Roma sin Papa  (I) 

En 2005 Francia y Holanda  rechazaron la Constitución Europea  por una combinación de motivos políticos, socioeconómicos y de percepción ciudadana. En Francia, influyó junto al temor a los efectos negativos de la ampliación de la Unión Europea con la llegada de inmigrantes del este y la deslocalización de empresas, una preocupación por la posible amenaza a los monopolios estatales y al modelo social francés hijo de las tres décadas gloriosas posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Pero también, en parte, y sin alcanzar en importancia a los mencionados, el rechazo se justificaba dentro del debate sobre la identidad europea como una defensa de la laicidad estricta frente a las referencias culturales inscritas sobre  las raíces cristianas promovidas por Giscard y otros que además pudieran reforzar la competencia de un islam agresivo que se percibe como uno de los enemigos culturales de una sociedad pluralista.

El miedo es libre e incendia los debates y  siempre es difícil cuantificar su incremento o disminución en el estado de ánimo de la ciudadanía en los momentos previos a los grandes cambios y desafíos; las mafias, los traficantes de droga y los terroristas, pasaron a disfrutar y utilizar de inmediato las ventajas de un mercado interior sin fronteras, sin control de los movimientos de mercancías, de personas y de capitales, mientras que la respuesta de la UE, el espacio de Libertad, Seguridad y Justicia no dejaba de ser tan solo un objetivo hacia el que se avanzaba muy lentamente.

A pesar de todo, los pueblos europeos y sus dirigentes son hoy bien distintos de aquellos que hace 45 años sacaron a Europa de la crisis del final de los 70, ampliaron con gran éxito la CE a España y Portugal, crearon un mercado interior sin fronteras tras el Acta Unica, avanzaron hacia la unión económica y monetaria y sentaron las bases de una posible unión política.

Pero no es el estudio del fracaso de la aprobación de una Constitución Europea como norma de normas lo que nos trae aquí sino la aparente contradicción entre la negativa a la aceptación de la influencia cultural del cristianismo en la identidad europea en los trabajos preliminares y la imagen de un protestante y un judío conversando solos, aislados de sus cortejos, y sentados en severas sillas en medio de nobles mármoles pulidos de un templo católico capital, acerca de un conflicto territorial violento que tiene su origen próximo en un criminal ruso que gusta de sostener cirios en ocasiones patrióticas de preferencia y en medio de las  graves e icónicas ceremonias de los templos ortodoxos.

A pesar de las exageraciones propias de los medios, la impronta reformista del pontificado de Francisco  y el alcance popular de su figura se ha visto reconocida por la abrumadora presencia de mandatarios reunidos para tributar su último adiós al obispo de Roma. 

En el centro de la escena un sencillo ataúd de madera a los pies del altar efímero parecía un mudo reproche a la ostentación del poder representado en la tribuna. Cincuenta  jefes de Estado contemplaban el despliegue litúrgico de las exequias fúnebres mientras dos dicharacheras ministras del gobierno de España se hacían un selfie.

Como soy católico nominal educado en los reverendos padres jesuitas  – cuyos sermones siniestros solo mejoraba la calidad de la prosa de un Edgar Allan Poe – no he desarrollado una viva simpatía por este miembro argentino que no volverá a ceñirse la mitra papal, que dio siempre la impresión de llevar sin entusiasmo, como un honor oneroso o faena fatal que le hubiera hecho el Espíritu Santo. Tal ambigüedad no debe de ser rara en los sucesores en la cátedra de Pedro, si bien en Francisco los extremos no parecían encaminarse a una síntesis aceptable o siquiera comprensible por una mayoría de fieles. 

Papa contradictorio, su bondad tenía un punto intransigente, su humildad algo de exacerbada. Ortodoxo en el aborto y la eutanasia, no le importó afectar incomodidad con otras páginas del catecismo. En materia social cabía catalogarlo como izquierdista, pero por ahí viene el problema: su condena de la pobreza se confundía a menudo con una censura del dinero que poco ayuda, a la postre, a los pobres.

Pero mis preferencias poco importan ante sus indudables logros de audiencia y simpatías que lograba concitar entre su grey populista. De los 135 cardenales electores que participarán en el cónclave, 108 han sido elegidos por Francisco; Benedicto nombró 23 y Juan Pablo II solo cuatro, es decir más democrático que un Congreso Federal del PSOE aunque con un inevitable sesgo jesuítico.

«Un cónclave no es un parlamento con distintos partidos políticos. Todos los cardenales van vestidos igual», afirma un vaticanista de pro, Eric Frattini.

4 comentarios en “Roma sin Papa  (I) 

  1. «El vicepresidente de EEUU considera «una señal divina» que se viese con el Papa un día antes de morir….»
    No se….pero da igual quien sea el próximo Papa…
    De quien no hay que fiarse es de Dios….

  2. Comparen.

    “…volverá a ceñirse la mitra papal, que dio siempre impresión de llevar sin entusiasmo, como un honor oneroso o faena fatal que le hubiera hecho el Espíritu Santo. Tal ambigüedad no debe de ser rara en los sucesores en la cátedra de Pedro, si bien en Francisco los extremos no parecían encaminarse a una síntesis aceptable o siquiera comprensible por una mayoría de fieles. Papa contradictorio, su bondad tenía un punto intransigente, su humildad algo de exacerbada. Ortodoxo en el aborto y la eutanasia, no le importó afectar incomodidad con otras páginas del catecismo. En materia social cabía catalogarlo como izquierdista, pero por ahí viene el problema: su condena de la pobreza se confundía a menudo con una censura del dinero que poco ayuda, a la postre, a los pobres”.

    Juan Claudio de Ramón. Diario El Mundo. “Francisco entre la verdad y el amor”.
    25-04-25

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