Carlos Hidalgo
Hay obras literarias y teatrales en las se da la dramática situación en la que un personaje teme tanto una situación que al final, trágicamente, termina dando todos los pasos para terminar cayendo en ella.
He podido hablar con casi una decena de personas que trataron a Juan Carlos de Borbón, antes de que fuera rey, mientras lo fue y todos comentan que el ahora rey emérito (o “honorario”, usando el término que prefiere él) siempre decía que no quería acabar como su abuelo, Alfonso XIII, expulsado de España por corrupto, o como su padre, Juan de Borbón, viviendo en el extranjero con estrecheces (para ser de la familia real), merced a la caridad de los monárquicos españoles y de las migajas ofrecidas por otras familias reales.
Y Juan Carlos terminó yéndose de España por corrupto, precisamente por acaparar dinero para evitar las “estrecheces” que sufrió en su infancia. Tras pasar varios años en Abu Dabi, el rey padre nos va a obsequiar ahora con un libro de memorias en el que, por lo que se va filtrando, deja bastante claro lo desagradecido que es y lo poco que conoce a su pueblo. No le culpo tampoco. En mis muy escasos tratos con la gente de la nobleza, o que vive de rentas, he notado un patrón bastante común: por un lado, es gente que está desesperada por ser escuchada y comprendida por los demás. Por otro, se creen con perfecto derecho a hacer cualquier cosa y entienden cualquier intento de someterles a la ley como un gesto de desagradecimiento, pues consideran su mera existencia un acto de bondad hacia los demás. Eso puede verse, no sólo en las declaraciones del padre y el abuelo de Juan Carlos, sino también en la de algunos Grandes de España, como miembros de la familia de Alba, o de nobles extranjeros, como las torpes declaraciones del Príncipe Andrés de Windsor, que aún no entiende que hiciera nada malo relacionándose con Jeffrey Epstein y teniendo relaciones sexuales con menores de edad. Todos rayan la desesperación en su intento de ser comprendidos, pero ninguno termina de entender que lo que han hecho está mal.
Juan Carlos, con suerte, no cae dentro de esos casos tan extremos. Y hay que reconocerle su papel en la transición, el saberse rodear de personas brillantes en algunos momentos críticos, como Torcuato Fernández-Miranda o el general Sabino Fernández Campo. También supo aceptar su papel en la nueva democracia y trabajar para afianzarla. A su manera.
Pero también abusó de sus privilegios para cometer excesos personales y sacar tajada del creciente papel de España en la economía mundial. Y por su propia culpa, la presencia empresarial española en ciertas partes del mundo ahora se encuentra en duda.
El rey Juan Carlos se queja de que es “el único español” de su edad que no cobra pensión. Lo que no parece tener en cuenta es que él tiene un capital que ronda los dos mil millones de euros. Pensemos que bastan unos ocho millones para vivir solo de las rentas, así que uno no termina de entender de qué se queja Juan Carlos, salvo que esté un poco desconectado de la realidad.
Se queja igualmente el emérito de que nadie le agradece haber traído la democracia a España, cuando es lo que todo el mundo le agradece a lo largo de su reinado. Aunque también tendría que entender que esa labor ya se estaba poniendo en marcha por parte de algunas élites del franquismo, que sabían que el régimen no podía perdurar en aquel momento y que querían algo muy parecido a la oposición democrática: que España fuera un país homologable a los de su entorno.
Juan Carlos tampoco parece hacer mucho examen de conciencia con sus trapacerías en los negocios y menos, del error que cometió con Corinna Larsen, a la que (supuestamente ciego de amor) puso a gestionar sus asuntos solo para terminar parcialmente desplumado por la francfortesa.
De lo que tendría que lamentarse Juan Carlos es de su propia y trágica ceguera: que, por pretender evitar el destino de sus antepasados, acabó haciendo lo mismo que ellos. Si se hubiera limitado a desempeñar su papel, el papel que la Constitución le concede, solo una minoría de españoles hubiera deseado su salida de España y seguramente aún conservaría el trono y el respeto de su pueblo.