Juanjo Cáceres
«¿Cómo habré acabado yo así?», se pregunta Ernesto, mientras despierta lenta y sumamente confundido en el interior de la sede. A su alrededor botellas vacías, restos de comida y un cierto hedor que parece el legado de una noche de desenfreno protagonizada por muchas personas.
«No creo haber visto nunca en un estado tan lamentable el club ajedrecista», afirma sin disponer realmente de memoria alguna sobre lo acontecido. Tras alzar un poco la vista, un rey negro caído le indica que alguien ganó y que alguien perdió, pero desconoce si se impuso una variante de la apertura italiana o una ejecución perfecta del gambito de dama.
Mientras intenta desperezarse plenamente, con su brazo izquierdo tendido y su mano derecha alcanzando una botella de agua con gas, imagina un tablero de ajedrez, la colocación de las piezas, la fase de apertura, el desarrollo del medio juego y el final de partida. Y agrupando toda esa secuencia en única idea, conceptualiza el ajedrez como una representación política revolucionaria donde el rey debe morir.
Dicha idea le conmueve profundamente, pues conoce la antigüedad del juego y su éxito en culturas y civilizaciones diversas. Tras beber de su botella, en un acto muy necesario de hidratación, se pregunta si tras ese fiero combate de posiciones subyace en realidad un juego antimonárquico; si su éxito no será, al fin y al cabo, una manifestación casi inequívoca de aquella voluntad popular observable a lo largo de los siglos de derrocar reyes.
Ahonda algo más en ello pese al persistente zumbido que nota en su cráneo. Percibe entonces los peones como la representación del ideal capitalista, donde el esfuerzo da sus frutos y puede convertir a cualquier plebeyo en todo aquello que ambiciona. Pero al recordar las enseñanzas de un viejo profesor, reconoce también en ellos la expresión perfecta del proletariado: unas masas de gente en lucha que avanzan y siguen avanzando —incluso cuando empiezan a caer.
«Pero ¿cómo encajar en esa reflexión antisistema el peso específico de caballos, alfiles y torres, de resonancias inequívocamente nobiliarias?», se dice a sí mismo. Transcurren algunos minutos hasta que atenúa sus dudas, dándose cuenta del periodo precapitalista en el que se incorporaron esas figuras al juego y apreciando en su inclusión una posible deconstrucción del orden feudal. «No en vano los edificios presentan una línea de movimientos mucho mejor ordenada que alfiles y caballos», observa. Entre bostezos logra también relacionar el poder de las torres con la superioridad tecnológica y, en una auténtica genialidad, comprende que en pleno 2026 no pueden verse como una primitiva obra arquitectónica, sino como una avanzada vivienda inteligente.
«¿Y no hay acaso algo aún mucho más moderno?», grita de repente en voz alta, como cautivado por una revelación. «¿No es el poder de la reina un antiguo guiño a ese feminismo que se desplegará después por todo el planeta?». No puede imaginar una mejor muestra de la profundísima actualidad del ajedrez y de su infinita capacidad subversiva: «Qué mayor prueba podría haber, que el hecho de que el rey tenga unas capacidades muy inferiores y que sea la reina quien claramente protege al rey y no a la inversa».
Las conclusiones se amontonan en su mente. Con ellas su cuerpo va recobrando la compostura. Por fin ha vislumbrado el vanguardismo inherente en este juego que tantos años ha practicado: un ejercicio que ha transitado, en su caso, desde el exigente desafío intelectual hasta el leve divertimiento. Hoy en día le resulta mucho más apetecible lo que acontece después, entre risas, bebidas y bailes.
Con la tesis a punto de ser validada, advierte, súbitamente, que había olvidado un hecho trascendental y perturbador: que tras la derrota de un rey se encuentra la victoria de otro.
Es así como su confianza empieza a desmoronarse. Al fin y al cabo, la posición final de cada victoria no representa otra cosa que un rey subyugado y la conquista o toma de posesión del tablero por un ejército enemigo liderado por otro monarca, salvo que los contendientes acuerden detener la partida.
Preso de una terrible desazón, se levanta del suelo y coloca un tablero sobre la mesa. Recoge un número de piezas suficiente para disponer las posiciones iniciales y se sienta en una butaca. Su rostro entra en una tensión inquietante, como si fuera a situarse ante él otro jugador, hasta que la duda deja paso a una leve sonrisa.
Coloca decididamente un peón en E4 sintiendo que él es ese peón y se ve a sí mismo como un súbdito decidido, empoderado. Un súbdito que es capaz de retar a un rey rival, pero que también lo es de sacrificar a su propio soberano, elevándose sobre cualquier jerarquía imaginable y reforzando así sus convicciones republicanas. No podría ser de otra manera ese 14 de abril por la mañana.
Pero justo al sentir la tentación de exclamar «viva la República», nota que algo no encaja del todo. Es entonces cuando una poderosa somnolencia se apodera irremediablemente de él, desplomándolo sobre el asiento y privándolo de toda conciencia de la realidad.
Feliz día del libro!