En el nombre de nadie

Verónica Ugarte

Una de las más deplorables demostraciones de arrogancia es llamar a cualquier guerra “justa”. Es el adjetivo que Benjamín Netanyahu ha utilizado para calificar el genocidio que comete contra Gaza desde hace poco más de un año. Pero el Primer Ministro israelí no solo ha declarado una guerra sin límite moral alguno contra palestinos, sino también contra periodistas y contra cualquier organismo que pretenda llevar ayuda médica o alimentaria a la población. La misma que muere ya sea bajo los misiles de Israel o las bombas de Hamas.

Demasiado tarde ha llegado la orden de arresto de la Corte Penal Internacional contra este hombre y su ex Ministro de Defensa. Desde enero del presente año el mundo se ha dividido entre población y gobiernos. Los primeros, con manifestaciones en contra de la guerra y la exigencia del alto al fuego; los segundos, rebasados por las circunstancias y sin una brújula hacia el decoro para exigir no solo el cese de hostilidades, sino también que la ayuda humanitaria entre en la Gaza ocupada.

Israel es uno de los países que no reconoce a la Corte Internacional de la Haya, por lo que ninguna de sus actividades puede ser coercitiva para ese país, cínicamente hablando. Pero algo se ha movido: el miedo. Netanyahu no tardó en declarar que la orden de arresto en su contra es antisemita. Siempre ha jugado la misma carta y a estas alturas no puede hablar en el nombre de nadie. Ni en el nombre de 6 millones de muertos, pero tampoco en el nombre de su pueblo. Ha perdido toda legitimidad y toda moral hace ya varios años.

A pesar de que Biden, otra figura que no ha sabido hacer ninguna política exterior coherente, ha calificado de escandalosa dicha orden de arresto, el premier israelí se sabe contra las cuerdas. Todo país que reconozca al Tribunal de la Haya está en la obligación de arrestarlo y entregarlo en caso de que salga de Israel y visite alguno de esos países. Es aquí cuando flaquea todo intento de Justicia Internacional. Dudo mucho que este hombre, con manos cubiertas de sangre, salga de su escondite y cometa el error de, por ejemplo, aceptar el marketing político mediante invitación, del derechista Orban. Sin un mínimo de recelo, abiertamente el húngaro ha invitado al israelí a su país, creyendo que de esta manera desafía a Europa y compra votos en Hungría.

Básicamente lo que hace la derecha en estos momentos es buscar credibilidad para sus argumentos racistas y ataques violentos a su población de izquierdas. ¿Quién iba a decir que Elon Musk haría un favor y dejaría las manos atadas a Meloni, después de sus absurdas declaraciones en las redes sociales contra el Tribunal de Roma? Ahora mismo el Parlamento Italiano exige a la extrema derecha en el poder que de un paso al frente y de manera responsable se ponga del lado de la Humanidad y en contra de la guerra en Gaza.

¿Y qué hace Europa mientras tanto? Las dos potencias que, desde la reunificación, han dictado casi al 80% el camino de Europa no son más que una sombra. Francia está cansada de Macron  y el gris Canciller Olaf Scholz tiene delante elecciones anticipadas para febrero. Ambos han de recoger la casa antes de salir al jardín, a pesar de que ambos países tengan una responsabilidad histórica para con la región.

En enero toma posesión Trump. ¿Es el horror lo que estamos viviendo, o simples exageraciones? ¿Cuál es el futuro en Medio Oriente? Nadie osará jamás declarar una guerra a Israel y capturar a Netanyahu. La orden de arresto solo lo deja aislado, físicamente hablando. Pero el mundo ha reaccionado más deprisa y las guerras diplomáticas van contra reloj. ¿Qué otra cosa queda por hacer que no se haya hecho antes?

Como sabemos, Israel no negocia. Pero eso era en los tiempos en que todavía la ingenuidad o la astucia nos hacía creer que defender a Israel era defender el recuerdo de los muertos bajo el régimen de Hitler. Ya no es así. Defender a Israel es comprometerse con la paz y abrir negociaciones que no se realizan desde los Acuerdos de Oslo, y la muerte de Isaac Rabin. Defender a Israel es abrir corredores seguros, llevar toda la ayuda internacional posible para Gaza. Si no se hace, Israel, que nació de la sangre de sus muertos, se ahogará en la sangre de los asesinados por radicales que ha permitido que dirijan su destino desde hace más de treinta años.

“El mundo no se debe habituar a la muerte de los palestinos”, ha afirmado Majed Bamya, Observador Permanente de Palestina ante la ONU. Son tristes palabras porque los palestinos siempre han sido moneda de cambio, tanto para árabes como para no árabes. En medio de tanta necedad, ¿cuántas vidas se han segado? ¿Cuántos niños han muerto? ¿Cuánto odio se he enquistado?

La orden de arresto internacional no es suficiente. Pero la violencia no será la solución. ¿Cuándo Israel dejará del lado a sus enemigos internos y dará un paso en favor del reconocimiento de Palestina? Mi respuesta: cuando la región deje de ser un negocio para quienes han perpetuado tantos delitos.

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