Juanjo Cáceres
Un hombre cualquiera se dirige a coger un tren de cercanías. Son las 12 de la mañana de un sábado y al acercarse a comprobar el horario, unas personas que ejercen precariamente de orientadores le indican: «No se moleste en mirar las pantallas, porque hace más de una semana que no debe hacerse caso de ellas. Mi compañero está ahí abajo junto al maquinista para confirmar que este es el tren que sale ahora». Pasan algunos minutos y, en efecto, el compañero hace una señal con el brazo, tras la cual los pasajeros reciben la instrucción de bajar al andén y subir al tren. Aposentados ya en sus asientos y convencidos de estar a punto de partir, de repente, ven pasar por la vía de al lado otro tren con unos pocos viajeros que han recibido una indicación distinta. Su cara, tras ver al convoy correcto partir en la dirección que ellos querían seguir, oscila entre la incredulidad y el asombro.
El hombre cualquiera piensa: «Bueno, no es tan raro sufrir una incidencia, seamos pacientes: indignarse no sirve de nada». Y tiene razón, al menos en parte. La indignación no va a acelerar su viaje, sino que será solamente el resultado emocional de una circunstancia no deseada. Y mientras espera, el hombre cualquiera medita sobre otras cosas que tampoco están ocurriendo. La llegada de una rápida solución. Una explicación clara. Un servicio alternativo completo. Una ampliación de los servicios de transporte ofrecidos por otros medios (autobús) o por otras empresas (FGC).
Todo ello conduce a que se plantee por qué, pese a que esos fallos de funcionamiento llevan varios días dejando a las personas usuarias sin tren, nadie ha puesto sobre la mesa una solución de alcance que realmente sea reparadora y devuelva la apariencia de normalidad a las infraestructuras. Llegado a ese punto, se pregunta cuál es esa pieza que falta en el rompecabezas. Esa “no respuesta” de la que, además, nadie parece ser consciente, como si no fuera posible o como si ya no estuviera al alcance de nadie poner los medios para completar y compensar temporalmente lo que ya no se muestra operativo.
El hombre cualquiera se da cuenta de que las cosas no son como deberían ser, pero no comprende el motivo, por lo que sigue creyendo en la fatalidad, en la suma de circunstancias adversas, en la mala suerte y en la fragilidad del ser humano. Un ser humano poderoso tecnológicamente, pero incapaz todavía de solucionarlo todo. Consulta en las redes para hallar alguna buena explicación, pero solo le ofrecen griterío. Acude a la prensa, pero las reflexiones que allí lee tampoco le convencen. Piensa en la televisión y recuerda que los responsables gubernamentales tienden a divagar, aunque ahí sí que hay una cosa que tiene clara: lo hacen con solemnidad y, sin duda, con grandilocuencia.
Tras no hallar una mejor respuesta, se da por vencido y se ve abocado a atribuirlo todo a una mera avería. Pero la centralidad de las averías y de las incidencias que impiden la normal circulación de los trenes, es totalmente ficticia, y no lo es porque no existan, sino porque se perciben solamente como consecuencia y no también como síntoma. Porque los desperfectos y zonas de riesgo extendidas por todas las infraestructuras desvelan algo más inquietante: la posibilidad de que el Estado sufra una profunda crisis de capacidad de respuesta y que ello le impida seguir ofreciendo servicios de manera estable y garantizada a la ciudadanía. Una crisis ya no solamente puntual, sino de alcance sistémico.
¿Cómo interpretar, si no, todo ese colapso? Hoy las incidencias desnudan la realidad, pese a que los agentes con influencia se apresuren a vestirla de nuevo. Sin duda es mucho mejor quitarle importancia, tratarlo todo como un pequeño problema de falta de inversión o echarle la culpa al cambio climático, que mostrar la cruda realidad. Sobre todo porque asumir la realidad tiene consecuencias tales como que se exijan responsabilidades políticas o que se reduzca la confianza de la población en las instituciones y en el buen uso de sus impuestos. Es mucho más sencillo y cómodo atribuirlo todo a un pequeño fallo de cálculo en las inversiones o a un comodín recurrente como el clima, aunque precisamente el asunto climático represente la mejor prueba de la gravedad con que se habla de algo y la levedad con la que se actúa al respecto.
Nada resultaría tan chocante si al mismo tiempo que el maquinista es avisado por teléfono de cuándo tiene que salir y que el orientador hace señales con el brazo, España no presumiese de ser un país avanzado y, lo que es más gracioso, inmerso en un proceso de digitalización de empresas, ciudades y administraciones. Seguro que alguno de los pasajeros frustrados era, incluso, beneficiario de un kit digital, pero por algún motivo que desconocemos, la digitalización no ha alcanzado ni a las vías, ni a los vagones, ni a los túneles.
«Ya pasará», concluye el hombre cualquiera, mientras por megafonía anuncian que su tren partirá en breve. «En algún momento los problemas ferroviarios cesarán, los trenes volverán a ir a la hora y nos olvidaremos de todo esto». Recuerda en ese momento cada mensaje compasivo emitido estos días: «No restauraremos el tránsito hasta que las vías sean seguras», «Hemos invertido millones en Rodalies», «Venimos a dar a la población certezas», hasta que una ráfaga de viento penetra por la puerta todavía abierta de su vagón. Alza la vista y le parece ver como si todas esas palabras se elevasen y fueran arrastradas hacia algún lugar desconocido.
