Arthur Mulligan
Ha sido un cónclave acorde con la aceleración de la historia: muy rápido, elegante, pleno de dignidad, justo lo que el mundo esperaba pero sin llegar a la perfección de la Corona Británica. El humo blanco, las campanas, el desfile del minúsculo ejército imposible de camuflar, el camarlengo, las hermanas y un Espíritu Santo inspirado obraron el milagro. La aparatosa estufa con chimenea ha trabajado poco y atrás queda la sonoridad grave del latín.
León XIV parece un hombre amable y amante de los protocolos de la Iglesia milenaria, un tanto alejado de ese populismo latinoamericano de un catolicismo de la contrarreforma, según contaba a Maite Rico, Loris Zanatta, catedrático de historia de América Latina en la Universidad de Bolonia. Resumiendo la excelente entrevista, este intelectual sostiene que el catolicismo europeo terminó por híbridarse con las corrientes ilustradas, o sea, con la revolución científica, el racionalismo, el liberalismo. En cambio, el catolicismo argentino al que pertenece Bergoglio y que encontró en el peronismo su confluencia política, considera una traición el entendimiento con el liberalismo.
Es un catolicismo de cristiandad y por encima de las instituciones seculares de la democracia, de la separación de poderes, está la catolicidad del pueblo, y ese pueblo está representado en primer lugar por la Iglesia, que tiene un derecho implícito a tutelar el orden político y social. En los viajes por el sur global, que fueron la mayoría, Bergoglio se dedicó primero a oponer el sur religioso y sus pueblos pobres, puros y virtuosos al norte irrecuperable, descristianizado, secularizado, pecaminoso.
Y en segundo lugar, advertir a esos países del sur en contra del progreso, que implicaría sucumbir a la colonización ideológica, como decía él del norte desarrollado. La iglesia nunca ha sido devota de la economía de mercado, pero el discurso de Bergoglio era especialmente rudimentario con esa concepción de la economía como un juego de suma cero. Una de las grandes influencias de Bergoglio fue Hernán Benítez, un jesuita argentino que le escribía los discursos a Eva Perón.
Benítez decía que el peronismo era un comunismo de derechas por su rechazo visceral de la economía de mercado y claro, la Biblia está llena de citas que pueden servir para esto. La idea es que el mercado alimenta el egoísmo, la codicia y la pobreza es virtuosa y preserva de la corrupción. Este pobrismo radical era la visión de Bergoglio, aunque sus consejeros economistas en el Vaticano le suavizaron los últimos discursos, porque era demasiado primitivo y no es casual que Argentina a partir del peronismo haya sido un caso mundial de decadencia económica. Es curioso que tenga fama de progresista y es sintomático que haya sido adoptado como ídolo por la izquierda más reaccionaria, comunistas, bolivarianos, etc.
Muy duro en su crítica, considera que en términos de reforma de la Iglesia no ha habido ninguna revolución y sí, muchas palabras y mucha astucia porque siempre fue un hombre extraordinariamente astuto, pero la huella que él deja y que considera preocupante es haber acelerado la desvinculación del catolicismo de sus raíces culturales europeas: «Un catolicismo anti ilustrado que apunta para su futuro a la religiosidad popular, pongamos africana o latinoamericana, amenaza con ser un catolicismo empobrecido y mucho más permeable a formas políticas irracionalistas».
Con razón señalaba nuestro particular histrión populista, el tabernero Pablo Iglesias, que Bergoglio y él compartían trinchera, ambos eran autoritarios y verticalistas, apenas respetaban el pluralismo y al igual que con Podemos, cuando pasen estos días de idolatría, comenzarán a salir a flote las broncas que han quedado dentro de la Iglesia que está profundamente dividida tanto en términos doctrinarios como en estilo de gobierno.
La teología es incapaz de mover masas por sus dificultades filosóficas intrínsecas que le restan fuerza polémica pero es el muro inatacable que ofrece la Iglesia, la dimensión vertical del Evangelio: el culto y el amor a Dios, la defensa de la verdad y la fe. A los no creyentes, en distinto grado, nos parece una alteración de la conciencia que adquiere proporciones enormes de incredulidad con el paso del tiempo, aún admitiendo el potencial liberador y de esperanza que sus promesas de redención contienen. Ratzinger consideraba que la mayor amenaza para la Iglesia era la “dictadura del relativismo”, es decir, la tendencia contemporánea a considerar que no existen verdades absolutas y todo es negociable.
En su primera homilía como decano del colegio cardenalicio antes de ser elegido Papa, advirtió sobre este peligro y defendió la necesidad de una fe clara y definida, rechazando cualquier apertura que pusiera en cuestión los dogmas fundamentales del catolicismo. Esta postura se tradujo en una gestión que priorizó la pureza doctrinal y la claridad en la enseñanza de la fe. Naturalmente se opuso a innovaciones litúrgicas y a revisiones en temas como la sexualidad, el divorcio, el papel de la mujer en la iglesia y el matrimonio homosexual. Fue un crítico severo de la teología de la liberación, especialmente en su vertiente marxista, y defendió la superioridad doctrinal de la Iglesia Católica frente a otras confesiones cristianas, lo que dificultó el diálogo ecuménico en algunos momentos.
Consideró que la solución a los problemas de la Iglesia no estaba en modificar sus estructuras, sino en profundizar en la vivencia auténtica de la fe y la caridad. Para él, el cristianismo debía mantenerse alejado tanto del liberalismo como del marxismo, que veía como amenazas a la integridad de la fe y la moral católica. En su original regresión conservadora, reconoció la legitimidad y riqueza de la liturgia anterior al Concilio Vaticano II (misa en latín). Defendió la necesidad de solemnidad, belleza y continuidad con la tradición, oponiéndose a la improvisación y a la fragmentación de los ritos. Lamentó el abandono de la belleza artística y musical en la liturgia, considerando que la belleza humaniza y acerca a dios. Insistió en la importancia de la música sacra tradicional y la arquitectura digna de los templos. Sostuvo que la liturgia debe entenderse como algo, recibido de la tradición y no como una creación arbitraria de la comunidad. Defendió el desarrollo orgánico de la liturgia, es decir, cambios que surgen de la tradición viva y no de rupturas radicales.
La muerte de las catedrales es un ensayo breve escrito por Marcel Proust en 1904, en el contexto del debate sobre la separación de la Iglesia y el Estado en Francia y la consiguiente expropiación de bienes eclesiásticos, incluidas las catedrales. Proust lamentaba que con la secularización y la pérdida de influencia de la Iglesia, las catedrales quedarían desprovistas de su vitalidad y significado original; quedaría por tanto el riesgo de convertirse en simples monumentos vacíos, privados de la vida comunitaria y del sentido espiritual que les dio origen. Su muerte no es la ruina material, sino la pérdida de su función como centros de vida y fe. Sostenía que las catedrales no pertenecían únicamente a los creyentes sino a toda la nación y que su desaparición simbólica supondría una pérdida irreparable para la cultura y la sensibilidad colectiva francesa.
De una forma dogmática y otra artística, tanto Ratzinger como Proust nos hablan sobre la fragilidad del patrimonio espiritual y artístico ante los cambios sociales y políticos y una llamada a reconocer el valor universal de las grandes creaciones humanas capaces de trascender su contexto religioso para convertirse en símbolos de identidad y continuidad cultural.
Desde mi reconocida falta de fe me siento inclinado a oír una misa, cualquier misa de Bach, Mozart o Fauré, en latín y en una Catedral junto a creyentes y no creyentes de cualquier otra religión sabiendo de paso que defiendo una influencia genuina de nuestro común patrimonio cultural europeo sin perjuicio de nuestro conquistado laicismo pacificador.