A favor de la Unión

Carlos Hidalgo

La presidencia española de la UE ha acabado con buenas palabras por parte de Ursula Von Der Leyen y de Charles Michel, como suele ser lo habitual. También con un rifirrafe entre el presidente saliente, Pedro Sánchez y el eterno vetado a cargos europeos, Manfred Weber, que es bastante posible que siga vetado tras las elecciones europeas del año que va a comenzar en breve.

Durante los seis meses de presidencia española se han hecho avances significativos y se han repetido los reproches de costumbre a la UE, especialmente en lo concerniente a la política exterior. Ahora parece flaquear el apoyo a Ucrania (debido a las amenazas de veto de Orban) y el papel de la UE para lograr un alto el fuego permanente entre Israel y Hamas en la Franja de Gaza tiende a ser criticado por ambos bandos: unos acusando a Europa de persistir en un antisemitismo medieval y otros diciendo que están rendidos a los pies de Israel.

En cuanto a la política económica, los llamados halcones defienden una vuelta a la mal llamada austeridad y el BCE sigue nadando contracorriente al no querer bajar unos tipos de interés que hizo mal en subir tanto. El año que viene puede ser el año en el que esas políticas austeras manden a la recesión a sus mejores alumnos, como Alemania y los Países Bajos.

Europa es un ente complicado, que habla con muchas voces a la vez y que combina la desesperante burocracia germánica con los estallidos de surrealismo del Mediterráneo. Es un gigante que controla los destinos de 27 países y una parte enorme de la economía mundial y al mismo tiempo un ente extraño, un experimento de paz tras las dos mayores guerras de la humanidad y algo que ni los mismos europeos parecemos comprender muy bien.

Pero es que ese experimento ha traído a nuestros países una prosperidad y una estabilidad que nunca se habían visto antes en la historia de la Humanidad. Y está regido por un aparatoso sistema de gobierno con un legislativo que legisla a medias, un ejecutivo que parece un legislativo y un poder judicial extraño, pero que da una cierta tranquilidad a los ciudadanos de los Estados miembros.

Europa no es un país, ni la Unión Europea es un Estado, pero tenemos una bandera que es un símbolo de libertad más allá de nuestras fronteras, un himno que todos reconocemos y una influencia mediante el ejemplo que incomoda a amigos y a adversarios por igual.

La UE es percibida por los Estados Unidos con una mezcla de condescendencia y temor, por Rusia como un gigantesco acto de hipocresía y por China como un mercado quisquilloso que actúa como si fueran mejores que ellos. Y en cierta manera lo es.

La UE es el ejemplo de que se puede cooperar además de competir, de que compartir recursos trae más prosperidad que competir con ellos y de que la enorme diversidad entre sus ciudadanos no es incompatible con considerarse ciudadanos iguales en derechos y obligaciones.

El único experimento dentro de este experimento, que fue la salida del Reino Unido de la Unión, ha demostrado que la tan cacareada soberanía nacional y el orgullo patrio son ficciones que desembocan en el desastre y en delirios chovinistas que erosionan aún más a las democracias, tan combatidas hoy en día por sus adversarios.

La UE tiene aún muchas cosas que mejorar. Y muchos desafíos por delante. Tiene que parecer más democrática y accesible a sus ciudadanos, tiene que ser percibida como menos lejana y tiene que hacer frente a las fiebres nacionalistas de muchos de sus gobiernos. Pero sigue siendo un ideal que ha dado más beneficios que disgustos y un ejemplo tan extraordinario para el resto del mundo que hace que sea temido por los gobernantes más autoritarios y deseado por sus ciudadanos.

Un comentario en «A favor de la Unión»

  1. La UE no la entienden ni los que trabajan dentro, de lo compleja que es. No hace falta, ni es factible, que se entienda bien desde fuera cómo funciona, pero sí mucha mayor conciencia de que si no existiera, habría que inventarla. Porque nos va la vida en ello y en España más que en otros lares, todavía.

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