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Verónica Ugarte

Ya estamos en plena temporada de alianzas y desencuentros, a la vez que a pie de calle, se presupone, se realizan las temidas y esperadas encuestas. Según el barómetro catalán, CEO, los socialistas seguirían a la cabeza de país. No es de extrañar que Catalunya siga siendo bastión socialista, con lo bien que lo están haciendo, para muchos, Illa y compañía.

Tampoco resulta de extrañar que Junts y Puigdemont caigan. No han sabido ir con los tiempos, ni a por los tiempos y maneras. El discurso involucionista, de teatro barato y pretendiendo hablar desde una legitimidad que no existe desde hace años, ha causado que la derecha catalana baje. Si sumamos el pésimo papel que realiza Miriam Nogueras en Madrid, tenemos el escenario perfecto para una pérdida de 15 escaños.

Luego, nos viene el escenario imperfecto. Ese que desde hace años también existe en Catalunya, la llamada Terra d’Acogida: Aliança Catalana, la nostra extrema derecha sube, sube hasta alcanzar a Junts. Si vamos a ser racistas, dejamos a Vox en quinto lugar, que tenemos que hacer patria y votar por los nuestros, así se quejen de nuestros abuelos andaluces. Que no se diga que no somos coherentes.

El racismo es un monstruo que no conoce fronteras. Porque racismo es ignorancia. No es un dogma, es un axioma. Menor es la conexión con personas diferentes, sea sexo, raza, religión, mayor es el miedo y el terror a lo desconocido. Mayor es la defensa de lo más estúpido que puede significar una bandera o un idioma cuando se les eleva al pórtico de los dioses que crean naciones bajo luchas llenas de sangre y lágrimas.

Escuchar los sesudos comentarios de Orriols, negándose a hablar en castellano, es tener delante la verdad sin tapujos: imbéciles hay en todos lados, y se les vota. Se les vota en Ripoll, una ciudad llena de inmigración, lo que la hace rica, bajo el punto de vista de una inmigrante. Hay más de una visión, más de una confesión religiosa, más de un color de piel. Eso es riqueza cultural y social, a la vez que económica. Porque la inmigración está generando todo ello en Catalunya.

Ara, arriben els que diuen que tots hem de parlar català. No es mi lengua materna. La aprendí a los veintiséis años, y me ha dado gran riqueza cultural. Leer a Alfred Bosch (tiemblen catalanes de DB) fue una gozada. Pero como dice mi amado Serrat, en el momento en que me exigen hablar una lengua, me paso a otra.

Y es cuando viene la gracia del tema: en veintiséis años solo se me ha exigido hablar en castellano. Y de malos modos. Tal vez sea porque vivo en Barcelona, la capital de muchas cosas, pero no del catalán. Si viviese en Lleida, Girona, o tan solo en el Vallès la cosa cambiaría. Es por ello también cuando me río ante los sesudos comentarios acerca de los catalanes y sus manías.

En todo caso, lo estamos haciendo muy mal. Está normalizado no querer hacer el esfuerzo por entender al otro, al diferente. No existe la cultura de leer más allá de lo estipulado en clase. No pretendamos hablar otro idioma que nos saque las mismas lágrimas que una bandera. Pero eso sí, hermano obrero, cuando estás a la mesa con un inmigrante y un banquero, delante de 100 mandarinas, el banquero cogerá 99 de ellas y te dirá “el inmigrante te robará tu mandarina”. Y le creerás. Y votarás por quienes apoyan semejante sandez.

Vuelvo con mi insistencia: leer, entender, reflexionar. Todo ello es cura de ignorancia. Todo ello es riqueza. Todo ello nos diferencia del fascista.

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