Alfons Salmerón
Ayer se estrenó la película Parenostre que versa sobre la vida de Jordi Pujol, el que fuera presidente de la Generalitat de Catalunya entre 1980 y 2003. Una vez vistos ya algunos cortes de las entrevistas de promoción que ha realizado estos días su guionista, el periodista Toni Soler, director de Minoria absoluta, productora entre otras del programa de sátira política Polònia que emite con éxito la televisión autonómica catalana desde 2006. Para ser sinceros, lo cierto es que no me apetecía demasiado pagar una entrada por ver una película, cuya intención en palabras de su propio guionista, pretende abrir un debate sobre la rehabilitación de la figura política de Jordi Pujol, que como saben, fue apartado de la vida pública desde que en 2014 reconociera en un comunicado público que él y su familia poseían cuentas en Andorra con dinero que había ocultado a la Hacienda Pública española desde hacía más de 30 años. El caso Pujol fue una bomba que sacudió la política catalana, acabó con el pujolisme y dejó tocada y hundida a Convergència Democràtica, el partido que el mismo fundó y que gobernó Catalunya desde 1980 combinando el nacionalismo identitario con un pragmatismo eficaz que consiguió representar los intereses de la burguesía y las clases medias catalanas durante casi tres décadas, exhibiendo además, una notable influencia en los gobiernos de Madrid y en la corte misma.
Sin embargo, el pasado viernes cuando me acerqué al Círcol catolíc de Vilanova i la Geltrú para consultar la programación de cine para el fin de semana y vi que esa misma tarde tenían prevista la proyección de la película y un coloquio posterior que contaría con la presencia de Toni Soler, no me pude resistir a la tentación de sacar una entrada para verla. El preestreno en Vilanova una semana antes de su puesta de largo en las salas comerciales pudo hacerse realidad gracias a que el productor de la película, el también periodista y escritor Paco Escribano, responsable entre otros de títulos como Salvador o más recientemente El maestro que prometió el mar, es vecino de la ciudad. Entre el público estaban presentes algunos ilustres políticos vilanovins como los diputados Franscesc Marc Álvaro o Carles Campuzano, otrora en la órbita convergente y ahora ambos en las filas de ERC.
Yendo a la película, que es de lo que se trata, diré que sin ser una obra maestra, me pareció entretenida e interesante. Lejos de ver el ejercicio de rehabilitación y blanqueo del honorable que yo me esperaba, y una vez superados mis prejuicios previos, me pareció un relato equilibrado de la familia que gobernó Catalunya durante casi treinta años sin oposición hasta la llegada del Gobierno de coalición presidido por Pasqual Maragall en 2003. La interpretación de Josep Maria Pou en el papel del President es cuando menos inteligente. Es difícil explicar cómo consigue que el espectador consiga ver en él, que sobrepasa el metro noventa, al honorable. Por su parte, Carme Sansa es Marta Ferrusola en estado puro de principio a fin.
Parenostre, sin pretender ser un documental, es bastante fiel a los hechos, que expone con total claridad y desnudez y consigue que las escenas de ficción, como la aparición de Villarejo o la llamada telefónica de Pujol al emérito Juan Carlos, resulten bastante creíbles y que, como decía el propio Soler, aunque no se tengan pruebas de que realmente ocurrieran es altamente probable que sí lo fueran.
Más allá de otras consideraciones y sin ánimos de realizar una crítica cinematográfica, la película presenta al personaje con todos los matices de su personalidad y abre muchas preguntas. Me parece más interesante por las reflexiones a las que invita que por la cinta en sí misma. Su tesis principal es, en ese sentido, una pregunta que planea todo el rato sobre el espectador. ¿Qué representó Pujol para la sociedad catalana y qué representó para cada uno de nosotros? Y efectivamente, aunque su mero rodaje ya supone una rehabilitación de la figura pública de Jordi Pujol, iniciada por cierto, por el actual presidente de la Generalitat, el socialista Salvador Illa cuando lo incluyó en la rueda de entrevistas institucionales con sus predecesores, el debate queda en el aire, una vez mostradas al público todas las miserias del personaje.
Hay otras preguntas de carácter político que uno se hace después de ver la película. ¿Por qué ahora la película, cuando el independentismo y el Procés han entrado en fase de descomposición? ¿Por qué precisamente ahora cuando ya, por fin, hay fecha para el juicio del caso Pujol previsto para noviembre del próximo año cuando el principal habrá cumplido los 96 años de edad? ¿A qué intereses sirve esa pretendida rehabilitación? El nacionalismo catalán bienpensante necesita probablemente actualizar su legado toda vez que se ha quedado sin asideros a los que agarrarse, parece la respuesta más posible.
En otro orden de cosas, la película tiene otras lecturas que apenas quedan esbozadas. Hay muchas historias e interpretaciones en esta historia que es la historia también, y en parte de todo lo que nos ha ocurrido a la sociedad en los últimos años y que podríamos llamar como el despertar del sueño de la transición. Porque Pujol fue sobretodo un político que participó de ese relato de transición modélica y nunca se sintió cómodo con lo que el Procés tuvo de intento de ruptura con el llamado régimen del 78. Fue un actor y a la vez un producto del establhisment de su tiempo. Hay cierto paralelismo entre el ascenso y caída del emérito Juan Carlos y del honorable Pujol. Ambos gozaron del privilegio del reconocimiento casi unánime de unos y de otros, ambos se creyeron inviolables en el ejercicio del poder con la cruel diferencia de que uno, efectivamente sí lo era al amparo de la Constitución y el otro en su delirio de vanidad solo creyó serlo.
Desde un punto casi antropológico, esa caída a los infiernos resulta fascinante. ¿Cómo alguien tan obsesionado con su legado como lo ha sido Pujol descuidó ese detalle y participó también de la corrupción? ¿Hasta qué punto se creía inviolable, por encima del bien y del mal? Una vez visionada la película, la tesis de que él no estaba al corriente de las malifetes de sus hijos cae por su propio peso. Él no sólo dejó hacer si no que fue conocedor y practicó aquello de que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda, santo y seña de la doble moral burguesa, al menos desde 1993.
En ese sentido, el título de la película, Parenostre, me parece muy oportuno. La familia Pujol aparece como un reflejo de las clases acomodadas catalanas. Pujol es el padre idealizado e inalcanzable entregado al país y al cuidado de su figura pública, anverso y reverso del mismo personaje, que delega todos los cuidados de la familia en su mujer, madre y esposa y sus hijos, unos malcriados con demasiado resentimiento acumulado al cabo de los años. Hay en el personaje del mayor de la saga, mucho de ese oscuro resentimiento hacia el padre que se traduce en cómo construye una biografía y una trayectoria profesional que traiciona los valores que el padre pregona públicamente: el esfuerzo, el culto al trabajo y a la vida austera del catalán medio. La vida desordenada de dividendos, señoritas de compañía y coches de lujo de Josep Pujol es una enmienda a la totalidad del retrato de familia ejemplar construido por los Pujol, cuidadosamente representado por Marta Ferrusola y su cena austera y frugal de truita francesa. Cuando en 2014 estalla el escándalo, el caso Pujol escupe a la cara de la hipocresía de la clase dominante. Tal vez el honorable no había comprendido que habíamos inaugurado una nueva época que había roto el tabú del silencio en la que ya no podía quedar ningún secreto de familia a salvo. Parenostre es también ese relato, el del secreto mejor guardado de tantas familias y el debate sobre la rehabilitación de Pujol no es ajeno a otros casos en los que el conocimiento de las biografías de muchos personajes honorables y otros muy anónimos en tantas familias, señores todos ellos por cierto, dilapidan de un plumazo toda su obra. ¿Rehabilitación? Qué caigan todas las estatuas de las plazas públicas y los jardines.
Bon dia,
Rehabilitar la figura de quien hizo y deshizo a su antojo en Catalunya durante 30 años me parece una irresponsabilidad en todos los sentidos.
El apellido Pujol siempre fue sinónimo de ambición, corrupción, censura y cobardía.
Cada día tengo más claro que Soler siempre ha apostado por quienes le han dado coba.
Me cuesta pensar ir a ver la peli, pero al mismo tiempo tengo la idea detrás de la oreja
Gracias por el artículo.
El fondo de la historia bien merece todas esas reflexiones pero visto el trailer de la película, toda la puesta en escena y casting me hace salir corriendo en dirección contraria. Por suerte correr me gusta….