David Rodríguez Albert
Si alguien creía que la fase imperialista de la historia estaba superada, los Estados Unidos de América vuelven a demostrarnos que para ellos sigue bien vigente. Con toda la impunidad y prepotencia que le caracterizan, Donald Trump ha lanzado una agresión contra Caracas que ha causado decenas de muertos y ha secuestrado al presidente Maduro. Organismos internacionales como la ONU, gobiernos de países como España y grupos por la defensa de los derechos humanos han criticado la violación de la legislación internacional y del principio de no intervención, pero la Casa Blanca ha vuelto a demostrar que el derecho internacional no tiene efecto si no existe quien lo garantice y si se impone el primitivo pero efectivo principio de la ley del más fuerte.
El pretexto inicial del narcoterrorismo se ha demostrado completamente falso y sin fundamento desde el primer momento. Aparte de la ausencia total de pruebas y del esperpento organizado en Nueva York, cabe volver a recordar la doble moral estadounidense a este respecto. Hace solamente un mes, Trump concedió un indulto presidencial completo al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, liberándolo de una condena federal en Estados Unidos por narcotráfico de 45 años de prisión. Este indulto fue anunciado en plena campaña electoral hondureña, con Washington respaldando públicamente al candidato conservador Nasry Asfura, aliado de Hernández.
Por si había alguna duda de que el narcoterrorismo ha sido una excusa, el autócrata Trump ha expresado de manera contundente que su objetivo es el control de un recurso estratégico como el petróleo. En el imperialismo gobernado por la extrema derecha ya no es necesario plantear justificaciones o engaños del tipo “extender la democracia”, “detener el terrorismo” o “poseer armas de destrucción masiva”. Estos subterfugios ya han sido superados, y en su lugar se instala un discurso claro, contundente y chulesco, más propio de organizaciones criminales y, por ende, más en concordancia con los rasgos distintivos del nuevo gobierno de los Estados Unidos.
Pero profundicemos un poco más en el objetivo real de la administración norteamericana. Recordemos que Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo y apuntemos también que el comercio internacional del mismo se realiza mayoritariamente en dólares, fruto del acuerdo de los Estados Unidos con Arabia Saudí en 1974. Así nacía el sistema basado en los petrodólares: la Casa Blanca ofrece protección militar y apoyo político a algunas dictaduras exportadoras del crudo, y los excedentes obtenidos por el comercio se invierten en bancos y deuda estadounidense. Este mecanismo permite reforzar la hegemonía financiera de Washington, financia sus enormes déficits públicos y permite el control político sobre naciones dependientes del dólar. En este contexto, los intentos de Maduro por diversificar mercados o usar otras monedas para el intercambio han representado una amenaza inadmisible para Donald Trump.
A todo esto hemos de añadir el agravante de que Venezuela ha pretendido la desdolarización del comercio del petróleo precisamente aumentando las exportaciones a China en yuanes. Obviamente, el ejecutivo estadounidense no puede permitir el crecimiento de la influencia del gigante asiático sobre su patio trasero, y más cuando Pekín está incrementando su presencia en América Latina mediante inversiones, acuerdos energéticos y financiación de infraestructuras. Así pues, la agresión a Venezuela ha trascendido cualquier consideración ideológica y se ha centrado en el frío terreno del cálculo económico, situando como elementos clave el control de los recursos energéticos, su comercialización en dólares y la disputa contra la creciente pujanza de China.
Durante estos días estamos comprobando que el imperialismo de la administración Trump no va a limitarse a Venezuela, apuntando a diversos frentes del tablero geopolítico mundial. El control del hemisferio americano comporta recurrentes amenazas a países como Cuba, Colombia, México o Canadá. Todo ello sin olvidar otros frentes, como Groenlandia (que centra el debate mediático actual) o Irán (que lo centraba hace unos meses). Los movimientos futuros de la Casa Blanca son impredecibles, pero la grave amenaza que representa el mandatario estadounidense para el mundo entero es más que evidente.