Arthur Mulligan
Los ciudadanos de las democracias occidentales, sobre todo en Europa, no quieren la guerra ni sus muertos; en esto coinciden con los mercados y si a pesar de sus deseos esta se produce, cuanto menos dure, mejor.
Decía Maquiavelo de las guerras que se sabe cuando empiezan pero es muy difícil determinar su final, máxime en este caso dada la naturaleza del ataque y la falta de claridad de su propósito y objetivos aunque no de discreción.
Después de eliminar el primer día del conflicto al Ayatollah Ali Khamenei, este régimen de clérigos islamistas de carácter cuasi hereditario ha respondido con un despliegue de ataques con una estrategia deliberada de escalada horizontal: incendiar Oriente Medio dañando desde plantas desaladoras hasta aeropuertos de sus vecinos árabes e israelíes, incluyendo también las bases americanas de la región para secuestrar la economía mundial golpeando directamente los complejos industriales de producción de hidrocarburos en toda la región y paralizando la distribución de gas y petróleo especialmente necesaria en numerosos países de Asía.
Si en EE.UU. Trump ha sido atacado rápidamente por no haber consultado a nadie, sobre todo al Congreso, antes de embarcarse en una guerra potencialmente «sin fin», en Europa se daban lecciones de derecho internacional «dejando a los americanos e israelíes hacer el trabajo sucio», en expresión del canciller Merz, cuando no se apelaba ritualmente a un alto el fuego por parte de la Vice-presidente de la Comisión encargada de la pretendida política extranjera de la Unión, Kaja Kallas.
Entre tanto, Inglaterra, Francia y Grecia acudían simbólicamente en socorro de Chipre, un país miembro de la UE que a su vez era el primero que resultaba ser atacado por su flanco sur con misiles disparados desde el Líbano por Irán a través de Hezbollah.
Más ambicioso y enigmático, Emmanuel Macron a bordo del portaviones Charles de Gaulle, anunciaba la preparación de una misión para asegurar el paso de los estrechos de Bab -el-Mandeb y de Ormuz pero de carácter «estrictamente defensivo porque Francia es una potencia de equilibrio y no participa en esta guerra» (no vaya a ser que los intervinientes consideren esta misión como un acto de guerra).
España aprovecha el momento para retomar la posición flamenca más ajustada a la situación: sobre fondo de colores nacionales no tarda en adoptar una grave actitud heroica atendiendo a las circunstancias, un No a la guerra reivindicando el mantenimiento del orden internacional amparado en el derecho internacional con el envío de una moderna fragata en misión defensiva como escolta del defensor principal en portaviones.*
*La misión sigue siendo una idea en preparación, no un despliegue operativo. Francia y sus socios quieren organizarla cuando baje la intensidad del conflicto.
Mientras tanto, se discute en el G7 y entre aliados cómo garantizar el flujo de petróleo.
Después de 47 años, el pueblo iraní ha sido secuestrado y con él la totalidad del Medio Oriente por un poder teocrático. Tras haber liquidado por medio de una violencia increíble cualquier veleidad de oposición en Irán, estos fanáticos han envenenado el mundo árabe con la ideología islamista.
El régimen de los mulás ha tratado de estrangular literalmente al Estado judío mediante tentáculos en Siria, Líbano, Irak, Yemen y Gaza, todas filiales del régimen islámico, ampliamente financiadas y armadas con miles de misiles y drones fabricados en Irán.
El terrorismo, a través de «proxys» o intermediarios, así como la toma de rehenes, son instrumentos rutinarios de la política exterior del régimen islámico. En estas condiciones, la desaparición de este régimen totalitario no es solo una cuestión existencial para Israel; lo es para todo el mundo occidental y para Europa en particular, que se ve directamente afectada por la importante inmigración musulmana llegada desde finales de los años setenta, una población susceptible de verse adoctrinada por la interpretación terrorista del islam que promueve el régimen de Teherán.
En estas circunstancias, el único objetivo de guerra que tendría sentido, y que justificaría el esfuerzo emprendido hoy por Estados Unidos e Israel, no podría ser otro que la erradicación de ese régimen y su sustitución por un gobierno surgido de un pueblo muy joven, que solo aspira a vivir en libertad e integrarse en la economía mundial. Al destruir sistemáticamente los programas nuclear y balístico de Irán, así como sus milicias en el extranjero, la guerra pretendería romper el candado de la prisión del pueblo iraní para permitirle abrir de par en par la puerta que lo mantiene encerrado. Pero para alcanzar ese objetivo en un país de 90 millones de habitantes, tres veces más extenso que España, una semana de bombardeos aéreos seguramente no bastaría y, en consecuencia, una guerra librada a medias, o interrumpida, no podría sino provocar un inmenso caos.
Porque los fanáticos que controlan el país no tendrían más que una idea en mente: vengarse del ataque estadounidense-israelí. Esos mismos retomarían acelerando con toda seguridad su programa nuclear y balístico, tratando por todos los medios de desestabilizar a las potencias de la región a las que acaban de atacar, y más aún a los Estados europeos o a los Estados Unidos, mediante el terrorismo.
Respecto a la situación interior de Irán, el terrible balance de la sangrienta represión de las manifestaciones de enero con decenas de miles de muertos y un número similar de encarcelados sólo ha podido debilitar un régimen marcado por el amplio rechazo de la población.
En el plano diplomático, Irán está completamente aislado, salvo por Rusia, que quiere apoyarlo pero no puede hacerlo plenamente, y China, que podría ayudarlo pero no desea implicarse más allá de vender, a alto precio, inteligencia y sistemas de armas.
Hoy mismo ambos países se han abstenido en una votación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condenaba los ataques iraníes con misiles y drones contra varios Estados de la región, exigiendo a Irán que detenga inmediatamente esos ataques, afirmando que esas acciones amenazan la paz y seguridad internacionales, y pide garantizar la libertad de navegación, especialmente en el estrecho de Ormuz, clave para el transporte mundial del petróleo y gas (13 países a favor, 0 en contra y las dos abstenciones mencionadas). La abstención evita asumir el coste de un veto, mantener una posición equidistante, y preservar relaciones en Oriente Medio.
No obstante, para Estados Unidos la guerra solo puede ser breve: existen tensiones en los arsenales de misiles, el coste alcanza mil millones de dólares al día, la ley de poderes de guerra de 1973 obliga a obtener aprobación del Congreso después de 60 días de operaciones, solo el 27 % de los estadounidenses la apoya y existe el riesgo de estanflación mundial debido al impacto en el mercado de hidrocarburos y en el transporte marítimo.
Es Israel quien encarna la mayor racionalidad estratégica, con una alineación sólida entre la visión a largo plazo de Benjamín Netanyahu, la planificación de las Fuerzas de Defensa de Israel (Tsahal) y la movilización de la sociedad en torno al objetivo de destruir la República Islámica y a Hezboláh, sin importar el coste ni la duración de la guerra.
El objetivo era provocar una ruptura entre el alto clero y los militares, dando al mismo tiempo una oportunidad a la sociedad civil y a la oposición iraní. Pero el régimen, tras 47 años de mentira y terror, sigue siendo resiliente y difícil de derribar sin el despliegue de tropas terrestres. Solo existen dos rebeliones potenciales: la kurda y la baluchí, con el riesgo de una guerra civil y de la fragmentación del país.
La gran amenaza estratégica que representa el régimen de los mulás para Israel, las monarquías del Golfo y las democracias occidentales, queda plenamente confirmada.
Irán sigue siendo el único país que ha desarrollado un programa nuclear no como disuasión, sino con el objetivo de destruir otra nación: Israel, que no lo amenaza y se encuentra lejos de sus fronteras.
En la era de los imperios, donde la fuerza prevalece sobre el derecho, Estados Unidos recuerda al mundo -incluidos China y Rusia- que sigue siendo la única potencia global gracias a sus capacidades militares. Pero también queda claro que esas capacidades no son ilimitadas. Además, la apelación ritual al derecho internacional pierde sentido frente a Estados basados en el terror interno y externo. En el mundo inestable, violento y sin reglas del siglo XXI, solo cuenta el poder duro.
Los Estados Unidos de Donald Trump se juegan su liderazgo mundial en una especie de ruleta: el éxito de una guerra corta, pero sin estrategia clara para gestionar una posible escalada. Todo ello bajo la vigilancia cada vez más inquieta de la opinión pública, los actores económicos y los mercados financieros.
Rusia pierde otro aliado, después de la Siria de Bachar Al Asad y la Venezuela de Nicolas Maduro, aunque se beneficiará de las dificultades de suministro de armas a Ucrania y de la subida de los precios de los hidrocarburos.
China continúa construyendo metódicamente un mundo posoccidental, presentándose como símbolo de estabilidad, promoviendo un nuevo multilateralismo alrededor de BRICS y rechazando intervenciones armadas exteriores – salvo la eventual anexión de Taiwán, que considera un asunto interno.
Europa, por su parte, sigue siendo espectadora de las transformaciones del siglo XXI. Está dividida: desde Alemania, que apoya a Estados Unidos, hasta España, que prohíbe el uso de sus bases. Permanece paralizada por su negación de la realidad, llamando a la negociación y a la desescalada incluso cuando se ve afectada.
También está atrapada en sus contradicciones, como Francia, que adopta una postura de neutralidad pese a haber firmado acuerdos de defensa con Catar, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, uno de los primeros objetivos potenciales de Irán tras Israel.
Cuanto más se acerca la guerra a Europa -en Ucrania o en Chipre-, más insiste el continente en considerarse alejado de ella. Así demuestra a todos los depredadores que es una presa que ya ha asumido su propia derrota.
Vaya sarta de frases manipuladas y errores de bulto. Los fanáticos islamistas iraníes no han envenenado a todo el mundo árabe, que es mayoritariamente sunita y por tanto desprecian a los chiítas iraníes, que por cierto son persas antes que árabes: ¡el fanatismo islamista viene de Arabia Saudí! Irán bombardeó una planta desaladora después de que le bombardearan una propia. España ha acudido al socorro de Chipre (¿se ignora o se obvia por interés?). España no ha ofrecido ninguna fragata para acompañar a Francia al Estrecho de Ormuz. El régimen iraní no ha tratado de estrangular a Israel, sino que se defiende, de ataques americanos e israelíes desde casi la caída del Shah. La desaparición del régimen totalitario iraní no es en absoluto una cuestión existencial para Europa. Irán no está completamente aislado a excepción de Rusia y China por más que prácticamente nadie apoye sus ataques respuesta a sus vecinos. La supuesta racionalidad estratégica de Israel no es un cambio de régimen sino la descomposición de Irán en reinos de Taifas al estilo Iraq o Siria, que permitan a Israel mantener su supremacía regional. Irán no ha desarrollado un programa nuclear para acabar con Israel sino para que EE.UU. e Israel no puedan seguir intentando un cambio de régimen: el primero que me hizo ver la paranoia defensiva iraní fue un general israelí en los años noventa!
Lo de que en el SXXI el derecho internacional ya no cuenta sino solo el poder duro no es un error; es una opinión completamente discutible. Y si fuera válida, le daría la razón a Irán en no respetar ninguna norma. En todo caso, el derecho internacional, como el nacional, se cumple. Y se respeta. Aquí no se puede abogar por la pena de muerte ni por la xenofobia ni el machismo. Como tampoco por la ley del más fuerte como norma para las relaciones internacionales.