Carlos Hidalgo
El genio del ajedrez Gary Kasparov suele decir que los dictadores mienten mucho sobre lo que han hecho, pero que suelen decir la verdad sobre lo que van a hacer. Y el premio Nobel de Economía Paul Krugman la ha recordado a la hora de explicar el impacto que han provocado los absurdos y arbitrarios aranceles que ha decidido poner Trump, basándose en una ley de emergencias que invocó cuando Biden le había dejado unas cifras que ya hubiera querido cualquier otro país del mundo.
Y es que la emergencia económica en la que se basa el presidente estadounidense es tan falsa como su tupé. Es, como otras tantas emergencias que invoca, una excusa para poder ejercer el poder de manera arbitraria y sin rendir cuentas al Senado y a la Cámara de Representantes, pese a que aún dispondría de cómodas mayorías en ambas.
Tampoco existen los “enemigos extranjeros” de la ley que invoca para detener arbitrariamente a extranjeros, incluso a los que tienen los papeles en regla o incluso la nacionalidad, adquirida gracias al servicio militar o al matrimonio. Esa ley, hecha en su día para poder expulsar a británicos cuando el Reino Unido aún trataba de guerrear con su antigua colonia, se usa para detener a niños camino del colegio, para separar a matrimonios en aeropuertos y fronteras y, en general, para expulsar a una mano de obra que mantiene en funcionamiento los tan cacareados cimientos de la economía estadounidense.
Lo mismo ocurre en el caso de los aranceles. Trump está convencido de que puede replicar la (desastrosa) política arancelaria del presidente William McKinley y la agresiva política imperialista de este último y del batallador Teddy Roosevelt. Y aunque está rodeado de gente que le advierte con timidez de que estas medidas no son posibles, ni rentables para los Estados Unidos de la actualidad, Trump las seguirá sacando adelante como una mera cuestión de orgullo y vanidad personal, convencido por un lado de que él ve lo que los demás no pueden y de que la realidad se puede retorcer lo suficiente como para que se acomode a su elefantiásico ego.
El presidente estadounidense, cuando las bolsas han caído a plomo y los periodistas le han preguntado qué piensa de eso y de que los precios de los automóviles estadounidenses se hayan disparado, ha dicho que le importa un bledo y se ha ido a pasar el fin de semana jugando al golf. Tal cual.
Trump se cree tan especial que cree que puede romper un sistema internacional creado a base de delicadas negociaciones durante ochenta años, que establece unos derechos humanos, unas leyes de por las que los países aceptan regirse, un sistema de comercio internacional que suele beneficiar a ambas partes y un sistema monetario que sobrevivió a una Guerra Fría, pero que parece que puede ser asesinado por un caprichoso magnate inmobiliario que solo consume productos del McDonald’s.
Lo lamentable, como vengo insistiendo desde hace tiempo, es la respuesta de los habituales gurús de la política y de la economía, especialmente aquellos que consideraban a Trump como una opción equivalente a Kamala Harris, o incluso más deseable que aquella.
Como recuerda con ironía el economista Steve Keen en “La Economía Desenmascarada”, la economía está tan infiltrada por los llamados “neoclásicos” y los monetaristas, que estos son incapaces, no solo de prevenir las crisis que provocan, sino que tampoco son capaces de identificarlas cuando las tienen delante. Provoca una mezcla de ira y pena verles decir que esto es pasajero, que es una táctica de negociación, que estos pasos antiliberales y proteccionistas, son en realidad un movimiento táctico en una estrategia racional. Peor todavía es verlos lamentarse de que esto es realmente un desastre, pero regodearse porque fastidia a la izquierda. No es lo que uno definiría como liberal o racional, pero es lo que sus supuestos abanderados dicen.
Mientras tanto algunos de los miembros del círculo interno de Trump empiezan a ver las orejas al lobo. El secretario de Estado, Marco Rubio, se ha asustado al ver que cuando amenazas a Europa con no defenderla, Europa no sólo se prepara para rearmarse, sino que además lo quiere hacer prescindiendo de la industria armamentística estadounidense.
Elon Musk, otro magnate cegado por su ego y que cree saberlo todo, se ha llevado las manos a la cabeza al ver que los aranceles van a provocar que las ventas de sus coches desciendan todavía más y que el resto del mundo empieza a mostrarse hostil hacia las marcas que posee, como la empresa de telecomunicaciones Starlink.
¿Es esto táctico? ¿Va a cambiar algo? ¿Va a reconsiderar Trump sus posturas? Lo que está claro es que, con todo esto en marcha, él se ha ido a jugar al golf.