La COP30 no detiene el desastre climático

David Rodríguez Albert

El planeta ya ha cruzado un umbral que durante años se presentó como un límite infranqueable. El famoso 1,5 °C, convertido en línea roja y mantra político, está prácticamente superado. No lo dicen activistas apocalípticos, sino el propio Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP). Con las políticas actuales, el mundo se encamina hacia un calentamiento que lo superará en la próxima década. Y, sin embargo, seguimos actuando como si bastaran pequeños ajustes, declaraciones solemnes o nuevas promesas para detener lo que ya es un proceso global de desestabilización.

Porque el problema ya no es solo la temperatura media, sino el equilibrio general del sistema climático. Y ese equilibrio está quebrándose. Islandia lo dijo sin rodeos hace apenas unas semanas: el posible colapso o fuerte debilitamiento de la AMOC (la gran cinta transportadora de calor que estabiliza el clima atlántico) es una amenaza existencial para su seguridad nacional. Si la AMOC se ralentiza, el norte de Europa podría sufrir inviernos más duros, alteraciones agrícolas, riesgos energéticos y colapsos en infraestructuras que nunca se diseñaron para cambios extremos. Mientras tanto, el sur de Europa, y en particular el Mediterráneo, seguirá sobrecalentándose. Lo que hoy vemos como veranos “excepcionales” (temperaturas que superan los 45 °C, sequías sostenidas, incendios que avanzan a una velocidad incontrolable) será la nueva normalidad. Un continente fracturado climáticamente, con frío extremo arriba y calor insoportable abajo.

En este contexto, la COP30 celebrada recientemente en Brasil tenía una nueva oportunidad de demostrar que la política global estaba a la altura de la emergencia. Pero volvió a dejar esa sensación amarga de tantas cumbres anteriores: avances parciales, cifras que no transforman, mucho lenguaje diplomático y poca realidad. Se habló de financiación climática, de adaptación y de protección de bosques. Pero lo esencial, la reducción real y rápida del uso de combustibles fósiles, quedó una vez más enterrado bajo compromisos futuros, hojas de ruta que nadie cumple y marcos “voluntarios” que dependen, en última instancia, de la buena voluntad de los mismos actores que llevan décadas retrasando decisiones.

Porque la política internacional del clima no está fracasando por falta de información, ni de tecnología, ni de alternativas. Está fracasando por una concepción de la política subordinada a intereses económicos que siguen operando con una lógica del siglo pasado: maximizar beneficios hoy, aunque eso implique destruir el mañana. Gobiernos que hablan de transición energética mientras aprueban nuevas licencias de explotación de petróleo y gas. Empresas que anuncian objetivos de cero emisiones mientras invierten miles de millones en seguir expandiendo infraestructuras fósiles. Y un sistema financiero que continúa premiando los sectores que aceleran la crisis en lugar de apoyar a los que podrían frenarla.

La crisis climática es también una crisis de desigualdad. Y hoy esa desigualdad es más visible y más cruel. Quienes menos emisiones han generado (comunidades rurales, países del sur global, barrios pobres de las grandes ciudades) son quienes pagan los impactos más duros: desplazamientos forzados, pérdida de cosechas, aumento del precio de alimentos, enfermedades vinculadas al calor extremo. Mientras tanto, los grandes emisores siguen negociando márgenes, tiempos y excepciones para no alterar su modelo económico.

Cada día que pasa sin una transformación real, la brecha entre los discursos internacionales y la experiencia trágica de millones de personas se amplía. La pregunta ya no es si tenemos la capacidad técnica para actuar. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a cambiar un sistema político y económico construido para proteger privilegios, no para garantizar la supervivencia común. La COP30 no ha detenido el desastre climático. Pero lo más preocupante es que tampoco ha creado las condiciones para que el mundo empiece a detenerlo. Seguimos atrapados en una política que prefiere gestionar la crisis en lugar de evitarla, que se mueve al ritmo que permiten los lobbies, no al ritmo que exige la ciencia.

Las advertencias de Islandia, los datos del UNEP y la experiencia directa de los fenómenos extremos no dejan espacio para dudas. La crisis climática no espera, sino que actúa, golpea y hace daño. La historia nos está ofreciendo las últimas oportunidades para decidir qué tipo de civilización queremos construir. O empezamos a cambiar ahora o el problema se intensificará con un clima fuera de control. No podemos posponer más la oportunidad de actuar mientras todavía queda algo para defender.

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