Mi primera juventud… sin redes sociales

Outis

Hago el ejercicio de reflexión. Pienso en mi vida escolar durante finales de los 80 y comienzos de los 90. Fueron buenos tiempos.

Correr para llegar a tiempo y hacer un quiebro de cadera para poder entrar antes que el profe al aula. Llevar encima diez libretas más los pertinentes libros si eras un friki (culpable) y estabas decidido a sacar las mejores notas, aunque tu espalda muriese en el intento.

Correr al kiosco para comprar a tiempo el diario y estar informado cada día. Ir a la biblioteca suplicando en voz baja que no se hubieran llevado el último libro acerca del que el profe había pedido un trabajo, y maldecirlo en voz alta por ponerte las cosas difíciles. ¿Recordáis lo que costaban los libros en inglés, si los encontrabas?

Quedar con los colegas a las cinco de la tarde para ver una peli. Y una vez más, plantado como un árbol porque te llegaban tarde echándole la culpa al metro y no a su falta de seriedad. Te callabas y les dejabas pagarte la entrada más las palomitas. Todo pecado tenía un precio.

Si te llegaban con un chisme, debías irte corriendo a un sitio seguro, fuera de oídos ajenos y de miradas que te conectasen con la línea de información. Y mantener lealtad a quienes no solo eran tu fuente de información, sino que también eran tus amigos. En las malas y en las peores. Ibas a sus casas y ellos venían a la tuya. Todos los padres se conocían y tenían red de apoyo para saber dónde dormía la pandilla. Comparado con mi madre, el GPS sirve para echarle mano a la pata suelta del sofá.

Veías a la gente cara a cara. Sabías que una cosa era tener valor y otra ser un maleducado. Contabas lo más importante de tu vida solo a quienes conocías de toda la vida, o a quienes te habían demostrado una lealtad a prueba de fuego. No sentías que debías demostrar nada, a menos que fueras un completo tonto.

Te enamorabas cara a cara. Salías, reías, todo de frente. Y de frente construías tu camino y vivías tu vida.

Pasan los años y te encuentras con que puedes echar mano de infinidad de información. Entonces viene tu verdadera prueba como ser humano pensante y decente: hacer criba. ¿Qué es importante y qué no? ¿Qué es real y qué no? ¿A quién conoces y a quién no?

Las redes sociales se alimentan mayormente de los dos grandes vicios humanos: el exhibicionismo y el vouyerismo. Se trata de compartir tu vida a través de mensajes, fotos, emoticonos. No sabes quién te lee, pero pretendes que sí que lo sabes. Los llamas amigos cuando solo son contactos. Subes fotos de tu pareja, de tus hijos, de tus vacaciones, de tu magnifica vida. Te exhibes y te sabes visto. Crece la necesidad y sigues, y vas a más. Cuentas dónde trabajas, cuentas cuánto ganas, presumes del coche nuevo que te compras mediante la mejor foto con pose de galán de cine. Paul Newman era un petardo a tu lado.

¿Exhibes tu vida o tu miseria interna? Esa es la pregunta.

Personalmente no soy activo en redes sociales. No demasiado. Busco la información que antes no tenía a mano. Leer los diarios internacionales es una gozada, pero también debes cruzar información para no tragarte un bulo. Descubres escritores, libros, destinos. Llegas a conectar con personas interesantes. Haces contactos. Pero el peligro de perder el norte y la cordura está siempre presente.

Yo he sido testigo de personas que cada día suben una foto de cómo empieza su día y cómo termina. Todo ello con la coletilla sabia del nirvana de turno porque hay una fama que proteger. ¿Fama o soledad?

También he visto el descaro de contar vidas ajenas y que esto derive en amenazas, juicios o llamadas a plena noche si se ha sido tan tonto como para dejar entrar en tu vida a alguien a quien realmente no conoces.

Las ocasiones donde casi siento pena por el ser humano que está esclavizado a las redes, han sido cuando cuentan que han encontrado al verdadero amor de su vida. A alguien a quien nunca ha visto, pero que en el fondo de su alma saben que es quien verdaderamente les entiende. Y lo tiran todo por la borda. Y se llevan el chasco. Y no hay marcha atrás. Solo porque no se ha querido aceptar que se ha creado y creído una fantasía al otro lado de una pantalla.

Todo con medida, se suele decir. Esa adicción sin fin a las redes, todas ellas, es un peligro real no solo para ti mismo, sino también para el verdadero mundo que tienes a tu alrededor.

“La vraie vie est absente. Nous ne sommes pas au monde.” Rimbaud

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