Globalización, mundialización y neoliberalismo

Aitor Riveiro

“Cuando teníamos las respuestas, nos cambiaron las preguntas�. Esta frase anónima, aparecida en forma de pintada en un muro de la universidad parisina de La Sorbona, durante la “revolución� de Mayo del 68, podría haber aparecido durante las manifestaciones que se celebraron en Seattle en 1999, en la que miles de ciudadanos llegados de los más diversos lugares del mundo protestaron contra la OMC, el FMI, la “Ronda del milenio�, en definitiva, contra el neoliberalismo. Fue en ese mes de noviembre de finales del siglo pasado cuando para el mundo surgieron dos conceptos que, aún hoy, está por determinar qué significan y qué consecuencias pueden tener. Globalización y antiglobalización. La una y la otra no pueden ser consideradas de forma independiente, pues ambas son hermanas; surgen a la vez, se alimentan de manera recíproca y, al menos en teoría, representan lo mismo: la solución definitiva a todos los males de la sociedad.

A día de hoy, nadie se atreve a dar una definición exacta de estos dos términos. O lo que sería más correcto: todo el mundo cree haberla encontrado y se apresura a lanzarlo a los cuatro vientos, en un tótum revolútum que, en vez de ayudarnos a entender, nos confunden cada vez más. No sabemos quiénes son los que dirigen ese nuevo orden mundial que, idílicamente, se ha dado en llamar la ‘aldea global’: nos bombardean con siglas, cifras, manifiestos y propuestas nunca antes oídas, justo cuando estábamos a punto de comprender qué era eso del estado de bienestar, el desarrollo sostenible o la sociedad del ocio.

Tras el fin de la Guerra Fría, la sociedad occidental parecía haber llegado a una serie de acuerdos mayoritariamente aceptados. Se aceptaron el libre mercado y la propiedad privada, a cambio de la consolidación definitiva de la democracia representativa como sistema político y el estado del bienestar como sistema social. La caída del Muro de Berlín, el despegue de los países del sureste asiático, la progresiva desaparición de los regímenes dictatoriales en Latinoamérica y una supuesta mejora en los niveles de vida de los países africanos, nos llevaron a pensar que ya estaba todo hecho y que lo único que nos quedaba era disfrutar de la vida y esperar a que el desarrollo fuera extendiéndose a todo el planeta. Francis Fukuyama lo bautizó como se hacen estas cosas, con un libro: ‘El fin de la Historia’; así, con mayúscula y todo.

El caso es que nos lo creímos. Era el fin de las ideologías, las derechas y las izquierdas firmaron un armisticio, la sociedad se sumió en un estado de aletargamiento y bajó los brazos, olvidándose que su función más importante, en tanto que sociedad, es la de controlar al poder político. Y el poder político, cuando los medios de control fallan, tiende a la corrupción.

Y de repente, nos encontramos con Porto Alegre, Seattle, Praga, el Foro de Davos, el desplome de las economías de los Tigres Asiáticos, el Black Bloc y el 11-S, el 11-M y el 7-J. Argentina se fue a pique, la inmigración crece de forma geométrica, las puntocom convirtieron los ahorros de la clase media en pérdidas multimillonarias. Y fuimos conscientes de que no podíamos controlar las decisiones que se tomaban en nuestro nombre.

Estos días se han celebrado, de nuevo, dos reuniones antagónicas. El Foro de Davos, en la rica Suiza, y el Foro Mundial, que ha tenido lugar en Nairobi. Ninguna de las dos citas ha copado grandes titulares. Sin embargo, los debates planteados son los de siempre.

La globalización, en tanto que proceso económico, tiene su origen, cómo no, en la sociedad estadounidense. La palabra en sí tiene precisamente una clara raíz anglosajona, por eso los franceses, haciendo gala de ese chauvinismo que tan a gala llevan, han preferido denominarlo mundialización y, a aquellos que se oponen al proceso, altermundistas. Si tengo que elegir, me quedo con la segunda formulación de lo que es una misma realidad. O mejor dicho, parecida. Ambas se refieren al proceso acelerado de caída de las barreras, que se ha producido en este final de siglo, en el movimiento de los productos y, sobre todo, de los factores de producción a través de las fronteras de los Estados nacionales. Todo ello favorecido por una estandarización y difusión de las nuevas tecnologías de comunicación. Sin embargo, la primera se ve a través del prisma de los neocons que dominan el establishment de los EEUU y que ven en ella una oportunidad de hacer negocios, buenos negocios. La segunda denominación tiene un componente más romántico, pues pretende una homogeneización de la sociedad mundial “para bien�. Aún hay más, mientras que para los valedores del neoliberalismo actual, aquellos que se oponen al proceso son anti (antiglobalización, antisistema, antidemocráticos, incluso), para la vieja Europa son alter (altermundistas, otro mundo es posible).

Y es que la antítesis globalización–antiglobalización no es del todo correcta. En realidad, como ya decíamos, ambas surgen a la vez y emplean las mismas herramientas: Internet, los medios de comunicación sociales tradicionales y, en definitiva, la utilización de catedráticos y expertos de todas las disciplinas posibles afectos a la causa. La batalla – y la podemos considerar como tal, a la vista de que sucedió en Génova, por ejemplo – es entre neoliberalismo y mundialización.

A partir de aquí, cualquier cosa puede pasar. Todos somos conscientes de que las grandes multinacionales están incumpliendo las reglas del juego. Sabemos que Nike se ha convertido en una marca que compra productos a un proveedor con sede en Kuala Lumpur, el cual adquiere la mercancía a una fábrica que bien pudiera estar en El Salvador o en China. La primera no se pregunta por las condiciones de los trabajadores de la tercera, mientras que la segunda suficiente tiene con estar atenta por si en Sri Lanka han dejado de matarse por unas minas de diamantes – propiedad de una firma holandesa, con sede social en las Islas Caimán, por cierto – y pueden, por fin, conseguir trabajadores a un centavo de dólar la hora.

Mientras tanto, en la Europa progresista y avanzada, miles de puestos de trabajo desaparecían misteriosamente, las grandes factorías cerraban y, en su lugar, se construían urbanizaciones privadas y vigiladas por circuito cerrado de televisión. En Argentina los ahorros que los ciudadanos creían a resguardo en los bancos se volatilizaban, a la vez que los guardeses de dicho dinero. Y en EEUU Worldcom y Enron dejaron a miles de trabajadores sin pensiones. ¿Quiénes han sido los responsables de este sinsentido?

No creo en las tan recurrentes teorías de la conspiración, que nos invitan a pensar en un grupo de malvados empresarios, con una copa de coñac en una mano y un puro en la otra, leyendo el Financial Times, reunidos en un lugar secreto, dirimiendo qué país iban a desplumar en los próximos diez días. Más bien me inclino por pensar que los mecanismos de control han fallado y que unas cuantas personas (muchas seguramente) en diferentes lugares del mundo han actuado mal. Ha fallado la sociedad al completo y, especialmente, aquellos destinados a velar por sus intereses: la clase política. Algo va mal cuando el G-8 (que representa a los gobiernos de los siete países más desarrollados y Rusia, no a un grupo de empresarios) tiene que reunirse en ciudades tomadas por la policía y el ejército, o cuando el Consejo de Europa (reunión de los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros de la Unión Europea) suspende, año tras año, la libertad de movimientos de personas que acordaron en Schengen.

El proceso de globalización-mundialización abierto no debe ser tomado como malo en sí mismo. La apertura de fronteras, el intercambio comercial y los procesos migratorios (controlados, eso sí) no son un síntoma, sino una evolución. Pero lo que sí tiene que ser revisado es cómo se articula la relación entre poder político y poder económico. No es de recibo que aquellos organismos que deciden sobre la economía mundial, presenten una opacidad tan flagrante como la del Fondo Monetario Internacional; este organismo es quien dicta a los países en vías de desarrollo qué políticas seguir porque, en caso de negarse, el Banco Mundial, otro organismo supranacional y no precisamente democrático en su composición, no concederá ese crédito que tanta falta le hace. No se entiende que se antepongan las leyes de la Organización Mundial del Comercio a las necesidades nacionales, impidiendo a los países más afectados por el SIDA la fabricación de fármacos genéricos.

El poder político tiene la obligación de ejercer un control enérgico del poder económico. Y la sociedad debe exigir a los gobernantes que legislen, ejecuten esas leyes y que articulen mecanismos que permitan, llegado el caso, juzgar a quienes se las salten. Marx entendía que la Historia no era más que dialéctica; el fin de la Historia no es tal, simplemente nos encontramos ante una sociedad diferente a la salida de la Revolución Industrial. En un momento determinado, dijimos: “Capitalismo puro, no; socialdemocracia, sí�. Quizá ahora tengamos que plantear: “Globalización, no; mundialización, sí�.

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