Arthur Mulligan
Hace unos días en el transcurso de un debate entre ex compañeros de universidad, uno de los asistentes lanzó a bocajarro la pregunta bienintencionada de si tal vez había llegado en nuestra opinión, el momento de no retorno sobre la posibilidad de compartir una visión de la realidad política actual por muy fragmentaria que pudiera llegar a ser, algo que nos pueda salvar de nuestros más persistentes y cada día más abundantes desencuentros, inmersos en la asfixiante circularidad de los temas y personajes en presencia.
Nos conocemos desde hace medio siglo y salvo dos trostkistas que habían leído la vida de León – armado y desarmado -, un lujo en su momento, las demás recibimos doctrina en el PC al que agradecimos de corazón el tiempo que nos dedicó en aquel erial del 71. Los profesores apenas nos llevaban tres o cuatro años de edad pero la distancia era enorme y, aún así, leímos un resumen de El Capital adaptado por un voluntarioso alumno de la Facultad de CC. Económicas, dando por hecho que todo estaba bien, más o menos como la fórmula del volumen de una esfera, bellísima en sí misma y más asombrosa aún con el ingenio matemático del gran Arquímedes de Siracusa y sin calculadora. Ese era el tono de la época, un estado de ánimo vital que ya anunciaba grandes cambios. El partido por entonces todavía respiraba optimismo y nosotros apenas conocíamos obreros a pesar de las descripciones del responsable político. Llegamos a celebrar alguna reunión en el monte con muy mal tiempo hablando en medio de la ventisca de la primavera de Praga y que hoy recordamos con una mezcla de melancolía no exenta de vértigo habida cuenta de la abundancia de predicadores a confrontar. El PC, con todo, era un admirable partido de orden, un lugar seguro para los cadetes.
Como diría el maravilloso Vittorio Gassman en una escena memorable: «Soñamos con cambiar el mundo y el mundo nos cambió a todos».
Bueno, todo esto viene a cuento de que estoy leyendo Fractal del Salón de pasos perdidos, una de las grandes empresas narrativas de la literatura española actual y que según JR Marcos en Babelia, «cuando Trapiello es bueno es muy bueno y cuando es malo es mejor».
En la página 264 dice:
«En los cuatro días en que no he escrito en este diario: a) se ha fugado el Director General de la Guardia Civil con 500 millones de pesetas (la Guardia Civil lo busca sin éxito) ; b) han dimitido dos ministros socialistas y otros dos hablan de hacerse el harakiri (la gente pide más: la dimisión del presidente del gobierno); c) han metido en la cárcel al ex gobernador del Banco de España y al ex Síndico de la Bolsa de Madrid, por mangantes. Cada minuto que pasa ocurren nuevas cosas que mantienen a la población en vilo, y muchos temen que pueda hundirse la democracia española, y con ella el país entero. Son hechos gravísimos, pero uno ha tenido que ocuparse mientras tanto en… (siguen tareas cotidianas ordinarias como contraste con la realidad que se vive)»
Como el autor es de mi edad, ha pasado en esa época por la Universidad militando en una organización con ambiciones más redondas, y me cae muy bien, lo estoy disfrutando de manera especial, pero ese momento que señala lo recuerdo con nitidez: Abril de 1994.
Algo se quebró en nuestra confianza en el futuro; el partido socialista que tan razonablemente llevó su parte de la transición de pronto se apagó y la desilusión fue enorme. Nuestro grupo, que nunca fue compacto, se sentía – como cientos de miles de ciudadanos – realmente protegido frente a la amenaza de ETA y los aspavientos nacionalistas, especialmente por la determinación del núcleo dirigente del PSOE.
Hoy, en Euskadi, la anterior sede de Podemos es ahora el Consulado de una República Bolivariana o del Socialismo del Siglo XXI. Desorden, indigencia ideológica, ineptitud, indolencia, adanismo decadentista, intraluchas, exoluchas, purgas y excesos, por no mencionar la confusión mental aguda de Yolanda y su «política de alianzas» llena de superhéroes regionales. Tik Tok le ha alterado la cabeza no solo a los más jóvenes, también a Sánchez Cuenca oficiando de patriarca y sus gaseosos artículos contrafácticos. Han cumplido años como el porvenir de una ilusión.
Venían de la indignación, según el podemita Roberto Uriarte, y resulta que para el avance ultraderechista han contribuido la inexperiencia de las izquierdas surgidas del 15-M y la arrogancia de las izquierdas clásicas.
«Frente a esa década indignada, la actual se caracteriza por una extrema derecha que extiende día a día sus tentáculos por el mundo y que ha conseguido imponer su agenda en la batalla cultural (sic). Bien, con todo, el principal factor de normalización del discurso Ultra lo han constituido los medios de comunicación masivos y los generadores de opinión mainstream».
Hacer de la necesidad virtud carece del mínimo quantum de ética, es una carambola hipócrita, y hacer otra cosa, buscar caminos extraños para satisfacer la necesidad, de ningún modo puede producir virtud sino todo lo contrario, es querer conseguir como sea lo que nos interesa, y este método más que hacernos virtuosos nos convierte exactamente en lo que somos: puro egoismo. Hemos conseguido lo que queríamos y además queremos presumir de virtuosos. ¡Que descaro!
En definitiva, hacer trampas. Es una expresión de miserables.
Pedro Sánchez se ha apuntado al populismo para clamar contra una España “de propietarios ricos e inquilinos pobres» siendo así que el 85% de las viviendas en alquiler pertenecen a pequeños propietarios individuales ¿qué tiene en la cabeza este hombre?
Hoy también escuchamos las noticias que preceden los grandes cambios: los Presupuestos dejan de ser un instrumento para redistribuir la riqueza común de acuerdo a unas políticas para tornarse en un carísimo escudo, en un parapeto, en un negociado a precio de oro en el bazar del Congreso para ponerse a cubierto del pedrisco que viene – la inédita imputación del Fiscal General, los tejemanejes de Ábalos, los pagos políticos habidos, el naufragio de la estrategia para neutralizar el caso Begoña – y seguir a toda costa en el poder caiga quien caiga.
Pedro es incapaz de hacer reformas, solo sabe gastar para el cine de los jubilados, para los alquileres de unos pisos que van a los bolsillos de los caseros, y si es en una cuadriga, mejor.
Es imposible imaginarse un Consejo de ministros pacífico; todos los ministros atascados por la necesidad de su jefe. Ni inmigración, ni la economía en permanente crecimiento y aumentando la carencia de la gente, la sanidad o la vivienda. No hay reformas ni voluntad de hacerlas. Sánchez ya no sirve a nadie. Es un gobierno cubierto de mugre y la legislatura ha entrado en descomposición.
Mejor convoque unas elecciones ahora y que las rémoras dejen de comer de sus labios porque… ¡ya es hora! Sr. Presidente.
Aquellos años 90, con los guerristas y los renovadores. A mí la inocencia me la rompió el hermanísimo de Sevilla y el 2 por el precio de uno de Felipe. Y luego los renovadores pues, muchos años más tarde, se vendieron en Madrid a Espe… En fin.
Anécdota cierta: Un día me dijo el admirado y añorado Javier Pradera: no te fies nunca de los juicios de un ex pecero, no hay uno bueno y te lo digo por experiencia. No hizo falta que me enseñara su antiguo carné 🙂
Coincido en su admiración y añoranza de Javier Pradera sin reservas . Tuve el honor de conocerle en San Sebastián después de un importante acto contra ETA . Sus opiniones resultaban estimulantes e imagino que sobre los juicios de los ex PC dependería mucho de lo tratado y de la persona en cuestión ; algo así como decir « no te fíes nunca de un editorialista de El País , se cree en la cumbre del Sinaí » En cualquier caso pienso que hoy su presencia en ese diario sería imposible .
iQue tiempos aquellos!..cuando Dios tenia que escuchar todos los días a Aznar:
iVayase señor González!…frase antológica ,como fue iSi me queréis,irse!.
Nada ha cambiado,la derecha con prisas y a la izquierda le crecen los enanos.
Cada día nos despertábamos con un nuevo atentado de ETA y hoy nos despertamos con una nueva declaración de Ayuso sobre ETA.
En fin…vuelven Golpes Bajos…Malos tiempos para la lirica..No mires a los ojos de la gente.
Ejem…a mí plim…yo duermo en Pikolin
La economía española mantiene un fuerte crecimiento que sobrepasa todas las previsiones y deja atrás a las principales economías de la eurozona. El Producto Interior Bruto (PIB) marco un gran avance durante el segundo trimestre del año, presentando una tasa del 0,8%, y encaminándose a un año más de dominio europeo, tal y como han certificado este viernes las cifras publicadas por la oficina estadística europea, Eurostat. La tesitura macroeconómica favorece a España y el ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo, no ha perdido la oportunidad de ensalzar la marcha del país.
“Javier Pradera daba miedo,
mucho miedo”
Sebastiaan Faber
Jordi Gracia.
Fundación CajaSol
“El disco duro de la Transición” y “la caja negra de El País”. Así
califica Jordi Gracia (Barcelona, 1965) a Javier Pradera (1934-2011),
cuya monumental biografía publicó Anagrama en noviembre de 2019: 700 páginas sin bibliografía o notas. Si el libro tiene una tesis central es esta: sin Pradera, el advenimiento y la evolución de la
democracia en España habrían sido muy diferentes y,
probablemente, bastante peores. Dada su trayectoria política, sus talentos y su talante, Pradera fue la persona adecuada en el lugar y momento adecuados.
Nacido en San Sebastián, a los dos años Pradera quedó huérfano de padre cuando este y su abuelo, un carlista destacado, fueron fusilados en la retaguardia republicana, justo antes de la toma de la
ciudad por los sublevados. Se crió bajo la pesada sombra de estosdos mártires de la cruzada, en casa de su tío, exdirector del Ya, jerarca del Movimiento y después embajador. De joven,Pradera fue un militante falangista de corte joseantoniano. En 1955,
con 21 años, entró en el clandestino Partido Comunista de la mano de Enrique Múgica y Jorge Semprún; pasó varias temporadas en la
cárcel. En 1957, se casó con Gabriela Sánchez Ferlosio, hermana de Rafael y Chicho e hija de Rafael Sánchez Mazas, cofundador de Falange, con quien Pradera discrepó políticamente pero con el que
tuvo buena relación.
En los años 60 y 70 –mientras se iba alejando del marxismo militante hacia posiciones más moderadas– Pradera se convirtió en uno de los editores más influyentes de España, pasando por el Fondo de
Cultura Económica, Siglo XXI, Alianza (crea la serie de bolsillo) y Taurus. En 1976 entró a formar parte del equipo fundador de El País, donde, durante más de doce años, se hizo cargo de la sección de Opinión, incluidos los editoriales. A finales de los 80 se integró en el consejo de administración del Grupo PRISA mientras seguía escribiendo columnas en el periódico. En 1990, creó, junto con Fernando Savater, la revista Claves de Razón Práctica.
Aunque Jordi Gracia le retrataba como la conciencia por antonomasia de la joven España democrática, Pradera no sale retratado en el libro como una persona agradable. Hosco e impasible, se le conoce desde joven por su “gesto escéptico, la ironía
fría y el prurito de veracidad incómoda”. Poco dado a la empatía, la clemencia u otras sutilezas del trato social, es rápido e implacable en sus juicios. Son rasgos temibles en una persona con poder, por más
que lo ejerza fuera de los focos. “Daba miedo, mucho miedo”, me asegura el biógrafo una tarde a mediados de marzo. “Y no lo digo yo,¿eh? Lo dice todo dios”.
Nos hemos citado en una terraza barcelonesa, un día antes de que el coronavirus cierre todos los bares en la ciudad. Gracia habla con gran energía y rapidez, en largas oraciones casi perfectas, pronunciadas an alto volumen y solo interrumpidas por risas nerviosas, tacos frecuentes y el inseparable cigarrillo.
Cuenta que su amistad con Pradera nació en 2004, cuando usted ganó el Premio Anagrama con La resistencia silenciosa. Pradera acababa de cumplir 70 años. ¿Seguía inspirando miedo?
Ya no. Para entonces se había convertido en un respetado columnista del periódico, sin más función. No tenía nada que ver con lo que había sido la potencia de antes. Su relación con Zapatero, por
ejemplo, era muy superficial.
Esa pérdida de influencia afectó a bastantes de sus compañeros de generación, pero no todos la vivieron con resignación.
Personajes como Leguina, Cebrián, Elorza o Savater han envejecido bastante mal.
Probablemente, la tonalidad y radicalidad de su discurso transpira poca permeabilidad hacia los cambios profundos que ha vivido esta
sociedad en los últimos 20 años. Pero no vivió así las cosas Pradera, o se curó pronto, mejor. Una broma habitual y sarcástica suya era repetir: “¡Con lo que hemos sido!”.
¿Cómo logró esquivar esa trampa del mal envejecer?
Yo creo que tiene que ver con una especie de anclaje insobornable al
principio de realidad. Y con una enorme capacidad de alarma contra los síntomas de estar actuando como un llorón quejumbroso respecto a los tiempos modernos. Pradera se da cuenta de que no
hay que proyectar el catastrofismo personal sobre la realidad histórica. Creo que es fundamentalmente un rasgo de personalidad,y de una inteligencia superdotada que se ausculta cuando incurre en
alguna forma de negligencia intelectual, de debilidad, de falta de consistencia a la hora de explicar convincentemente la realidad.
Suena severo.
Los hijos recuerdan muy bien la imposición de una forma de verdad implacable en términos morales en casa –te gustase o no te gustase,
la digirieses bien o mal–. Una forma de temple autoritario a la hora de defender una determinada verdad, una verdad dura de digerir
cuando tienes 14 años o 18 años.
El autoritarismo no siempre casa bien con la autocrítica.
Pues en Pradera casa. Ahí hay que sumar otros ingredientes personales, como la extraordinaria dificultad que tiene para la gestión de la intimidad. Cuando tú eres incapaz de gestionar la
intimidad y los conflictos –las confidencias amistosas, tratar de oxigenar la cabeza, cosas que no practicaba Pradera– lo natural es que tu respuesta tenga un efecto impetuoso, imperativo o
autoritario. Y si eres hijo, es natural que lo vivas de una manera no precisamente amable. (Risas.)
La actitud autoritaria de Pradera, entonces, ¿es más que nada una forma de torpeza?
De una gravísima torpeza. No la quiero rebajar porque no era fácil
tratar con Pradera. No solo en casa, también fuera de ella. En la tertulia, por ejemplo, donde llegó a manifestar gran sarcasmo o a expresar de forma cruel su discrepancia. Ahí no se cortaba. Por eso
digo que daba miedo.
En Pradera, da la casualidad que esa torpeza e intransigencia se
combinaban con una cuota importante de poder.
El poder de la autoridad. Se hacía el silencio cuando Pradera se ponía a hablar. La gente se callaba. Aunque él hablaba bajito.
Lo que no deja de ser una forma de poder.
Pero nunca con cargo, nunca con sello, nunca con tampón, nunca con mesa de ministro.
Ese poder sin cargo, ¿no aterra más, por ser menos visible y más
difuso?
Es verdad, fue más difuso y por tanto más temible. Pero, fíjate, no
creo que lo fuera desde el punto de vista de las venganzas
personales.
Una autoridad moral, impersonal, ejercida desde la posesión de
la verdad.
Sin duda hubo momentos, en la etapa de mayor influencia en los
años ochenta, en que la verdad hablaba por boca de Pradera, o a los
demás se lo parecía. Pero si era exigente con los demás, también lo
era consigo mismo.
Y me imagino poco receptivo a la empatía, la piedad y el perdón.
Me temo que sí. Aunque era capaz de rectificar, como me contaba
Miguel Ángel Aguilar. Después de una bronca monumental, incluso al
cabo de un mes, era posible que llamara para decir: “¡El jamón para
ti!” En el libro, cito cartas a Faustino Lastra, de Siglo XXI, donde él
dice algo así como: “Oye, que a los cuarenta años la bestia es como
es. Los dos sabemos quienes somos. Yo sé que incurro una y otra
vez en esas formas de la intemperancia. A ver si encontramos la
manera de relacionarnos”.
Pero la bestia no siempre fue como fue. Por un lado, parece que
Pradera se rigió por una admirable constancia moral. Por otro,
podría verse como un veleta que se dejó llevar por los vientos
políticos de cada momento: del falangismo al comunismo, a la
socialdemocracia y al liberalismo…
Diría yo que acaba como un socialdemócrata con propensiones
social-liberales.
¿Cómo conjuga un biógrafo esas mutaciones políticas con la
noción de la constancia moral?
A mí me parecen muy interesantes, precisamente por lo que tienen
de coherencia plástica. Dicho de otra manera, en una expresión que
me gusta mucho: por lo que tienen de pragmatismo virtuoso. Es
todavía común denunciar o deplorar el pragmatismo como una forma
de oportunismo coyunturalista y ventajista. Eso me parece una
degradación miope de una actitud pragmática donde prevalece
la virtud en la medida en que el criterio central es el objetivo del bien
común. Esa doble dimensión del pragmatismo, virtud y bien común,
absuelve a esa conducta de ser mero oportunismo para convertirse
en inteligencia virtuosa. El pragmatismo virtuoso suele renunciar a
las utopías, a las quimeras. Supone el abandono de planes que no
solo no serán posibles, sino que generarán un freno
contraproducente a una intervención en la realidad que quizá no
culmine con el éxito perfecto pero, cuando menos, habrá
conseguido avanzar con respecto al pasado.
¿Cuándo se entrega Pradera a ese pragmatismo virtuoso?
Lo encarna formidablemente desde los años 60, cuando comprende
que la estrategia de resistencia del Partido Comunista es
improductiva porque el partido no ha sabido leer la realidad política y
social del franquismo. Después impulsó, a principios de los 70, la
reeducación democrática de las juventudes revolucionarias. Y de
nuevo en el 79, cuando animó e instó a los socialistas a desmarcarse
del marxismo para ser partido de gobierno y no de perpetua
oposición. Pero siempre, desde la lógica del bien común. Y del poder
real, claro.
Dejarse guiar por la lógica del bien común no impide los
autoengaños. No dudo de que un Juan Luis Cebrián, por poner
un ejemplo del mismo entorno de Pradera, también creía que
obraba por el bien común. De hecho, no me sorprendería que lo
siguiera creyendo hoy. Sin embargo, no es difícil leer la vida
profesional de Cebrián como una larga serie de decisiones
oportunistas, incluso en un sentido crematístico, por más que,
durante un tiempo, ese oportunismo suyo pareciera coincidir
con el bien común.
Creo que la comparación es improcedente. Cebrián es alguien con
una extraordinaria capacidad para organizar, controlar y dirigir una
redacción de periódico, como hizo en El País durante doce años,
entre 1976 y 1988. Ese me parece el momento más alto de su
trayectoria profesional. Después ya entra en otra guerra. Pero en el
caso de Pradera estamos hablando de un ideólogo con una
formación intelectual –en ciencias políticas, en ciencias sociales, en
historia y pensamiento– muy superior a la de Cebrián y a la mayoría
de la redacción. Entre otras cosas, porque Pradera ha sido editor en
términos reales, profesionales, en Alianza Editorial, de todos los
grandes textos en esos campos. Ahora bien, esta rara pareja que
hicieron Cebrián y Pradera funcionó. Cebrián fue un buen técnico.
Supo organizar una redacción cuya edad media era de 30 años.
Pradera, a su vez, supo dirigir intelectualmente esa nave desde una
autoridad respetada: les llevaba diez años y tenía un aura
inconfundible de resistente veterano.
¿ Y Jesús de Polanco?
Polanco entiende que esa es la operación: respetar la independencia
de la redacción –muy, muy de izquierdas– y asegurar que el consejo
de administración no intervenga en ella, aunque esté cada vez más
encabritado con la línea editorial del periódico.
¿Para Polanco esa postura era menos ética que comercial?
Es una combinación de las dos cosas. Polanco tiene un enorme
respeto por Pradera, como lo tiene el cofundador del periódico, y de
Alianza, José Ortega Spottorno. De hecho, Polanco es el primero que
le dice a Cebrián que tiene que hablar con Pradera. Polanco,
además, sabe que, si quiere hacer un negocio real, se ha de conectar
con lo que es el futuro democrático del país. Hay un oportunismo allí,
desde luego. Pero me parecería mezquino reducir esa estrategia,
que le costó muchos disgustos a Polanco con la empresa, al único
objetivo de hacer un negocio más boyante. Sería muy poco justo con
ese momento.
¿ Y después?
Es verdad que luego, en los años noventa, todo cambia. ¿Por qué?
Pues porque, como decía Pradera, el PSOE toma por asalto el poder
del Estado. Por eso, desde muy temprano, Pradera empezó a escribir
muy críticamente contra los socialistas. Tardó en romper con Felipe
González, hacia el 90 o 91, por el caso Juan Guerra, pero el marcaje
político al gobierno empezó prácticamente en diciembre de 1982.
Luego se recuperó la amistad, aunque tardaron mucho.
Y con Cebrián, ¿siguió llevándose bien?
Tanto en los años finales como antes, la relación fue puramente
profesional. No había relación amistosa, no se iban a tomar copas.
Pero la clave del secreto del funcionamiento estuvo en que se
respetaron en público. Pradera honró siempre el papel de Cebrián
como director del periódico. El que mandaba finalmente era él. La
discusión en público, por tanto, nunca era con Cebrián. Lo que no
quiere decir que luego no pudiera irse al despacho de Cebrián a
decirle lo que fuera. Pero siempre en privado.
En el libro, cita una carta de Pradera al editor José Martínez,
de Ruedo Ibérico, en la que pone verde a Semprún por
su Autobiografía de Federico Sánchez. Le pide a Martínez que
no le diga nada a Semprún. Escribe: “Trataré de decirle lo mismo
con palabras eufemísticas”.
Porque se conocían desde principios de los años 60, pero luego,
cuando publica un artículo sobre el libro de Semprún, en enero del
78, de eufemismo no hay nada. Se molesta de verdad Pradera por
los silencios y omisiones en los que incurre y por la hosquedad y la
agresividad de Semprún hacia sus antiguos compañeros de partido,
incluidos los más abnegados, los más sacrificados. Pradera se
cabrea porque Semprún va demasiado de víctima inocente, sin
culpa. De alguien que está por encima del bien y del mal. Pradera le
viene a recordar que era su jefe y él estuvo a sus órdenes en una
estructura estalinista. Pradera, que también había sido estalinista, lo
sabía bien. ¿Qué carajo iban a ser todos ellos si no?
Bueno, en su biografía usted matiza el estalinismo de Pradera,
retratándole como una especie de “desestalinizado nativo”, una
condición que después facilitará su conversión a la
socialdemocracia. Esta conversión, ¿cuándo ocurre?
Desde principios de los 70 empezó a darse cuenta de la inviabilidad
de la revolución y la funcionalidad efectiva de la socialdemocracia en
Europa. Pero seguramente la aparición de Felipe González es lo que
le dió el empujón decisivo.
¿Porque González desvincula al PSOE de su tradición marxista?
No, eso sucede más tarde: ya en 1978, Felipe avisó de la restricción
electoral que supone definirse como partido marxista, y Pradera
apoyó esa declaración explosiva y muy mal recibida por su militancia.
Como dice Clemente Auger, Pradera lo apostó todo a Felipe –es
decir, no exactamente al PSOE y desde luego nada a Alfonso
Guerra– por su talante, su inteligencia, su rapidez mental, su
capacidad de absorción. Por la esponjaque es Felipe, como le
llamaban los amigos, que aprendía a toda castaña. Por ser capaz de
interiorizar la complejidad de la política real, la de la verdad.
Felipe González, por cierto, diría yo que es de los que envejecen
pronto y mal. ¿Cuándo se da cuenta Pradera de que González ha
dejado de ser el Felipe con el que se encandiló en los 70?
No creo que Felipe González envejeciese temprano y mal: aprendió y
aprendió muy rápido, pero pareció pasarse de frenada, sobre todo
con la segunda legislatura y la huelga general de 1988, con la
sorprendente y fulminante rectificación inmediata que promueve.
Pradera escribió un artículo en el que se preguntaba: “Si se podía
rectificar, ¿por qué no lo has hecho antes?” Lo cual no disminuye la
enorme lealtad de Pradera a la figura política de Felipe González.
¿Una lealtad basada en un recuerdo de lo que había sido?
Y también del balance global inequívocamente positivo pero
progresivamente desmoralizador, al menos desde 1990, con el
primer caso de corrupción, hoy irrelevante, pero mal gestionado por
González. Lo que le reprochó a Semprún, precisamente, fue que no
tuviera esa lealtad con aquello que uno había sido y se convirtiera
en anti-comunista. O anti-Felipe González. De ahí que no se toleró a
sí mismo hacerse antisocialista, y por eso debió aplazar la
publicación de su formidable libro sobre la corrupción española en
democracia, incluida la socialista. ¿Era crítico con Felipe? Sin
ninguna duda. Pero anti no.
¿ Y antifalangista?
Antifalangista abiertamente y sin ninguna duda.
Lo digo porque Pradera también militó en Falange.
Claro, pero hasta los 19 años, y naciendo en la familia en la que nace.
Si no eres falangista en aquella familia, ¿qué coño vas a ser?
¿Pero no es aplicable el mismo principio de lealtad a esa etapa
de su vida?
Por fortuna Pradera aprendió a cambiar sin perder coherencia, que
es lo más difícil. Pradera tiene un libro sobre el falangismo que no se
publica hasta después de su muerte, en el que intenta comprender la
ideología falangista. No es un libro antifalangista. Es un desmontaje
de las comedias, pamemas y camelos ideológicos que lleva dentro el
discurso falangista. Pero él no discute la honradez, incluso la
convicción con la que los falangistas se hicieron falangistas. Entre
otras cosas, porque lo fue él y porque lo fue Ridruejo. Como
menciono en el libro, recuerdo bien el día en que Pradera y yo
compartíamos un taxi y me dijo: “Jordi, las tres personas que me han
impresionado en esta vida como nadie son Ridruejo, Semprún y
Felipe”. Lo dijo así, como queriendo hacer una declaración formal.
Era una cosa muy de Pradera, estar mucho rato callado y de golpe
soltar algo así.
Gracias a José María Maravall pude acceder a unas cintas
maravillosas con una entrevista a Pradera de más de una hora en el
verano de 1972. Maravall estaba entonces haciendo la tesis doctoral
sobre la movilización antifranquista de los años 50. De esa
conversación, lo más importante para mí es lo que cuenta del
falangismo como vivencia y como creencia de un chaval de 16 años
que quiere cambiar el mundo y descubre que el falangismo no sirve
para cambiarlo –y el franquismo obviamente menos todavía–.
Hacerse comunista significó, en sus palabras, operar una inversión
totalitaria, lo que me parece un hallazgo.
Su libro describe a Pradera como “caja negra” o “disco duro”,
hombre en las sombras que dirige el país desde su despacho.
Lo que intento explicar es que ejerció en la trastienda el poder que
permitía opinar desde el medio más influyente y poderoso de la
primera democracia. Da instrucciones, sí, pero sin otro poder que el
de la autoridad que le asignan los demás, como el gurú que fue
entonces para la izquierda española. Y es esa autoridad la que hace
que la clase política y periodística no pierda ripio de lo que dice
Pradera.
Pero esa autoridad moral incluye la capacidad de castigar a
quien no le obedece. Una cosa es tomar en cuenta un editorial
de El País y otra es saber que, si no le haces caso, al día
siguiente habrá otro editorial que te castiga duramente por ello.
Castigar no sé si es la palabra o, mejor dicho, no lo es: mantener sus
posiciones firmes sí lo es, y valorar la acción política del poder y la
oposición con crudeza y sin muchos disimulos, también.
¿Pradera era un demócrata de verdad? Esa fe enorme que tiene
en su propio juicio, en su papel de guía de su país y sus élites…
¿no entra en tensión con una concepción democrática de la
cultura y de la política?
No tiene sentido la pregunta; no sólo es demócrata de verdad, sino
que está entre los primeros ideólogos de algo que casi nadie sabe
qué es en la España de 1977 y se llama democracia representativa –
en lo que casi nadie creía en la oposición antifranquista, por
supuesto–. Y como editor en Alianza desarrolla una labor
pedagógica cuyo espíritu hereda de Arnaldo Orfila en Fondo de
Cultura Económica y que, junto con Jaime Salinas, pone en práctica
en España. Entienden que la función del libro de bolsillo ha de ser
meter en las casas, en los coches –¡en las gabardinas!– de todo el
mundo libritos muy baratos con el más alto pensamiento de la
tradición occidental, incluido el presente, desde Horacio y Platón a
Keynes.
Pero una cosa es educar. Otra es escuchar, tomar en serio…
No tenía ese talante elitista o dogmático que sospechas, aunque
toleraba mal la estupidez ajena o los egotrips de mucho intelectual,
como Octavio Paz, por ejemplo. En música, sin ir más lejos, iba muy
pez. Sabía muy poco de música y le gustaba lo que nos gusta a
todos: Chaikovsky. A su hijo Máximo, que es buen músico, le
preguntaba culpablemente, ¿pasa algo si me gusta Chaikovsky?
Hay también un elitismo práctico. Si algo queda claro de las
memorias de Cebrián, y también de esta biografía de Pradera,
es que la cultura de la Transición está marcada por dos cosas:
primero, una enorme promiscuidad entre el mundo de los
medios, del Estado y de la cultura; y segundo, que son muy
reducidos los círculos que diseñan y construyen la España
democrática, entre llamadas nocturnas, citas secretas y cenas
en reservados de restaurante.
Yo no lo creo. Ese relato de la Transición es autocomplaciente con la
actualidad y cicatero con el pasado. Lo que pasó en la Transición fue
una movilización alucinante en múltiples sectores, y desde luego
también en el de las élites políticas e intelectuales. Basta con irse a la
exposición que organizó el Reina Sofía. Hubo mucho más: música,
cine, movimiento vecinal, cultura popular, feminismos, activismo gay.
Lógicamente, Cebrián y Pradera no están ahí. ¿Lo rechazan? No solo
no lo rechazan, sino que lo promueven activamente.
¿Pradera desconfiaba de un electorado marcado por el
franquismo sociológico? Si perseguía el bien común, ¿lo hacía
asumiendo que el pueblo quizá no entendiera cuál era ese bien?
Precisamente para eso El País quiso convertirse en un periódico
capaz de meter de inmediato a las voces más heterodoxas, más
radicales, más díscolas, de un Umbral a un Almodóvar pasando por
un Savater. El Savater de aquellos años es un formidable perfil
anarcoide y radical que irá aprendiendo las nuevas tareas del héroe,
por citar su libro de 1982. Por eso, precisamente, me parece muy
importante recordar los conflictos que causa el periódico como tal
con el consejo de administración. ¡No es el periódico que querían!
Querían uno liberal-conservador, como mucho, próximo al
reformismo franquista de Fraga y Areilza, y nada más: no hay
ninguna aportación socialista de capital, aunque esté el entonces
comunista y hoy ultramontano Ramón Tamames. En El País escribe
toda la izquierda española, la vieja y la nueva, incluida la ‘Movida’ y,
por cierto, en gran medida atraída por el jefe de Opinión, que fue
Pradera. Alguien un día hará el trabajo de mirarse de verdad las
páginas de Cultura y libros de El País durante los primeros diez años,
y se llevará una sorpresa de campeonato al comprobar la pluralidad,
riqueza y frescura de aquellas páginas –desde el cuidado al exilio
hasta la atención a las heterodoxias de cualquier signo.
Hasta que Babelia se convierte en escaparate de Alfaguara.
Eso viene después, en los 90, y desde luego no lo diría de esa
manera. En los primeros diez años, El País no es un poder ajeno a la
movilización de la calle en términos populares. Cosa distinta es que
Pradera llevase muy mal otra mutación que vive el sistema editorial
entonces –no sólo en España, sino en Europa, en Occidente y desde
Norteamérica–, que consiste en creer que la edición solo sobrevivirá
por vía de grandes concentraciones editoriales y creer que la edición
humanística puede obtener rentabilidades comerciales como las de
cualquier otra empresa. Y ahí es donde ya no entra.
Es la lógica empresarial de PRISA.
Claro. Pero después. En el momento en el que esto surge como
fenómeno empresarialmente real es cuando Pradera se va de Alianza
Editorial, en 1989. Y entonces Polanco lo refugia en el consejo de
administración de PRISA. Es la forma que busca Polanco de
agradecer a Pradera lo que había hecho y, al mismo tiempo, de
aprovechar su conocimiento del medio editorial e intelectual.
Pradera abandona el consejo de PRISA once años después.
Hay una extraordinaria carta de Pradera a Polanco que me pasó
Mercedes Cabrera que ayuda a situarnos de veras en ese momento.
¿Por qué se va Pradera del consejo? Porque cree que ha estado
durante diez años haciendo un papel irrelevante y testimonial,
mientras a la vez emprendía la aventura –felicísima– de la más
importante revista de ideas de aquellos años, Claves de razón
práctica. A Polanco le confiesa que en ese consejo él ya no pinta
nada y que ese ya no es su mundo.
Se refiere al mundo empresarial.
Claro, pero de una empresa que ya no es fundamentalmente una
editorial de periódicos y de libros.
Retrata a Pradera como una figura clave en varios momentos.
Hay dos formas de ver a ese tipo de figura clave. Una es que
fueron clave a pesar suyo: el papel que tuvieron estuvo
determinado por la coyuntura histórica, por lo cual lo pudo
haber tenido cualquier otra persona. Otra visión, más
tradicional, es que tuvieron un papel clave gracias a que ellos
mismos reunían una serie de rasgos y experiencias únicos. Para
el caso de Pradera, ¿hacia dónde se inclina?
Aunque suene antiguo o rancio, yo me inclino por esta segunda
explicación. Hay una confluencia grande de razones y de
circunstancias objetivas y subjetivas que justifican afirmar que la
peripecia de Pradera fue singular. Y luego resultó que esa
singularidad, que en el año 75 sólo se podía haber quedado en ser
muy buen editor, tiene una segunda vida que nadie podría haber
imaginado, ni él. ¿Qué hacía escribiendo editoriales y artículos
Pradera si no había escrito más que contraportadas y una tesis
doctoral que dejó inédita? Pues pasó que Polanco y Cebrián le
confiaron la dirección editorial del periódico a la vista de sus análisis
privados, conversados y del nivel de conocimiento real, directo, que
poseía de cada personaje de la transición en todos los ámbitos
políticos. Fue una herencia de su papel en el PCE y después del PCE:
generar sinergias. Hay una confluencia de azares, de coyunturas e
improvisaciones que hacen posible algo enteramente imprevisto, un
poco como la misma Transición: un afortunado conjunto de
improvisaciones, sin nada que ver con una supuesta planificación
secreta de lo que había de suceder, como Pradera repitió en directo
y siguió repitiendo en diferido hasta el final de su vida.
Habría sido un buen profesor.
Ha habido quien ha echado de menos que yo no subrayase más esa
auténtica vocación de catedrático de universidad, en el sentido
antiguo y solemne de los catedráticos de antes. Eso seguramente
estuvo en el talante, la figura en la primera juventud de Pradera,
aunque yo me resisto a creer que eso durase más allá de la
fundación de Alianza Editorial en 1988. Porque esa fue la auténtica
felicidad: el mejor oficio del mundo, decía, era la edición.
Describe la personalidad de Pradera con sus luces y
sombras. Habla de una “propensión autista”.
Algunos de sus más fieles han reconocido en el libro su
intemperancia, su hosquedad, su incapacidad para escuchar
sentimentalmente a alguien porque le ponía a él contra sus propias
cuerdas sentimentales. Lo del autismo fue la imagen que se me
ocurrió para trasladar esa impresión que muchos me transmitían de
un persona blindada e incapaz de penetrar en la dimensión íntima.
Igual es verdad que nunca acabó de digerir suficientemente la
muerte del padre y del abuelo y por tanto la ausencia de padre en
toda su vida. Ese chico tiene dos años y medio cuando se cargan a
su padre y su vida cambia del todo.
Menciona varias veces a su propio padre, Vicente Gracia, diez
años más joven que Pradera, pero, como él, periodista y
huérfano de padre. Me han sorprendido estas referencias
personales, poco comunes en sus otros libros. Cuando explica el
ambiente político de los 70, por ejemplo, escribe: “Durante
algunos años de mi adolescencia, lo primero que veía cada
mañana al levantarme era una pegatina del FRAP en la ventana,
seguramente tras el fusilamiento rubricado por Franco de tres
de sus militantes y de dos miembros de ETA en septiembre de
1975”.
Es verdad. Parte de mi propia formación política y de mi curiosidad
por el mundo del periodismo tiene que ver con que mi padre fue
periodista. Vicente se radicaliza entonces, como Pradera y como
todos, e imagino que la pegatina del FRAP que yo tenía puesta
seguro que era de Vicente. Yo era muy jovencito. Milité en las
Juventudes Comunistas con 14 o 15 años.
¿Cuánto duró?
Nada, me curé en nueve meses.