Carlos Hidalgo
Creo que uno de los momentos más divertidos que nos dio Jean-Claude Juncker (y eso que el tío era una mina) cuando era presidente de la Comisión Europea fue cuando, en una cumbre, vio llegar a Viktor Orbán y dijo a su interlocutor: “Mirá, por ahí llega el dictador”. Y cuando tuvo al húngaro delante, le saludó con un cachete y le dijo “¡hola, dictador!”
Muchos húngaros seguramente estén cantando desde ayer “¡adiós, dictador!”. El húngaro, que pasó de defensor de la libertad y de la democracia tras la caída de los regímenes soviéticos a ser un defensor de una democracia sin libertades, a la que él mismo definía como “democracia iliberal”, creó la hoja de ruta para el resto de populismos de ultraderecha de Occidente. En sus reformas constitucionales, su control de los medios, sus políticas represivas y en sus discursos xenófobos, se basan desde el Partido Republicano de Donald Trump a los candidatos de Vox, cuyas campañas y funcionamiento han estado financiados por el banco central húngaro.
La contundente derrota de ayer demuestra que es posible vencer a los populistas y los ultraderechistas, incluso cuando han retorcido tanto las reglas que parece imposible batirles.
El camino que le espera a Hungría no es nada fácil porque el régimen impuesto por Orbán se ha llevado por delante a generaciones enteras, ha arruinado una economía que va a ser complicada de remontar, se ha cargado el normal funcionamiento de las instituciones y hay servicios básicos, como la educación o la sanidad, que prácticamente no funcionan. Hay unas declaraciones del Secretario de Estado de Sanidad de Orbán, Péter Takács, en las que decía que era “una imposibilidad matemática” lograr algo tan básico como que los hospitales húngaros tuvieran papel higiénico.
Las políticas de natalidad de Orbán, supuestamente destinadas a evitar el llamado “gran reemplazo” del que advierten todos los xenófobos occidentales, no sólo no han logrado incrementar la fertilidad en su país, sino que Hungría lleva años perdiendo población, merced a la desastrosa y corrupta gestión del régimen ultraderechista, donde las ayudas a la natalidad se perdían entre redes de corrupción y donde las parejas se plantean muy seriamente si traer a un bebé a un país con una economía disfuncional y donde existen pocas opciones de futuro.
No olvidemos tampoco que Orbán ha sido uno de los “topos” de Putin dentro de la UE, que ha tratado de sabotear desde el principio la ayuda a Ucrania, que ha filtrado datos estratégicos a Rusia y que, además, ha abierto las puertas de su país a China, que tiene más inversiones en Hungría que en la suma del resto de países de la UE y el Reino Unido. Y, por supuesto, es un ferviente partidario de Donald Trump, que le ha apoyado públicamente en estas elecciones y que además ha mandado a su vicepresidente, J.D. Vance, a dar mítines a su favor. Tarea en la que Vance ha fracasado, igual que ha fracasado al frente del equipo de negociadores con Irán, con un margen de pocos días.
Al igual que el auge de Orbán marcó los pasos a seguir a la ultraderecha ultranacionalista para derribar a las democracias, su derrota nos tiene que servir a los demás para prevenir que en nuestros países pueda pasar lo mismo. Y como advertencia de que esta clase de regímenes solo traen ruina, corrupción e incompetencia.
Feijóo + Abascal = Orbán
Ejem…es realmente destornillante la extrapolación mental de los líderes mediáticos del PP de Feijoo
El PP ha celebrado como suya la victoria del húngaro Péter Magyar y ha esperado que el siguiente en perder un gobierno, después de que lo haya hecho Viktor Orbán, “el próximo populista en caer será Pedro Sánchez”, a quien los populares han bautizado como «el Orbán del sur» por «amordazar» al poder judicial y la prensa.
En fin…solo me queda…mi… JAJAJA…que nervios