Verónica Ugarte
“La Hanukkah es una fiesta judía, que consta de ocho días, y cuyo fin es conmemorar la rededicación del Segundo Tempo de Jerusalén. También es conocida como La Fiesta de las Luces”.
Rafah Abu Jazar era su nombre. Sus padres sufren cada día y cada noche los misiles, las bombas provenientes de los soldados de Israel. Desde el 7 de octubre del 2024, Palestina arde en llamas.
Rafah Abu Jazar tuvo padres, vecinos, abuelos, ancianos, niños a su alrededor que corrían hacia los camiones que logran atravesar Gaza para lanzar comida, la cual llega, la mayor parte de las veces, destruida, o no es suficiente, nunca es suficiente, para paliar el hambre que padece una parte de la Humanidad, una vez más, lejos de los focos de atención.
Rafah Abu Jazar no pudo escuchar los gritos de sufrimiento, horror y desesperación. Los hospitales se quedan sin luz ni agua. Los medicamentos escasean, o se nos quieren hacer creer, ya que es muy posible que no quede ni uno solo. Es por ello que los médicos, dejando de lado el Juramento prestado, amputan sin anestesia.
Rafah Abu Jazar no era una terrorista. Nació en tiempos de guerra cruda. Nació en una tierra maldita. Nació en Palestina, donde los británicos, perfectos colonizadores y destructores, dejaron a todo un pueblo a su suerte cuando llegaron las víctimas de la Shoa. Cuando el mundo pensó que el mal se había acabado y los judíos al fin tenían una tierra para llamar suya.
Rafah Abu Jazar era palestina. Ese pueblo que un día es apoyado por Jordania y Siria, y al otro es abandonado a su suerte. Los palestinos siempre han sido considerados como árabes de quinta clase. El mismo Corán indica piedad y amor al prójimo. Otro libro sagrado que fue escrito mirando un cielo y tratando de entrever la sombra de algo tan magnifico y luminoso que los mortales no podemos ver.
Rafah Abu Jazar es una víctima más del Gobierno de Israel. Su Primer Ministro no será arrestado y es la muestra del cinismo, una vez más, y de la cobardía e intereses, una vez más, que se juegan y se discuten en despachos con tapices dorados, un buen whisky y un puro (y que sea cubano, al fin y al cabo Occidente hace lo que le apetece).
Rafah Abu Jazar no tendrá jamás una voz propia que se lance a luchar por sus derechos y los de su pueblo. Esa voz que sí tienen las víctimas del bárbaro atentado en las playas de Australia, cuando miles de jóvenes vivían una vida plena, y entre ellos, varios judíos, quienes comenzaban a iluminar las luces para el inicio de la Hanukkah.
Rafah Abu Jazar no tiene a los Jefes de Estado y de Gobierno más importantes del planeta exigiendo justicia. Las voces que siguen defendiendo a los palestinos son calladas, como en el Reino Unido, con cárcel, humilladas y censuradas como en Italia, abucheadas como en EEUU. Tengamos raciocinio. Europa no hace lo que debería. No lo hizo hace treinta años en Sarajevo. No lo hace hoy en Gaza.
Rafah Abu Jazar no sabrá nunca cuándo acabó el genocidio al que es sumido su pueblo. Murió a los ochos meses de edad debido al hambre y al frío.