Verónica Ugarte
Hace pocos días nos enteramos que una criatura de tan solo cinco años estaba siendo víctima de bullying por parte de compañeros de escuela seis años mayores que ella. Le han golpeado, arrastrado por el suelo, y el colegio no activó el protocolo anti bullying.
Con pocos días de diferencia de suicidaron dos adolescentes de 15 años cada uno. No pudieron con el acoso escolar que recibieron durante años. Sus colegios tampoco activaron el protocolo y las quejas de los padres de ambos cayeron en el vacío.
Al fondo de todo, el intrínseco temor a ser llamado “chivato”, si se es testigo de este acoso cobarde. La ley del silencio por miedo a represalias, de la clase que sean. Mejor mirar hacia otro lado; mejor pensar que todo pasará y que tienes una gran suerte por no ser tu la victima.
Activar el protocolo le cuesta a los colegios, privados, concertados y públicos, puntuación y dinero, en unos casos. En todos, la imagen queda manchada.
¿Qué imagen me pregunto yo? La imagen idílica de que en el colegio no eres un número, sino parte importante de un amplio grupo que te lleva de la mano con risas y diversión hacia el desarrollo intelectual. Donde pasas algunos de los mejores años de tu vida. Donde estás seguro porque los profesores están preocupados por tu bienestar.
España se encuentra, dentro de Europa, a la cabeza en acoso escolar, llamado de gravedad grave. ¿Qué clase de profesores, directores, no son capaces de alertar, de dar parte, de frenar semejante enfermedad que existe desde hace años, pero no por ello no debe ser erradicada? Y la pregunta mayor, ¿qué clase de personas crían a matones y no castigan, no quieren ver, no dan la educación necesaria para no escalar, aún más, esta epidemia?
Se acosa a niños pequeños, autistas, al diferente. Les meten miedo, golpes, insultos. Y hay quien dice que un solo insulto no es acoso. Así se comienza, blanqueando algo no permisible, como un insulto, para que el niñato o niñata de marras se sienta libre, junto con sus amigos y amigas, de perseguir de manera impune a la víctima. De aislarlo. De que cada amanecer sea una tragedia porque no se quiere ir a la escuela. Se quiere evitar el calvario.
Como madre, no entiendo a quien dice que no se entera a tiempo de que su hijo lo pasa mal. Que su hijo tiene miedo. Soy la diana de las críticas de que “no es tan fácil”. Pero aquí viene la raíz de las respuestas: la educación familiar.
Hace muchos años cuatro hermanos adolescentes estaban esperando a los colegas para jugar beisbol. Calentaban con el bate cuando llegó un chaval de su edad llorando, y una ristra de cobardes persiguiéndolo para pegarle. El chaval mayor simplemente le dijo “ponte detrás de mis hermanos”. Esos tres se pusieron de escudo para proteger a ambos, a la víctima y a su hermano, quien cogió el bate e hizo que llovieran hostias hasta que los cobardes imploraron perdón.
Años después su hermana pequeña llegó llorando del colegio porque un compañero de clase la había insultado y tirado de la mochila. Al día siguiente uno de sus hermanos se personó en el colegio dejando claras las cosas a la profesora: esto no lo vamos a tolerar.
Dicen que la violencia no es respuesta. Y tienen razón. Pero tampoco lo es esperar que el colegio haga algo, porque tenemos un sistema podrido, y para ellos tenemos como ejemplo a la Asociación “Trencats” (rotos), nacida en 2021, cuando una joven de veinte y un años se quitó la vida al no soportar más el bullying. Su trabajo es crear conciencia entre profesorado, alumnos, padres, y los más importante: que el Gobierno Central promueva una Ley contra el Acoso Escolar.
¿Estamos a tiempo de reeducarnos o de obtener la educación para ser padres, profesores, alumnos? Porque a veces el maltratador es un profesor, una figura dentro del centro escolar. Porque para ser padres no nos piden un carné ni nos hacen un examen. Hay quienes afirman que ser padres es una carga compleja. Y es cuando reafirmo: dentro de la familia pueden estar todas las respuestas.
Esos cuatro chavales eran mis hermanos. Esa niña que llegó llorando a casa era yo. Y cuando mi pequeño tesoro me contó que la habían insultado en clase y la profesora no había hecho nada, al día siguiente me presenté en el colegio, como mi hermano hace años, y lo dejé muy claro: esto no va a volver a suceder. No volvió a suceder. Pero mi caso fue aislado, desafortunadamente. Años después me enteré por terceros de que varios niños del mismo colegio habían sufrido acoso y uno de ellos había intentado lanzarse a las vías del metro.
¿Qué clase de sociedad es esta, que no cuida de los más débiles?