David Rodríguez Albert
Durante años, quienes alertaban sobre el cambio climático han sido acusados de atribuir interesadamente cualquier fenómeno meteorológico extremo al calentamiento global. Sin embargo, una reciente evaluación científica rápida establece de forma inequívoca que un episodio concreto de calor extremo no puede explicarse sin el cambio climático provocado por la actividad humana. No se trata de una proyección sobre el futuro ni de una hipótesis general, sino del análisis de un fenómeno que acaba de producirse en Europa.
La organización científica World Weather Attribution acaba de publicar una evaluación sobre la reciente ola de calor que ha afectado a buena parte del continente, con unas conclusiones tan contundentes como preocupantes. Según el estudio, las temperaturas extremas registradas durante los últimos días habrían sido prácticamente imposibles hace apenas cincuenta años sin el calentamiento global provocado por las emisiones derivadas de la quema de carbón, petróleo y gas. Más de 90 millones de europeos han soportado temperaturas superiores a los 35 grados y alrededor de 350 millones han superado los 30. Además, el 45% de las 854 ciudades analizadas ha batido sus récords de estrés térmico, es decir, la combinación de calor y humedad que dificulta la regulación de la temperatura corporal y aumenta significativamente el riesgo para la salud. Los investigadores concluyen que estos episodios ya no pueden considerarse excepcionales, sino una consecuencia directa del cambio climático.
El estudio identifica con claridad el responsable de este fenómeno. No apunta a factores naturales ni a decisiones individuales aisladas, sino al actual modelo energético basado en los combustibles fósiles. La emergencia climática aparece nuevamente vinculada a un modelo económico concreto, en la concentración del poder económico y en la insuficiente respuesta de los poderes públicos para afrontar sus consecuencias. Frente a los discursos que diluyen las responsabilidades, resulta imprescindible señalar las causas materiales del problema. El cambio climático ya no constituye una amenaza futura, sino una realidad presente cuyos efectos recaen de forma profundamente desigual sobre las clases populares, mientras las grandes corporaciones responsables de buena parte de las emisiones continúan obteniendo enormes beneficios.
Lo más inquietante es la velocidad a la que se está produciendo este deterioro. Los investigadores advierten de que récords considerados excepcionales hace apenas unos años se baten ahora de manera recurrente, hasta el punto de que las temperaturas nocturnas extremas son cien veces más probables que durante la devastadora ola de calor europea de 2003, mientras que las máximas diurnas han multiplicado por diez su probabilidad. A ello se suma que 2023 fue el año más cálido registrado desde que existen mediciones fiables, 2024 volvió a superar ese récord y los primeros meses de 2026 apuntan a una continuidad de esta tendencia. Ya no hablamos de un riesgo lejano ni de una amenaza para las próximas generaciones, sino de una crisis que se desarrolla ante nuestros ojos y que acelera sus consecuencias año tras año.
Las consecuencias no son únicamente ambientales, sino también sociales. El calor extremo afecta a las viviendas, las escuelas, los lugares de trabajo y los sistemas sanitarios, de modo que la crisis climática ya no constituye sólo un problema ecológico, sino también laboral, educativo y de salud pública. Sin embargo, sus efectos no recaen por igual sobre toda la población. Las desigualdades económicas amplifican el impacto de las temperaturas extremas y vuelven a castigar especialmente a las clases populares, que con mayor frecuencia residen en viviendas mal aisladas, desempeñan trabajos al aire libre o carecen de recursos para protegerse adecuadamente frente al calor.
La adaptación puede mitigar algunos efectos, pero no resolverá el problema mientras no se actúe sobre sus causas. La comunidad científica coincide desde hace años en la necesidad de impulsar cambios estructurales que afecten al modelo de producción y consumo, al sistema energético, al transporte, a la planificación urbana y al uso de los recursos naturales. Conviene insistir en ello porque ya no hablamos de una opinión sobre un futuro más o menos probable, sino de una realidad respaldada por las evidencias científicas. No basta con adaptarse a un planeta cada vez más cálido. Es imprescindible transformar el sistema económico que está provocando este deterioro.