Sexto

Juanjo Cáceres

Lo impopular puede llevarte a la autocensura pero, en lo que a mí concierne, a medida que pasan los años, siento cada vez menos preocupación por los efectos inesperados de lo que digo o dejo decir. En parte porque soy consciente de mi inclinación a no decir siempre lo más acertado, pero también por lo innecesario que resulta andar siempre tan preocupado por la vida.

Partiendo de esta premisa, recordaremos que esta semana se cumplen 50 años de la muerte del general Franco, un evento que marca, sin lugar a dudas, un antes y un después gigantesco en la historia de España en su conjunto. Y felicitaremos al Gobierno porque, aunque de forma titubeante y poco convencida, se decidiera finalmente a llevar a cabo un ejercicio de memoria histórica durante el presente año, con ánimo de estar a la altura de la efeméride. Cosa que, por otro lado, no ha acabado de conseguir, ya que nada de lo realizado ha mejorado el conocimiento de los orígenes de nuestra democracia o de las causas de su llegada, y desde luego no ha reducido la simpatía de parte de la juventud a la dictadura en general y a la extrema derecha en particular. Pero bueno, a veces la intención es la que cuenta.

Ahora bien, hay también una verdad incómoda, a la vez que paradójica: la ausencia del Rey emérito. Una ausencia que, en mi opinión, supone una tremenda incongruencia. Sabemos de las andanzas del emérito y sabemos de sus abusos, pero no por ellos es menos rey de la Transición y, sobre todo, no por ello deja de ser la figura sobre la cual pivotó el resurgimiento de la democracia. Sabemos a ciencia cierta, pese a los excesos hagiográficos perpetrados durante décadas, que tuvo un papel muy activo para que las cosas acabasen siendo como fueron después, pese a la gran cantidad de intereses opuestos en aquel momento y las divergencias en las perspectivas sobre cómo debía hacerse, que tanto marcaron el periodo comprendido entre 1975 y 1981.

No se trata aquí de si a Juan Carlos de Borbón se le debe algo o no se le debe nada, pese a que el Rey de entonces podía haber puesto muchas más trabas a todo de las que puso, investido como estaba de todo el poder que le daba el régimen franquista. Más bien se trata de ser coherentes con los acontecimientos y también de ser responsables ante los últimos testimonios vivos que nos quedan de ese periodo tan decisivo. Que nos tengamos que conformar estos días con esas tristes memorias que ha perpetrado, hace flaco favor hasta a las mismas reclamaciones de responsabilidad y transparencia que le exigimos por sus presuntos delitos.

No está de más recordar que la inviolabilidad real establecida en el artículo 56 de nuestra Constitución garantiza su protección jurídica frente a cualquier denuncia civil o penal que se plantee contra su persona por hechos acontecidos durante su reinado. De ahí, de hecho, que su exilio tenga mucho de voluntario y que entre y salga del país cuando le apetezca. También que el tratamiento de su figura se ha asemejado tremendamente al recorrido de un péndulo: de ser casi un Dios entre nosotros, ha pasado a convertirse a un apestado que no puede andar tranquilo por nuestro país, y del que reniega hasta la Casa Real. Pero la perspectiva de los años también nos ha de ayudar a establecer hechos objetivables.

Y estos hechos son los siguientes. Fue el Rey que juró las Leyes fundamentales del Franquismo, para ayudar a desmontarlas después. Fue el Rey que señaló a Adolfo Suárez para que convocase unas elecciones democráticas y elaborase una nueva Constitución. También fue el monarca que juró, por primera vez, una Constitución democrática. Y al cabo de un tiempo, cuando el 23 de febrero de 1981, un destacamento ocupó y disparó en la sede de las Cortes Generales, dio un discurso donde informaba de la orden dada de garantizar el orden constitucional. Estos hechos no son relatos, sino, como indicaba, situaciones objetivables que nos indican el lugar que el monarca ocupó en esta historia. Otras narrativas dirán que fue poco menos que el artífice de la Transición o bien dirán que solo fue demócrata cuando se dio cuenta de que no podía seguir siendo franquista o que lo tenía todo planificado con Armada, pero todo eso no son más que narrativas. Lo cierto es que, cincuenta años después, pese a las biografías publicadas y pese a todo lo que hemos ido sabiendo, no disponemos de un relato histórico mejor, ni más preciso, que el que desde hace años se ha consagrado alrededor del papel que los diferentes líderes jugaron durante la Transición. Guste más o guste menos.

Y sí, teniendo en cuenta todo esto, me temo que Juan Carlos de Borbón debería formar parte de la efeméride. Cosa complicada, sin duda, teniendo en cuenta su historial delictivo, pero frente a la historia hemos de intentar ser siempre honestos y obrar en consecuencia. Esconder al Rey incómodo altera el relato y traiciona la memoria compartida, pese a que siempre exigimos que la memoria histórica sirva para explicar las cosas como realmente fueron, no para que unos hechos que ocurrieron después impidan celebrar los que sucedieron antes. Y creo que las instituciones habrían de haber sido capaces de adecuar esta actividad conmemorativa a tan especiales circunstancias.

Nada de esto es una defensa del monarca, aunque pueda parecerlo, sino un afeamiento a la manera de hacer las cosas. Tampoco una defensa de la monarquía, puesto que tan solo hace falta revisar los once años y medio de reinado de Felipe VI para comprobar que es una figura inútil e inservible, al que recordaremos meramente por hechos tan poco edificantes como el discurso del 3 de octubre de 2017 o la bronca de la DANA de 2024. Pero precisamente esa casa hueca que es la monarquía hoy en día y que también lo fue en los últimos tramos del reinado de Juan Carlos, contrasta precisamente con el hecho de que Juan Carlos I, en 1975, fue el último rey necesario para que España pudiera avanzar. Y al no contar con su presencia y no explicar, precisamente, que la fuerza de la actual democracia radica en no volver a necesitar un monarca y que eso hace posible avanzar de una vez hacia un régimen republicano, lo único que hemos conseguido es engañarnos y traicionarnos a nosotros mismos.

8 comentarios en “Sexto

  1. Joe, no se si contestar a lo de que el Rey actual es un inútil o a lo de que el Emérito debería figurar en los homenajes. En bastante desacuerdo con ambas argumentaciones entendiendo de dónde vienen pero aún así…

  2. Bueno, yo no digo que Felipe VI sea un inútil, digo que la figura de monarca ya no es útil, a diferencia del caso de Juan Carlos, que si fue una figura necesaria para transitar sigilosamente de la dictadura a la democracia sin que el proceso quebrase. Ahora simplemente estamos manteniendo unos derechos dinásticos por tradición y lo que también digo es que en todos estos años de reinado no ha habido ni una sola situación que demuestre que obtener la jefatura del Estado por herencia familiar sea imprescindible. Ni una sola, de modo que lo lógico sería que ese cargo fuera tan electivo como cualquier otro y eso ya sabemos todos como se llama. Las pegas respecto a que si mejor eso que partidos de extrema derecha en la presidencia de una república ya las conozco también, pero yo sigo prefiriendo que la jefatura del Estado la elijamos entre todos.

    Y respecto al rey ladrón, pues volviendo al principio repito que, tal y como se desarrollaron los hechos y sin negar el impulso cívico y social que la oposición democrática dio a la Transición -es ridículo negarlo-, reitero lo de que Juan Carlos fue una figura necesaria para transitar sigilosamente de la dictadura a la democracia y si ahora conmemoramos eso, habría que saberle encontrar un lugar o bien debemos hacer una narrativa distinta sobre esos años bien asentada en fuentes, archivos y datos. Pero seguimos metidos de lleno en la lectura clásica de la Transición, por lo que si esto es así, es así…

  3. Ejem…LBNL….ese dilema se disipará,cuando se tenga que hacer «un funeral de estado»…
    El libro de Memorias del Rey Emérito es una fotonovela de Lecturas.

  4. Entre que nadie acepta que la transicion, época dorada para algunos, no fue lo que tantos quieren hacer creer, y como bien afirma Juanjo Cáceres, la monarquía es una figura inútil, seguimosncomo estamos: comprando lo que nos venden. Eso si, el jueves me voy de farra.

  5. Bajo la apariencia condescendiente de la admisión del Rey emérito en la magna y fallida conmemoración de la muerte del dictador ayuna de los actos prometidos , Cáceres arremete sin argumentos contra el reinado ejemplar de Felipe VI y en especial contra su discurso del 3 de Octubre de 2017 que apoyaron el Partido Popular (PP), Ciudadanos y el PSOE valorando su defensa de la unidad de España, la Constitución y el Estado de Derecho.
    Es decir la inmensa e irreductible mayoría mayoritaria de la representación política española .
    El Rey y al sistema de Monarquía Parlamentaria que define la CE de 1978 fue refrendado por ( una vez más ) la inmensa mayoría mayoritaria de los españoles y por lo tanto nada le debe al dictador salvo que aleguemos , como los pésimos médicos , que sus errores provienen de las Facultades de Medicina.
    Podemos , Puigdemont , ERC y otros nadadores a contracorriente , de tanto tensar los músculos , boquean el poco oxigeno que suministran en botellas voluntarios del PSC en Barcelona.
    Desde luego que soy partidario de que el Rey emérito vuelva a su país en las mejores condiciones que determine la Casa Real y condicionado a servirla y por extensión , al servicio de España . Ni más ni menos.

  6. Quien defiende el discurso de aprobación de golpear a civiles indica la clase de pensamientos. No me obligue usted, Sr Mulligan a recordar las palabras del gran Pepe Rubianes acerca de la unidad de su España querida
    Y tenga más respeto. Juanjo Cáceres tiene mucho más talento y nervio del que usted jamás tendrá.

  7. El Rey , nuestro buen Rey , es incapaz de semejante bajeza , defender que se golpeen a civiles así como así y además nunca ha pronunciado esas palabras .
    Tampoco ha dicho nada del talento de Juanjo Cáceres ni si es más nervioso que un tal Mulligan .
    Pero sí le puedo asegurar que ya que estamos en la fantasía en caso de elegir , Su Majestad no dudaría y entre los tres , yo sería el preferido para portar la dignidad del Toison de Oro.

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