Juanjo Cáceres
Desde que Jesucristo pronunciase las célebres palabras dirigidas a Pedro, en las que le proponía dejar de ser pescador de peces, para convertirse en pescador de hombres, somos víctimas de los creadores de redes y tratados, en general, como vulgares pescados. Hace ya algunos años que Manel Castells, en su célebre trilogía «La Sociedad de la Información», hizo un despliegue teórico sobre el funcionamiento de las redes y sus efectos sobre la estructura social, para mostrar como las nuevas redes de la comunicación habían empezado a tener un impacto significativo sobre la realidad. Así pues, puede que desde Pedro, el primer padre de una iglesia que fundó un tipo de religión, cuya estructura en red se desplegaría sobre el mundo antiguo primero y sobre el mundo medieval después, arrasando a todas las creencias anteriores a ella, pero sobre todo desde Castells, resulta difícil o imposible negar el poder e incidencia de las redes.
Hoy en días las redes se consideran problemáticas y son vistas con suspicacia desde múltiples perspectivas. No solamente por las «fake news», sino también por lo fácilmente que ponen en peligro la privacidad de las personas, los derechos esenciales de los menores y también por la combinación que forman con otro poderoso elemento: los smartphones. De hecho, la problemática de las pantallas en nuestra sociedad es indisociable del uso de las redes sociales, ya que, junto con los juegos, es el principal mecanismo de incitación continua al uso del dispositivo.
Mucho se ha hablado de los posibles efectos perniciosos de «hacer scroll» de manera continuada y aun más de las consecuencias negativas sobre los menores del uso de las pantallas, tanto desde un punto de vista cognitivo, como desde el de la seguridad y el de la integridad física. Pero no por ello vamos a abandonar nuestros teléfonos móviles. Salvo catástrofe tecnológica u apocalipsis social, estos instrumentos han llegado para quedarse y van a acompañarnos hasta el fin de los tiempos. Ahora bien, una vez asumido eso, sí que debemos preguntarnos qué hacer con ellas y que no.
La semana pasada se difundía en España la posición del comité gubernamental de 50 expertos referida al uso de pantallas en menores, de la que se desprendía una posición muy restrictiva, que incluía la no autorización de pantallas hasta los 6 años, el uso de smartphones preferentemente a partir de los 16 y también aplazar lo máximo posible el uso de pantallas. Ha quedado claro que las posiciones restrictivas han ganado protagonismo en los últimos tiempos de forma algo sorprendente, pero debemos ser conscientes de que lo que realmente se propone es, ni más ni menos, que las generaciones que ya son nativas digitales se mantengan en la analfabetización digital casi hasta la mayoría de edad. Curiosamente, lo que en materia de educación sexual nos parecería opusdeista, a cada vez más gente le empieza a parecer razonable cuando hablamos de pantallas, de modo que las restricciones acaban siendo percibidas como otro mal necesario.
Pienso, no obstante, que, aunque el problema es profundo y no resulta fácil de afrontar, es esa propia dificultad la que nos conduce a promover posiciones que debemos darnos cuenta de que son poco aceptables, se miren como se miren. Personalmente creo que soy muy consciente del efecto perverso de los smartphones y de las redes sociales. Entiendo los mecanismos que operan en la trampa de la conexión y de cómo esta nos atrapa a través de nuestros conocidos (WhatsApp, Telegram) y de otros personajes no tan conocidos, de famosos y semifamosos (Instagram, Tik Tok …). Son múltiples las vías por las que las redes consiguen captar nuestra atención y observo que somos muy vulnerables a las trampas que nos tienden a causa de nuestros esquemas de funcionamiento cognitivo.
Pero de ahí a que abdiquemos de nuestra responsabilidad de hacer una gestión responsable de las redes y, sobre todo, de educar adecuadamente en su uso, creo que va un trecho enorme. Yo he sufrido las aulas llenas de post-adolescentes que no pueden desconectar de su teléfono y de lo que hay en él, o los efectos del ChatGPT sobre la actividad docente en población preuniversitaria y universitaria. Pero me parece evidente que privarles del móvil no les convertirá en nativos digitales más preparados, ni les protegerá mejor a largo plazo de sus efectos perniciosos.
Me doy igualmente cuenta de los graves efectos que puede tener sobre un adolescente la comunicación a través de las redes y de la opacidad en que pueden quedar sus familiares respecto a lo que en su móvil sucede, pero creo que la tecnología permite aplicar mecanismos razonables de control parental. No pienso, en cambio, que la tranquilidad familiar justifique una intromisión excesiva sobre sus decisiones o sobre su privacidad, por lo que ese control parental no debería de ser ilimitado, ni creo que sea productivo que a medida que el individuo adquiere madurez se tenga que mantener un duelo con él para imponerle un teléfono analógico. Seguramente, sea difícil delimitar qué es oportuno y qué no, pero siempre fue complicado dejar crecer a los hijos.
Igualmente, es importante reconocer que a menudo los adultos no tenemos conciencia de los efectos reales que estos aparatos producen sobre nosotros. A veces, hasta que levantamos la vista en el metro y contemplamos un sinfín de gente con la mirada fija en el móvil, que ni siquiera se da cuenta de que tiene que apartarse para que tú pases, porque en ese momento vive dentro de una pantalla y sus sentidos están adormecidos. Ni los adultos que sufren sus patologías, ni las personas que han acabado odiando los teléfonos móviles, ni aquellos que añoran un mundo idealizado en que las pantallas no existían, son posiblemente los más indicados para delimitar las prescripciones. Tal vez sea otro tipo de adulto, el que es consciente de sus efectos, el que es consciente de que los ha sufrido -aunque todos los hemos sufrido- y el que los ha intentado afrontar sin restricciones que van más allá de lo razonable, el que posiblemente esté en mejor disposición para hacer propuestas sobre la materia.
En un mundo cada vez más confuso y difícil de entender, es fácil acabar defendiendo postulados que van contra convicciones que creemos arraigadas y contra valores que hemos defendido durante décadas en otros contextos. Las redes y las pantallas nos ponen a pruebas de muchas maneras. A través de ellas o a causa de ellas podemos aceptar discursos que, sin sus mecanismos de sugestión, su inmediatez y su simplicidad, no aceptaríamos. Incluso aquellos que se lanzan contra ellas mismas. ¡Menudo invento!
«Pero de ahí a que abdiquemos de nuestra responsabilidad de hacer una gestión responsable de las redes y, sobre todo, de educar adecuadamente en su uso, creo que va un trecho enorme». De acuerdo al 100%. La responsabilidad empieza con los progenitores, quienes dan a bebés los smartphones «para que no molesten».
Una vez una madre me llamó pegando gritos porque su hija había recibido un video aterrador, decía ella. Yo le dije que no era la escuela la culpable de que fuera una madre irresponsable y le diera a su hija de 10 años un móbil.
También hay que tener sentido común, un bien más bien escaso.