En tablas

Juanjo Cáceres

«¿Cómo habré acabado yo así?», se pregunta Ernesto, mientras despierta lenta y sumamente confundido en el interior de la sede. A su alrededor botellas vacías, restos de comida y un cierto hedor que parece el legado de una noche de desenfreno protagonizada por muchas personas.

«No creo haber visto nunca en un estado tan lamentable el club ajedrecista», afirma sin disponer realmente de memoria alguna sobre lo acontecido. Tras alzar un poco la vista, un rey negro caído le indica que alguien ganó y que alguien perdió, pero desconoce si se impuso una variante de la apertura italiana o una ejecución perfecta del gambito de dama.

Mientras intenta desperezarse plenamente, con su brazo izquierdo tendido y su mano derecha alcanzando una botella de agua con gas, imagina un tablero de ajedrez, la colocación de las piezas, la fase de apertura, el desarrollo del medio juego y el final de partida. Y agrupando toda esa secuencia en única idea, conceptualiza el ajedrez como una representación política revolucionaria donde el rey debe morir.

Dicha idea le conmueve profundamente, pues conoce la antigüedad del juego y su éxito en culturas y civilizaciones diversas. Tras beber de su botella, en un acto muy necesario de hidratación, se pregunta si tras ese fiero combate de posiciones subyace en realidad un juego antimonárquico; si su éxito no será, al fin y al cabo, una manifestación casi inequívoca de aquella voluntad popular observable a lo largo de los siglos de derrocar reyes.

Ahonda algo más en ello pese al persistente zumbido que nota en su cráneo. Percibe entonces los peones como la representación del ideal capitalista, donde el esfuerzo da sus frutos y puede convertir a cualquier plebeyo en todo aquello que ambiciona. Pero al recordar las enseñanzas de un viejo profesor, reconoce también en ellos la expresión perfecta del proletariado: unas masas de gente en lucha que avanzan y siguen avanzando —incluso cuando empiezan a caer.

«Pero ¿cómo encajar en esa reflexión antisistema el peso específico de caballos, alfiles y torres, de resonancias inequívocamente nobiliarias?», se dice a sí mismo. Transcurren algunos minutos hasta que atenúa sus dudas, dándose cuenta del periodo precapitalista en el que se incorporaron esas figuras al juego y apreciando en su inclusión una posible deconstrucción del orden feudal. «No en vano los edificios presentan una línea de movimientos mucho mejor ordenada que alfiles y caballos», observa. Entre bostezos logra también relacionar el poder de las torres con la superioridad tecnológica y, en una auténtica genialidad, comprende que en pleno 2026 no pueden verse como una primitiva obra arquitectónica, sino como una avanzada vivienda inteligente.

«¿Y no hay acaso algo aún mucho más moderno?», grita de repente en voz alta, como cautivado por una revelación. «¿No es el poder de la reina un antiguo guiño a ese feminismo que se desplegará después por todo el planeta?». No puede imaginar una mejor muestra de la profundísima actualidad del ajedrez y de su infinita capacidad subversiva: «Qué mayor prueba podría haber, que el hecho de que el rey tenga unas capacidades muy inferiores y que sea la reina quien claramente protege al rey y no a la inversa».

Las conclusiones se amontonan en su mente. Con ellas su cuerpo va recobrando la compostura. Por fin ha vislumbrado el vanguardismo inherente en este juego que tantos años ha practicado: un ejercicio que ha transitado, en su caso, desde el exigente desafío intelectual hasta el leve divertimiento. Hoy en día le resulta mucho más apetecible lo que acontece después, entre risas, bebidas y bailes.

Con la tesis a punto de ser validada, advierte, súbitamente, que había olvidado un hecho trascendental y perturbador: que tras la derrota de un rey se encuentra la victoria de otro.

Es así como su confianza empieza a desmoronarse. Al fin y al cabo, la posición final de cada victoria no representa otra cosa que un rey subyugado y la conquista o toma de posesión del tablero por un ejército enemigo liderado por otro monarca, salvo que los contendientes acuerden detener la partida.

Preso de una terrible desazón, se levanta del suelo y coloca un tablero sobre la mesa. Recoge un número de piezas suficiente para disponer las posiciones iniciales y se sienta en una butaca. Su rostro entra en una tensión inquietante, como si fuera a situarse ante él otro jugador, hasta que la duda deja paso a una leve sonrisa.

Coloca decididamente un peón en E4 sintiendo que él es ese peón y se ve a sí mismo como un súbdito decidido, empoderado. Un súbdito que es capaz de retar a un rey rival, pero que también lo es de sacrificar a su propio soberano, elevándose sobre cualquier jerarquía imaginable y reforzando así sus convicciones republicanas. No podría ser de otra manera ese 14 de abril por la mañana.

Pero justo al sentir la tentación de exclamar «viva la República», nota que algo no encaja del todo. Es entonces cuando una poderosa somnolencia se apodera irremediablemente de él, desplomándolo sobre el asiento y privándolo de toda conciencia de la realidad.

Irán se planta y Trump vuelve a ceder

LBNL

El alto el fuego de Trump expiraba hoy y ayer mismo repitió hasta la saciedad que no lo iba a prolongar. Pero lo hizo después de que Irán anunciara que no acudiría a la proyectada reunión en Islamabad hasta que EE.UU. no levante el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Hace mes y medio el Estrecho estaba abierto. Tras la agresión militar de EE.UU. Irán lo cerró y Trump exigió su reapertura. Pero cuando Irán lo reabrió tras la entrada en vigor de la tregua de quince días decretada por Trump, lo hizo con condiciones y entonces Trump sorprendió a propios y extraños estableciendo su propio bloqueo: si no pueden pasar todos libremente, no pasa ninguno. Otro tiro en el pie del mayor idiota del planeta, título que se está ganando a pulso día sí y día también. Porque a él más que nadie le interesa que baje el precio de la gasolina en EE.UU. y cuantos más petroleros pasen, mejor, aunque sean solo de países no afines a EE.UU. y pagando tarifa de paso a Irán. Pero no, sin ningún empacho decretó el cierre, tan ilegal según la Convención del Mar (UNCLOS) como el forzado por Irán, aceptando implícitamente la legitimidad del cierre iraní. Y ahora Irán dice que en tales condiciones no negocia. Y Trump volvió a ceder.

Volvió a ceder porque se está quedando sin opciones. El tiempo corre en su contra: desde el primer día insiste en que Irán está derrotado y desesperado pero la realidad es la contraria. Irán tiene misiles, lanzaderas y sobre todo, miles de drones con los que seguir destrozando las infraestructuras de sus vecinos, las monarquías árabes sunitas aliadas de EE.UU. si se le sigue bombardeando. Y seguir atacando a Israel que, como EE.UU. y las monarquías árabes, se están quedando sin interceptores, con el agravante de que la tasa de reposición es bajísima. En los primeros quince días de guerra, EE.UU. y sus aliados gastaron casi mil interceptores, más que Ucrania en cuatro años de defensa frente a los misiles rusos. Dispararon a tutiplén contra todo lo que enviaba Irán, que inicialmente optó por drones, tremendamente baratos frente a interceptadores que valen cada uno entre uno y diez millones de dólares. Se calcula que haría falta un año y medio de producción para reponer los interceptadores utilizados solo en esa primera quincena. De ahí que en las semanas posteriores hasta la tregua, los misiles – ahora sí, una vez destruidos los radares avanzados americanos y mermada la reserva de interceptadores – penetraran sin apenas oposición hasta llegar a sus blancos, también en Israel que llevaba un par de décadas convencido de la impenetrabilidad de su escudo anti aéreo.

El ataque israelo-americano fue claramente ilegal. Irán es un miembro no respetable de la comunidad internacional, sometido a sanciones – apoyadas por China y Rusia – por lo amenazador y peligroso de su programa nuclear y su apoyo a milicias que desestabilizan a sus vecinos, léase Líbano o Iraq. Y por supuesto es todo menos una democracia respetuosa de los Derechos Humanos, con varios miles de sentenciados a la pena de muerte cada año y sus mujeres sometidas a vejaciones de sus Derechos Humanos más básicos como si tal cosa. Pero nada de eso hace que el ataque fuera conforme al artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que los autoriza solo en defensa propia.

Pero es que, a diferencia del secuestro de Maduro, a todas luces igualmente ilegal pero que ha mejorado la situación general en Venezuela con un coste muy bajo de violencia, muerte y destrucción, el ataque a Irán no ha tenido ningún rédito. El Estrecho estaba abierto y ahora cerrado. El programa nuclear iraní sigue exactamente como estaba: en ruinas tras los bombardeos de junio pero al margen de cualquier supervisión internacional. Por no hablar de los Derechos Humanos de los varios miles de iraníes muertos y heridos por las bombas, mujeres incluidas, sin que las demás hayan visto ninguna mejora en su situación tampoco. Así que ilegal y contraproducente.

Y claro, el señor naranja no sabe qué hacer. Los iraníes, persas de tradición milenaria, chiitas prestos al sufrimiento, están acostumbrados a los sacrificios y por supuesto, la agresión exterior no ha hecho sino reforzar la cohesión interna y por tanto fortalecer al régimen. Pensó que matando a Jamenei caería como un castillo de naipes, demostrando un desconocimiento brutal de su enemigo. Y que el bombardeo posterior acabaría de quebrar la voluntad de los guardianes de la revolución privándoles de lanzaderas y demás medios para devolver los golpes. Nuevo error que ilustra una vez más lo peligroso que resulta creerse la propagando propia.

Y las mid-term elections siguen acercándose y los republicanos se van inquietando cada vez más con el galón de gasolina en 4 o incluso 6 dólares en algunos Estados.

Para que se hagan una idea de cómo están los ánimos en Irán, los más radicales respondieron ayer abogando por tomar la iniciativa, interpretando que el bloqueo americano es una agresión y que la extensión de la tregua es una trampa para asestar un golpe sorpresa. Confiemos en que no consigan imponerse a la milenaria sabiduría persa en la que prime el interés propio en conseguir un acuerdo por el que EE.UU. se comprometa – por medio de un Tratado ratificado por el Congreso – a no volver a atacarles y levantar todas las sanciones a cambio de limitaciones verificables de su programa nuclear. Sería un triunfo en toda regla para un régimen execrable pero qué quieren, es la única salida viable que nos ha dejado la torpeza criminal del paleto narcisista que dirige la mayor potencia mundial.

Y sería también, probablemente, el principio del fin de la hegemonía internacional norte americana, cuyo mantenimiento era hasta hace solo unos meses su objetivo principal. Mientras tanto, China, que había acumulado reservas petrolíferas en cantidades ingentes durante el año anterior, contempla con serenidad como EE.UU. se suicida…

El mesías de garrafón no sabe obrar milagros

Carlos Hidalgo

Por supuesto, a los que desde hace tiempo denuncian que Trump es un demente, narcisista maligno, con cada vez menos autocontrol, no les sorprendió que el constructor de Queens se retratase a sí mismo como a Jesucristo sanando a un enfermo. En una imagen generada por inteligencia artificial generativa, recurso habitual de las personas perezosas o sin talento que buscan inflarse a sí mismas con trucos baratos.

Fue bastante gracioso, porque mientras que muchos vieron en ello una muestra más (y no la más grave) de la abismal estupidez de Trump, parte de su base electoral, consistente en evangélicos fundamentalistas y en algunos católicos demasiado conservadores, vieron en ello herejía, falta de respeto y, en un giro siempre más chalado de las cosas, como un signo de que Trump pudiera ser el Anticristo.

La realidad es que Trump es idiota. Es tan idiota como parece. Tan incompetente como parece. No tiene ninguna clase de plan en la cabeza, se deja llevar por sus impulsos más inmediatos, no asume la responsabilidad de nada y es incapaz de pensar en nada durante mucho rato o con mucha profundidad. Señal de ello es que los informes de la guerra de Irán se le presentan solo como presentaciones cortas en vídeo, seleccionando el metraje recogido por las unidades y dispositivos militares; y que Benjamin Netanyahu le convenció de entrar en esta guerra con una presentación muy visual y muy breve.

Todos los intentos que se hacen por racionalizar las acciones de Trump acaban estrellándose contra la vertiginosa realidad de su necedad infinita. Parafraseando a Nietzsche, no es solo que, al mirar al abismo, el abismo nos devuelva la mirada, sino que además bizquea y suelta ventosidades al hacerlo.

Por mucho que intentemos llenar esa sima inconcebible con supuestos planes maestros, tramas, conspiraciones y cualquier otro rastro de que pueda haber algo medianamente inteligente en Trump, no lo vamos a conseguir. Y solo estamos tratamos de proyectar nuestra propia inteligencia donde no hay ninguna.

A los legisladores estadounidenses de ambos partidos que han pedido que se someta a Trump a un test para ver si tiene demencia, o a los que exigen que empiece el procedimiento para declararle incapaz, no les falta razón. Pero tienen que luchar contra dos grandes inercias aliadas de la tiranía: el impulso de obedecer por inercia y la incredulidad ante el hecho de que el responsable de la Casa Blanca sea tonto de baba.

Esa incredulidad se refuerza cuando el tonto de baba ha sido elegido democráticamente. Cuesta mucho reconocer que se ha votado por un imbécil. Y mucho más por un imbécil peligroso. Porque es reconocer que nos hemos dejado engañar. Pero, eventualmente, ese pensamiento llega y si bien no hace falta expresarlo en público (por mucho que les gusten a los estadounidenses las autoflagelaciones en los medios), sí que se debe expresar mediante el voto.

Pero como aún queda mucho para las elecciones legislativas “mid-term”, el imbécil que se cree Jesucristo y que antes también había hablado de sí mismo como el candidato ideal a Papa de Roma, a presidente de Irán, a secretario general de la OMS o Premio Nobel de la Paz, pues a este imbécil, como decía, aún le quedan meses de ejercer su nulo autocontrol al frente del país más rico del mundo, con el ejército más poderoso del mundo. Y en ellos, en lugar obrar milagros, como él se veía a sí mismo en su autorretrato de Jesús obeso, seguirá causando catástrofes. Catástrofes que tardarán décadas en poder resolverse.

El Pilar europeo de la OTAN, la europeización de la OTAN y/o el ejército europeo

Lluís Camprubí

El actual contexto -con la incertidumbre acerca del compromiso de los Estados Unidos con la OTAN – obliga a tener una discusión fina acerca de cómo Europa puede asegurar con la mayor rapidez el mayor grado de autonomía posible para sus capacidades de defensa y disuasión.

La incertidumbre del compromiso de los EE.UU. con la OTAN tiene dos vectores. El fundamental (cualitativamente) es que su presidente va verbalizando periódicamente dudas sobre la Alianza, su hostilidad hacia la UE, cuestionamientos operativos/condicionales del artículo 5 (introduciendo lógicas transaccionales) o amagos de desacoplarse. Todo ello lo hace poco confiable. El otro vector es más cuantitativo. Hasta la fecha, lo que dicen los documentos estratégicos del país -o las declaraciones de sus altos responsables- es que pretenden una retirada/repliegue parcial de activos (tropas y equipos) convencionales (de lo que se infiere que el paraguas nuclear sigue vigente) en suelo europeo. No sabemos las cantidades, la velocidad y el grado de negociabilidad de ese repliegue. Lógicamente, lo deseable es que ese repliegue fuese lo más gradual, lento y negociado posible para asegurar una sustitución satisfactoria sin descubiertos (ni temporales ni de capacidades).

Sabemos de las capacidades únicas (cualitativamente hablando) que aporta EE.UU. a la OTAN y por extensión a la defensa y disuasión europeas. En primer lugar, la integralidad y fortaleza de su paraguas nuclear. Pero también capacidades satelitales, de inteligencia, de logística y movilidad militar, de ataque en profundidad… En todas ellas se deben acelerar los esfuerzos para que Europa adquiera en algún grado suficiente esas capacidades. Ello introduce una doble lógica: acelerar los esfuerzos propios mientras se busca una negociación (necesariamente transaccional atendiendo a las lógicas de la administración Trump). Un posible camino para esa negociación sería abordar el repliegue/sustitución de lo convencional en lógica transaccional/mercantil gradualmente hasta 2030 mientras se deja en implícito (sin explicitar cambios) las garantías nucleares.

Ello ha activado el impulso de distintos esfuerzos de matriz europea desde distintas institucionalidades. En un artículo anterior mencionaba que necesariamente convivirán esfuerzos hechos a través del pilar europeo de la OTAN, con esfuerzos desde la UE, con algunos impulsados a través de coaliciones de voluntarios. Cada una tiene algunas potencialidades y limitaciones únicas (además de diversidad de adscripciones de países) de manera que tendrán que ir avanzando todas e ir viendo. Resumidamente, la OTAN tiene ya muchas capacidades, vínculos establecidos y la estructura de mando militar integrado (pero no tiene una obediencia política última europea y en la actualidad depende excesivamente de EE.UU.), la UE tiene la voluntad y legitimación de ser el proyecto cívico-político (pero carece de mandato militar y su artículo 42.7 no tiene la fuerza del artículo 5), y las coaliciones de voluntarios pueden atender más ágilmente retos específicos (pero no son estructuras de referencia ni estables para la defensa). Ello es complementario con la mirada a largo plazo que con el tiempo puedan ir siendo asumidas por la institucionalidad comunitaria.

Activar y dotar de capacidades el Pilar Europeo de la OTAN es pues una necesidad. Sven Biscop en una serie de artículos (1) , (2) , (3) , ha ido caracterizando cómo debería llenarse de contenido la idea del pilar europeo. La idea de fondo es aprovechar las estructuras, cooperaciones y activos existentes pero llenándolas de capacidades europeas para disponer de las propias e ir sustituyendo las que sean dependientes de las americanas.

Sin embargo, hay un riesgo en fiarlo todo al pensamiento secuencial y ordenado de ir haciendo gradualmente más en/con Europa y menos con America. Señala acertadamente este informe de Leonard Schütte:  The European Pillar in NATO: From Hollow to Concrete que debemos pensar y prepararnos en paralelo tanto para el escenario “Less America” como para el “No America”.  Si pensamos sólo en escenario “Less America”, con reforzar y activar el Pilar Europeo de la OTAN (sustituyendo las capacidades que EE.UU. dice -o es previsible- que va a retirar) es suficiente. Pero si pensamos en el contexto “No America”, entonces se requiere la Europeización de la OTAN, y que ésta duplique capacidades que actualmente damos por sentado que provee EE.UU. para anticipar su posible desacople (formal o de facto). Es decir, que los europeos (con espacio para Reino Unido, Canadá…) asuman integralmente la OTAN. Conjugar los preparativos de los dos escenarios requiere una alta delicadeza para que no haga efecto de aceleración de la profecía autocumplida hacia el “No America”.

Desde la institucionalidad europea se están dando pasos decididos para reforzar la defensa europea, aunque principalmente a través de ir consensuando una cultura y brújula estratégica, estimular las capacidades nacionales y coordinar aspectos logísticos y de respuesta rápida. La vertiente comunitaria de la Defensa europea es pues aún muy tenue y no dispone de mandato en los tratados. Atendiendo a la necesidad que la defensa europea esté centrada y legitimada democráticamente a través de la UE, muchas voces -entre otras la del Presidente Sánchez– siguen reclamando empezar a construir y avanzar  desde ya el Ejército europeo (en el fondo, una combinación den capacidades ya comunitarias y que los distintos ejércitos nacionales tiendan a mayor integración, interoperabilidad, mezcla de capacidades, estructuras y con un mando unificado que responda a las instituciones comunitarias).

El objetivo de largo plazo del Ejército europeo recibe tres tipos de críticas/ obstáculos. Por supuesto -no entraré a discutirlas- hay la crítica desde posiciones soberanistas/euroescépticas. En segundo lugar, creo que deben ser corregido el bloqueo que de hecho ejercen muchos ministerios de defensa, a través del quietismo y el retardismo, muchas veces basados en razones identitarias y/o de inercia organizativa. Pero sí que hay un conjunto de cuestionamientos legítimos que se hacen desde posiciones europeístas que merecen ser atendidos: qué pasa con los cuatro países neutrales de la UE; cómo se relaciona con lo existente de la OTAN; bajo qué mandato político; para hacer qué… Creo que ninguno de los cuestionamientos invalida la idea de partida del Ejército europeo, pero sin duda son cuestiones del tipo que se les debe dar respuesta mientras se va construyendo. En relación con la ya existencia de la OTAN, intuyo tres posibles niveles de arreglos: a) respecto al diálogo político entre Estados Miembros de la UE es posible -y no es ningún drama- que acaben duplicándose espacios; b) sobre las tareas de planificación, ejercicios y coordinación, en el corto plazo tienen que seguir recayendo en las estructuras OTAN (pilar europeo), y que las estructuras comunitarias aporten un rol de soporte y validación (seguramente informal) y dependiendo mucho de los Estados Miembros que se vayan trasvasando funciones; y c) respecto a las funciones de mando unificado (Command and Control,…) seguirán siendo ahora mismo a través de las estructuras OTAN pero pueden ir impulsándose en el ámbito comunitario como estructuras en la sombra (en muchos casos con la dificultad que tendrían que ser las mismas personas). Ciertamente, el impulso del ejército europeo tiene ahora mismo mucho de que las nuevas capacidades recaigan sobre su estructura y de hacerlo posible sobre el papel para que sea factible una transferencia ordenada cuando corresponda y/o si en algún momento se anticipa que la OTAN pueda dejar de ser funcional.

En cualquier caso, la Europa de la Defensa requiere dos desarrollos institucionales urgentes. Primero, la operacionalización del artículo 42.7 de solidaridad y ayuda mutua. Y, en segundo lugar, disponer de un mandato “constitucional” que legitime la defensa europea.  En este sentido resulta muy sugerente la propuesta de Josep Borrell de impulsar un tratado nuevo, ad-hoc, para la Unión Europea de la Defensa:

“Europa tiene hoy más enemigos que nunca, dentro y fuera. Si de verdad queremos una Unión que afronte los problemas de hoy, especialmente los que tienen que ver con la seguridad en todos sus sentidos, también el militar, entonces hay que rediseñarla. Hay que hacer un reset. De lo contrario, seguiremos retorciendo los tratados para hacerles decir lo que no dicen y para hacer lo que no nos dejan hacer, buscando interpretaciones alambicadas de los Tratados, a veces al borde del fraude de ley, para sortear unanimidades y sacar adelante lo que algunos quieren y otros no. Más que hablar en términos genéricos de dos velocidades, yo iría directamente al fondo de la cuestión. Si los europeos creen que tienen que unirse para asegurar colectivamente su defensa, deberían empezar a pensar en crear una Unión Europea de la Defensa, con un tratado nuevo, ad hoc, y entre aquellos que quieran estar. Empezando por una condición: aquí no hay unanimidad”

Tendrá que ser ese nuevo Tratado uno de los marcos en el que se den respuesta a todo aquello relacionado con el aseguramiento y legitimación de la defensa y la disuasión europea, en cómo entendemos la ayuda mutua, si el ejército europeo es la réplica escalada al continente de un ejército nacional o requiere arreglos de nuevo tipo y su relación con la OTAN (europea y más allá), y sobre el paraguas/disuasión nuclear europea.

En la ilusión del regreso

Juanjo Cáceres

“Dicho queda”, piensa Ulises, cuando el acto llega a su fin. Ha logrado seguirlo desde su embarcación mediante streaming, gracias a la cobertura que a duras penas obtiene entre el oleaje, mientras prosigue esa travesía por el Mediterráneo intentando regresar a Ítaca.

Es un viaje muy largo, fruto del castigo infligido por los dioses. Un viaje inevitable que lo ha de mantener alejado durante años y que quizá nunca llegue a culminar. Por eso, en este tardío tramo de su vida, no le queda otra opción que ocupar sus días observando todo aquello que le resulta posible de un mundo ahora inalcanzable.

Y precisamente mientras escuchaba a los oradores Gabriel Rufián e Irene Montero, ha creído oírse a sí mismo: ese gobernante que un día fue, hasta que lo que se acabaría convirtiendo en una larga guerra le obligó a marcharse y a batallar a sangre y fuego durante demasiados años, lejos del lugar al que llamaba hogar.

Ulises se pregunta, por enésima vez, si logrará culminar su regreso. Si será capaz de sostener la mirada ante su mujer y su hijo, a los que tanto añora y que tal vez todavía esperan verle volver. Pero no está seguro de lo que hallará a su retorno. Tampoco de si aún encontrará a alguien capaz de ofrecerle cierta esperanza en lo poco que le queda por vivir.

Ha notado también que el paso de los años ha dejado su huella en esos dos rostros agotados, que, como el suyo, se enfrentaron a propios y extraños sin piedad alguna y ahora muestran su profundo cansancio. En esas cicatrices dejadas por mil batallas ya no hay rastro de épica: tan solo sensaciones mucho más incómodas, como la pérdida de confianza en uno mismo y una cierta rigidez en la manera de ser y de pensar, que llegados a este punto resulta totalmente inevitable.

Ulises sabe que los reyes solo pueden reinar, de modo que la única forma de dejar de reinar es dejar de ser rey. Pero ¿acaso no es imposible dejar de serlo, cuando todos te ven aun como tal e insisten en seguir evaluando tus obras, tus aciertos y tus errores?

“¿Cómo puede cualquier persona escapar del recuerdo de lo que ha sido y del juicio constante sobre lo que ha hecho?”, se pregunta. “Sé que, aunque pasen 2000 años, yo no dejaré de ser esa figura que fui y que es muy evidente que ya no soy”, reflexiona mientras contempla sus arrugadas manos y sus viejas ropas, desgastadas por el viento y la sal. Pero enseguida devuelve su pensamiento a lo escuchado durante más de una hora y media.

“Por todo lo que ambos han expuesto, no parece que ese mundo que habitan sea mejor, en modo alguno, que el que yo dejé atrás. Si alguna vez los tuviera frente a mí, no resistiría la tentación de preguntarles por todo aquello que también me acongoja como viejo monarca y guerrero: ¿qué ocurrió para que todo empeorara tanto? ¿Qué hicisteis para evitarlo? ¿Cómo gobernasteis vuestros reinos para que el enemigo consiguiera llegar con tanta furia y facilidad hasta vuestras puertas? ¿Cómo impediréis que esas fuerzas hostiles se adueñen de vuestras ciudades y puertos, ahora que a duras penas sois una sombra de lo que un día fuisteis?”.

Es entonces cuando lo comprende. A medida que murmura las preguntas, se vuelve más consciente de que estas no son más que un fiel reflejo de ese interrogatorio permanente al que se somete a sí mismo, condenado como está a la vejez, a la soledad y a permanecer aislado en una embarcación sin rumbo.

“¿Quién soy yo, al fin y al cabo, para juzgar a nadie, tan errado y presuntuoso como fui en el pasado, cuando creía que una palabra mía ordenaba el mundo y una frase bastaba para transformarlo? Quizás son ellos los valientes, por persistir pese a todo, y yo el cobarde, por no rebelarme contra ese infausto destino al que me he visto abocado”. Pero súbitamente cambia de parecer.

“Vana ilusión”.

“Solo los necios creen ser más listos que nadie y piensan que todo puede lograrse desde la mera voluntad y desde el simple poder que otorgan un trono real o un micrófono inalámbrico. Y puede que este viaje a la deriva sea, al fin y al cabo, la consecuencia de todo”.

“Tal vez hasta esta aparente soledad sea engañosa. Quizá, si extiendo la vista hacia el horizonte, descubra otras embarcaciones como la mía, igual de perdidas, cada una con un marinero tan aislado y ensimismado como yo. ¿Estáis ahí?”. Pero al alzar la vista, solo aprecia una oscuridad profunda, débilmente matizada por el fulgor de las estrellas.

¡Adiós, dictador!

Carlos Hidalgo

Creo que uno de los momentos más divertidos que nos dio Jean-Claude Juncker (y eso que el tío era una mina) cuando era presidente de la Comisión Europea fue cuando, en una cumbre, vio llegar a Viktor Orbán y dijo a su interlocutor: “Mirá, por ahí llega el dictador”. Y cuando tuvo al húngaro delante, le saludó con un cachete y le dijo “¡hola, dictador!”

Muchos húngaros seguramente estén cantando desde ayer “¡adiós, dictador!”. El húngaro, que pasó de defensor de la libertad y de la democracia tras la caída de los regímenes soviéticos a ser un defensor de una democracia sin libertades, a la que él mismo definía como “democracia iliberal”, creó la hoja de ruta para el resto de populismos de ultraderecha de Occidente. En sus reformas constitucionales, su control de los medios, sus políticas represivas y en sus discursos xenófobos, se basan desde el Partido Republicano de Donald Trump a los candidatos de Vox, cuyas campañas y funcionamiento han estado financiados por el banco central húngaro.

La contundente derrota de ayer demuestra que es posible vencer a los populistas y los ultraderechistas, incluso cuando han retorcido tanto las reglas que parece imposible batirles.

El camino que le espera a Hungría no es nada fácil porque el régimen impuesto por Orbán se ha llevado por delante a generaciones enteras, ha arruinado una economía que va a ser complicada de remontar, se ha cargado el normal funcionamiento de las instituciones y hay servicios básicos, como la educación o la sanidad, que prácticamente no funcionan. Hay unas declaraciones del Secretario de Estado de Sanidad de Orbán, Péter Takács, en las que decía que era “una imposibilidad matemática” lograr algo tan básico como que los hospitales húngaros tuvieran papel higiénico.

Las políticas de natalidad de Orbán, supuestamente destinadas a evitar el llamado “gran reemplazo” del que advierten todos los xenófobos occidentales, no sólo no han logrado incrementar la fertilidad en su país, sino que Hungría lleva años perdiendo población, merced a la desastrosa y corrupta gestión del régimen ultraderechista, donde las ayudas a la natalidad se perdían entre redes de corrupción y donde las parejas se plantean muy seriamente si traer a un bebé a un país con una economía disfuncional y donde existen pocas opciones de futuro.

No olvidemos tampoco que Orbán ha sido uno de los “topos” de Putin dentro de la UE, que ha tratado de sabotear desde el principio la ayuda a Ucrania, que ha filtrado datos estratégicos a Rusia y que, además, ha abierto las puertas de su país a China, que tiene más inversiones en Hungría que en la suma del resto de países de la UE y el Reino Unido. Y, por supuesto, es un ferviente partidario de Donald Trump, que le ha apoyado públicamente en estas elecciones y que además ha mandado a su vicepresidente, J.D. Vance, a dar mítines a su favor. Tarea en la que Vance ha fracasado, igual que ha fracasado al frente del equipo de negociadores con Irán, con un margen de pocos días.

Al igual que el auge de Orbán marcó los pasos a seguir a la ultraderecha ultranacionalista para derribar a las democracias, su derrota nos tiene que servir a los demás para prevenir que en nuestros países pueda pasar lo mismo. Y como advertencia de que esta clase de regímenes solo traen ruina, corrupción e incompetencia.

Ils ont partagé le monde (se han repartido del mundo)

Marc Alloza

Plus rien ne m’étonne (ya nada me sorprende), por desgracia existe una larga tradición de repartir territorios entre potencias sin considerar las consecuencias de no tener en cuenta la opinión o deseos de sus moradores. Los hay de mayor o menor alcance pero al final todos coinciden en fijar unos límites o esferas de influencia para tratar de no entrar en conflicto mientras se explota o se hace uso y disfrute de los territorios asignados que son sometidos o controlados con regímenes, gobiernos, mandatarios o simplemente administradores afines.

Este tipo de acuerdos pueden servir de forma temporal a diferente escala de días a meses o incluso llegar a siglos. Roma tuvo acuerdos con Cartago probablemente desde el 509 a.C, con renovaciones posteriores en el siglo IV a.C. El principal objetivo de estos pactos era ordenar el comercio y la navegación en el mediterráneo occidental y evitar enfrentamientos. Esto perduró hasta que la rivalidad y el conflicto de intereses se volvió inevitable bajo el punto de vista de ambas y en 264 a.C. dio lugar a la primera guerra púnica. A partir de allí hubo más tratados y más guerras hasta que en el 146 a.C. Cartago fue destruida y ya no se tuvo que pactar más. Roma hizo muchos pactos a lo largo de su existencia, con Partos y con multitud de pueblos bárbaros pero eso no evitó su colapso.

El primer reparto global del mundo se podría decir que fue el Tratado de Tordesillas (1494)

370 leguas (aprox.1.800 kms) al oeste de Cabo Verde para repartirse las tierras “descubiertas” y por descubrir fuera de Europa. Portugal se quedaba con Brasil, África y Asia. Y España el resto de América. En 1529 se firma el Tratado de Zaragoza que representaría un anexo al de Tordesillas fijando el antimeridiano de repartición del área del Pacífico.

Ils ont partagé Africa (ellos se repartieron África)

Otra de las grandes reparticiones clave de la historia fue la organizada en la Conferencia de Berlín entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885. La motivación era nuevamente ordenar una expansión colonial, en este caso, en África; estableciendo reglas comunes para la ocupación, el comercio y la navegación en zonas estratégicas como las cuencas del Congo y del Níger. En aquel entonces participaron 14 naciones, en su mayoría potencias europeas, salvo el Imperio Otomano y Estados Unidos. Entre ellos estaban Alemania, Reino Unido, Francia, Bélgica, Portugal, España, Italia, Países Bajos, Austria-Hungría, Rusia, Dinamarca, Suecia-Noruega.

Sans nous consulter, sans nous demander, sans nous aviser

No hubo representantes africanos; las potencias europeas se repartieron el mapa sin consultar a los pueblos que vivían allí ni sus estructuras políticas o culturales. En 1880 África ya estaba densamente organizada en centenares de reinos, imperios, sultanatos y confederaciones, muchos superpuestos y con fronteras fluidas. Las entidades políticas más destacadas serían el Imperio etíope (Abisinia), República de Liberia (fundada por afroamericanos liberados), Imperio ashanti (Ghana central), Reino de Buganda (en la actual Uganda), Reino de Dahomey (actual Benín), Reino zulú y otros reinos Nguni en el sur de África entre otras.

La Conferencia estableció como principio la ocupación efectiva, es decir, que para reclamar un territorio se tenía que ejercer un control sobre él. Las fronteras se fueron trazando poco a poco, negociación a negociación, con criterios de equilibrio entre imperios y de facilidad cartográfica: líneas rectas siguiendo paralelos y meridianos, o grandes ríos aunque separaran comunidades por la mitad. Además, se aplicaron políticas de “divide y vencerás”: mezclar grupos rivales en un mismo territorio o partir pueblos cohesionados en varios Estados para dificultar resistencias unificadas.

Parte del imperio mandinga se encontró entre los wólofs. Parte del imperio Mossi estaba en Ghana. Parte del imperio Soussou se encontró en el imperio Mandingo. Parte del imperio mandinga se encontró entre los Mossi.

En 1914 casi la práctica totalidad de África – salvo Liberia y Abisinia – estaba controlada por los europeos: había llegado la hora del choque y repartirse las partes de los vencidos.

Las consecuencias se siguen sufriendo hoy, países que agrupan decenas o cientos de grupos con historias, lenguas y religiones distintas, o pueblos partidos entre varios Estados (Maasai entre Kenia y Tanzania, Anyi entre Ghana y Costa de Marfil, Mandinka fragmentados en África occidental, Nuer entre Sudán del Sur y Etiopía). Conflictos, guerras, intervencionismo extranjero, pugna por recursos un desastre en buena parte del continente.

Para cerrar los ejemplos de repartición global mencionar el orden mundial de la guerra Fría surgido en la cumbre de Yalta de 1945. Tras la segunda guerra mundial la Unión Soviética, EEUU y Reino Unido dividen al mundo en dos partes. Y emplean zonas satélite para medirse en detrimento de sus pobladores.

Volviendo al presente, parece que en los últimos años tengo la sensación de que ha habido una nueva repartición del mundo, o de buena parte de él. Entre las superpotencias quizás por primera vez, no haya ninguna europea, Rusia aparte, como protagonista. Informados o no, la UE y Reino Unido así como otros componentes de la OTAN están apercibidos, extorsionados e incluso amenazados. Parecía que bajo el amparo de la UE esto no podría pasar pero, ¿seremos una pieza más del tablero bajo el control de otro o seremos testigos mudos de la nueva configuración?

El efecto de la pena de muerte

Verónica Ugarte

En 1995 dos ciudadanos estadounidenses perpetraron un ataque terrorista contra un edificio federal. Después de haber cargado un camión con una potente bomba realizada con fertilizante y diésel, lo aparcaron cerca del recinto, y al activar la bomba a distancia, asesinaron a 168 personas, dejando heridas a otras 680. 

El atentado en la ciudad de Oklahoma es desde entonces parte del imaginario estadounidense, como el más bárbaro que dicho país ha sufrido a nivel interno. No dejó a nadie indiferente y las familias de las víctimas, en su mayoría, estuvieron de acuerdo cuando los Fiscales pidieron la pena de muerte para los autores, siendo solamente condenado a la inyección letal Timothy McVeigh, el cabecilla.

Un familiar de las víctimas acudió a la ejecución y posteriormente declaró que la Justicia se había realizado a favor de los muertos y que, al mismo tiempo, él necesitaba ver con sus propios ojos que McVeigh pagaba por sus pecados.

Estas pocas líneas pueden resumir el sentido que tienen de la Justicia algunos seres humanos en el mundo. Y es escalofriante. No solo porque en veintisiete de los cincuenta y un Estados de los EE.UU. la pena de muerte sigue siendo legal, sino porque da forma y sentido a una moral y formas de vida inquietantes, tanto para quien la avala como para quien la padece.

Mientras en Europa la pena de muerte fue abolida en el siglo XX, en Asia y África continúa, dando pie a sangrientas venganzas, a estallidos de ira y rabias sin control, pero mientras al primer mundo no le impida realizar negocios, Bruselas y Estrasburgo siguen cruzados de manos.

Sin embargo, Israel procederá a colgar a quienes llama terroristas, es decir, palestinos que están bajo sospecha, encarcelados sin que las NN.UU. hayan enviados comisariados. Corrijo: En 2022 Francesca Albanese, abogada italiana fue nombrada relatora especial de las NN.UU. para Palestina. Después de múltiples escritos y conferencias, fue acusada de antisemitismo. En su primer informe declaró que Israel lleva a cabo un apartheid en los territorios ocupados, y en 2024 informó al Consejo de Seguridad que las acciones de dicho país equivalen a un genocidio.

Desde entonces Albanese ha sido perseguida por EE.UU., no solo en forma de propaganda difamatoria, sino también prohibiendo a ella y a su familia abrir cuentas bancarias en el país americano y entrar en el mismo. El Secretario de Estado Marco Rubio indico que para el gobierno Trump, Albanese realizaba una campaña de guerra política y económica contra EE.UU. y contra Israel. Y Nueva York, Ginebra, Bruselas y Estrasburgo han callado.

Es decir, a medida que corre el tiempo, los valores humanos recogen las miserias del mundo y se llenan de una perversión a la cual se debe hacer frente sin un atisbo de duda. Las organizaciones internacionales nacidas después de la Segunda Guerra Mundial han sido rebasadas por su falta de cumplimiento a la Carta de Derechos Humanos, a los valores de paz europeos y occidentales, y lo único que queda en pie es la loca de Von der Leyen.

¿Y por qué hablo de la pena de muerte? Porque hacer creer al ciudadano de pie que eso es justicia, es vomitivo, como bien indicó Camus. No se repara ofensa alguna; se transforma en odio de grandes dimensiones.

Israel no puede esperar para iniciar juicios sumarios cuya verdadera intención es propagandística a costa de sangre derramada desde hace casi ochenta años. Colgarán a quien tengan que colgar. El ojo por ojo, diente por diente no aportará paz mental a nadie. Permitirá la corrupción del alma humana. Concatenará lágrima y sufrimientos; risas y abusos. Y no habrá paz en la llamada Tierra Santa.

La crisis que se nos viene encima

Carlos Hidalgo

Escribo esto poco después de que Trump, en una de sus cada vez más desquiciadas pataletas, haya escrito a los iraníes diciendo “¡Abrid el estrecho, locos cabrones!” y luego, en otro de sus cambios de humor, afirmase que el régimen de los ayatolás estaba dispuesto a negociar alguna clase de acuerdo que sabríamos hoy mismo. Lo cual, me atrevo a predecir, será otro de los delirantes embustes a los que nos tiene acostumbrados el promotor inmobiliario de Queens.

Lo que se veía como una operación puntual para desestabilizar a Irán, más a conveniencia de Netanyahu que de Trump, se está convirtiendo en un conflicto bélico, cada vez más embarrado. Israel está aprovechando para hacerse con el Líbano mientras los Estados Unidos bombardean fútilmente a Irán que, mientras tanto, mantiene cerrado el Estrecho de Ormuz, por donde debería estar pasando alrededor de un tercio de las reservas mundiales de petróleo. Los barcos que partieron antes de la guerra ya están llegando a sus destinos y si este bloqueo no se resuelve, los precios de la energía, la escasez de combustible, de fertilizantes y de derivados del petróleo van a empezar a permear a toda la economía mundial.

Pero es que, además, en la economía que el propio Trump ha promovido de manera agresiva, volviendo a los combustibles fósiles y creando una burbuja de sobrecapitalización de la inteligencia artificial, es enormemente frágil en este momento. La parte de los combustibles fósiles ya se ve que empieza a venirse abajo cada día que el estrecho está cerrado. Y la parte de la sobrecapitalización de la IA depende en gran medida de que los mercados mundiales se mantengan al alza, algo que también parece cada vez más improbable si el conflicto continúa. Ahora mismo las bolsas se mantienen en la irracional creencia de que las cosas no están tan mal como parecen y que habrá una solución más pronto que tarde.

Lo peor es que la volatilidad de Trump, la imprudencia de Netanyahu y la posición de Irán, que sabe que tiene al mundo entero en un puño, hacen que la salida de este conflicto no parezca posible a corto plazo. Primero, porque diplomáticamente se han volado todos los puentes, entre otras cosas porque las bombas estadounidenses e israelíes han matado a todos los posibles interlocutores, al menos a los conocidos.

Luego, Trump no tiene voluntad real de negociar. Ya traicionó a los iraníes haciéndoles creer que negociaba cuando en realidad se estaba preparando para bombardearles. Y ve cualquier salida del conflicto que no pase por una humillación pública de los iraníes como una derrota. Y para seguir manteniendo su actitud y su orgullo de macho no va a tener reparos en agotar los recursos militares y económicos de su país, en cometer crímenes de guerra y en condenar al mundo entero a otra crisis, si eso sirve para contentar a su ego.

Israel no va a detenerse porque mientras los estadounidenses están prendiendo en llamas al mundo, los ultranacionalistas pueden seguir llevando a cabo su programa máximo de “expansión defensiva” y Netanyahu aleja de sí los múltiples juicios por corrupción que tiene pendientes.

E Irán seguirá bajo un régimen tiránico que no tiene problemas en masacrar a su población, como tampoco en chantajear al resto del mundo.

De los cánticos en Cornellà a la islamofobia normalizada

David Rodríguez Albert

El pasado martes se disputó en Cornellà de Llobregat el tristemente célebre partido entre las selecciones de España y Egipto. Como ya es sabido, en varias ocasiones se lanzaron cánticos islamófobos desde algunos sectores de la gradería. Además, se silbó el himno nacional del país africano y se profirieron insultos hacia Puigdemont y Pedro Sánchez. Estos hechos son especialmente graves, van mucho más allá de una anécdota en un evento deportivo y representan una muestra de racismo y de islamofobia, en un entorno de consignas propias de la extrema derecha catalana y española.

Afortunadamente, la reacción de la opinión pública ha sido contundente a la hora de denunciar estos hechos. Especialmente significativas son las declaraciones de Lamine Yamal, la principal estrella de la selección española. El jugador musulmán ha acusado de racistas e ignorantes a quienes profirieron los insultos. A sus palabras se han unido declaraciones unánimes de condena por parte del gobierno español, del gobierno catalán, de la sociedad civil y de todos los partidos políticos democráticos.

Durante el partido, los cánticos islamófobos se prolongaron sin que el encuentro se detuviera, evidenciando un fallo institucional grave. El protocolo antirracista de la Federación Española de Fútbol establece que, ante conductas discriminatorias, el árbitro puede detener el partido, tras emitir advertencias al público. En este caso, se hizo un aviso por megafonía minutos después durante el descanso, pero el encuentro no se paralizó. El árbitro búlgaro, que no entendía el idioma, no podía aplicar el protocolo por sí mismo. La federación tenía la responsabilidad de informarle y coordinar la acción, pero no lo hizo, permitiendo que los insultos continuaran, enviando un mensaje de tolerancia hacia la islamofobia y subrayando que el problema no es solo de la grada, sino de una federación incapaz de hacer cumplir sus propias normas.

La islamofobia que se manifestó en el campo no surge de la nada, sino que se inscribe en un clima de discurso político hostil hacia la comunidad musulmana. Dirigentes de Vox han vinculado repetidamente la inmigración musulmana con supuestas amenazas a la identidad y la seguridad de España, usando expresiones como “islamización” o comparaciones con sociedades violentas, y señalando barrios y comunidades como espacios que se “degradan” por la presencia musulmana. Por su parte, Aliança Catalana contribuye a normalizar discursos de odio, generando un marco en el que los insultos o ataques a musulmanes dejan de percibirse como inaceptables y pueden traducirse en agresiones verbales reales, según denuncias de líderes de la comunidad islámica catalana. Todo esto demuestra cómo los mensajes de la extrema derecha alimentan la islamofobia, creando un clima que facilita episodios como los cánticos de Cornellà.

En paralelo a las condenas públicas, los hechos descritos han activado una investigación de los Mossos d’Esquadra, junto con la Fiscalía de Delitos de Odio y Discriminación, que han abierto diligencias para esclarecer si los cánticos islamófobos y xenófobos constituyen un delito de odio conforme al Código Penal. La investigación busca identificar a los responsables, incluyendo la posible organización o coordinación previa de los insultos por parte de sectores vinculados a la extrema derecha, y determinar si se puede avanzar en la vía penal. Además, se ha abierto una vía administrativa que contempla sanciones a los espectadores implicados y, entre otras medidas, prohibiciones de acceso a eventos deportivos.

Los hechos del martes no son casos aislados, sino el reflejo de un clima de odio que se está normalizando en España, alentado por discursos políticos de la extrema derecha que señalan a los musulmanes como amenaza. Detener los cánticos no es suficiente, ya que hace falta actuar sobre las causas profundas: educación, concienciación y cambios inmediatos en la aplicación de los protocolos deportivos. El fútbol puede ser un espacio de integración o un altavoz del odio. El racismo y la intolerancia no pueden ser nunca las opciones.