Juanjo Cáceres
El pasado lunes, alrededor de las doce del mediodía, una publicación de Facebook me avisaba del fallecimiento de una persona cercana. Quizás no cercana en lo espacial o en lo temporal, pero sí cercana en otro momento de mi vida. Sin su ejemplo y sus enseñanzas, no me habría interesado por algunas cuestiones, ni tampoco hubiera finalizado jamás una tesis doctoral. El que sabe cómo son los vínculos académicos, también sabe que esas relaciones son importantes. Y si con ellas no se ha entremezclado jamás ningún enfado, ningún desencuentro, ni ninguna mala palabra, perdura un vínculo entre ambas partes que solo la muerte deshace.
En algún momento pensé si este espacio podría dar pie a alguna forma de obituario, como ha ocurrido con algunos decesos recientes, pues méritos académicos había de sobras para hacerlo y van a ser pocos o apenas ninguno los que se hagan, pero no tardé en descartar la idea. ¿A quién le iba importar, al fin y al cabo, leerlo aquí o en cualquier otro lugar? Y qué inmodestia, también, intentar reseñar esa figura, cuando ya han transcurrido varios años desde la última vez que nos encontramos, precisamente en un espacio de carácter académico.
Pero me queda, no obstante, una incómoda sensación, que tal vez sí que le incumba más a este espacio. ¿Por qué me tuve que enterar, justamente, por redes sociales personales? ¿Por qué no ha existido otra forma mejor de recibir la noticia? Más directa, de persona a persona, o incluso más institucional, a través de la universidad de la que él formó parte o de las otras instituciones en las que ostentó cargos académicos de responsabilidad. Pues no, tuvo que ser por esa clase de medio y eso no es lo peor, ya que precisamente a mí no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer una doble publicación al respecto en dos de mis redes personales, con el escaso material gráfico al que podía recurrir sin vulnerar ninguna norma.
Ciertamente no es la única incómoda sensación que me queda. Como en otras ocasiones en el pasado, vuelvo a notar ese malestar de no haber hecho algo para interrumpir esos años de falta de comunicación, para saber cómo estaba y cómo transcurría en él el paso del tiempo. No en vano ha sido ese no saber lo que hizo que el deceso me cogiera por sorpresa. Y a pesar de todo, algo sabía: que los años pasan, que el periodo pandémico había tenido efectos sobre su salud… Pero ni eso fue suficiente para activarme y averiguar algo más: de persona a persona, sin mediadores ni redes mediadoras.
Quizás recurriendo a algunas de las palabras utilizadas en otras disciplinas sea oportuno hablar de relaciones duras y relaciones blandas. Las blandas podrían ser todas esas conexiones que establecemos con otras personas en nuestras numerosas y diversas redes, aquellas que en ocasiones permiten alargar las relaciones cuando la presencialidad no es posible o se vuelve menos probable. Luego, las duras, entendidas en un buen sentido, podrían ser aquellas más constantes, las que sabemos cuidar mejor a lo largo del tiempo y que se mantienen más allá del entorno familiar, donde la estrechez de los vínculos nos viene de fábrica, porque no solo sabemos de esas personas por cosas que leemos en redes propias o ajenas.
Pero en medio de toda esa blandura de interconexiones múltiples y diversas, que fácilmente contamos por cientos o por miles, sufrimos esos vacíos. Vacíos que deja lo digital. Vacíos en lo material, que de alguna manera golpean también en lo menos material que tenemos y que acabamos describiendo bajo el concepto de malestar psicológico o material.
Es un error pensar que las relaciones blandas son ilusorias, porque existen y porque sustituyen muchas veces los vínculos duros que ya hemos perdido o que ya no cultivamos. Pero son lo que son, para bien y para mal, y nuestro gen social necesita algo más que lo que nos ofrecen. De lo que perdemos o de lo que ya no tenemos me hace cada vez más consciente el inevitable paso del tiempo.