En la ilusión del regreso

Juanjo Cáceres

“Dicho queda”, piensa Ulises, cuando el acto llega a su fin. Ha logrado seguirlo desde su embarcación mediante streaming, gracias a la cobertura que a duras penas obtiene entre el oleaje, mientras prosigue esa travesía por el Mediterráneo intentando regresar a Ítaca.

Es un viaje muy largo, fruto del castigo infligido por los dioses. Un viaje inevitable que lo ha de mantener alejado durante años y que quizá nunca llegue a culminar. Por eso, en este tardío tramo de su vida, no le queda otra opción que ocupar sus días observando todo aquello que le resulta posible de un mundo ahora inalcanzable.

Y precisamente mientras escuchaba a los oradores Gabriel Rufián e Irene Montero, ha creído oírse a sí mismo: ese gobernante que un día fue, hasta que lo que se acabaría convirtiendo en una larga guerra le obligó a marcharse y a batallar a sangre y fuego durante demasiados años, lejos del lugar al que llamaba hogar.

Ulises se pregunta, por enésima vez, si logrará culminar su regreso. Si será capaz de sostener la mirada ante su mujer y su hijo, a los que tanto añora y que tal vez todavía esperan verle volver. Pero no está seguro de lo que hallará a su retorno. Tampoco de si aún encontrará a alguien capaz de ofrecerle cierta esperanza en lo poco que le queda por vivir.

Ha notado también que el paso de los años ha dejado su huella en esos dos rostros agotados, que, como el suyo, se enfrentaron a propios y extraños sin piedad alguna y ahora muestran su profundo cansancio. En esas cicatrices dejadas por mil batallas ya no hay rastro de épica: tan solo sensaciones mucho más incómodas, como la pérdida de confianza en uno mismo y una cierta rigidez en la manera de ser y de pensar, que llegados a este punto resulta totalmente inevitable.

Ulises sabe que los reyes solo pueden reinar, de modo que la única forma de dejar de reinar es dejar de ser rey. Pero ¿acaso no es imposible dejar de serlo, cuando todos te ven aun como tal e insisten en seguir evaluando tus obras, tus aciertos y tus errores?

“¿Cómo puede cualquier persona escapar del recuerdo de lo que ha sido y del juicio constante sobre lo que ha hecho?”, se pregunta. “Sé que, aunque pasen 2000 años, yo no dejaré de ser esa figura que fui y que es muy evidente que ya no soy”, reflexiona mientras contempla sus arrugadas manos y sus viejas ropas, desgastadas por el viento y la sal. Pero enseguida devuelve su pensamiento a lo escuchado durante más de una hora y media.

“Por todo lo que ambos han expuesto, no parece que ese mundo que habitan sea mejor, en modo alguno, que el que yo dejé atrás. Si alguna vez los tuviera frente a mí, no resistiría la tentación de preguntarles por todo aquello que también me acongoja como viejo monarca y guerrero: ¿qué ocurrió para que todo empeorara tanto? ¿Qué hicisteis para evitarlo? ¿Cómo gobernasteis vuestros reinos para que el enemigo consiguiera llegar con tanta furia y facilidad hasta vuestras puertas? ¿Cómo impediréis que esas fuerzas hostiles se adueñen de vuestras ciudades y puertos, ahora que a duras penas sois una sombra de lo que un día fuisteis?”.

Es entonces cuando lo comprende. A medida que murmura las preguntas, se vuelve más consciente de que estas no son más que un fiel reflejo de ese interrogatorio permanente al que se somete a sí mismo, condenado como está a la vejez, a la soledad y a permanecer aislado en una embarcación sin rumbo.

“¿Quién soy yo, al fin y al cabo, para juzgar a nadie, tan errado y presuntuoso como fui en el pasado, cuando creía que una palabra mía ordenaba el mundo y una frase bastaba para transformarlo? Quizás son ellos los valientes, por persistir pese a todo, y yo el cobarde, por no rebelarme contra ese infausto destino al que me he visto abocado”. Pero súbitamente cambia de parecer.

“Vana ilusión”.

“Solo los necios creen ser más listos que nadie y piensan que todo puede lograrse desde la mera voluntad y desde el simple poder que otorgan un trono real o un micrófono inalámbrico. Y puede que este viaje a la deriva sea, al fin y al cabo, la consecuencia de todo”.

“Tal vez hasta esta aparente soledad sea engañosa. Quizá, si extiendo la vista hacia el horizonte, descubra otras embarcaciones como la mía, igual de perdidas, cada una con un marinero tan aislado y ensimismado como yo. ¿Estáis ahí?”. Pero al alzar la vista, solo aprecia una oscuridad profunda, débilmente matizada por el fulgor de las estrellas.

Un comentario en «En la ilusión del regreso»

  1. Por lo menos parece que esta vez Penélope no se queda en casa esperando.

    Uno pensando en la fiabilidad del personaje, por ejemplo en los monedas a Puigdemont y la presión irracional a la que lo sometieron o en su compromiso con la ciudad de Santa Coloma podría pensar que compararlo con un personaje de la mitología clásica le iría grande. Pero claro Ulises es el humano que es héroe por humano, por aplicar su inteligencia al engaño en un conflicto que empieza por un concurso de belleza.

    Belleza o poder, el concurso podría haber tenido las mismas 3 candidaturas.

Deja una respuesta