanismo de respuesta ante la adversidad y el desencanto. No está de más recordar, en estos momentos que justamente escuchamos al Gobierno central decir que está dando la cara, que este es un país donde la luz se evaporó repentinamente hace varios meses y que las explicaciones que se han dado al respecto son también muy vaporosas y sin responsabilidades claras, aunque de nuevo, hay unas infraestructuras que están entredicho.

Porque, en efecto, comunicar no es ponerse delante de un micrófono: es realizar un discurso donde se exponen unos hechos, se aclaran las causas y se proponen respuestas o soluciones. Es cierto que hay personajes como Trump que hablan sin cumplir ninguna de las tres condiciones y que transmiten consideraciones tan alejadas de la realidad, que solo pueden ser consideradas como falsas, pero eso no hace más explicable o justificable la ausencia de claridad y la puesta en duda de la transparencia que debe regir toda conducta pública.

Aunque quizás, volviendo al principio, estas conductas, estas dinámicas y estos efectos no sean más que otro signo sigiloso todo eso que nos va viniendo y que nos vuelve cada vez más preocupados, temerosos e infelices.

Se llama fascismo

Carlos Hidalgo

La mayor parte de los grandes medios estadounidenses se adhieren a una visión muy rígida y rigurosa de lo que debe ser el periodismo, usando unos estándares y unos medios que en muchas ocasiones nos dejan babeando de envidia a los que ejercemos la misma profesión en España. Sin embargo, tienen un pequeño defecto y es que siempre, ante declaraciones contradictorias, tienden a buscar el “justo medio” entre ellas, antes que verificar cuál de ellas es verdad. Alguien, con mucha retranca, lo describió como, que si hubiera un artículo acerca de tipos que creen que la Tierra es plana y los posteriores desmentidos de los científicos, los estadounidenses lo titularían como “polémica acerca de la forma de la Tierra”.

Algo así pasa constantemente con Donald Trump. El mandatario estadounidense se suele inventar las cosas y sus apariciones públicas son ametrallamientos constantes de falsedades, racismo, hechos retorcidos, mentiras descaradas y grosera ignorancia. Y aunque los medios americanos siempre suelen desmentir la ristra de embustes de su presidente, les cuesta decir claramente que miente y suelen poner cosas como que las declaraciones de Trump “entran en conflicto con los hechos”.

Lo mismo está sucediendo ante la política de ejecuciones ilegales que está llevando a cabo su Marina en el Caribe, los asesinatos y detenciones ilegales que llevan a cabo su policía de Inmigración y Fronteras (ICE) y la represión, chantaje y amenazas con las que adorna su política. Los medios estadounidenses se resisten a calificarlo, siguen buscando un término medio que cada vez está más lejos del medio y, lamentablemente, de la realidad y, aunque su información sigue siendo rigurosa, impecable y contrastada (en la mayor parte de los casos), tratan de evitar los términos que usarían si esos mismos hechos sucedieran en otro país, como “ejecuciones ilegales”, “policía política”, “detenciones ilegales”, “desapariciones forzosas” o “represión política”.

Hasta que las dos ejecuciones dos manifestantes en Minnesota y las consiguientes protestas civiles multitudinarias y las insultantes mentiras del Gobierno de los EEUU han impulsado a “The Atlantic” a publicar un artículo editorial titulado “Se llama fascismo”, en el que deja claro el peligroso sendero por el que se está deslizando su país.

Pero es que no es solo su país. En Europa y en España estamos asistiendo al surgimiento de partidos que defienden sin rubor todo lo que está haciendo Trump, que celebran las muertes y desapariciones y que afirman que tienen planes parecidos para sus propios países.

Es increíblemente doloroso ver cómo una democracia se desmorona y cómo una ciudadanía, hasta hace poco libre, empieza a ver desaparecer sus derechos, libertades y hasta su vida a manos de fascistas. Hace menos de un siglo que el fascismo precipitó al mundo entero hacia la ruina, la muerte y la guerra. No podemos consentir, medios, ciudadanos y políticos, que esto vuelva a pasar.

El B9

Marc Alloza

El tristemente famoso Badalona 9 o B9 (o B8-2), fue un instituto del barrio del Remei distrito 6 de Badalona que estuvo en activo entre finales de los 80 y el 2011. El espacio permanece abandonado entre 2011 y 2023 cuando es ocupado por personas sin hogar hasta su lanzamiento el 17/12/2025.

Pero volvamos al principio para ver la atropellada historia hasta los últimos acontecimientos del mes pasado de los que ya prácticamente no se habla.

En 1986 empezó su andadura el Badalona 8 o B8 impartiendo BUP y COU como extensión del instituto Eugeni d’Ors ubicado practicamente a medio camino entre el B8 y el B9.  Empezó impartiendo el BUP y COU de la época en unos barracones en el solar que posteriormente ocuparía el edificio actual.

A a finales de los 80 se habilitaba el B8-2 /B9 para albergar alumnos “temporalmente” mientras se realizaba la construcción definitiva del instituto B8. El nuevo B8 se inauguró a mediados del curso 90-91 y cambió su nombre por Barres i Ones (se entiende que en alusión a la bandera y escudo de Badalona) en 1993 tras una consulta con el alumnado, nombre por el que es actualmente conocido. A pesar de ello, el B8-II/B9 continuó operativo ya como B9 de pleno derecho, supongo que al tener la vitola de temporal no valía la pena bautizarlo con un nombre más personalizado. Pero como todo lo temporal administrativa/urbanísticamente todavía se le alargó la vida útil 20 años, como las centrales nucleares, hasta que en junio del 2011 se anunciaba el cierre del B9 como instituto y el realojo de sus 120 alumnos en otros institutos de la ciudad.

En el momento de su cierre su director lamentaba la “falta de apuesta” por parte de las administraciones, por un centro que impartía 4 cursos de ESO y dos aulas formativas de informática y enfermería. Comentaba que principalmente acogía a alumnado con necesidades especiales en aprendizaje por falta de motivación o con ritmo de madurez más lento. El gobierno municipal y la Generalitat habían pactado cerrar el B9 y el SES Badalona del barrio de Salut, otro centro dirigido a menores con dificultades de aprendizaje, que felizmente no se llegó a materializar a pesar de que el regidor de educación de entonces don Josep Duran (hoy subdirector jefe de la secretaría técnica al SOC – Servicio de Ocupación de Cataluña)  declaraba que ambos proyectos de cierre “se habían impulsado partiendo del acuerdo absoluto con la comunidad educativa de los dos centros y que por lo tanto no habían sido problemáticos”.

En verano del 2011 el consorcio Badalona Sur se conjuraba para reclamar a la Generalitat poder ubicar un centro de servicio dirigidos a niños, niñas y jóvenes en general. Pero como se demostró el objetivo era cerrarlo y punto, el B9 estaba tocado y hundido (me disculpo ante lector que ha llegado hasta aquí pero no me he podido contener).

Permaneció así como monumento a la gestión y aprovechamiento de espacios públicos hasta que en la primavera de 2023 una decena o menos ocupan el espacio para alojarse. Los vecinos, que desde 2011 venían solicitando incansablemente toda suerte de usos o aprovechamiento para el equipamiento como hotel de entidades, centro abierto etc…, comunicaron este hecho a las autoridades municipales en pleno proceso de traspaso de poderes. El actual equipo de gobierno municipal emprende en septiembre de 2023 acciones legales para el desalojo de, por entonces ya una veintena-cincuentena personas con la vieja promesa de demoler y ubicar una nueva comisaría de guardia urbana que no sería como el barrancón que hubo en la época Albiol 1.0 del que igual otro día hablamos.

El desalojo en el último año y medio de otros espacios de la ciudad y de Barcelona había favorecido la concentración de personas sin hogar en el B9, que en septiembre del 25, al término de la instrucción, se cifraba en unas 400 personas que residían en sus instalaciones.

Al poco sale la sentencia en la que se solicita el lanzamiento pero exhorta a buscar una solución habitacional a los afectados. Habían pasado los años, pasaban los meses y la solución habitacional seguía sin llegar ni por parte del gobierno municipal de Badalona ni por parte de la Generalitat. El 16/12 llega el rumor de que el desalojo del B9 se va a ejecutar al día siguiente 17/12 cercano al vencimiento del plazo que se había fijado judicialmente. Circula entonces un último llamamiento a concentrarse a las 7:00 en la inmediaciones del B9 para tratar de detenerlo.

Muchas personas ya habían abandonado las instalaciones por iniciativa propia, unas poquísimas lo habían hecho mediante algun tipo de solución con servicios sociales, pero todavía quedaban más de la mitad. La noche del 16/12 llovía literalmente pero también llovía sobre mojado (disculpas nuevamente), los vecinos de un barrio cercano observan movimiento cerca de una fábrica abandonada de titularidad pública en la que ya se habían vivido dos intentos de ocupación con intervención vecinal de por medio. Las autoridades habían perjurado que el B9 no se trasladaría a ese espacio pero viendo que no había presencia policial unos cuantos bajan y alertan a Mossos y a la Local.

La llamada a la concentración para detener el desalojo fue secundada por algunos colectivos aunque no muchas personas, o al menos, no las suficientes acudieron para forzar una prórroga y negociar una solución.

El 17/12 se efectuó el desalojo que fue politizado por todo el que pudo. Como sospechaban las asociaciones de vecinos, no había plan para los desalojados, que acampan en una plaza aledaña y más adelante debido a las lluvias se trasladan debajo de un viaducto de la autopista. Se hace un llamamiento a parroquias y entidades del tercer sector para tapar las vergüenzas de la Administración y buscar una solución de urgencia. Rondas vecinales en el barrio cercano se sucederían durante unos días ante la evidencia de que a muchos del B9 se les había abandonado a su suerte.

El 21/12, el día que empieza el invierno, sucede otra estampa para el “recuerdo” cuando una manifestación vecinal impide el alojo provisional de 15 personas en la parroquia Mare de Déu de Montserrat del barrio paradójicamente llamado de Santo Cristo. Cristo que fue emigrante y refugiado con su familia en Egipto huyendo de Belén por la represión del rey Herodes. Tras esos hechos, dichas entidades empezaron a trabajar con discreción pudiendo realojar a muchas personas pero todavía quedaban muchas.

Se sucedieron los días fríos, lluviosos y “hogareños” de Navidad (per Nadal cada ovella al seu corral / Por Navidad cada oveja a su corral) y san Esteban festivo en Catalunya (A sant Esteve cadascú a casa seva / cada uno a su casa), en memoria primer mártir del cristianismo que fue diácono encargado de la distribución equitativa de alimentos y el cuidado de los necesitados en la comunidad cristiana de Jerusalén.

Y se sucedieron comunicados de condena de entidades, partidos, asociaciones algunas de las cuales poco o nada habían hecho antes y poco o nada hicieron después. También muestras de firmeza de que se había actuado como se debía.

Y pasó el año y vinieron los reyes magos y se fueron, y se apagó el árbol más algo de España, y volvió el cole y una serie de malas noticias y de los del B9 ya poco se habla.  Pero bajo la rampa de la salida de la autopista Badalona Sur de la C31 dirección Norte todavía están.

El B9 con más 400 personas alojadas en esas condiciones era un problema. El desalojo era necesario porque había demasiadas personas en un círculo en el que se estaban dando unas dinámicas malas para el entorno.

Desde la crisis financiera existe un grave problema de personas sin hogar. Más de una década con el problema general encima de la mesa y los sucesivos gobiernos no han dado con la solución. En este particular dos años era tiempo más que suficiente para buscar una solución digna para los afectados lo que no implicaba necesariamente “darles” una vivienda como mucha gente simplifica. Éste es el escalafón más extremo del problema habitacional que padece el pais especialmente las grandes ciudades. En el B9 también se le ha añadido el tema migratorio cuya mejora en la gestión en destino pero también en origen lleva también tiempo sobre la mesa y que cuyo rechazo va en aumento ante el acicate de la inacción y de los intereses o aspiraciones de algunos.

«Señor, no les tengas en cuenta este pecado»

San Esteban, Hechos de los Apóstoles 7:60

Foto tomada 22/01/2026

Parques de Barcelona: perros o niños

Senyor G

No sé cómo será en otras ciudades, pero cada vez hay más perros y menos niños. No tendría por qué ser malo, hasta que uno se hace padre y el conflicto estalla. No se crean que no quiero a los animales. No tengo ningún perro, entre otras cosas porque considero que es una responsabilidad. Hay que cuidar de ellos, darles un sitio adecuado, y sobre todo no confundirlos con personas. No lo son. Al vivir en Sants los pisos no son muy grandes, habrá de todo, pero viendo algunos tamaños de canes y su número no me creo que haya tantos pisos suficientemente grandes y que eso sea bueno para ellos.

Hace unos años en un proceso participativo se reformó el parque más cercano a mi casa, el de la Espanya Industrial. Entre otras cosas se amplió el pipi-can y se puso un sitio más central y bonito. Un poco se consolidó lo que ya era uso por así decirlo y para encauzarlo. Me pareció bien, un pipi-can más grande para que estuviesen allí los perros y sus propietarios. Pero ya volvemos a estar como con los manicomios, hay más perros fuera que dentro del pipi-can en muchos momentos, pero justo encima de la teórica zona de hierba por allí sueltos pastando. Entiendo que a los propietarios de perros no les gustan los otros perros o sus propietarios o algo así, pero tú anónimo vecino tienes que adorar al suyo. Por allí andan y cuando hay chavales cerca por allí, o adultos, corriendo tienen que tener cuidado que no le den un susto. Cosas que pasan. No corras niño (en un parque) que pensará que quieres jugar con él.

Al otro lado del parque hay un amplio canal con patos y también (teórica) zona de hierba, donde también campan los perros y alguna vez también les han dado un susto a los ánades que intentaban también campar. Son propietarios que quieren a sus animales, a los de todos pues los quieren como al resto del espacio público. Estuve pensando en dejar un par de quejas sobre este tema de los perros en el parque y me da la impresión que tendré más interés del ayuntamiento por el impacto de los perros sobre los patos que sobre los chavales. Estoy por hacer el experimento. En cualquier caso la conclusión está clara, al final los niños estabulados y los perros campando.

Los espacios de (teórica) hierba, tienen cada uno un letrero prohibiendo los perros, y también a las personas es verdad, y cada uno dentro del parque y fuera es otro espacio para perros. Quiten los letreros si no se los cree nadie o hagan como en la Rambla de Badal, que pusieron barras ligeras y aún así han entrado los perros. O pensemos el sentido de poner determinada hierba en Barcelona y no dejar pasar, pero sólo a las personas y los patos de todo tamaño.

Empieza a haber cierta confusión ambiental en algunas personas que hablan con los perros razonando, como si fueran personas. Y con frases como “los perros son mejores que las personas”. Pues señor, cambie de amigos. Insisto, a los animales hay que cuidarlos y nadie que no haya tenido un perro lo ha abandonado antes. Y bueno me ahorro los chistes que podría hacer sobre amar a un Animal y castrarlo y darle pienso para comer. ¡Lo mínimo es comer y follar joder! Pero ya entiendo que es lo mejor. Sin contar las ventajas que tenían los animales domésticos como era la eutanasia por enfermedades graves y hasta eso han perdido.

No es algo nuevo, no es una nueva moda, es algo totalmente consolidado. De hecho, ya comenté cuando trabajaba en la otra punta de la ciudad del Parque de l’Estació del Nord, que era también un inmenso pipi-can justo al lado de una comisaría de la Guardia Urbana. Era 2013, así que han pasado todo tipos de alcaldes y gobiernos pero así seguimos. De tanto en tanto se cambia la normativa del civismo, o como con las motos se dice que se va a empezar a aplicar una campaña molona, con ruedas de prensa, y faldones en las farolas y luego pues quedó en eso, en otra maldita campaña. Ya entiendo que no vamos a poner un guardia en cada esquina, pero un algo quizás haya que hacer. Tenía claro que podría escribir con mi verdadero nombre contra la OTAN, el imperialismo, Trump, Israel, VOX o Alianza Catalana, pero con esto de los perros mejor con pseudónimo. Seguro que sí.