Carlos Hidalgo
La Administración Trump hace tantas barbaridades al día que es muy difícil seguirle el ritmo. E incluso pararse a escoger cuál de las barbaridades que comete es la que merece la pena resaltarse a la hora de comentar la situación en los Estados Unidos.
Tal vez, como me gusta mirar las noticias de economía, sí que me gustaría resaltar que los EE. UU., que siempre rozan el pleno empleo, han dejado de crear trabajo en los últimos meses. Algo que es un poco extraño, teniendo en cuenta que ahora mismo no hay ninguna crisis económica en marcha, aunque las medidas del constructor metido a presidente tal vez la terminen desencadenando. Lo más obvio es decir que este frenazo en la creación de empleo se debe a la cambiante y absurda política arancelaria que, en lugar de crear puestos de trabajo en los Estados Unidos, los resta, porque muchas de las materias primas y productos semi-manufacturados que necesitan las industrias estadounidenses han dejado de llegar. O cuestan mucho más caros. Por poner un ejemplo que tal vez pueda sonar absurdo: en Estados Unidos no hay fábricas capaces de producir dados y fichas de juegos a gran escala. Por tanto, las grandes industrias jugueteras estadounidenses como Hasbro o Mattel, sufren un bruco parón, esperando encontrar proveedores que no sean de China o de México. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la industria del juego en Las Vegas o Atlantic City, que no solo ha visto su negocio desprovisto de algunas de sus materias primas, sino que además ha experimentado un descenso en el número de extranjeros que vienen a gastarse dinero en sus salones, temerosos de encontrarse metidos en una redada del ICE y deportados a Uganda sin juicio previo.
Otro ejemplo, más alejado de los juegos de mesa y de los de azar, es la redada que se ha hecho en Georgia, donde el ICE ha detenido a dos centenares de trabajadores surcoreanos (y a 300 de otras posibles nacionalidades) en una fábrica de las surcoreanas Samsung y LG. Muchos se encontraban en situación legal dado que contaban con un visado que les permite trabajar durante 90 días y habían ido a reuniones puntuales. Otros tenían un permiso temporal, dado que la administración estadounidense, en cuadro también gracias a la política de despidos masivos de Trump y Musk, se retrasa más de lo habitual en conceder los visados. Lo más gracioso es que ese golpe a las operaciones de la fábrica es un golpe autoinfligido de los propios estadounidenses, que imposibilita a los surcoreanos cumplir los objetivos de inversión y negocio dentro de EE.UU. de un tratado firmado hace poco por el mismo Trump.
El presidente, que despacha todas estas cosas como asuntos sin importancia, también ha cambiado el nombre del Departamento de Defensa (que tiene su sede en el famoso Pentágono y está presidido por el presentador de televisión y alcohólico Mike Hegseth) por el de Departamento de Guerra, un nombre que recuerda a tiempos decimonónicos pero que a Trump, que no ha hecho la mili, ni servido en las FFAA un solo día de su vida, le parece más viril.
De momento parece que Trump le interesa más usar a sus militares para ocupar las ciudades de su propio país. Ya lo está haciendo en Washington, lo hizo a medias en Los Ángeles y apunta ahora hacia Chicago. De hecho, ha anunciado lo de Chicago añadiendo “ahora sabrán por qué le he cambiado el nombre a Departamento de Guerra”. Aunque también es cierto que Hegseth está acumulando barcos de la Armada Estadounidense cerca de las costas de Venezuela. En principio, para ponerlos a combatir el tráfico de drogas, aunque en la práctica esto se ha traducido solo en la destrucción de una lancha en la que había 11 civiles, que han sido volatilizados en aguas internacionales sin juicio o agresión previa a los navíos estadounidenses, lo que viene a ser considerado ilegal por el derecho internacional.
Está por ver qué clase de “guerra” quiere Trump, pero en un país cada vez más polarizado, al que se somete ilegalmente a la ley marcial, en el que se persigue a los opositores políticos del presidente y que está gestando a la vez crisis de empleo, económica y sanitaria, hace temer que la guerra a la que Trump quiera dedicarse sea una guerra civil.