En la fragilidad de la cohesión

Juanjo Cáceres

“Casi la mitad de nuestro salario se lo queda Pedro Sánchez”, escucha el doctor Eduardo Sáez decir a uno de sus alumnos, Sergio, por los pasillos de la facultad, mientras se dirige a su despacho para preparar la clase sobre antigüedad tardía, a la que debe dar inicio media hora más tarde. Una clase que impartirá a un alumnado deseoso de completar el grado y de participar este verano en alguna excavación arqueológica. “Cada vez son menos y cada vez están menos formados”, piensa para sí mismo ese catedrático que, varias décadas atrás, se sentaba en unas aulas como aquellas y también vivió esos veranos a pleno sol, removiendo tierra y explorando estratos arqueológicos.

Echando la vista atrás, recuerda brevemente su itinerario formativo: una EGB densa, un bachillerato muy exigente, un curso de orientación universitaria que culminaba en una selectividad terrorífica y una formación superior donde los ordenadores apenas asomaban la cabeza y donde todo eso de Internet todavía estaba aterrizando. “¡Qué diferente es todo ahora!”, concluye, mientras pone en manos de la Inteligencia Artificial la presentación de su próxima clase, temeroso de haberse dejado algo importante.

“El diseño de la sesión es muy completo. Presenta una estructura que permite diferenciar los tipos de cerámica más frecuentes en la cuenca de Levante durante el periodo del Bajo Imperio. Los relaciona claramente con las rutas comerciales más utilizadas en el siglo IV y con las principales mercancías comercializadas.” Tales palabras de alivio son lo que obtiene de su aplicación basada en la IA como respuesta, donde frecuentemente contrasta contenidos e ideas antes de compartirlos con los demás, sintiéndose, por ese motivo, cada vez menos seguro e independiente.

Ello le conduce sin darse cuenta a otro de sus pensamientos recurrentes, la inquietud ante un mundo donde las aplicaciones y las redes sociales dan forma a nuestro pensamiento y, lo que es más importante, a nuestras conductas, haciendo que deleguemos en ellas nuestra capacidad analítica. Percibe, así, un sutil hilo conductor entre la furia anti impuestos y la dependencia o adicción a las aplicaciones tecnológicas. “Si nos influyen a los profesionales universitarios en la cima de nuestra carrera académica, ¿qué efectos causa todo ese abanico tecnológico sobre personas jóvenes en proceso de formación? ¿En aquellos que han vivido toda su educación inmersos en pantallas, teniendo en cuenta, además, que a menudo les delegan su confianza ciegamente y las aplicaciones acaban haciendo el trabajo por ellos?”.

Esos últimos pensamientos consternan a Eduardo Sáez y le suscitan una especie de revelación, cuando repentinamente recuerda aquella noticia que leía hace unos días: La URV refuerza el control de ChatGPT y apuesta por los exámenes orales para evitar el fraude. Mientras sigue revisando todas esas fotografías de cerámicas tardorromanas, siente como le surge el anhelo de cambiar su propio guion y de explicar algo diferente. Es así como, poseído por la necesidad de resituarse, se dirige rápidamente al aula donde una veintena de jóvenes esperan el inicio de la clase mirando con fascinación la pantalla de su dispositivo móvil, entre comentarios y carcajadas. Y apenas entra por la puerta, comienza su exposición.

“El último día examinábamos las principales rutas de comercio a finales del siglo IV en el Mediterráneo, ese mundo que tradicionalmente hemos considerado como de declive del Imperio. Un mundo que las investigaciones de las últimas décadas han mostrado como preso de importantes conflictos y menos hegemónico militarmente, pero todavía con unas bases económicas muy sólidas y con un Estado, aunque centralizado, todavía fuerte y presente. No obstante, cuando explicamos ese periodo, a menudo olvidamos hablar de las cosas importantes: las que conectan con nuestro presente.

Ese mundo romano que unas décadas después dejará de existir es menos eficaz financiándose, es decir, en su sistema fiscal, lo que en un contexto de mayores presiones demográficas y militares, acabará ocasionando una debilidad creciente. Pero lo más relevante no es eso, sino el hecho de que esa mayor debilidad fiscal correlaciona con una mayor capacidad de enriquecimiento de las grandes fortunas. En la Roma tardía, unas pocas familias controlan la mayor parte de la propiedad de la tierra en los territorios centrales del Imperio y desarrollan con ella una vida de lujo extremo, mientras amplias capas de población se empobrecen sin que el Imperio les asista.

Los esfuerzos por la cohesión social de la época de la república y de los primeros siglos imperiales forman parte del pasado y probablemente sea ese un factor subyacente en la rápida apropiación del poder imperial por parte de potencias militares extranjeras y poblaciones asimiladas. Sin el sostén financiero necesario, el Estado romano se vuelve más débil y vulnerable. Sin instituciones sólidas y de confianza, no hay redistribución y el mundo es mucho más injusto y desigual.

Las ruinas de su legado nos hablan de su esplendor y los restos arqueológicos nos permiten obtener pistas sobre los pasos de su derrumbe. Pero si hoy podemos hablar de ello y discutirlo entre nosotros, es porque disfrutamos de una institución sólida, la Universidad, y de un Estado que, mejor o peor, la financia y garantiza el acceso a amplias capas de la población que de otro modo no estarían hoy aquí.”

Es entonces cuando su mirada se dirige a Sergio, quien se la devuelve con los ojos bien abiertos: “Como investigadores y estudiosos de la Historia debemos sacar mejores conclusiones y ser conscientes de por qué todavía estamos aquí. Eso es ahora y siempre, lo más importante, pese a que, como ya sabéis, más pronto o más tarde, los imperios caen”.

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