Alzar la voz

Meritxell Nebot

La semana pasada fue intensa para el profesorado en Cataluña. Organizados en asambleas, docentes y personal educativo decidieron seguir adelante con los cinco días de huelga pactados. La decisión no salió de la nada. El curso se inició con consultas sobre el malestar docente, días de movilización delante de los centros y manifestaciones. El Guvern decidió ignorar las protestas e incluso esquivó en más de una ocasión sentarse a negociar con los sindicatos. Así fue como en las asambleas se empezó a hablar de huelga indefinida y se comenzó a tomar el pulso a los claustros de los centros para valorar la capacidad de movilización del colectivo. Después de la gran manifestación del 11 de febrero en Barcelona, el Departament d’Educació se sentó a la mesa de negociación, hecho que fue ampliamente celebrado a pesar de saber que los giros de guion eran más que posibles. La sorpresa no se hizo esperar y llegó de la mano de CC.OO. y UGT que, con un acuerdo ya pactado de antemano, a espaldas de los sindicatos mayoritarios en educación (USTEC-STES, CGT, aspepc-sps y la Intersindical) y, por consiguiente, de la gran mayoría del personal educativo, aceptaba unos mínimos de miseria que no responden ni de lejos a las necesidades reales de la educación de Cataluña.

A partir de ese momento las asambleas se multiplicaron. El rechazo que generó la decisión de dos sindicatos que, en el sector educativo, no representan a la mayoría, sirvió de mecha para acabar de encender los ánimos. La decisión de empezar una semana de huelgas tomó forma y la organización de las bases se empezó a consolidar. De forma simultánea en las cuatro provincias catalanas, se coordinaron acciones para hacer oír el malestar del colectivo. La autoorganización ha sido y está siendo clave para dar visibilidad a las reivindicaciones. Ante un gobierno que se niega a escuchar, alzar la voz es la única vía posible.

El viernes 20 fue un día histórico para la educación en Cataluña. Barcelona quedó inundada por una marea amarilla menos festiva que en ocasiones anteriores. La indignación es creciente y el malestar, evidente. Las columnas que avanzaron hacia el Parlament llenando las calles eran multitudinarias y el goteo de autobuses llegados de muchos puntos del territorio catalán, esperanzador. Muchos docentes comentaban cómo se vería desde el cielo, cómo serían las imágenes publicadas por los medios de comunicación una vez terminada la jornada. Pero durante las horas que duró la marcha ni un helicóptero sobrevoló la zona. Curioso. O no. Parece más que evidente que, el aparato mediático funciona como altavoz solo para unos cuantos. Las imágenes aéreas que han circulado por redes fueron hechas por vecinos desde sus casas en pisos altos situados en los alrededores de la manifestación. Ni una imagen desde un triste dron.

A primera hora de la mañana grupos de docentes cortaron carreteras y accesos a la ciudad de Barcelona. La indignación de los conductores fue evidente y los momentos de tensión inevitables. Un escenario así no es el mejor lugar para dialogar. Es complicado explicar a un motorista que ha madrugado y llega tarde al trabajo que nos movilizamos por el bien de todos y todas. Que nos manifestamos porque las condiciones de trabajo en los centros educativos son cada vez más complejas; porque los recursos humanos y económicos destinados para atender la diversidad en las aulas son totalmente insuficientes; porque somos de los docentes peor pagados de todo el territorio español y ya hemos perdido el miedo a incluirlo abiertamente en nuestras reivindicaciones. A esas horas de la mañana y con solo un café en el cuerpo, un motorista no está para reflexiones. Pero por lo visto ni él ni algunos transeúntes que, durante su paseo matutino diario, increpaban a las manifestantes a gritos de vayan a trabajar, panda de gandules. Siempre es más fácil juzgar que escuchar. Es probable que tanto el motorista como el paseante critiquen alguna vez en sus charlas distendidas con amigos y vecinos lo mal que está el mundo, la falta de educación de los jóvenes o la necesidad de que esto y aquello se enseñe en la escuela. Educación emocional, en la escuela. Educación afectivo-sexual, en la escuela. Seguridad vial, en la escuela. Y si ya, de paso, se enseñan contenidos, fantástico.

Lo que no ve la opinión pública es todo lo que conlleva, en el día a día de los centros, la falta de recursos que denuncian los docentes: aulas masificadas, alumnos con necesidades educativas muy específicas sin personal cualificado para acompañarlos de forma sostenida; equipos de asesoramiento insuficientes y sobresaturados, recortes en personal de atención educativa, cambios constantes de currículum sin el consenso del colectivo docente. La educación debería ser considerada una cuestión de Estado, no un tema menor. Hacerlo posible es cosa de todos y todas. En un mundo ideal, los maestros alzarían la voz, la sociedad daría su apoyo y los medios informarían dando una cobertura justa y transparente. Desafortunadamente, las cosas no son exactamente así. Si no nos toca de cerca, no escuchamos. El colectivo docente está movilizado y coordinado, pero no dispone de acceso directo a los poderes mediáticos. Periódicos y televisiones se llenan de entrevistas a los políticos y de tertulias con opinadores profesionales y, en pocas horas o días, toda la fuerza del colectivo parece desvanecerse. Si alguna vez entrevistan a las docentes es para hablar de cuestiones como la vocación o las anécdotas en las aulas, dándoles poco tiempo en antena. Es cierto que algunas maestras han desestimado propuestas para participar en programas de radio, pero en la mayoría de los casos no es porque no tengan claras las reivindicaciones, sino porque en una mesa de debate tenemos las de perder. Ese no es nuestro hábitat, por suerte. No quedamos bien parados si se nos invita a hablar con personas que dedican buena parte de su tiempo a redactar contraargumentos y a discutir de cualquier tema que les echen. Nuestras virtudes y habilidades se demuestran en las aulas no en las tertulias. Así que si el Guvern se niega a escuchar y el periodismo cubre con sesgo la noticia, la opción es salir a las calles, organizadas y unidas para hacer oír nuestra voz y buscar la complicidad de la opinión pública, porque una sociedad educada es una sociedad fuerte, justa y libre y eso, no lo olvidemos, nos incumbe a todos.

Deja una respuesta