Dávid Rodríguez Albert
La globalización neoliberal, como última etapa del capitalismo que se ha ido afianzando a partir de los años ochenta del siglo pasado, se ha definido en las últimas décadas bajo los mantras ideológicos de la liberalización, la desregulación y la privatización. Este modelo ha promovido la apertura de fronteras para el capital, generando un mercado global en el que las grandes corporaciones han impuesto sus reglas y los Estados han ido perdiendo poder frente a intereses privados.
La liberalización de mercados ha obligado a los países de la periferia a competir en condiciones desiguales, mientras las transnacionales consolidaban su influencia sobre los gobiernos y distorsionaban el supuesto “libre mercado”. La desregulación, lejos de significar ausencia de normas, ha consistido en establecer legislaciones al servicio de los grandes grupos económicos, generando una especie de casino financiero global que desembocó en la crisis de 2008. Paralelamente, la privatización se ha convertido en un proceso de socialización de pérdidas, recortes en los servicios públicos y concentración de riqueza en manos de una élite económica que ha ido vaciando de contenido a las denominadas “democracias liberales”. En el ámbito laboral, el neoliberalismo ha impuesto una “flexibilidad” que ha significado precarización y fragmentación de la clase trabajadora, siempre en beneficio de las empresas.
A escala internacional, las cadenas de producción se han ido deslocalizando hacia países con menores salarios y la deuda externa se ha utilizado como herramienta de disciplina para los países del Sur Global, obligados a priorizar los pagos por encima de los derechos sociales. Instituciones como el FMI, el Banco Mundial o la OMC han sido actores fundamentales en la expansión de estas políticas, condicionando la concesión de créditos a reformas estructurales que han profundizado las desigualdades y debilitado la soberanía de los Estados.
Este modelo no solo ha incrementado las desigualdades sociales, sino que ha acelerado una crisis ecológica que amenaza nuestra propia supervivencia, mientras la guerra y la violencia se han utilizado como instrumentos para controlar los recursos naturales bajo la hegemonía de Estados Unidos, que ha ejercido su poder económico, militar y cultural para sostener este orden. Sin embargo, hoy observamos que este modelo atraviesa una crisis profunda, y sus propias contradicciones han impulsado el ascenso de la extrema derecha en distintas partes del mundo, mientras se mantienen algunos de sus mecanismos, lo que genera una etapa confusa y contradictoria que exige de un análisis complejo pero riguroso.
El segundo mandato de Donald Trump ha acelerado esta crisis con políticas proteccionistas, aumento de aranceles, retirada de acuerdos multilaterales y defensa de un nacionalismo económico basado en la reindustrialización. Su rechazo de las deslocalizaciones y su desconfianza hacia instituciones como la OMC o la OMS reflejan un giro que profundiza el colapso progresivo de la globalización neoliberal y marca la transición hacia un nuevo escenario internacional. Sin embargo, Trump sigue defendiendo algunos pilares neoliberales como la desregulación bancaria, los recortes fiscales para las grandes corporaciones, la explotación laboral o el negacionismo climático. Su apuesta no es una ruptura total, sino un paso hacia un capitalismo nacionalista donde los Estados Unidos buscan mantener su ventaja a través de mecanismos unilaterales en vez de normas compartidas, a la vez que abandonan aspectos claves del liberalismo por entender que la globalización está socavando su hegemonía a costa del ascenso de otras potencias, especialmente China.
Nos encontramos así en un mundo en transición, con un auge de las áreas de influencia regionales, un mayor proteccionismo, tensiones comerciales entre bloques, más conflictos de carácter híbrido y complejo, y un crecimiento de la extrema derecha, mientras se resquebraja la legitimidad de las instituciones globales. Este escenario multipolar abre oportunidades para potencias intermedias y para los BRICS, pero también aumenta los riesgos de enfrentamientos indirectos en zonas estratégicas como Ucrania, Oriente Medio o África.
Comprender esta crisis de la globalización neoliberal resulta imprescindible para transformar la sociedad en un sentido democrático. La lucha por la paz y la justicia social debe integrarse con el combate contra la crisis ecosocial, apostando por un decrecimiento socialmente justo y una planificación económica que sustituya la lógica del beneficio privado por el bienestar colectivo. La redistribución de la riqueza, junto a la cooperación con actores como los BRICS, deben ser claves para construir un nuevo modelo que supere la etapa neoliberal de una manera más humana. Porque esta crisis no puede resolverse ni con más neoliberalismo ni con una nueva versión de autoritarismo reaccionario, sino con la construcción de alternativas que prioricen la vida, la justicia social y la sostenibilidad por encima de los intereses de las grandes empresas.