La herencia del Batallador

Julio Embid

Aquella sesión del triunvirato del Estado Monástico de los Caballeros de Aragón no era una reunión cualquiera. Don Ferrán Lajusticia, Gran Maestre de la Orden del Santo Sepulcro, tomó la palabra. A su derecha permanecía sentado don Domingo de Aranda, Gran Maestre de los Hospitalarios. Frente a ambos, en una silla de madera oscura rematada con la cruz patada templaria, escuchaba en silencio don Jorge Villahermosa, Gran Maestre de los Templarios.

La situación en Aragón no era buena en absoluto. El cambio climático hacía que, en mitad de mayo, se superasen los cuarenta grados. Apenas había nieve en los Pirineos y las estaciones de esquí, especialmente las de Teruel, Javalambre y Valdelinares, tenían que fabricar nieve artificial enfriando agua cada pocas horas. Las empresas multinacionales habían llenado Aragón de centros de datos que, si bien durante la construcción habían creado cientos de puestos de trabajo, ahora se limitaban a un guardia jurado y una señora de la limpieza, aunque ocupasen varias hectáreas de servidores informáticos.

La educación pública estaba en las calles. Vale que no fuesen una democracia stricto sensu, pero las diferentes corrientes que formaban las tres órdenes monásticas que gobernaban Aragón —templarios, hospitalarios y Santo Sepulcro, desde la muerte de Alfonso I el Batallador en 1131— tenían distintas sensibilidades, aunque siempre solían barrer para la concertada religiosa. Las carreteras estaban hechas una mierda, a diferencia de las de las vecinas España, Francia y Cataluña. La entrada en la entonces Comunidad Económica Europea, en 1986, del Reino de España y de la República de Cataluña había ahogado la economía aragonesa. Solo se subsistía a base de la opacidad de la banca, los bajos impuestos al tabaco, el contrabando y el turismo de nieve para las clases más pudientes. Y, sin embargo, la gente solía marcharse al extranjero, a Madrid y Barcelona, a buscar un futuro mejor para sus hijos. Las órdenes religiosas intentaron frenar el éxodo, pero era poner puertas al campo: no se podían vallar los cientos de kilómetros de frontera al norte, al sur, al este y al oeste.

—Seguimos siendo la reserva espiritual de Occidente. Aragón seguirá siendo católico, apostólico y romano.

—Ya nadie va a misa, don Ferrán —respondió don Jorge Villahermosa mientras jugueteaba con un rosario de boj.—Solo les gusta vestirse para la ofrenda del Pilar y ponerse el traje de baturro o baturra, aunque tarden horas con el peinado solo por el placer de lucirlo.

—Pero somos un pueblo bravo, de montañeses y almogávares.

—En las zonas montañosas vive cada vez menos gente —intervino don Domingo de Aranda.—Hay comarcas con la densidad de población de Siberia o Laponia. Y encima el verano dura seis meses.

—Tenemos el Ebro y el agua. Y el cierzo, que hace girar nuestros molinos de viento.

Don Jorge negó lentamente con la cabeza.

—Los ecologistas de Aragón se oponen a los molinos. Dicen que prefieren las antiguas minas de carbón que cerramos hace décadas. Que los molinos estropean el paisaje.

—Yo creo que deberíamos apostar por la prioridad nacional —añadió don Domingo.—Las ayudas y las viviendas, primero para los aragoneses. Ni españoles ni catalanes.

Don Ferrán suspiró antes de cambiar de asunto.

—Don Domingo, ¿cuánta gente cree que hay censada en su lugar natal?

—Treinta y seis vecinos.

—Eso quiere decir que allí no vive ni media docena.

—En fiestas nos juntamos casi mil.

—Los de fuera no son un problema.

—Quizá seamos pocos, pero no somos poco.

Durante unos segundos reinó el silencio. Desde las ventanas del Pignatelli se escuchaba el ruido seco del cierzo golpeando las contraventanas.

—¿Y el Real Zaragoza? —preguntó de pronto don Jorge Villahermosa.

—Volvió a ganar la Liga. Menos mal que jugamos la Superliga Aragonesa contra el Huesca, el Teruel, el Ebro y el Alcañiz. Si entrásemos en la liga española, no creo que nos fuese muy bien.

Don Jorge esbozó una sonrisa por primera vez en toda la reunión.

—Tengo una idea. ¿Y si hacemos un campo nuevo en Zaragoza, con cuarenta mil asientos y calefacción, para ser sede del Mundial?

—Me parece bien —contestó don Ferrán—. Déjame que lo hable con Forcén.

Todo bajo control

Marc Alloza

“todo está bajo control”, “será un operativo transparente”, “se han activado los protocolos”, “no hay motivo para la alarma”, “todo discurre con normalidad según lo previsto”, “se está monitorizando la evolución”, “está perfectamente encauzado”, “no existe motivo de especial preocupación”, “se están tomando las medidas necesarias para contener el impacto.”

Son mensajes que emplean las autoridades para, en principio, transmitir calma y tranquilidad a la audiencia.  La realidad es que cada vez gozan de menor credibilidad en general, creo yo, por varios factores que han hecho de su uso un abuso.

En primer lugar, se emplean en fases tempranas de episodios que pueden suscitar preocupación sin tiempo material para un análisis concluyente. Esto se pone especialmente de manifiesto cuando el comunicado es irrebatible o no se resuelven dudas suscitadas en primera instancia por la ciudadanía, periodistas etc… En estos casos, en realidad lo que se está haciendo en muchas ocasiones es negar antes de verificar con lo que no se puede incurrir en un error que puede llevar a otro error de empecinarse en mantener la versión a pesar de la evidencia: “El fuel está contenido en el barco”.

Otro factor del mal uso es la precipitación en el diagnóstico de corte optimista o favorable que, por presión, por error o simple desconocimiento lleva a minimizar el riesgo: «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado»

Un elemento que mina este tipo de declaraciones es cuando se combinan con mensajes contradictorios:

  • Por desconexión entre actores como “Hay peligro real e inmediato por temporal por deterioro del sistema ferroviario, de muros de contención y por árboles cerca de la vía” vs “Las vías son seguras, no es necesario aplicar medidas”. Que tras accidente mortal acaban derivando en un “No habrá trenes hasta garantizar la seguridad” histriónico para tratar de disimular lo que se ha declinado hacer previamente.
  • Por contradicciones por diferencias de criterio o cambios de opinión entre Administraciones y/o organismos internacionales “El riesgo es bajo para la población, no existen “motivos clínicos” para que el barco no atraque en España” que se convierte en “obligación moral y legal” “dispositivo seguro” vs “no saben cómo tratarlos”. O en el mismo episodio “contacto constante y coordinación” vs “no nos han informado”, “falta de lealtad”.

En realidad, la desconfianza no arranca de las meras expresiones más que de quién las dice. En ocasiones se siembra la duda de forma torticera y espuria para menoscabar a un oponente o por interés de cualquier tipo sin importar las consecuencias tanto para la sociedad como éticas o morales.

La existencia de terraplanistas creo, con todos los respetos, que viene a demostrar que la desconfianza en la oficialidad es difícil o imposible de resolver, pero es que en los últimos años vivimos instalados en una desconfianza ganada a pulso. El desconocer la causa real confirmada de determinados incidentes o hacerlo de forma tardía en el mejor de los casos, también inspira a la incredulidad en el “sistema”.

La actual crisis del Hantavirus ha devuelto tímidamente las mascarillas FPII en los vuelos comerciales. Con el paso de los días supongo que habrá ido disminuyendo o no. Otro misterio es el del brote de peste porcina africana que inicialmente se atribuyó a un bocadillo de mortadela de Europa del este, luego a un laboratorio científico y luego ha vuelto a la teoría de basura orgánica contaminada. En este caso lo cierto es que todavía persiste el brote siete meses después de su detección y no se ha demostrado que la cepa del virus procediera de ningún laboratorio cercano.

Para el apagón o cero eléctrico ibérico del 28/04/2025 no existe una causa sola si no que fue resultado de una “tormenta perfecta” (otra frase típica) de varios factores técnicos, especialmente un problema de sobretensión. “Tormenta perfecta” que a veces podría traducirse que entre todos la mataron y ella sola se murió o lo que es lo mismo que “nadie desea asumir la parte que le corresponde de responsabilidad de algún suceso infausto, en cuyo resultado han contribuido varios factores

Para cerrar, pase lo que pase todo está bajo control en cualquier circunstancia y situación. A pesar la caída en la credibilidad todavía, si no es muy flagrante, tiene cierto efecto de evitar el pánico y en consecuencia el caos. La que creo que ya no tiene efecto tranquilizador es la de que “Las autoridades están siguiendo la situación de cerca.” O quizá sí, yo ya no sé.

En momentos de apremio

Juanjo Cáceres

Ariadna observa desde su cuenta de Instagram a Salvador, un hombre con relevancia institucional al que se ha acostumbrado a ver en televisión transportando siempre una mochila y que ahora se dispone a explicar la importancia y el contenido de un kit de emergencia.

“…Recomiendo una mochila que tengas por casa y dentro de la mochila todo preparado… Una botella de agua, una radio a pilas, un kit que tenga los documentos oficiales, medicación, pilas, linterna, comida en lata…”

Siguiendo fielmente las instrucciones de su Presidente, examina las mochilas de las que dispone en su hogar. No son muchas y son bastante viejas. El piso compartido donde reside es limitado en espacio, tanto para almacenar objetos como para vivir dignamente. Un logo de Decathlon en una de ellas le recuerda que, cuando tenía 21 años, vivía con más comodidades y era más feliz. Las mochilas salían a menudo de viaje y no languidecían en un canapé. Hoy, a sus 42 años y con lo justo para pasar el mes, casi le parece que ese objeto colgante perteneció a otra persona.

 «Esta vieja compañera tendrá que servir», concluye, y procede a buscar los objetos indicados por Salvador. La botella de agua, marca Bronchales. La linterna y la radio, adquiridas hace algunos meses en un establecimiento abierto 24 horas. Las pilas, conseguidas a muy buen precio en el supermercado Aldi. Un pack de tres latas de atún de fácil abertura y una cuchara de postre. Dos billetes de cincuenta euros, que celosamente conservaba con el fin de cubrir algún gasto extra inesperado. Y un surtido de medicinas entre las que se cuentan principalmente fármacos para trastornos leves prescritos con receta médica, o bien a ella, o bien a algún familiar que amablemente se los entrega. La comida de animal de compañía no ha sido necesaria incluirla porque el contrato de alquiler del inmueble donde reside excluye expresamente esa posibilidad. En cuanto a la documentación oficial, prefiere seguir llevándola encima.

Con todo a punto, cierra la mochila mientras se pregunta qué tipo de emergencia podría sorprenderla. «¿Otro apagón? No parece necesario, en ese caso, tener las cosas guardadas en una mochila”. «¿Un terremoto? No sé si me permitiría alcanzar la mochila». «¿Un tsunami? Hace mucho que abandoné mis sueños de vivir cerca del mar o siquiera de pasar allí unos breves periodos del año». “¿Una crisis económica? De poco serviría todo esto que hay ahí dentro”. “¿Un ataque terrorista? No sé si los elementos aquí presentes garantizarían mi supervivencia”. “¿Un desplazamiento forzoso a causa del ataque de un ejército enemigo? Estoy segura de que no llegaría demasiado lejos con estos objetos”.

Su mente sigue meditando sobre la infinidad de situaciones imprevistas que puede verse obligada a afrontar y por mucho que se esfuerza, no logra entender qué utilidad puede tener esa mochila vieja, llena de elementos precarios que evocan con extraña exactitud su propia precariedad vital. Es entonces cuando se da cuenta de que quizás sea ese el objetivo: que nos sintamos inseguros o que nos sintamos frágiles.

O tal vez se trate de una idea que alguien tuvo y de un papel que alguien representó, que ahora es sistemáticamente imitado, como si de una moda se tratase. No porque resulte especialmente relevante, sino por esa pulsión propia de aquellos que se consideran importantes de ejercer permanentemente de creadores de contenidos.

“Me vendrían bien otro tipo de ayudas y otro tipo de consejos”, piensa, mientras guarda la mochila en uno de sus dos armarios. Al cerrar la puerta, siente por un momento que también ella ha quedado atrapada por su cremallera y que no es más que otro objeto del que nadie se acordará.

Línea de tres

Julio Embid

Los aficionados al baloncesto estamos de enhorabuena. La WNBA vive un momento de crecimiento sin precedentes tras la firma de su nuevo convenio colectivo, que ha disparado salarios e ingresos televisivos. Durante años se repitió aquellos comentarios cuñados de “que las mujeres ganen lo que generen”. Pues bien: ahora generan, y mucho. Los pabellones se llenan y las televisiones compiten por emitir sus partidos.

En España, con la cuota básica de Amazon Prime ya se pueden ver partidos de la WNBA. El nuevo acuerdo televisivo, que ronda los 200 millones de dólares por temporada, ha cambiado las reglas del juego. Y es que como dijo una de las jugadoras más mediáticas, la alero de Indiana Fever Caitlin Clark: “No tiene ningún tipo sentido que gane 70.000 dólares de nómina de mi equipo y 15 millones en patrocinadores de publicidad”, anunciando todo tipo de cosas, desde bebidas, cereales, zapatillas o cromos de Panini.

El año pasado las jugadoras, hartas de que los clubes les tomasen el pelo (ingresan 200 millones sólo de la tele e insisto, los campos están llenos) y que les pagasen 1,5 millones de límite salarial para toda la plantilla de 12+2 jugadoras por equipo, amenazaron con ir a la huelga. Los clubes se asustaron y tras una eterna negociación entre abogados se cambió el convenio colectivo. El límite salarial subió a 7 millones por equipo, con un máximo de 1,2 para una sola jugadora, que para repartir entre 12 jugadoras, ya ofrece salarios de en torno al medio millón de dólares por temporada de media. Este beneficio resulta matador para las ligas europeas donde van a ver como las mejores jugadoras se van a ir a Estados Unidos a jugar para cobrar diez veces más.

En España, el baloncesto femenino está en auge gracias a la televisión. Que Teledeporte y las televisiones autonómicas emitan los partidos, con buenos índices de audiencia, ayuda y mucho. Sin embargo se siguen viendo algunos casos de campos desangelados donde no hay ni mil personas. No es el caso de mi ciudad, Zaragoza, donde de media en el Pabellón Príncipe Felipe, asisten casi 6.000 personas a ver los partidos. En el caso de la Final Six de la Euroliga Femenina se superaron los 10.800 espectadores todos los días. Sin embargo, tengo serias dudas, de si este fenómeno (el auge del baloncesto) sólo se produce por los malos resultados del equipo de fútbol local.

Lo que está claro es que, en un mundo donde la NBA y el baloncesto masculino han ido evolucionando a otro tipo de juego, más centrado en el tiro exterior y en posesiones cortas, el baloncesto femenino le puede competir de igual a igual en todos los aspectos técnicos. Hay muchas jugadoras profesionales con porcentajes de tiro de 3 o de tiro libre superiores a sus equivalentes masculinos. La alero japonesa del Casademont Zaragoza, Stephanie Mawuli, tiene un porcentaje de acierto en tiro de 3 del 45,9% y la base sueca del Spar Girona, Klara Holm, tiene un porcentaje de acierto en tiros libres del 86,9%. No sé si son conscientes de la barbaridad que es eso.

Estoy seguro que, además, el baloncesto femenino tiene un público muy transversal. Entre los 6.000 y pico que vamos a ver todos los partidos al Príncipe Felipe, hay personas de izquierdas, personas de derechas, de centro y medio pensionistas. No creo que exista un boicot antiwoke trumpista en un deporte que simplemente es divertido de ver. Sin embargo y aquí va mi queja final, en la vida, en el deporte y en el trabajo, si quieres que te tomen en serio, hay que ser serios. El desbarajuste del calendario va a trastocar la competición. Las ligas europeas siguen todas el modelo del curso escolar: se empieza en septiembre y se acaba a mediados de junio. La WNBA, por el contrario, empieza el 1 de mayo y acaba en octubre (menos este año que por el mundial, acabará en noviembre) y las buenas jugadoras quieren jugar en ambas. ¿Cómo se compatibiliza esto? Pues vemos como las buenas jugadoras poco profesionales abandonan sus equipos en Europa un mes antes de acabar, en abril, para presentarse en EEUU lo antes posible para la pre-temporada (donde compiten 20 pre-seleccionadas para formar una plantilla definitiva de 12). Y esto hace que la competición se adultere.

¿Cómo se resolvería esto? Fácil, si la WNBA empieza el 1 de mayo, las ligas europeas y todas sus competiciones continentales tienen que acabar antes del 20 de abril. No hay más misterio. Hasta entonces, les invito a hacer una cosa sencilla: ver menos fútbol y más baloncesto. A ser posible, en directo. Porque, como decía el gran Andrés Montes, la vida puede ser maravillosa.

En el teatro imaginario de los sueños rotos

Juanjo

Entran Emilio y Mónica, una antigua pareja con custodia compartida y viejos recuerdos también compartidos, que parecen pertenecer a un pasado lejano. Se sientan frente a frente en el centro del escenario, sobre unas sillas rojas.

MÓNICA-Tú.

EMILIO- Tú.

MÓNICA- No, tú, tú empezaste esto.

EMILIO- Querida, fuiste tú, el otro día, sin previo aviso, de la noche a la mañana.

MÓNICA- ¡Tienes mucha cara! Después de todo lo que me has hecho…

EMILIO- ¿Qué te he hecho yo? ¡Yo no te he hecho nada! ¡No sé de qué hablas!

MÓNICA- De tus traiciones. Con otros hombres, además. Eso sí que no lo esperaba.

EMILIO- ¿Te refieres a lo de Gabriel? Eso no fue nada.

MÓNICA- Todo el mundo lo vio. Es complicado negar las cosas cuando todas las cámaras han grabado tu rostro, tus palabras y tu infidelidad.

EMILIO- Realmente, no todo el mundo.

MÓNICA- Sí todos los que eran importantes. De esos, ninguno se lo perdió.

EMILIO- ¡Cuánta obcecación! Es esa forma de pensar tuya la que nos ha llevado hasta este momento, donde solo queda el dolor y los reproches.

MÓNICA- ¡Hazte la víctima, encima! ¡Tienes mucho relato, pero muy poca vergüenza! Puedo entenderlo casi todo: que necesites tu espacio, que quieras realizarte profesionalmente, incluso que sientas el deseo de andar con otras personas. Pero es imperdonable que lo hicieras de ese modo y que avergonzases con ello a tu familia, a tus amigos y a todo nuestro entorno. Como si no fuéramos nada, como si no estuviéramos allí y como si no te importásemos…

EMILIO- ¿Y dónde estuviste tú en aquel momento? Completamente inmersa en tu trabajo. Era yo quien tenía que cargar con todo el peso que supone cuidar a una familia y mantener vivas nuestras relaciones de amistad. Mientras tú disfrutabas de tu nuevo empleo y te alejabas de nosotros, yo cuidé de nuestros amigos e hice otros nuevos.

MÓNICA- Sí, a ese, al que le faltó tiempo para irse con otra. A ti ya te vino bien para una noche. Lástima que todo el mundo lo viera y que de paso se dieran cuenta de que solo vas a la tuya. Bueno, de hecho, no estoy segura ni de que sepas adónde vas.

EMILIO- Hice lo que hice mientras intentaba arreglar las cosas. Buscaba una válvula de escape de tanta sinrazón y tanto distanciamiento, pero todo lo que obtuve es una única noche de pasión y un rechazo por tu parte aún mayor. Hoy me doy cuenta de que no vamos a ser capaces de gestionar esto.

MÓNICA- En eso no te equivocas.

EMILIO- Ya te equivocas tú por mí. ¿Piensas que son solo mis palabras las que se escuchan? ¿Qué las tuyas no trascienden? Todos palpan tu despecho. A veces creo que solo te mueve la venganza.

MÓNICA- No me importas lo bastante como para querer vengarme. Solo me queda el desdén.

Repentinamente suena el teléfono de Emilio.

MÓNICA- Es Gabriel, ¿verdad?

Emilio hace un gesto a Mónica, como rogándole que guarde silencio y descuelga la llamada. Se levanta de la silla y empieza a hablar con su interlocutor.

EMILIO- No, Gabriel, no, las cosas no están bien. Bueno, están fatal. Sí, sigue muy enfadada. No, no creo que se atenga a razones. Sí, considera que todo es una gran traición. No, no me molestó lo de Irene; bueno, sí, para qué engañarte… No, no me apetece quedar con Pablo, ni hacer más actos ahora. Quizás más adelante. Sí, podemos quedar un día y lo hablamos con calma. Adiós Gabriel.

Emilio se sienta de nuevo frente a Mónica.

MÓNICA- ¡Es increíble lo tuyo!

EMILIO- Así están las cosas, Mónica. Ni más ni menos.

El fútbol no es política, la educación menos

Sergio Patón

No sé si siguen mucho los temas futbolísticos y de política local de Barcelona, más allá del Barça y Collboni. Si no es así deben felicitar al Club Esportiu Europa y a la Unió Esportiva Sant Andreu, dos clubes históricos de barrios de la ciudad de Barcelona. El primero vinculado a Gracia y fundador de la liga de fútbol de España que sigue siendo un club de socios, y el segundo vinculado al barrio de Sant Andreu de Palomar pero ya sociedad anónima deportiva. Un periplo en las dos últimas temporadas que ha dado vueltas y polémicas, ya que el Europa desde el año pasado está en Primera Federación, paso previo a las categorías profesionales del fútbol español. Su presencia está asegurada para la temporada que viene, con el aliciente de que le acompañará el equipo andreuenc que no hace ni una semana ha conseguido el ascenso matemático a la categoría de la Federación.

El tema es que a diferencia de las categorías inferiores y otras competiciones de la FIFA, en Primera RFEF es necesario disponer de césped natural. Por otro lado los recintos de ambos son instalaciones municipales que hasta ahora eran de césped artificial, y un cambio de césped significaba problemas en una ciudad tan densa como Barcelona. Grandes inversiones para solventar criar hierba sobre parking subterráneo, más cuidados y dificultad para usar esos campos para otros equipos del ámbito formativo. El ayuntamiento dijo que no asumiría eso para el campo del Europa (Nou Sardenya), hubo una moratoria de la Federación, y el compromiso del Ayuntamiento del PSC de poner a disposición del club Can Dragó previa adecuación. El Sant Andreu parecía que iba a ir también por el mismo camino para llegar al mismo estadio que aunque tarde, y con perjuicio para otros deportistas y atletas, ya había sido adecuado más o menos para el Europa. Pero las aficiones querían estar en sus barrios porque se lo merecen, con apoyos de la izquierda popular diversa y colorida.

Pero, al final grata sorpresa, “El Sant Andreu y el CE Europa tendrán césped natural y podrán disputar sus partidos de Primera Federación en casa”. En casa de cada uno, y en su barrio. Felicidades porque lo han conseguido y un dirigente como Soteras estará contento, los dos otra vez juntos y en Primera RFEF con césped natural en sus propios estadios.

Mientras tanto hay equipos de baloncesto en el distrito de Sants-Montjuïc que tienen que hacer encajes de bolillos para encontrar pistas para poder hacer sus entrenos, aunque sea al aire libre. La sequía en su momento también tenía su cosa positiva. Ahora mismo mi hijo entrena 3 días a la semana, y 2 de ellos acaba a las 21:45 (por convivencia vecinal), con lo que llega a las 22:00 a casa. Cenar y a dormir. Y a las 8:00 en la puerta del instituto para sus clases de 4º de la ESO. Luego recomendaciones públicas sobre que los niños deben dormir suficiente pero por otro lado sobre la importancia del deporte. El mismo día leo en el periódico lo del césped leo que “El Govern inicia el despliegue de la prescripción deportiva en la atención primaria para tratar enfermedades con ejercicio físico”. Así que reitero mis felicitaciones.

Un club de baloncesto como el de mi hijo, y otro del barrio de al lado de fútbol sala, llegaron a un acuerdo con su instituto para facilitar los patios para que pudiesen entrenar y a cambio ellos mejoraban las instalaciones. Porque la Generalitat sigue sin un plan claro para asumir las mejoras necesarias de los institutos públicos de la ciudad, como llevamos un par de cursos reivindicando las familias del Sants. Así que los centros se tienen que buscar la vida, no sea que los poderes públicos hagan lo que tienen que hacer y nos den explicaciones de sus planes de futuro.

Mientras tanto, Collboni que sí que se compromete a lo que el fútbol semiprofesional de la ciudad necesita, pero no se pone serio con la Conselleria d’Educació para exigirle que asuma sus responsabilidades al respecto de las instalaciones educativas, que de paso podrían ayudar al deporte de base. Alguna ayudita nos da con los presupuestos participativos, pero no la que pedíamos desde el instituto con el teatro, sí con los patios y parece que va a ir menguando.

No es cosa del Ayuntamiento el estado de los institutos, sí que el césped, el Tour de Francia o la Copa América. No el campo de Magoria para la UE Sants y otros espacios deportivos o el histórico Palau dels Esports de Montjuïc con sus variados planes o el teatro del Institut Sants.

¿Quién es el populista, Collboni o yo? ¿Estamos cumpliendo con los chavales o todo va a ser enviarles a la policía?

En tablas

Juanjo Cáceres

«¿Cómo habré acabado yo así?», se pregunta Ernesto, mientras despierta lenta y sumamente confundido en el interior de la sede. A su alrededor botellas vacías, restos de comida y un cierto hedor que parece el legado de una noche de desenfreno protagonizada por muchas personas.

«No creo haber visto nunca en un estado tan lamentable el club ajedrecista», afirma sin disponer realmente de memoria alguna sobre lo acontecido. Tras alzar un poco la vista, un rey negro caído le indica que alguien ganó y que alguien perdió, pero desconoce si se impuso una variante de la apertura italiana o una ejecución perfecta del gambito de dama.

Mientras intenta desperezarse plenamente, con su brazo izquierdo tendido y su mano derecha alcanzando una botella de agua con gas, imagina un tablero de ajedrez, la colocación de las piezas, la fase de apertura, el desarrollo del medio juego y el final de partida. Y agrupando toda esa secuencia en única idea, conceptualiza el ajedrez como una representación política revolucionaria donde el rey debe morir.

Dicha idea le conmueve profundamente, pues conoce la antigüedad del juego y su éxito en culturas y civilizaciones diversas. Tras beber de su botella, en un acto muy necesario de hidratación, se pregunta si tras ese fiero combate de posiciones subyace en realidad un juego antimonárquico; si su éxito no será, al fin y al cabo, una manifestación casi inequívoca de aquella voluntad popular observable a lo largo de los siglos de derrocar reyes.

Ahonda algo más en ello pese al persistente zumbido que nota en su cráneo. Percibe entonces los peones como la representación del ideal capitalista, donde el esfuerzo da sus frutos y puede convertir a cualquier plebeyo en todo aquello que ambiciona. Pero al recordar las enseñanzas de un viejo profesor, reconoce también en ellos la expresión perfecta del proletariado: unas masas de gente en lucha que avanzan y siguen avanzando —incluso cuando empiezan a caer.

«Pero ¿cómo encajar en esa reflexión antisistema el peso específico de caballos, alfiles y torres, de resonancias inequívocamente nobiliarias?», se dice a sí mismo. Transcurren algunos minutos hasta que atenúa sus dudas, dándose cuenta del periodo precapitalista en el que se incorporaron esas figuras al juego y apreciando en su inclusión una posible deconstrucción del orden feudal. «No en vano los edificios presentan una línea de movimientos mucho mejor ordenada que alfiles y caballos», observa. Entre bostezos logra también relacionar el poder de las torres con la superioridad tecnológica y, en una auténtica genialidad, comprende que en pleno 2026 no pueden verse como una primitiva obra arquitectónica, sino como una avanzada vivienda inteligente.

«¿Y no hay acaso algo aún mucho más moderno?», grita de repente en voz alta, como cautivado por una revelación. «¿No es el poder de la reina un antiguo guiño a ese feminismo que se desplegará después por todo el planeta?». No puede imaginar una mejor muestra de la profundísima actualidad del ajedrez y de su infinita capacidad subversiva: «Qué mayor prueba podría haber, que el hecho de que el rey tenga unas capacidades muy inferiores y que sea la reina quien claramente protege al rey y no a la inversa».

Las conclusiones se amontonan en su mente. Con ellas su cuerpo va recobrando la compostura. Por fin ha vislumbrado el vanguardismo inherente en este juego que tantos años ha practicado: un ejercicio que ha transitado, en su caso, desde el exigente desafío intelectual hasta el leve divertimiento. Hoy en día le resulta mucho más apetecible lo que acontece después, entre risas, bebidas y bailes.

Con la tesis a punto de ser validada, advierte, súbitamente, que había olvidado un hecho trascendental y perturbador: que tras la derrota de un rey se encuentra la victoria de otro.

Es así como su confianza empieza a desmoronarse. Al fin y al cabo, la posición final de cada victoria no representa otra cosa que un rey subyugado y la conquista o toma de posesión del tablero por un ejército enemigo liderado por otro monarca, salvo que los contendientes acuerden detener la partida.

Preso de una terrible desazón, se levanta del suelo y coloca un tablero sobre la mesa. Recoge un número de piezas suficiente para disponer las posiciones iniciales y se sienta en una butaca. Su rostro entra en una tensión inquietante, como si fuera a situarse ante él otro jugador, hasta que la duda deja paso a una leve sonrisa.

Coloca decididamente un peón en E4 sintiendo que él es ese peón y se ve a sí mismo como un súbdito decidido, empoderado. Un súbdito que es capaz de retar a un rey rival, pero que también lo es de sacrificar a su propio soberano, elevándose sobre cualquier jerarquía imaginable y reforzando así sus convicciones republicanas. No podría ser de otra manera ese 14 de abril por la mañana.

Pero justo al sentir la tentación de exclamar «viva la República», nota que algo no encaja del todo. Es entonces cuando una poderosa somnolencia se apodera irremediablemente de él, desplomándolo sobre el asiento y privándolo de toda conciencia de la realidad.

Mira hacia arriba

Julio Embid

Cuando lea esta columna, cuatro astronautas, tres estadounidenses de la NASA y uno canadiense de la Agencia Espacial Canadiense, estarán a punto de cruzar los cielos a bordo de la nave Orion, en la misión Artemis II, con rumbo a la Luna. Será la mayor aventura de la humanidad en los últimos sesenta años. La nave se alejará de la Tierra hasta cerca de 400.000 kilómetros de distancia, bordeando la cara oculta de la Luna antes de regresar. Una distancia mil veces superior a la que separa la Estación de Canfranc de Galáctica, el observatorio de Arcos de las Salinas. El viaje durará diez días y servirá para comprobar los sistemas de la Orion en el espacio profundo, recopilar datos sobre los efectos de estos desplazamientos y preparar el regreso del ser humano a la superficie lunar.

La tripulación está formada por el comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover, la especialista de misión Christina Koch y el especialista de misión Jeremy Hansen. Su nave pasará a apenas 7.400 kilómetros de la superficie lunar antes de iniciar el camino de regreso, en una trayectoria que no se recorría desde los tiempos de las misiones Apolo.

Nuestra especie posee una audacia y una inteligencia que no se encuentran en ninguna otra. Desde su origen en África, el Homo sapiens fue capaz de expandirse por todo el planeta durante milenios, adaptándose a todo tipo de entornos, multiplicándose hasta superar los 8.000 millones de personas y transformando profundamente la Tierra. Hemos construido puentes sobre ríos, túneles bajo montañas e incluso bajo el mar. Hoy podemos dar la vuelta al planeta en apenas un día en avión, cuando al personaje de Phileas Fogg, en la novela de Jules Verne, le costó ochenta. Y a la expedición de Juan Sebastián Elcano, culminando el viaje iniciado por Fernando de Magallanes, le llevó tres años completar la primera vuelta al mundo. Siglos después, en 1969, a bordo de la Apolo 11, el comandante Neil Armstrong se convirtió en el primer ser humano en pisar la Luna y regresar para contarlo.

Todas estas hazañas, la primera circunnavegación del planeta o la llegada a la Luna, fueron posibles gracias a una enorme inversión pública. Fueron los recursos de todos los que hicieron posibles esas expediciones, y gracias a ellas avanzaron también la ciencia y la tecnología. Hoy no tendríamos teléfonos móviles, ni ordenadores personales, ni sistemas GPS, ni placas solares, ni televisión por satélite, ni siquiera muchos electrodomésticos cotidianos, sin el impulso que supuso la carrera espacial.

Cuando en uno de los países con los impuestos más bajos del continente surgen discursos que proponen reducirlos aún más sin matices, conviene recordar que el progreso colectivo depende precisamente de esa capacidad de contribuir entre todos. Ningún individuo por sí solo puede construir una carretera, un puente, un vehículo o un cohete espacial. Pero juntos, aportando cada uno una pequeña parte, somos capaces de lograrlo todo. En los próximos años veremos el regreso del ser humano a la Luna. Después llegarán las primeras bases lunares permanentes. Y, con el tiempo, quizá demos el salto a otros mundos. Ojalá sepamos aprender de cada uno de esos viajes para vivir más y vivir mejor.

En tiempos de exceso de peso

Juanjo Cáceres

La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición estimaba en 2020 que un 37,1% de la población adulta sufría sobrepeso y un 18,7% obesidad. En el caso de la población entre 2 y 17 años, señalaba que uno de cada tres menores presentaba sobrepeso y uno de cada diez, obesidad. Eran cifras rotundas, que nos hablaban claramente de riesgos de salud pública y que deberían generar la misma inquietud en las autoridades que en el resto de la población. Pero puede que eso no haya pasado o que no esté pasando con la intensidad suficiente en ninguno de los dos casos. Al fin y al cabo, ¿no es la gordura un elemento más del paisaje con el que siempre hemos convivido? Paisaje conocido, sí, pero no por ello menos inquietante, dadas las consecuencias que puede acarrear.

No diremos que no se invierten suficientes esfuerzos para reducir la prevalencia de ambos fenómenos, ni que las personas no dedican tiempo, esfuerzo y dinero a cuidar de su salud. Lo cierto es que, en general, lo hacen y que, cuando les afecta, les preocupa. De modo que no acaba de ser ese el problema. Tampoco basta con seguir apelando a la necesidad de una mayor sensibilización y acción. No porque no sea necesario – que lo es – sino porque no es en absoluto suficiente.

Afrontar esta situación o cualquier otra relacionada con la prevención de riesgos evitables de salud, pasa necesariamente por un doble procedimiento: entenderla en toda su complejidad e intercambiar conocimientos al respecto. Pero para entender, compartir y conseguir que ese intercambio sea fructífero, hacen falta voces – y no solamente las procedentes de inteligencias digitales. Hace falta hablar de ello y escribir sobre ello. De ahí que resulte muy positivo que eso suceda, por ejemplo, a través de un libro como el que ha publicado recientemente Julio Basulto: TODOS GORDOS (con perdón). Un trabajo que ha salido al mercado del papel y del libro electrónico con el propósito claro de hacer lo que debe hacerse: ni más ni menos que hablar de ello.

¿Es TODOS GORDOS (con perdón) el remedio que estábamos esperando para invertir el incesante avance de esta problemática? En modo alguno. Pero ya en la portada Julio pone el dedo en la llaga señalando el núcleo del problema con un mensaje directo: “tratar la obesidad en un mundo diseñado para engordar”. Porque, en efecto, ciertas prevalencias solo son posibles porque entre todos construimos algunos factores que predisponen a ellas. O porque entre todos configuramos unas relaciones económicas y sociales sobre las que emerge el gradiente social de la obesidad, según el cual poder adquisitivo y exceso de peso tienden a relacionarse de forma inversa – cuando aquel es más elevado, este tiende a ser más bajo.

Tal vez todo ello sea también debido a que a nuestro cuerpo no le resulta demasiado difícil engordar si tiene a su alcance alimentos en cantidades suficientes. O a que tampoco a nuestro cerebro le resulta sencillo regular nuestras conductas cuando los alimentos se diseñan y se ponen al alcance de maneras bien estudiadas.  Pero el caso es que eso ya lo sabemos. Y que, aun así, incluso después de innumerables intentos por atenuar estos efectos, parece que seguimos siendo mucho más eficaces engordando individualmente que trabajando colectivamente para prevenir la obesidad o deshaciendo todo aquello que convierte nuestras casas, supermercados, calles y municipios en entornos obeso génicos.

Justamente porque no hemos logrado todavía transformar el escenario en que vivimos, es necesario explicarlo bien. Es preciso evidenciar qué elementos lo sostienen y cómo podría cambiar. También lo es exponer de forma divulgativa cómo se intenta tratar la obesidad desde el ámbito de la nutrición y de la medicina, subrayando lo difícil que resulta realmente actuar sobre ella. Sin olvidarnos, además, de poner de manifiesto su relación con conductas tan poco saludables como fumar o consumir alcohol.

De ahí que el trabajo de Julio Basulto, TODOS GORDOS (con perdón), ponga sus esfuerzos en todo ello y que resulte tan oportuno. No es el primero ni será el último en abordar la problemática, pero es este el que nos habla ahora. El que nos recuerda que no todo está bien. Que algunas cosas tienen que cambiar. No debemos olvidar que seguir insistiendo en la necesidad de reducir la prevalencia del exceso de peso es imprescindible y seguirá siéndolo durante décadas. Por suerte, hay voces como la de Julio que lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo.

Alzar la voz

Meritxell Nebot

La semana pasada fue intensa para el profesorado en Cataluña. Organizados en asambleas, docentes y personal educativo decidieron seguir adelante con los cinco días de huelga pactados. La decisión no salió de la nada. El curso se inició con consultas sobre el malestar docente, días de movilización delante de los centros y manifestaciones. El Guvern decidió ignorar las protestas e incluso esquivó en más de una ocasión sentarse a negociar con los sindicatos. Así fue como en las asambleas se empezó a hablar de huelga indefinida y se comenzó a tomar el pulso a los claustros de los centros para valorar la capacidad de movilización del colectivo. Después de la gran manifestación del 11 de febrero en Barcelona, el Departament d’Educació se sentó a la mesa de negociación, hecho que fue ampliamente celebrado a pesar de saber que los giros de guion eran más que posibles. La sorpresa no se hizo esperar y llegó de la mano de CC.OO. y UGT que, con un acuerdo ya pactado de antemano, a espaldas de los sindicatos mayoritarios en educación (USTEC-STES, CGT, aspepc-sps y la Intersindical) y, por consiguiente, de la gran mayoría del personal educativo, aceptaba unos mínimos de miseria que no responden ni de lejos a las necesidades reales de la educación de Cataluña.

A partir de ese momento las asambleas se multiplicaron. El rechazo que generó la decisión de dos sindicatos que, en el sector educativo, no representan a la mayoría, sirvió de mecha para acabar de encender los ánimos. La decisión de empezar una semana de huelgas tomó forma y la organización de las bases se empezó a consolidar. De forma simultánea en las cuatro provincias catalanas, se coordinaron acciones para hacer oír el malestar del colectivo. La autoorganización ha sido y está siendo clave para dar visibilidad a las reivindicaciones. Ante un gobierno que se niega a escuchar, alzar la voz es la única vía posible.

El viernes 20 fue un día histórico para la educación en Cataluña. Barcelona quedó inundada por una marea amarilla menos festiva que en ocasiones anteriores. La indignación es creciente y el malestar, evidente. Las columnas que avanzaron hacia el Parlament llenando las calles eran multitudinarias y el goteo de autobuses llegados de muchos puntos del territorio catalán, esperanzador. Muchos docentes comentaban cómo se vería desde el cielo, cómo serían las imágenes publicadas por los medios de comunicación una vez terminada la jornada. Pero durante las horas que duró la marcha ni un helicóptero sobrevoló la zona. Curioso. O no. Parece más que evidente que, el aparato mediático funciona como altavoz solo para unos cuantos. Las imágenes aéreas que han circulado por redes fueron hechas por vecinos desde sus casas en pisos altos situados en los alrededores de la manifestación. Ni una imagen desde un triste dron.

A primera hora de la mañana grupos de docentes cortaron carreteras y accesos a la ciudad de Barcelona. La indignación de los conductores fue evidente y los momentos de tensión inevitables. Un escenario así no es el mejor lugar para dialogar. Es complicado explicar a un motorista que ha madrugado y llega tarde al trabajo que nos movilizamos por el bien de todos y todas. Que nos manifestamos porque las condiciones de trabajo en los centros educativos son cada vez más complejas; porque los recursos humanos y económicos destinados para atender la diversidad en las aulas son totalmente insuficientes; porque somos de los docentes peor pagados de todo el territorio español y ya hemos perdido el miedo a incluirlo abiertamente en nuestras reivindicaciones. A esas horas de la mañana y con solo un café en el cuerpo, un motorista no está para reflexiones. Pero por lo visto ni él ni algunos transeúntes que, durante su paseo matutino diario, increpaban a las manifestantes a gritos de vayan a trabajar, panda de gandules. Siempre es más fácil juzgar que escuchar. Es probable que tanto el motorista como el paseante critiquen alguna vez en sus charlas distendidas con amigos y vecinos lo mal que está el mundo, la falta de educación de los jóvenes o la necesidad de que esto y aquello se enseñe en la escuela. Educación emocional, en la escuela. Educación afectivo-sexual, en la escuela. Seguridad vial, en la escuela. Y si ya, de paso, se enseñan contenidos, fantástico.

Lo que no ve la opinión pública es todo lo que conlleva, en el día a día de los centros, la falta de recursos que denuncian los docentes: aulas masificadas, alumnos con necesidades educativas muy específicas sin personal cualificado para acompañarlos de forma sostenida; equipos de asesoramiento insuficientes y sobresaturados, recortes en personal de atención educativa, cambios constantes de currículum sin el consenso del colectivo docente. La educación debería ser considerada una cuestión de Estado, no un tema menor. Hacerlo posible es cosa de todos y todas. En un mundo ideal, los maestros alzarían la voz, la sociedad daría su apoyo y los medios informarían dando una cobertura justa y transparente. Desafortunadamente, las cosas no son exactamente así. Si no nos toca de cerca, no escuchamos. El colectivo docente está movilizado y coordinado, pero no dispone de acceso directo a los poderes mediáticos. Periódicos y televisiones se llenan de entrevistas a los políticos y de tertulias con opinadores profesionales y, en pocas horas o días, toda la fuerza del colectivo parece desvanecerse. Si alguna vez entrevistan a las docentes es para hablar de cuestiones como la vocación o las anécdotas en las aulas, dándoles poco tiempo en antena. Es cierto que algunas maestras han desestimado propuestas para participar en programas de radio, pero en la mayoría de los casos no es porque no tengan claras las reivindicaciones, sino porque en una mesa de debate tenemos las de perder. Ese no es nuestro hábitat, por suerte. No quedamos bien parados si se nos invita a hablar con personas que dedican buena parte de su tiempo a redactar contraargumentos y a discutir de cualquier tema que les echen. Nuestras virtudes y habilidades se demuestran en las aulas no en las tertulias. Así que si el Guvern se niega a escuchar y el periodismo cubre con sesgo la noticia, la opción es salir a las calles, organizadas y unidas para hacer oír nuestra voz y buscar la complicidad de la opinión pública, porque una sociedad educada es una sociedad fuerte, justa y libre y eso, no lo olvidemos, nos incumbe a todos.