Sin plan, sin objetivo

Carlos Hidalgo

Llevamos más de una semana de ataques a Irán y está todo lleno de contradicciones. Tras matar al ayatolá Jamenei, una semana después nos enteramos de que ha sido sucedido por el ayatolá Jameni (hijo).

Mientras que Trump y Hegseth hacen declaraciones bravuconas, insistiendo sin parar en que están en guerra, llegando a decir tonterías como que Estados Unidos está en guerra con Irán desde 1949, los representantes y senadores republicanos evitan la palabra guerra a toda costa. Entre otras razones, porque la Constitución estadounidense deja muy claro que solo el Congreso de los Estados Unidos puede autorizar que el país entre en guerra y, claro, después de rechazar una moción de los demócratas para limitar los poderes del presidente en el asunto de Irán de acuerdo con la Constitución, decir la palabra “guerra” dentro del Capitolio evidenciaría que Trump, una vez más, ha actuado de espaldas a las leyes fundamentales del país que gobierna.

Dentro de las cosas que aparentemente tampoco se pueden decir, es que siete militares estadounidenses han muerto. Aunque el Pentágono ha confirmado las muertes y Trump ha asistido (tocado con una gorra de béisbol de propaganda) a la repatriación de seis de los siete fallecidos, tanto Hegseth como la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, han interrumpido entre gritos a los periodistas que preguntaban sobre el tema, diciendo que solo “querían dejar mal al presidente”.

Tampoco está claro cuáles son los objetivos de Estados Unidos en este conflicto. Trump ha ido diciendo uno diferente cada vez que se le ha preguntado acerca del tema; evitar que Irán tuviera armas nucleares, evitar una posible represalia contra los EEUU por un ataque de Israel, vengarse por un supuesto intento de asesinato que estaría planeando un comando iraní, controlar el petróleo de la región o incluso nominar al sucesor de Jamenei.

Pete Hegseth, secretario de Guerra, y el propio Trump mantienen que van a ganar la guerra (recordemos que ellos sí que dicen la palabra) simplemente mediante bombardeos y sin desplegar tropas sobre el terreno. Lo que pasa es que, mientras que los estadounidenses están agotando su arsenal y las empresas de defensa se lamentan de que no pueden producir misiles y bombas al ritmo al que son lanzadas, los iraníes están racionando las suyas y disponen de abundantes drones de ataque, considerablemente más baratos que los misiles que se usan para interceptarlos.

Además, los recortes del famoso DOGE de Elon Musk han dejado al Departamento de Estado sin recursos para repatriar a los cerca de 8 000 estadounidenses que siguen atrapados en la zona, que están a merced de carísimos vuelos privados o de que les evacúen contratistas privados de seguridad.

Mientras tanto, los engranajes del régimen iraní siguen girando. Aparte de encargarse de reponer a los cargos muertos en el primer ataque, sus cuerpos represivos siguen manteniendo las opresivas leyes de los ayatolás, la gente no se ha levantado en armas contra la tiranía y hasta los kurdos se lo están pensando.

Irán, en su respuesta, está represaliando al resto de países del Golfo y sigue cortado el acceso al estrecho de Ormuz, cortocircuitando el comercio de petróleo que, en el momento en el que escribo estas líneas, ya ha superado los 100 dólares por barril.

Israel, por su parte, tampoco tiene problemas en extender el conflicto y ha vuelto a cerrar Gaza y está atacando también al Líbano, por lo que las acciones bélicas, lejos de estar contenidas, parece que se están yendo de las manos. Tal vez no para Israel y para Irán, pero sí para los Estados Unidos.

Los dos recursos claves de la zona: plantas petroleras y de desalinización, de las cuales dependen casi toda el agua potable de la zona, ya están siendo atacadas.

Este progresivo descontrol está afectando al resto del mundo, arrastrándonos a un conflicto que no deseamos, siguiendo con su rosario de destrucción, muertes y sin que los que lo han iniciado parezcan querer ponerle freno, entre otras cosas porque no saben lo que quieren lograr con esto, aparte de engordar su vanidad personal y distraer la atención de sus problemas personales.

Las movilizaciones de la educación en Catalunya

David Rodriguez Albert

El pasado miércoles 11 de febrero, los principales sindicatos docentes convocaron la que ha sido la mayor movilización educativa en Catalunya durante los últimos años. El hartazgo ante la situación del sistema educativo ha estallado con un seguimiento masivo de la huelga, cortes de carreteras y una gran manifestación en Barcelona, y se prevén nuevas protestas para la semana del 16 al 20 de marzo.

Los recortes antisociales realizados desde 2009, especialmente centrados en la época de Artur Mas y los sucesivos gobiernos del nacionalismo de derechas, han provocado una pérdida de poder adquisitivo del profesorado que se sitúa entre un 20 y un 25%. Pero estas protestas van más allá del tema de los salarios y recogen la insuficiente financiación del sistema educativo catalán, las elevadas ratios, la falta de atención a la diversidad y el exceso de cargas administrativas asignadas al profesorado.

La inversión pública educativa en Catalunya alcanza a duras penas el 4% del PIB, muy lejos del 6% que representa la media de los países de Europa Occidental. De hecho, Comisiones Obreras ha presentado una Iniciativa Legislativa Popular para alcanzar progresivamente ese indicador del 6% y, de este modo, homologarnos a la situación de nuestro entorno socioeconómico más inmediato.

De este modo, no es extraño que la ratio de alumnos por aula se sitúe en la mayoría de aulas de la ESO alrededor de 29-30 alumnos, mientras que las estadísticas de la OCDE ofrecen unos datos para la Unión Europea que oscilan entre los 21 y 23 alumnos por aula. Esto sitúa a las aulas catalanas significativamente por encima de los estándares medios europeos, hecho que dificulta enormemente la atención pedagógica.

Pero uno de los aspectos que más ha impactado en el sistema educativo catalán durante los últimos años ha sido el sustancial aumento del alumnado con necesidades específicas de aprendizaje y apoyo, que se ha duplicado en sólo tres años, pasando del 18,6% en 2022 al 36,6% en 2025. El impacto de la pandemia y el incremento de las desigualdades económicas explican este fenómeno tan delicado, que nos lleva a afirmar que actualmente uno de cada tres alumnos requiere atención específica en Catalunya. 

Desde mi punto de vista, este es el elemento que más ha tensionado a la comunidad educativa en estos últimos tiempos, ya que las exigencias en las aulas han incrementado de manera ostensible sin recursos suficientes para atender esta diversidad. Esto no solo está teniendo efectos visibles en los resultados educativos, sino en la fragilidad psicológica que está afectando a toda la comunidad educativa, de manera que ahora mismo la situación es prácticamente insostenible en algunos centros.

Por si fuera poco, la desafortunada legislación que se ha impuesto, tanto desde España como desde Catalunya, ha disparado los requerimientos burocráticos exigidos al profesorado. El rechazo de la comunidad docente es frontal, no solo ante el aumento de tareas no remuneradas que deben realizarse, sino ante el distanciamiento absoluto de la tecnocracia frente a la situación real de nuestras escuelas. En momentos de enorme complejidad, desde los gobiernos de España y de Catalunya se ha mirado hacia otro lado y se ha desviado la atención de los verdaderos problemas, acordando una hiperplanificación de tareas que alcanza el ridículo e impide el correcto desarrollo de las funciones pedagógicas.

Estos han sido los motivos de la participación mayoritaria del profesorado en las movilizaciones, que ha desbordado la previsión de los propios sindicatos convocantes. La situación actual es inaceptable, y así lo han reconocido las autoridades educativas que, en un primer momento, han lanzado una propuesta de una tímida subida salarial, sin entender que las reivindicaciones van mucho más allá. En efecto, la complicada situación del sistema educativo catalán no se solventa con medidas cosméticas y sistemáticamente graduales, sino con cambios estructurales y, en algunos casos, con políticas de choque que respondan a situaciones que realmente lo requieren.

Sálvame a la izquierda

Sergio Patón

Me parece que a todos los participantes de este foro todo nos pilla a desmano o destiempo. ¿A quién con sentido común y un mínimo de bondad le van a pillar bien los bombardeos e intervenciones del presidente de Estados Unidos? Y más para pensar y opinar de política. Trump es algo entre la caricatura que haríamos las izquierdas de un presidente de su país y directamente lo que es un presidente del imperio sin caretas ni ornamentos. En crudo.

Pero llevo días que quiero decir algo sobre el debate sobre la unidad de la izquierda que ha venido sucediendo en las últimas semanas y cae lo que cae. Yo milito en la versión catalana de Izquierda Unida que ha ido tocando fondo desde el 99. Más de un cuarto de siglo ya. Y digo militando, lo cual incluye desde ir a mítines, reuniones de todo tipo, que te den la chapa, dar la chapa en versión evangelizadora, colgar carteles y servir mesas o lo que se tercie en fiestas de barrio. Ahora todo con más calma en mi caso, ya no intento evangelizar, me conformo con que no me den la chapa sin sentido y que simplemente me dejen pensar y hacer cómo pienso que es lo correcto. Así que en este cuarto de siglo, como militante me han dicho de todo, que sí, que unidad de la izquierda, cómo a poner a caer de un burro a Iniciativa en su momento con lo que era un mínimo ponerse de acuerdo. He puesto en todo esto tiempo y dinero. Sí, mi tiempo y mi dinero.

Que sí, que unidad. No lo duden, ¿pero con qué programa? ¿OTAN sí u OTAN no? ¿Sanidad plenamente pública o concertación? ¿Ir hacía el fin de los conciertos educativos o seguir con ellos si no hay ánimo de lucro? Debate estos sobre la concentración que como catalán son importantes aquí, y me sorprende siempre que se hable como si todo esto lo hubiese inventado Ayuso. No sólo estética hippy o punki o mueble madera nórdico.

Y todo el mundo tercia y me dice lo que tenemos que hacer. Oye, pues vente a una reunión y lo articulamos, con paciencia. Es que te salen tertulianos y opinadores, y mira que muevo la radio a lo que suene a tertulia. No les conozco su participación en “cosas con otras gentes”. Aquello que dicen que dijo Enrique Berlinguer de tener el culo de hierro u hojalata. No entiendo muchas cosas que dicen, esto de la izquierda no es ser tertuliano, es acompañar lo que dices y lo que haces. Por lo menos en la medida de lo posible. Lo mismo nos aconsejan a los militantes lo que tenemos que hacer, o bueno quizás directamente lo dicen a los jefes, como que vuelven a echar la culpa de la desproporcionalidad del sistema electoral a la PROPORCIONAL ley d’Hondt, como se la echan a los nacionalismos periféricos, como piden distritos uninominales y segunda vuelta para evitar pactos nosesabequé. Me dais lo mismo.

No deja de ser curioso que esto salga de un diputado de Barcelona y otro de Madrid, al final la política Española puede ser esto, uno de Madrid y uno de Barcelona diciendo al resto lo que hay que hacer. ¿Se me permiten bromas, no? Porque, a ver en que se concreta todo esto, y como damos pasos y tal. Me llegaron cosas que se dijeron allí y de cómo se dijeron, pero ¿se pusieron de acuerdo en el modelo fiscal?

Y a todo esto, si es por generosidad y por estar por la unidad, ¿no ha dado muestras sobradas Izquierda Unida de todo esto que nos piden? ¿No nos merecemos una oportunidad? Nos la merecemos, sí. Como el reconocimiento de ser una columna principal de lo que tenga que ser. Uno de mis miedos cuando nació la última hornada de nueva izquierda es que se arrasara con todo y después del fervor y el hervor nos hubiesen arrasado y partiésemos de nuevo desde la nada más absoluta. Y encima con tantos rencores y gente tan quemada como la que he visto.

Unidad de la izquierda, sí, pero sin engaños ni rollos de ser el más molón, con acuerdos y reconociendo los desacuerdos. Con reuniones, documentos y personas. Menos estética, que me está viniendo todo el rato a la cabeza la destitución de Del Bosque por Florentino Pérez, y lo acabo confundiendo con Cayo Lara.

La política es injusta, las hacemos las personas. Esas mismas personas que igual no hubiesen votado candidaturas conjuntas como si votaron candidaturas separadas en Aragón. Que ojo los votantes también sois muy iguales.

Y la política se hace con lo posible, con lo mimbres que se tienen. Y ahí apoyo al presidente Sánchez, le hemos negado las bases militares al Señor Trump y ya nos ha amenazado. No hacía falta, cualquier persona informada sabe cómo se las han gastado de siempre. Amenazas para empezar y luego las campañas y lo que venga.

Feijóo no ha tardado en poner su servicio, y no al de nuestra soberanía y las normas internacionales, las escritas.

Teleyectores y aviones de pasajeros

Julio Embid


El pasado 21 de febrero fallecía el escritor estadounidense de ciencia ficción Dan Simmons a los 77 años. Si usted no es aficionado a este género literario, tal vez su nombre ni le suene; sin embargo, para los seguidores del género era y será un referente. Fue autor de numerosas obras, aunque, con diferencia, las más exitosas fueron la serie de cuatro novelas conocidas como “Los Cantos de Hyperion”. Déjenme perfilarles brevemente la trama y conectarla con la realidad.

En “Hyperion”, la primera de las novelas, publicada en 1989, la humanidad se ha expandido por toda la galaxia gracias a dos elementos: su relación con unas Inteligencias Artificiales que han adquirido conciencia propia y los llamados teleyectores, puertas que permiten viajar de un planeta a otro de manera instantánea dentro de la llamada Red de Mundos. En un planeta sin teleyectores, Hyperion, aparecen las misteriosas Tumbas del Tiempo, incomprensibles desde el punto de vista científico, donde el tiempo transcurre al revés y donde habita un ser demoníaco de cuatro brazos llamado Alcaudón.

Siete peregrinos (un sacerdote católico, un soldado árabe, un poeta, un profesor judío, el capitán de la nave, una detective y un cónsul procedente de un planeta paradisíaco al borde de la destrucción) emprenden una peregrinación en una nave espacial con forma de árbol hacia las Tumbas del Tiempo mientras relatan sus historias personales. Cuando la leí de joven, me impresionó profundamente. Años después, al ver la película “Los odiosos ocho” de Quentin Tarantino, en la que cada personaje desvela su historia antes del desenlace, comprendí que aquella estructura narrativa del western no era tan original como yo había pensado.

En esta obra visionaria se abordan muchas cuestiones que la ciencia aún no puede explicar, pero hubo dos ideas que me marcaron especialmente. La primera: si la humanidad depende cada vez más de las Inteligencias Artificiales, las inteligencias naturales tenderán a menguar. La segunda: sin autosuficiencia alimentaria, los planetas que no produzcan sus propios alimentos perecerán de hambre y guerras si los teleyectores fallan. Es cierto que los países, como construcciones políticas de carácter permanente, no son economías cerradas. Sin embargo, yo siempre preferiría vivir en un lugar capaz de producir más alimentos de los que consumen sus habitantes. Por eso la Unión Europea debería ser capaz de garantizar la producción de alimentos para sus 450 millones de ciudadanos.

La Red de Mundos que imagina Simmons es un lugar maravilloso para vivir… hasta que algo falla. Como ciertos emiratos del Golfo Pérsico, donde la población disfruta de salarios altos, impuestos bajos y aire acondicionado constante, hasta que empiezan a caer bombas de unos y otros. Ni con todo el dinero del mundo es fácil escapar hoy de Qatar o de Dubai cuando el espacio aéreo se cierra. Si los aviones dejan de volar, o si los teleyectores fallan, todo cambia en cuestión de horas.

Escribo esta columna para recordar a Dan Simmons el mismo día que sale a la venta mi primera novela de ciencia ficción, “Guerras Lunares” (escrita junto a J. C. Plaza y publicada por Editorial Trántor) y a la que les invito a leer. Y también para agradecerle a Simmons su trabajo y sus obras. En la ciencia ficción, muchos autores imaginan un futuro peor que el presente. Trabajemos para que no sea así. Las páginas en blanco del Word de nuestras vidas aún están por escribirse.

El premio FIFA de la paz está un poco devaluado

Carlos Hidalgo

Yo quería hablar de la desclasificación de los papeles del 23F, que acabó coincidiendo con la muerte de teniente coronel que fue la cara del golpe. Una desclasificación que nos trajo pocas novedades, aparte de saber que la esposa de Tejero le llamó de todo por su participación en el golpe y la posterior gestión de su fracaso. Si no hubiera pasado nada más y me hubiera dedicado a escribir en esta entrada solo acerca de la desclasificación, la hubiera titulado “la desclasificación del gilipuertas”, por usar solo uno solo de los apelativos que dirigían a Antonio Tejero los miembros de su familia.

Pero no ha podido ser. Tras unas negociaciones entre EE.UU. e Irán que parecían ser prometedoras, pero que han resultado ser un paripé, los gobiernos de Trump y de Netanyahu han decidido realizar una campaña de bombardeos masivos en Irán, con el objetivo de desestabilizar a la república islámica y de matar o incapacitar a la mayor parte de sus líderes. Y así ha sido.

En la mañana de ayer teníamos la confirmación de que el ayatolá Ali Jamenei, sucesor del fundador del régimen teocrático iraní, Jomeini, había muerto como consecuencia de los bombardeos. Y junto a él, otro medio centenar de importantes cargos o miembros del sector más duro del régimen chií, como el ministro de defensa, el responsable de la Guardia Revolucionaria Islámica e incluso el expresidente Mahmoud Ahmanideyad.

Los israelís calculan que, si la campaña dura un poco más, el régimen perderá la capacidad de reprimir las protestas como venía haciendo los últimos 50 años. Pero tampoco está nada claro qué puede pasar después, porque no hay una oposición organizada en el interior del país, ni la de exilio tiene apoyo o capacidad para impulsar un cambio de régimen. De hecho, antes del ataque la CIA desaconsejaba matar a Jamenei porque todos sus datos indicaban que la muerte del ayatolá, aparte de convertirle en un mártir, solo lograría que el sector más intransigente del régimen le sustituyera por alguien más dispuesto a reprimir a la población y a redoblar las acciones hostiles a occidente que Irán desempeñaba en todo el mundo.

Está por ver hasta qué punto esto debilita o noquea al régimen iraní, lo cual tendrá repercusiones en todo Oriente Medio, una zona que ya sabemos que no es conocida especialmente por su estabilidad. Irán, como actor regional, era un contrapeso no solo para Israel, sino para todos los países árabes a su alrededor, especialmente Arabia Saudí. Los iraníes no son étnicamente árabes, sino persas y la rama del Islam por la que se rigen no es la mayoritaria sunní, sino la chií, que es considerada por las ramas más radicales de los sunníes como herética.

Además, Irán controla el estrecho de Ormuz, que es clave para el comercio de petróleo al transitar por él el 20% del suministro mundial. Y ese estrecho, desde que comenzaron los bombardeos, se encuentra actualmente cerrado. Así que esta semana que comienza va a ser tormentosa en lo que al mercado de la energía se refiere, salvo que Israel y EE.UU. consigan forzar la apertura de dicho estrecho.

A Rusia esto tampoco le ha hecho mucha gracia. El papel de Putin como garante de la seguridad del régimen iraní ha saltado por los aires y todo esto le ha dejado bastante en ridículo. Aparte de un tema no menor: a diferencia de la extinta URSS, la Rusia de Putin no inventa, ni innova; solo compra lo producido en el exterior y le cambia la marca por una rusa. Esto ha pasado con casi toda su industria pesada y pasa con su industria de drones. La mayor parte de los drones que Putin lanza contra Ucrania son iraníes que, o bien son comprados directamente, o se montan en Rusia con licencia de Irán.

Las represalias de lo que quede del régimen de los ayatolás (que por ahora es bastante) y de sus simpatizantes y grupos satélites, aún están por verse, pero el cierre de Ormuz ha dejado claro que piensan hacer todo el daño que puedan, ya sea como defensa, como venganza, o como ambas.

Trump, el presidente que quería coger un Nobel de la Paz por la fuerza, que se inventa haber acabado con guerras que no conoce y que prometió que huiría del intervencionismo de sus predecesores para reinventar la doctrina Monroe de “América para los americanos”, ha incurrido en una contradicción más. Y, aparte de tener que lidiar con el descontento de parte de sus seguidores, tendrá que lidiar igualmente con la legalidad de su ataque, pues es el Congreso de los Estados Unidos quien tiene que autorizar cualquier acto de guerra, por eso él mismo y los miembros de su gobierno evitan decir “guerra” y sería hasta gracioso que lo calificaran de “operación especial”, como hace Putin con su igualmente ilegal invasión de Ucrania.

Rusia, nihilismo y autocracia

Arthur Mulligan

Como uno más de los ciudadanos europeos, asisto a una forma de continuidad del bolchevismo en la que se educó Vladimir Putin caracterizada por el rechazo de la primacía de la ley como base del buen gobierno, por la obsesión con el enemigo interior y exterior -cuyo destino no puede ser otro que la eliminación- y por la huida hacia adelante imperial como fuerza legitimadora. Todo ello se resume en una voluntad de hegemonía sobre una Europa relativista y debilitada por sus vicios y por entramados leguleyos que asfixian la toma de decisiones e impiden el expansionismo existencial que el régimen atribuye a la madre patria. Cuatro años después del inicio de la invasión rusa de Ucrania, las cifras hablan por sí solas: más de dos millones de muertos y heridos.

El agresor insiste en que los europeos deben cesar su obstinado suministro de apoyo logístico a Kiev y priorizar la construcción de un “sistema de seguridad” junto a quienes son, precisamente, los autores de la inseguridad. Tras doblegar a Ucrania a sangre y fuego, Rusia pretende que olvidemos los miles de crímenes de guerra cometidos, que olvidemos la OTAN, que olvidemos nuestros sistemas de alianzas, lo que somos y aquello que nos diferencia.

Paralelamente, una extrema derecha europea simpatiza con Putin por afinidades ideológicas profundas: nacionalismo, conservadurismo social y rechazo del multiculturalismo promovido por la U, valores que estos movimientos creen ver reflejados en el modelo ruso de Estado fuerte y liderazgo autoritario. Aunque esta simpatía pueda parecer inopinada, dada la tradición anticomunista de estos grupos, Putin se presenta como defensor de valores “tradicionales” -cristianismo ortodoxo, oposición a los derechos LGTBI y control migratorio-, lo que lo convierte en un referente alternativo al progresismo liberal europeo. Comparten, además, un rechazo común a la globalización y a la OTAN, percibidas como imposiciones externas que erosionan la soberanía nacional. Putin encarna para ellos la figura del “hombre fuerte” que subordina los derechos individuales a la identidad nacional, en una línea similar a la de líderes como Viktor Orban en Hungría o Salvini en Italia.

Rusia ha financiado partidos como el Frente Nacional de Marine Le Pen -nueve millones de euros en 2014- e invitado a dirigentes ultras a Moscú, fomentando redes que buscan debilitar a la UE desde dentro. Esto incluye la difusión de propaganda compartida contra Ucrania y la inmigración. Figuras como Le Pen, Salvini o el FPÖ austriaco, han elogiado públicamente a Putin pese a la invasión de Ucrania. En 2026 esta simpatía persiste, reflejada en el auge electoral de formaciones prorrusas en Francia, Países Bajos y Eslovaquia.

La UE ha impuesto sanciones específicas contra la propaganda rusa desde 2022, suspendiendo la emisión de medios estatales como RT y Sputnik por su papel en la desinformación sobre Ucrania. Estas medidas, prorrogadas hasta julio de 2026, incluyen prohibiciones de radiodifusión en todos los formatos y la congelación de activos de entidades y personas clave.

También existen afinidades ideológicas prorrusas documentadas en partidos de la extrema izquierda europea, aunque con menor respaldo financiero que en la extrema derecha. Estas afinidades se basan en críticas compartidas a la OTAN, a la UE y a Occidente, así como en llamamientos a levantar las sanciones contra Rusia.

En Die Linke (Alemania) se mantiene una posición escéptica hacia la OTAN, con defensa de vínculos económicos con Rusia y reticencias a calificarla como Estado agresor en Ucrania. Podemos (España) ha mostrado colaboraciones con RT y Sputnik y posturas calificadas de equidistantes respecto a la guerra. Syriza (Grecia) ha mantenido históricamente una actitud abierta hacia Rusia y crítica con las sanciones europeas. Otros partidos, como AKEL en Chipre, el KSČM checo, el Partido Comunista Portugués o el Partido Socialista Búlgaro, exhiben afinidades ideológicas similares.

La convergencia entre ambos extremos incluye elogios al supuesto “antifascismo ruso” por parte de la izquierda radical y el rechazo compartido de la narrativa de agresión en Ucrania. Rusia invierte en medios afines y en narrativas anti-UE con fines desestabilizadores, beneficiando simultáneamente a la extrema derecha y a la extrema izquierda.

En la actualidad, pese a la imagen oficial de unidad de la OTAN, España es percibida como un actor disonante y se encuentra bajo escrutinio dentro de la Alianza.

Así se configuran los afectos cambiantes hacia Rusia en el interior de la UE. Aunque en el putinismo hayan desaparecido las referencias explícitas al marxismo-leninismo, la visión maniquea de un “ellos” contra “nosotros” sigue estructurando el sustrato continuo de su conciencia política.

Según la historiadora Françoise Thom un rasgo recurrente de la historia rusa es la capacidad de autodestrucción del propio pueblo ruso, y la guerra de Putin contra Ucrania sería su manifestación más reciente. El núcleo del problema reside en la ausencia de una sociedad civil estructurada. El concepto central de los ideólogos putinianos es revelador: aquello que garantiza la cohesión del Estado. Se trata de un concepto ágrafo: el autócrata, la verticalidad del poder, la Iglesia ortodoxa, los valores tradicionales o incluso Gazprom. Este concepto refleja la fragilidad percibida del Estado ruso, que, carente de vertebración institucional, necesita un corsé exterior para contener una sociedad no organizada en torno a instituciones sólidas. El sentimiento de precariedad estatal es constante entre autócratas y élites rusas, que temen una revuelta descontrolada del pueblo.

Ese mismo temor explica el bloqueo de las tentativas reformistas de los zares en el siglo XIX y la alergia de Putin hacia la libertad, a la que identifica con la anarquía. Todo su mandato puede entenderse como un proceso de erradicación sistemática de las libertades adquiridas en las décadas anteriores. La guerra contra Ucrania culmina este proceso: el Kremlin se siente desestabilizado por la existencia de vecinos libres y utiliza el conflicto como pretexto para liquidar los últimos espacios de autonomía ciudadana, en particular Internet y la empresa privada.

Surkov. uno de los ideólogos del régimen putiniano, sostenía que Rusia debía exportar el caos al exterior para estabilizar su régimen interno. La voluntad de subvertir el orden internacional ya estaba en el corazón del bolchevismo y sigue siendo la fuerza motriz del putinismo. La existencia de leyes limita el poder del soberano, y el régimen comunista se construyó sobre la destrucción del derecho, sustituido por la violencia.

No son pocos los historiadores sorprendidos por la perseverancia de los dirigentes del Kremlin en la consecución de su objetivo último: la hegemonía rusa sobre el continente europeo. El debilitamiento de las democracias occidentales aparece para Putin como una oportunidad histórica. El Ministerio de Asuntos Exteriores y los servicios de inteligencia rusos conservan una memoria institucional transmitida de generación en generación, en marcado contraste con democracias incapaces de sostener políticas a largo plazo.

Tras la Guerra Fría, las distintas administraciones estadounidenses prescindieron de sus sovietólogos, y la carencia de expertos en materia rusa se deja sentir de forma dramática. La política del Kremlin no puede comprenderse sin una perspectiva temporal amplia. Desde el lanzamiento del Plan Marshall en 1947, la finalidad estratégica de Stalin fue la expulsión de los estadounidenses de Europa.

La campaña comunista contra el Plan Marshall y contra la integración europea recuerda de forma inquietante los argumentos de los soberanismos actuales.

Solo podemos intuir la complejidad y escasez de la información que nos llega de Rusia, cuyo anclaje histórico quizá permita explicar la barbarie objetiva -por coherente que sea desde un punto de vista militar- del plan del Ejército ucraniano para el próximo año, consistente en causar 50.000 bajas rusas al mes.

Solo un Estado liberal europeo, robusto y adecuadamente armado, con una disuasión suficiente basada en el imperio de la ley y en alianzas sólidas, podrá hacer frente a los desafíos que se perfilan en un horizonte dominado por el ruido y la furia nihilista.

Pero hay señales muy positivas a pesar de todo. Como la que recogía en El Mundo el excelente periodista Rafa Latorre. un pasaje del juez Neil Gorsuch en el Tribunal Supremo de los EE.UU. reivindicando la deliberación democrática:

«Para quienes consideran importante que la Nación imponga más aranceles, entiendo que la decisión de hoy resulte decepcionante. Lo único que puedo ofrecerles es recordar que la mayoría de las grandes decisiones que afectan a los derechos y responsabilidades del pueblo estadounidense (incluido el deber de pagar impuestos y aranceles) se canalizan a través del proceso legislativo por una razón. Sí, legislar puede ser difícil y llevar tiempo. Y sí, puede resultar tentador eludir al Congreso cuando surge un problema acuciante. Pero la naturaleza deliberativa del proceso legislativo era precisamente el propósito mismo de su diseño.

A través de ese proceso, la Nación puede aprovechar la sabiduría combinada de los representantes electos del pueblo, no solo la de una facción o de un hombre. Allí, la deliberación modera el impulso y el compromiso forja las discrepancias hasta convertirlas en soluciones viables. Y como las leyes deben obtener un apoyo amplio para sobrevivir al proceso legislativo, tienden a perdurar, permitiendo a las personas corrientes planificar sus vidas de un modo que no pueden cuando las reglas cambian de un día para otro».

Concluía Latorre con esta breve reflexión: «Supongo que es aún más conmovedor leer esto desde una nación, como España, cuyo presidente ha asentado la doctrina que se puede gobernar «con o sin el concurso de un poder legislativo que necesariamente tiene que ser más constructivo y menos restrictivo», y cuyo Tribunal Constitucional, además, funciona ahora como habilitador de la acaparación de poder del Ejecutivo y no como el freno de su tentación usurpadora.»

En la muerte de Gregorio Morán

Juanjo Cáceres

Si cuando una persona poco conocida más allá de su entorno privado muere, debemos elegir bien quién le dedica unas líneas y qué decir al respecto. Cuando se trata de un personaje que ha basado su existencia pública en la escritura periodística, lo que se impone es hablar de lo que representó para nosotros, sus lectores, para quienes analizábamos sus artículos semanales en una época en que su agudeza se imponía a la versión dominante de la realidad y para quienes leíamos sus libros más relevantes. Porque Gregorio Morán no solo fue un redactor compulsivo con un gran talento literario, sino un narrador disruptivo: alguien con la extraña cualidad de desenmascarar relatos y desarrollar el suyo propio ante quien quisiera leerlo.

“Sabatinas intempestivas”, el nombre que recibió durante décadas su sección semanal de los sábados en La Vanguardia, son dos palabras que el viento se llevó hace algunos años, pero durante mucho tiempo fueron una de las grandes ventanas desde las que contemplar la realidad. Identificamos el periodo democrático como un momento de recuperación de las libertades, pero la libertad de expresión en los medios de comunicación y la necesaria ausencia de autocensura que debe acompañarla no es algo que podamos siempre dar por hecho. Su mayor enemigo no son los propietarios de los medios, las autoridades que deciden las líneas editoriales o los poderes fácticos, sino, sobre todo, los grandes relatos existentes, aquellos que se sirven a la opinión pública como verdades reveladas.

Gregorio Morán se enfrentó a cara descubierta a dos de los mayores relatos que han existido en España y en Cataluña en ese mismo periodo: el de la transición modélica y el del paraíso pujolista. Y no cuando ambos se encontraban ya en declive y se sustentaban tan solo de la respiración asistida que le prestaban aquellos más interesados en que siguieran presentes, sino cuando eran verdades incuestionables y sujetas a castigo de no respetarse, ya que sus guardianes ostentaban el poder y lo ejercían sin complejos. Había que tener una determinación poco común para sostener, en un medio liderado por un Conde, una narrativa que cuestionaba semanalmente los mitos inabordables, que no se molestaba en conciliar posturas con el gusto de gobiernos centrales o autonómicos y que resultaba tremendamente incómoda. Y sus lectores sabíamos que la suya era una voz diferente y que, como la de otros que ya no están, valía la pena seguirla semana tras semana.

En entornos polarizados como los de la política o los medios españoles, hacer la crítica hacia un lado te encasillaba directamente en el opuesto, pero Morán era inclasificable y muy ajeno al compadreo. Su carácter, sus preferencias y su lúcida visión de la clase política determinaron los términos en que se manifestó siempre. Lo hacía, además, de forma implacable, un adjetivo que frecuentemente utilizó para referirse a otros. Su escritura sin concesiones, a menudo vehemente, tenía como resultado generar diferentes formas de rechazo, tanto de los que criticaba directamente -que fueron muchos y de todo signo-, como de los que tampoco compartían su exigente patrón.

El oficio de periodista y la pasión por la escritura pueden llevar mucho más allá de artículos y columnas, y Morán fue un claro ejemplo de ello. En su diversidad de obras publicadas, destacan tres ejes temáticos: Adolfo Suárez y la Transición, el Partido Comunista de España y el conflicto vasco. Del primero nació la obra que lo encumbró, la biografía no autorizada dedicada a Adolfo Suárez, Adolfo Suárez: historia de una ambición de 1979, reformulada y republicada después, en 2009, bajo el título de Adolfo Suárez: Ambición y destino. Una obra magna que retrata al todavía presidente del Gobierno como nadie antes y pocos después, situando bajo los focos al principal gestor de la transición. En ella exhibe buena parte de las inconsistencias y zonas oscuras de esa etapa, que profundizará después en sus artículos y otras obras (por ejemplo, en El precio de la transición).

Sobre el Partido Comunista de España hay un único trabajo, pero vale por mil: Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1985. Una narrativa inclemente sobre la evolución de la formación durante el franquismo, con el foco puesto, sobre todo, en otro de los grandes protagonistas de la transición, Santiago Carrillo, pero sin renunciar a recordar a personas que, sin este libro, habrían caído hace mucho en el olvido y a describir con detalle la vida en una clandestinidad en la que se jugaban literalmente la vida.

Y el tercer eje tiene como referencia otro trabajo a tener en cuenta: Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi, 1937-1981, un libro que en su versión original o en su versión reformulada en 2003 (Los españoles que dejaron de serlo: cómo y por qué Euskadi se ha convertido en la gran herida histórica de España) debe leerse sin perder de vista el momento originario de su publicación.

Su obra va algo más allá, con otros libros relevantes como El cura y los mandarines, publicado finalmente en 2014 tras muchas vicisitudes y que dedicó a la vida cultural en el franquismo y a sus adalides. También merece mencionarse Felipe González. El jugador de billar (2023), su último trabajo, donde aun encontramos a un Morán que habla de su época de plenitud y su habilidosa narrativa, pero que se encuentra lejos en cuanto contenidos, densidad, poder desmitificador y contrapuntos de sus principales trabajos.

Tras pasar los últimos años establecido en un plano periodístico secundario (Vozpopuli), donde los análisis ya no eran tan agudos y en el que el paso del tiempo manifestaba su huella, tanto en su perspectiva política como en su nivel literario, Morán fallecía súbitamente por las complicaciones derivadas de un aneurisma. Nos dejaba así, casi en silencio, un autor que supo ser incómodo sin ser banal y crítico sin cálculo oportunista. Los elogios a su trabajo, la evocación de su carácter -calificado de indomable e inclasificable- y el recuerdo de sus polémicas no han estado ausentes tras su fallecimiento. Pero lo importante, lo imprescindible, es decir con claridad que su obra deja pocas dudas de que fue uno de los grandes cronistas de su tiempo y uno de los que mejores puentes trazó entre periodismo y literatura. Y lo logró a su manera. Siempre a su manera.

Desinformación

Verónica Ugarte

Este fin de semana México vivió uno de los episodios más importantes de su reciente Historia. El arresto y la muerte de uno de los líderes del narcotráfico más importante del mundo. Un criminal, de mote “el Mencho”, que había operado, comprado hombres, aterrorizado a la población y asesinado durante años, no solo en territorio mexicano sino también en EEUU.

Aprendió de los errores de sus predecesores: no hacía alarde de poder. Nadie lo podía reconocer: solo existía una fotografía suya de hace más de veinte años. Supo esconderse y delegar el trabajo entre personas de alta confianza.

Gracias a que la colaboración con EEUU se ha revitalizado, fue posible tomar por asalto el escondite del criminal, causando un fuego cruzado entre narcotraficantes y las fuerzas armadas. De acuerdo con los datos proporcionados esta mañana (hora de la Ciudad de México), fue posible la captura del narcotraficante, quien murió durante el traslado a la capital de la República.

Al mismo tiempo se informó que se habían producido 85 bloqueos de carreteras en todo el país; se detuvo a 70 criminales en siete Estados, y fueron asesinados 25 miembros de la Guardia nacional. Treinta delincuentes fueron abatidos.

Mientras el asalto se llevaba a cabo, la maquinaria de la campaña de desinformación para desprestigiar al Gobierno de Sheinbaum se hizo presente mucho más rápido de lo que hubiese podido creer.

Las redes sociales se llenaron de videos con camiones quemados. El aeropuerto de Puerto Vallarta tomado por narcotraficantes. Varios negocios asaltados. Como siempre, en la plataforma X, el Gobierno de EEUU lanzaba alarmas contra ese peligroso patio trasero. Lo mismo que los Gobiernos del Reino Unido, Polonia, Turquía y Ucrania. Se llamó a sus conciudadanos a mantener la calma y, siendo Puerto Vallarta uno de los tantos destinos de playa, a comunicarse con las Embajadas en caso de peligro inminente.

El Cuerpo Diplomático es la representación de un Gobierno y de un Pueblo en el extranjero. Es la imagen, concepto y defensor de las políticas exteriores. No puede cometer un error de desinformación o ser altavoz de la misma, porque con ello mancha el buen nombre de a quién representa, y al mismo tiempo puede causar tensiones diplomáticas.

Casi lo mismo ocurre con el periodismo. Es obligatorio contrastar datos e imágenes. Le Monde, The Guardian, La Repubblica, the WSJ, todos y cada uno se dejaron llevar por la ola de histeria en lugar de hacer bien su trabajo. O mejor dicho: hacer periodismo.

Las imágenes que dieron la vuelta al mundo provenían de años atrás. Los años en que los Gobiernos del PRI y del PAN hicieron nada más allá que permitir que el narcotráfico secuestrase, asesinase, campase, creciese. Salió a la luz el domingo por la tarde que esas imágenes correspondían a diversos actos de delincuencia en diferentes partes de México hacía años.

Esta mañana otro pseudomedio de comunicación indicaba, mediante imágenes, que Sheinbaum había sido evacuada en helicóptero, por protección, hacia un barco naval bajo vigilancia de la Secretaría de Marina. Se veía a la Presidenta tranquila y sin escolta, lo que me hizo tener claro que se trataba de otra mentira. Fui a la página web de Presidencia y su último acto había sido una visita al norte del país.

Esta mañana ella iniciaba la conferencia de prensa de cada mañana. A las 6 en punto empezó la explicación y detalle de lo sucedido con “el Mencho” a través de los mandos de la Secretaría de Defensa y el Gabinete de Seguridad.

Se informó además que desde el 1 de enero de 2026 se han decomisado 23.000 armas de fuego y asalto, 80% de las cuales provienen de EEUU. Fue ese el mismo porcentaje utilizado por los narcos el fin de semana.

Sheinbaum, calmada, sin triunfalismos, informó que se estaba trabajando para desmantelar las empresas relacionadas con el narco y con el lavado de dinero.

La mente lógica, la resolución y el compromiso han demostrado que un país entero está cambiando en menos de un año. Se está moviendo hacia adelante más que en 60 años.

Esta es una lección que muestra que el Poder fáctico necesita cuidar de los suyos. Esta desinformación puede provenir del odio, la avaricia, el dinero. No solo fuera del país, sino también dentro. La izquierda en el poder lucha cada día contra una derecha acomodada en el lujo, las drogas.

Sabemos bien que sin pobres, los ricos no sabrían existir.

Esbozo de una dramedia grotesca para una serie de los Javis

Carlos Hidalgo

Una chica de clase media con aspiraciones, que no es muy brillante en los estudios pero que con la ayuda de sus padres va pasando por los concertados que mejores empujones dan a la nota. Esta chica ve que en la política se da la combinación ideal de acceso a un mercado de trabajo que está muy difícil y, a la vez, que permite socializar en un entorno que te apoya, siempre y cuando seas obediente y sigas las normas. Un poco como el Opus (que también hay) pero sin cilicio y sin esclavitud.

Todo va viendo en popa. Accede a la universidad, dan un crédito al negocio de papá, entra a trabajar y su expediente académico y las letras por pagar del crédito de papá desparecen misteriosamente. Se casa con un señor algo mayor que ella, pero joven, dinámico, juega al golf. Ella se codea con gente más y más top, con la que se siente a gusto, llegando incluso a trabajar para la referente del bando más derechista de su partido. Una funcionaria de turismo pero que también es aristócrata ultraconservadora, que se dice liberal para disimular lo del doble rasero. Es tan poderosa que, aunque todos a su alrededor caigan, ella salga impune de todo, hasta de atropellar policías.

Pero también hay drama. Papá muere, ella se divorcia y la aristócrata se ve forzada a retirarse por las hábiles jugadas de un registrador de la propiedad de provincias y una abogada del Estado. Pero no pasa nada. En breve llega otra referente, otra rubia moderna, ideal, con un pasado de pasarlo genial en colegios mayores de los que desaparecían cosas y dicen que un toque especial para la gente joven.

En un giro de los acontecimientos, la del colegio mayor ve como su terrible secreto sale a la luz: le encanta que las cosas caigan en su bolso cuando va a las tiendas y prueban que le han regalado el título. Una vergüenza, porque el título nos lo regalan a todos y no es plan de rasgarse así las vestiduras, piensa ella.

Entre tanto torbellino, conoce a un místico que es director de una academia de inglés, pero que odia que se enseñe porque el idioma de los anglos no es el idioma el Imperio donde no se ponía el sol. También es gay, pero terriblemente homófobo. Es autodidacta, pero sabe de todo. Y tiene un grupo de teatro con jóvenes sanos y que son de la ideología y el barrio correctos. Esto es, los de nuestra protagonista.

Mientras el místico la guía, la vida sigue. Ella se enamora de nuevo, esta vez de un peluquero lleno de grandes ideas. Y un amigo suyo, con el que compartió grandes momentos, fiestas y luchas de la juventud, termina siendo el líder del partido. Y en el momento de mayor necesidad para el partido en Madrid, su amigo decide que no hay nadie en quien confíe más para aguantar la embestida electoral.

¡Y gana! Bueno, es increíble. Resulta que, aunque su partido baja en votos, hay otro partido que sube y les da el gobierno. Al fin y al cabo, es un partido que también está lleno de abogados del Estado, como el suyo Y eso tiene que valer de algo.

Nuestra protagonista ya es presidenta. Por fin, tras años de callarse o de decir lo que se esperaba de ella, puede hacer y decir lo que ella siente realmente. Y su amigo el místico está ahí para guiarla. Pero, además, el partido ha puesto a su disposición nada más y nada menos que al que fue jefe de prensa de su antepenúltimo presidente: el más duro de los duros. Ya nada se interpone en su camino.

Bueno, pues se desata una pandemia. Y ella se retira al loft de lujo de otro amigo gay, en este caso hotelero, a reflexionar sobre la vida y la muerte. Un señor muy majo, que tiene una hija con una empresa de ambulancias o algo parecido, le dice que no se preocupe, que tiene un plan y lo llama “Operación Bicho”. Pero el plan no funciona y muere mucha gente, sobre todo viejos que se iban a morir igual. Y su relación se resiente, aunque aparece en el horizonte una nueva ilusión.

Todo termina bien, porque el duro de los duros se ha encargado de que nadie la toque, los abogados del Estado del otro partido pagan el pato y el líder de la izquierda más camorrista, un tipo con coleta, se ha puesto tan chungo que la gente, asustada, la va a votar a ella porque el otro se ha puesto a hablar de expropiaciones y venganzas y esas cosas de los becarios maoístas de Políticas.

Ahora todo pinta viento en popa. Los del otro partido han desaparecido, ella ha podido rehacer el partido y las listas a su gusto, ha colocado a todos los jóvenes sanotes de su barrio, los del grupo de teatro del místico, en su gobierno. Y a su nuevo novio, un sanitario guapo con pelazo y grandes ideas, le va cada vez mejor gracias a las políticas que ella misma dirige. ¿No es increíble? Es tan poderosa que cuando su amigo de juventud le pide explicaciones, es capaz de acabar con él en solo tres días. Preside una comunidad, pero manda sobre un país entero, tía.

Ah, pero siempre hay nuevas tramas en el horizonte. Resulta que Hacienda persigue a su novio por tener grandes ideas, que los familiares de los viejos muertos, los profesores y hasta la universidad que la hizo alumna ilustre protestan. Los muy desagradecidos. Incluso los médicos, ¡los médicos! Que si tanto se quejan se pueden ir a la privada.

Pero lo peor está por llegar. El místico y el más duro entre los duros no se soportan y sus luchas dan cada día un nuevo quebradero de cabeza. Y cuando tienes que elegir entre quien te ayudó a llegar y quien te mantiene ahí, no hay duda. Resistir es poder. Y el poder es que te den siempre la razón. Aunque digas lo primero que se pase por la cabeza. Y si a los chicos sanotes y al místico no les gusta, pues siempre pueden trabajar en la privada.

¿Y la gente? La gente la adora. Y quien no lo haga, pues ya sabe a lo que se enfrenta. En su reino solo hay cabida para la gente de bien con grandes ideas.

Continuará.

En momentos de quiebra

Juanjo Cáceres

“Necesitamos algo de esto”, reflexiona Álvaro tras escuchar la última tertulia de la Cadena Ser, donde han revisado las últimas acciones de Gabriel Rufián y los partidos de izquierda para armar un frente electoral que participe en las próximas elecciones generales. “Algo de esto, ¿pero qué?”, se pregunta desconcertado.

Se dirige a la cama desde donde realiza el pago del alquiler del próximo mes, siempre con la misma idea en la cabeza: “¿Cuánto tardará esta cifra en escalar exageradamente? ¿Cuándo llegará la notificación de finalización de contrato”. Una idea persistente que le golpea a menudo, sobre todo en aquellas noches en que no duerme bien y en que todo tipo de pensamientos inundan su mente sin orden ni concierto. A veces es la radio la que penetra en su cabeza: “Es que, si aquí no nos ponemos de acuerdo, nos van a matar por separado”, escucha decir a Rufián. “¿Matarnos? ¿Quién nos quiere matar?”, grita, sobresaltado.

El miedo que le produce su vulnerabilidad se acrecienta con el miedo que le transmite las voces que dicen hablar en nombre de la izquierda española. “¿Desde cuándo la política habla en términos de exterminio?”, se pregunta incómodamente. No logra entender su sentido. No logra distinguir si se trata de una amenaza real o simplemente de un giro discursivo cuya única finalidad es generar reacciones. No consigue evaluar si esa alerta permanente resulta movilizadora o, por el contrario, consolida dinámicas anestesiantes. Tras meditarlo un instante acechan a sus sentidos otras palabras de Rufián: “Lo que viene ahora no es lo de siempre”. Álvaro le da mentalmente la réplica: “¿Debemos temer por nuestra vida o lo que en realidad peligra es alguna forma de bienestar que ahora mismo, para muchos de nosotros, tampoco existe?”.

Le viene también un recuerdo sobre todo aquello que le decía su antiguo profesor de antropología: “Cuidado con las profecías autocumplidas, porque invocar miedos sin tener un plan claro, solo hace más probable que ocurra lo que se anuncia”. De aquel título cursado entre bares y manifestaciones contra el Plan Bolonia obtuvo muchas herramientas que le ayudaron después a comprender la realidad. “Si además me hubieran servido para acceder a un buen empleo, hubiera sido perfecto”, reflexiona brevemente con una palpable sensación de fracaso. Una sensación que siempre le ha acompañado, porque con el paso de los años, se cumplieron las advertencias que le hicieron: nula inserción laboral y precariedad para toda la vida.

Incapaz de conciliar el sueño de nuevo se levanta y mira por la ventana, donde golpea una fuerte lluvia, acompañada de viento. La intensidad con la que cae parece querer eliminar todo rastro de lo que había en la calle. Recuerda que no muy lejos de allí acampó el 15-M: “¿Qué diablos fue de todo aquello? ¿Dónde están ahora las masas del “no nos representan?”. Sin una respuesta que darse a sí mismo, Álvaro retoma el hilo de sus pensamientos y se le ocurre una metáfora con los mensajes que ha ido escuchando estos días: “Aquí llueve sobre mojado”. Y es que las palabras, seguramente, no resultan novedosas, pero de lo que no tiene duda alguna es de que ni siquiera suenan a nuevas.

Desmarcándose de los que aseguran que los partidos de izquierdas llevaban mucho tiempo ensimismados, él tiene la sensación de que todo este runrún sobre la unidad es algo que se lleva escuchando al menos tres años de forma continuada y que precisamente la manera como hoy se habla de ello es la prueba de ese ensimismamiento. Los titulares y las declaraciones que reflejan cómo unos y otros se han tirado los trastos a la cabeza, y cómo unos y otros se han despreciado mutuamente, siguen allí, presentes. Basta teclear algunos nombres para que reaparezcan las hemerotecas a modo de acusación silenciosa. Unas hemerotecas presentes en el recuerdo de los que asisten con sensación de agotamiento a esta nueva ronda de reiterativas reflexiones, sobre la forma concreta y específica como hay que acudir a unas elecciones para impedir la formación de un nuevo gobierno en 2027.

Un agotamiento, además, que Álvaro considera evidente y constatable: “¿Qué novedad pueden aportar Rufián, Podemos, Sumar, la vieja Izquierda Unida y las fuerzas periféricas más de una década después de aquellas elecciones de 2015 que lo cambiaron todo y tras ocho años de apoyo continuado e inequívoco al PSOE de Pedro Sánchez?”, medita, reviviendo esa larga etapa. “¿Quién de todos ellos es alguien acabado de llegar? ¿Quién no ha participado abundantemente de la desunión y de la incapacidad de empujar el gobierno en una dirección que reforzara la confianza en las políticas progresistas, mientras lo defendían todo a capa y espada?” De nuevo en la Ser, emerge la voz de Enric Juliana, señalando a modo de paradoja: “El hombre de las 155 monedas de plata es ahora el federalista de la izquierda española”.

“¿Cuándo empezó todo esto? ¿Cuándo nos volvimos tan aburridos y prescindibles?”, masculla Álvaro mientras se pone la chaqueta para ir a trabajar. Pensando que él siempre estuvo allí, pendiente, expectante, comprende que es igualmente parte del problema. Que aunque ellos solo se contemplan a sí mismos, cuando él se mira al espejo este también le devuelve siempre un reflejo parecido. Quizás porque no hay ya mucho sobre lo que innovar. O porque simplemente se ha llegado a la conclusión de que ya estaba todo inventado y nos hemos puesto un techo de cristal antes de hora.

De tanto observar siempre lo mismo, empieza a darse cuenta de que se le ha escapado lo más importante: que lo que seguramente imagina como una crisis temporal, es una quiebra en toda regla de propósito y de utilidad: “Ante eso no hay frente electoral que haga milagros”. Llegado a ese punto le inunda un lacónico pensamiento, a modo de conclusión: “Al final, todos manamos de la misma fuente”, y abandona el que todavía es su hogar con un fuerte portazo.