¿De verdad lo entienden?

Verónica Ugarte

La hija de Gisèle Pelicot es una víctima más. No tiene pruebas de que su padre la haya violado, de que haya corrido la misma suerte que su madre. Solo existen fotos de ella, dormida, en su cama, en ropa interior. La sensación de indefensión, la duda, el dolor, la confianza y amor rotos. El dolor de su madre es enorme, pero no es menos el de su hija. Perdió a un padre y descubrió a un monstruo.

¿Cuántas mujeres han sido y son víctimas de este tipo de violencia? Ya se han descubierto grupos en las redes sociales, de seres innombrables que dan pistas de dónde y cómo obtener la medicación necesaria para sedar a una mujer y violar no solo su cuerpo, sino también su mente. Porque una violación deja secuelas psíquicas que requieren ayuda, trabajo, supervivencia.

En este mundo donde tanto de habla de respeto, igualdad, empatía, desde hace años me asalta la pregunta: ¿verdaderamente se entiende el infierno por el que pasan algunas mujeres? ¿Se entiende el día a día de muchas, demasiadas, que están en manos de uno o varios hombres, y por varias razones, no pueden alzar la voz y pedir ayuda?

Hace unos meses en un programa británico, la actriz irlandesa Saoirse Ronan dijo “de eso nos preocupamos cada día las mujeres”. Fue el comentario que dejó mudos a cuatro hombres en el set, quienes hacían bromas acerca de cómo defenderse en caso de un ataque.

Veamos, una mujer sale hacia el trabajo. Sube al metro, camina hasta la oficina. Entra al ascensor. Llega a su mesa, cumple con su horario. Vuelta a casa. Día normal.

Realidad alternativa: antes de ir a trabajar la mujer se pasa un buen rato maquillándose para tapar los golpes que le ha dado el marido/pareja/compañero/familiar. Viste ropa amplia y que no deje ver un centímetro de piel que no deba ser visto. En el metro debe tener cuidado de que no la toquen o mirar al suelo ante miradas lascivas. O es tal vez en el trabajo donde la espera su agresor, quien mantiene un control sobre ella. Le envía demasiado trabajo, imágenes grotescas a su móvil. Pasa detrás de ella y la toca. Y en cualquier caso debe mantener la calma y cuidar que nadie se dé cuenta de lo que le pasa.

¿Es un día así normal para un hombre? Existe la empatía, cierto. Conozco muchos hombres que han sido testigos de alguna de estas atrocidades y han hecho todo lo posible por ayudar. Por apoyar. Por entender. Porque este tipo de experiencias son un mal trago. Imposible de olvidar.

Algunos se preguntan cómo es posible que un individuo sea capaz de realizar cualquiera de estos actos. La respuesta no es simple, como no será simple para una mujer salir de ese infierno.

Eres adolescente. Tu cuerpo empieza a cambiar. Inician los comentarios por la calle antes tales cambios. Lloras, no sabes qué hacer. Nunca te habías esperado que un viandante que no conoces de nada, que tenga 60 años pudiera decirte esas cosas.

Llegas a tus veinte. Cualquiera se siente con derecho a rozarte, y en medio de las aglomeraciones, ir más allá con la mano. Te quedas fría. Tu mente se despega de tu cuerpo para no sentir nada. Se llama mecanismo de auto defensa.

También hay otra forma de violencia, una que personalmente me produce rabia infinita: el menoscabar a una mujer y sus ideas solo por ser mujer, por no estar de acuerdo con sus opiniones. Por saberla más inteligente. Vienen los comentarios paternalistas y de ahí a los insultos si la mujer no da un paso atrás, sino todo lo contrario.
Porque existen millones de mujeres que han abierto puertas a patadas. Han dado ejemplo a patadas. Han hecho camino para las que siguen. Han alzado la voz, la mano. Y sin embargo, la violencia continua.

Queda mucho camino. Hasta que una mujer vaya sola, sea de día, de noche. Tenga el puesto de trabajo que sea, ya que todo trabajo honrado es respetable. Pueda dormir tranquila. Esté segura de que a sus hijas nunca les pasará nada. Hasta ese día en que el hombre tal vez haya entendido que una mujer es su igual.

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