El muy devoto y muy incompetente alcalde de Madrid

Carlos Hidalgo

Me han irritado sobremanera las expresiones de deleite místico de José Luis Martínez-Almeida Navascués León y Castillo, alcalde de la muy infausta villa de Madrid, en el encuentro con el Papa en Cibeles, bien cerquita de su despacho.

Madrid estos días está cortada de arriba abajo. Por las obras que el poco previsor Almeida ha tenido a bien situar en puntos estratégicos de la ciudad, por las medidas de seguridad para los desplazamientos y actos del Papa y sin alternativas. No hay refuerzos en autobuses, no hay apenas refuerzos en el metro, se han cortado líneas enteras de la EMT pero, eso sí, se han puesto banderitas vaticanas a todos los buses y los primeros 30 minutos de Bicimad salen gratis. Si es que es consigues encontrar una bicicleta que no esté destrozada y te animas a pedalear por asfalto a 35 grados.

Esperanza Aguirre, que fue la persona que le apadrinó en política, solía mortificarle en público. “A Pepelu no le gusta trabajar”, “vamos a preguntar esto a Pepelu, que no tiene principios”, “Pepelu no dice la verdad ni equivocándose”. Y el entonces joven Almeida sonreía, riendo las humillaciones de la que fue su jefa.

El caso es que, opiniones de la muy antipática Aguirre aparte, Almeida es un alcalde desastroso. Bajo su mando Madrid está más sucia que nunca, atascada como no se veía desde los años 90 y con todo lo que depende del Ayuntamiento cayéndose a pedazos ante la complaciente mirada del alcalde que está encantado de conocerse.

En este Madrid en el que alcalde se encarga de exterminar árboles con cualquier excusa, los colegios públicos, cuyo mantenimiento e instalaciones dependen del ayuntamiento, alcanzan temperaturas que superan los 30 grados, poniendo en peligro la salud de niños y profesores, mientras que, en los plenos, el PP despotrica de la AEMET y dice que siempre han hecho casi 40 grados en mayo.

Almeida, que no desea que las empresas concesionarias de servicios públicos cumplan con sus cometidos. Las que tienen que mantener los parques no lo hacen, las que tienen que reparar el mobiliario urbano nunca ven los desperfectos. Las que se encargan de la limpieza de los colegios y guarderías encogen los metros cuadrados que tienen que limpiar y no pasa absolutamente nada. Hasta tal extremo la corporación de Almeida protege a las contratas, que cuando una guardería pública se quedó sin calefacción y agua caliente en pleno febrero, la junta municipal se aseguró de que desaparecieran las pilas de los termostatos, para que nadie acusara a la contrata de que no se cumplían las condiciones de confort térmico en el contrato que el propio Ayuntamiento había suscrito con ellos. Que hubiera bebés de 0 a 3 años azules de frío era y es alfo secundario para la visión del alcalde Almeida, sea esta la que sea.

Cuando se le preguntó al alcalde cuál era su plan para abordar el problema de la vivienda en Madrid, su orgullosa respuesta fue: “ninguno”. Y efectivamente, las medidas contra el sinhogarismo en Madrid son encoger los bancos para que nadie pueda dormir sobre ellos, restar recursos a los albergues y poner las viviendas públicas a precios de mercado, esto es: igual de caras que si fueran privadas.

Algo parecido ocurre con las unidades de asuntos sociales encargadas de combatir el absentismo escolar, la violencia de género o las situaciones de riesgo de pobreza. Todas ellas están subcontratadas a fundaciones, algunas de ellas muy rancias, muy opusinas y de muy invisible actividad, mientras que el ufano y dicharachero alcalde no ha tenido problemas en encontrar recursos para abrir una oficina “antiokupación”.

Martínez-Almeida se gana a pulso el ser el peor alcalde de Madrid, paradójicamente por seguir la máxima de toda su vida de hacer el menos esfuerzo posible.

Y al ver su místico gozo ante las canciones del grupo de pop cristiano “Hakuna”, me dieron ganas de recordarle a los niños que hoy mismo se asarán de calor en sus colegios y que Jesús dijo que a aquel que perjudicara a los pequeños, más le valdría atarse una piedra de molino al cuello y tirarse a un río. No es que me apetezca particularmente que el alcalde aplique la bíblica sentencia, pero no estaría mal si empezara a cumplir con alguna de sus obligaciones.

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