Verónica Ugarte
“… no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice.” Jorge Luis Borges
La tragedia y humillación que, en términos de popularidad y liderazgo representó la pérdida de la Guerra de las Malvinas, hizo caer el gobierno de facto de las Juntas Militares, las cuales gobernaban a la Argentina después que éstas, mediante golpe de Estado, hiciesen caer el Gobierno de María Estela Martínez, viuda de Perón.
A tal propósito, derrocar un Gobierno elegido en las urnas, se unieron Ejército, Armada y Fuerza Aérea. Si bien los derechos humanos durante el mandato de la segunda esposa de Perón fueron mermados y violentados, dando inicio a la llamada expulsión de rojos y comunistas de la Argentina, mediante la Ley de Aniquilamiento, las tres ramas de las fuerzas armadas argentinas vieron todo ello insuficiente, y al derrocar a María Estela, ocho años de desapariciones, secuestros, torturas y muerte empezaron.
Con el retorno de las elecciones, el nuevo Presidente, Raúl Alfonsín, dejó claro que uno de los propósitos para seguir adelante, y reconciliar a los argentinos era sentar bases sólidas de la democracia mediante la justicia. El nuevo Presidente sabía que la transición democrática hacia una paz duradera pasaba porque el país se estableciera sobre el Estado de Derecho, sobre el principio democrático básico: la igualdad de todos ante la Ley. Esto se traduce como justicia para todos, y llevar a juicios a quienes utilizaron la muerte como herramienta política.
Los argentinos reclamaron esa justicia, pero a través de un proceso judicial. Darle a los verdugos lo que ellos no dieron a sus víctimas: un juicio. Ese juicio no era contra las fuerzas armadas. Era contra quienes, dentro de ellas, habían sembrado el terror, las desapariciones de padres, hijos, hermanos… Quienes habían expulsado del país a intelectuales y a jóvenes. Quienes mediante los llamados vuelos de la muerte, los subterráneos de la Escuela Superior Mecánica de la Armada, asesinos nocturnos o diurnos, a ellos, se les dio un juicio civil, no militar, todo un hito en la Historia de la Humanidad.
El Juicio contra las Juntas era imperativo. No es posible que una democracia funcione adecuadamente si se pierde la confianza en la Justicia, ya que ésta es el garante de la Constitución y del Estado de Derecho. Sin ellos, no puede existir una democracia constitucional.
Raúl Alfonsín pensó en las próximas generaciones, no en las próximas elecciones, y por ello su valiente acto y decisión política fueron clave para la reconstrucción de un país herido.
Los cabecillas del terror escucharon los testimonios de pocas de los millones de víctimas que ocasionaron con su infierno, con la obsesión por retirar del suelo argentino todo lo que para ellos era subversivo. Buenos católicos se declaraban. Patriotas al mismo tiempo. ¿Qué clase de locura y sin razón yace en el cerebro de quien mata a jóvenes que acaban de dar a luz y roban a sus hijos? ¿Qué clase de cristiano ferviente tortura mediante una cadena de deconstrucción humana?
A pesar de los todas las amenazas, el fiscal Julio César Strassera logró que los Jueces condenasen a Videla y a Massera a cadena perpetua. Cierto es que no era suficiente. Cierto es que Alfonsín tuvo que realizar concesiones ya que los militares golpeaban las mesas y el miedo volvía.
Pero el acto de justicia se había logrado. El camino iniciaba de nuevo. Los indultos debían realizarse, pero en la medida de una inteligencia que, de no haberla en el pasado, ni tan solo los juicios se habrían realizado.
En los años 2000 el presidente Kirchner inició el cuestionamiento judicial de la constitucionalidad de los indultos. Gracias a ello, éstos fueron declarados nulos y los condenados en los juicios cumplieron las condenas impuestas.
Desde 1983, Argentina vive en Democracia. Nos gusten sus presidentes o no, los argentinos tuvieron el arrojo que otros países no tuvieron, con ello perdiendo una oportunidad que pasó de largo.
En el principio, Borges, ese padre del Boom, apostó por los militares al hacer caer el Peronismo, pero pronto se dio cuenta de su error, convirtiéndose en una figura incómoda para las Juntas al criticarlas abiertamente en el extranjero. Asistió a uno de los juicios, escuchó con horror las palabras de un torturado, quien explicaba los cuatro años de detención como si fuese una cosa normal. Había perdido el alma durante su lucha.
Afortunadamente, Argentina no pierde la suya.