Pensamiento simbólico en crisis: neoliberalismo, autoritarismo y la deriva cultural contemporánea

Alfons Salmerón

El pasado sábado, en el marco del encuentro mensual que mantenemos un grupo de profesionales de la salud mental, tuvimos el privilegio de contar con la presencia de Steven Forti, politólogo y profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona, especializado en teoría política contemporánea y movimientos de extrema derecha. Su enfoque, deudor tanto de la tradición crítica marxista como de los estudios culturales británicos, nos ayudó a iluminar las formas en que la ideología autoritaria penetra en los tejidos más cotidianos de nuestra vida social y subjetiva.

Forti planteó que el auge de la extrema derecha no puede analizarse únicamente desde parámetros electorales o discursivos, sino que es también un fenómeno de subjetividad, una cristalización de afectos, resentimientos y vacíos simbólicos. Su intervención me llevó a una reflexión que resuena con fuerza en nuestra práctica clínica: la creciente dificultad que experimentamos como sociedad para sostener el pensamiento simbólico y construir espacios de una intersubjetividad creativa.

El proceso simbólico —esa capacidad para elaborar sentido, construir narrativas y tolerar la ambigüedad— parece estar hoy severamente erosionado. El sujeto contemporáneo, moldeado por décadas de hegemonía neoliberal, ha sido educado para la eficiencia, el consumo rápido de información y la respuesta emocional inmediata, en detrimento de la reflexión crítica. Como apunta Byung-Chul Han, vivimos en una “sociedad del cansancio”, donde el sujeto neoliberal se explota a sí mismo en nombre de una supuesta libertad, cayendo en una paradoja que lo lleva al agotamiento psíquico y a la pérdida de horizonte colectivo (Han, La sociedad del cansancio, 2010).

Este proceso de descomposición simbólica no es solo clínico, sino también político. Según Wendy Brown, el neoliberalismo ha transformado no solo las instituciones, sino también nuestras formas de subjetividad, promoviendo un tipo de racionalidad que debilita la ciudadanía democrática y refuerza la adhesión a soluciones autoritarias frente a la inseguridad existencial (Undoing the Demos, 2015). Es decir, el neoliberalismo no solo gobierna lo económico: gobierna el alma.

En esta línea, la psicoanalista Lola López Mondéjar ha explorado en profundidad esta transformación subjetiva en su ensayo Sin relato (2018), donde plantea que vivimos una época caracterizada por la desaparición de relatos articuladores, tanto individuales como colectivos. Esta falta de relato, de simbolización del malestar, deja a los sujetos desamparados frente a una realidad fragmentada y acelerada, y por tanto más vulnerable a formas identitarias autoritarias, que prometen orden y pertenencia sin pasar por el proceso de elaboración subjetiva. Como dice Mondéjar, “el relato se interrumpe cuando el sujeto no puede nombrar su sufrimiento; ahí es donde empieza a operar el síntoma”. Este “sin relato” no solo se expresa en la clínica, sino también en la política: la adhesión al autoritarismo es, muchas veces, una forma de suplencia imaginaria ante una falta radical de sentido.

En este contexto, una noticia reciente —la afirmación de que el coeficiente intelectual promedio ha descendido cinco puntos en las últimas décadas en algunas regiones del mundo desarrollado (Norwegian Ragnar Frisch Centre, 2018)— no puede leerse en clave biologicista, sino cultural. ¿Qué tipo de cultura estamos produciendo cuando la complejidad, la duda o el pensamiento abstracto se ven desplazados por respuestas binarias, inmediatas y emotivas?

Esto se conecta de manera directa con el resurgimiento de movimientos de extrema derecha en Europa y América. Como bien expone Enzo Traverso, el nuevo fascismo ya no necesita uniformes ni retórica militarista: le basta con apelar al miedo, al resentimiento y a la nostalgia de un orden perdido (Las nuevas caras del fascismo, 2019). Este “fascismo postmoderno” se alimenta de una ciudadanía desposeída de herramientas críticas, inmersa en una narrativa de competencia y exclusión.

Pero esta adhesión autoritaria no surge en el vacío. En los barrios obreros del siglo XXI, especialmente en las periferias urbanas castigadas por la desinversión y la precarización, el fracaso de las democracias liberales para responder a las demandas básicas ha abierto espacio para discursos anti-inmigración, no tanto por convicción ideológica, sino como forma reactiva de gestión del malestar. Pierre Rosanvallon ya advertía que sin una “igualdad relacional” —una experiencia compartida de dignidad, no solo de ingresos—, la democracia se vacía de sentido (La sociedad de los iguales, 2011).

En este clima de confusión simbólica y desplazamiento emocional, la cultura mediática opera como un teatro de proyecciones ideológicas. Esta semana, en España, se ha viralizado la teoría de que la mala posición de Melody en el festival de Eurovisión (antepenúltima) fue una represalia política por la postura del Gobierno español respecto al genocidio en Gaza. Más allá de la veracidad del argumento, su mera circulación como posibilidad revela el nivel de simplificación con el que se procesa lo político: una lógica de causa-efecto inmediata, sin mediaciones, sin análisis. El discurso se ha convertido en espectáculo.

Y bajando al terreno de nuestras condiciones materiales cotidianas, al día siguiente de la charla con Steven Forti, en una comida en casa con amigos de la infancia procedentes del barrio obrero de La Florida, en L’Hospitalet de Llobregat —el mismo barrio donde me crie—, la conversación giró en torno a la progresiva degradación que ha sufrido la zona a lo largo de las últimas tres décadas. Compartimos nuestra preocupación sobre la pérdida de poder adquisitivo del nuevo proletariado, el empobrecimiento del parque público de vivienda o la desaparición del tejido comercial, en un proceso de sustitución demográfica que ha convertido el barrio prácticamente, y por más que nos duela decirlo, en un gueto. El barrio sigue siendo el territorio en el que se incardinan y se expresan todas las consecuencias del neoliberalismo.

La Florida es uno de los barrios con mayor densidad de población de Europa, con más de 30.000 habitantes en apenas 0,38 km², y una renta per cápita de 8.641 euros, la más baja de L’Hospitalet. Esta alta densidad y baja renta han contribuido a una creciente vulnerabilidad social y económica, exacerbando las tensiones y facilitando la propagación de discursos excluyentes.

Frente a esta deriva, el trabajo psicoterapéutico cobra una dimensión ético-política. No se trata solo de sanar al individuo, sino de crear condiciones para que emerja un sujeto capaz de pensar, simbolizar y disentir. Como bien advierte Mondéjar, uno de los retos actuales de la clínica es precisamente reinstaurar la posibilidad del relato, de historia personal frente al caos del discurso social. En ese sentido, la función terapéutica es también una la labor de reconstrucción del lazo simbólico y político.

Hoy más que nunca, recuperar el pensamiento simbólico no es solo un objetivo terapéutico: es una urgencia civilizatoria.

5 comentarios en “Pensamiento simbólico en crisis: neoliberalismo, autoritarismo y la deriva cultural contemporánea

  1. «Extrema derecha 2.0», uno de los mejores libros. Forti se mueve mucho por Gràcia, especialmente en debates en la Libreria Italiana.

    El discurso social es verdaderamente un caos. Cada vez más deprimidos robot. Ansiedad. Un mundo que se come a sus hijos al estilo Goya.

  2. Buenas, quizás leeernos aquí y incluso a veces comentar es una forma fuerte de hacer algo en colectivo y combatir el autoritarismo.

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