Verónica Ugarte
¿Para qué sirve un Museo? ¿Cuáles son sus funciones? Dos preguntas simples que pueden llenar páginas de ensayos e intercambio de ideas. En el caso del MNAH, para un mexicano, la respuesta es sencilla: recordar nuestras raíces.

Visité el MNAH desde los 3 años hasta los 25, por lo menos 4 veces cada año. Excursión con la escuela, deberes para hacer resúmenes y trabajos; llevar a extranjeros que se morían por visitarlo. Y en este último caso, mi pecho se llenaba de orgullo. Mostraba mi país, mis raíces, o parte de ellas, más bien. Porque hay que recordar que el México actual es el resultado de un choque brutal de dos civilizaciones, que parieron otra, sacando lo mejor y lo peor de ambas. Decir México es decir mestizaje puro y duro.

México Tenochtitlán se encontraba sobre un lago. Ahí, después de su caída, mis antepasados españoles y mis antepasados indígenas, diseñaron y construyeron una nueva ciudad. Los restos de los templos y edificios aztecas quedaron destruidos o tragados por el agua.

Con el paso de los siglos, parte de esas piezas fueron saliendo a la superficie. Se fueron formando colecciones que los distintos Gobiernos Virreinales preservaron. No fue hasta 1964 que el actual MNAH fue inaugurado.
Diseñado por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, alberga en 70,000 m2 la más grande colección del legado indígena. A nivel mundial es respetado por su diseño, sus luces, la magnificencia del edificio. Para un mexicano, es el lugar donde se va a conocer, recordar y tener presente parte de su pasado.

Decía que desde los 3 años lo visité. Mucha gente puede llamar a esto alienación. Yo agradezco, después de haber visitado y explorado otros museos, que desde pequeña haya yo pisado ese Museo. Cada rincón, cada pieza es una emoción, un recuerdo, un saber.

¿Saber qué? Saber quién soy, saber de dónde vengo. Hacia dónde voy, eso solo yo puedo decirlo. Pero mirar atrás, recordar esas visitas, recordar las explicaciones de los guías y profesores, hace que no olvide mis orígenes.
En mi autoexilio recuerdo las palabras que Alfonso Reyes, un intelectual mexicano, decía: “Para ser genuinamente nacionales, hay que ser tremendamente internacionales”.
Como decían los Mayas: “la tierra no es de uno; uno es de la tierra”.
Este texto lo escribí hace años. Huele a polvo, alienación y nacionalismo de la peor especie. No hay peor que una bandera, un himno y una gesta para hacer borrar de la mente del vulgo los verdaderos problemas que los Gobiernos no acatan.
Por un lado del charco, desigualdades, corrupción, violencia, narcotráfico. Del otro, una Seguridad Social rebasada; el problema de la vivienda y la falta de claras oportunidades laborales expulsan cada día a los jóvenes hacia Holanda, Alemania, incluso al cono sur.
En todos lados se cuecen habas. Allá pasó el 15 de septiembre. En Madrid, besamanos al hijo del exiliado con millones.
Que cada uno saque conclusiones. No puedo estar orgullosa de ser mexicana porque me vino dado. Si acaso estoy orgullosa de hacerme quitado el nacionalismo casposo y de poder leer escritores que me han acompañado en diversos viajes. Esos que no van con porro pero si con baños de realidades. Esas que hacer pensar y reflexionar. Un logro inmenso.