El mesías de garrafón no sabe obrar milagros

Carlos Hidalgo

Por supuesto, a los que desde hace tiempo denuncian que Trump es un demente, narcisista maligno, con cada vez menos autocontrol, no les sorprendió que el constructor de Queens se retratase a sí mismo como a Jesucristo sanando a un enfermo. En una imagen generada por inteligencia artificial generativa, recurso habitual de las personas perezosas o sin talento que buscan inflarse a sí mismas con trucos baratos.

Fue bastante gracioso, porque mientras que muchos vieron en ello una muestra más (y no la más grave) de la abismal estupidez de Trump, parte de su base electoral, consistente en evangélicos fundamentalistas y en algunos católicos demasiado conservadores, vieron en ello herejía, falta de respeto y, en un giro siempre más chalado de las cosas, como un signo de que Trump pudiera ser el Anticristo.

La realidad es que Trump es idiota. Es tan idiota como parece. Tan incompetente como parece. No tiene ninguna clase de plan en la cabeza, se deja llevar por sus impulsos más inmediatos, no asume la responsabilidad de nada y es incapaz de pensar en nada durante mucho rato o con mucha profundidad. Señal de ello es que los informes de la guerra de Irán se le presentan solo como presentaciones cortas en vídeo, seleccionando el metraje recogido por las unidades y dispositivos militares; y que Benjamin Netanyahu le convenció de entrar en esta guerra con una presentación muy visual y muy breve.

Todos los intentos que se hacen por racionalizar las acciones de Trump acaban estrellándose contra la vertiginosa realidad de su necedad infinita. Parafraseando a Nietzsche, no es solo que, al mirar al abismo, el abismo nos devuelva la mirada, sino que además bizquea y suelta ventosidades al hacerlo.

Por mucho que intentemos llenar esa sima inconcebible con supuestos planes maestros, tramas, conspiraciones y cualquier otro rastro de que pueda haber algo medianamente inteligente en Trump, no lo vamos a conseguir. Y solo estamos tratamos de proyectar nuestra propia inteligencia donde no hay ninguna.

A los legisladores estadounidenses de ambos partidos que han pedido que se someta a Trump a un test para ver si tiene demencia, o a los que exigen que empiece el procedimiento para declararle incapaz, no les falta razón. Pero tienen que luchar contra dos grandes inercias aliadas de la tiranía: el impulso de obedecer por inercia y la incredulidad ante el hecho de que el responsable de la Casa Blanca sea tonto de baba.

Esa incredulidad se refuerza cuando el tonto de baba ha sido elegido democráticamente. Cuesta mucho reconocer que se ha votado por un imbécil. Y mucho más por un imbécil peligroso. Porque es reconocer que nos hemos dejado engañar. Pero, eventualmente, ese pensamiento llega y si bien no hace falta expresarlo en público (por mucho que les gusten a los estadounidenses las autoflagelaciones en los medios), sí que se debe expresar mediante el voto.

Pero como aún queda mucho para las elecciones legislativas “mid-term”, el imbécil que se cree Jesucristo y que antes también había hablado de sí mismo como el candidato ideal a Papa de Roma, a presidente de Irán, a secretario general de la OMS o Premio Nobel de la Paz, pues a este imbécil, como decía, aún le quedan meses de ejercer su nulo autocontrol al frente del país más rico del mundo, con el ejército más poderoso del mundo. Y en ellos, en lugar obrar milagros, como él se veía a sí mismo en su autorretrato de Jesús obeso, seguirá causando catástrofes. Catástrofes que tardarán décadas en poder resolverse.

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