La herencia del Batallador

Julio Embid

Aquella sesión del triunvirato del Estado Monástico de los Caballeros de Aragón no era una reunión cualquiera. Don Ferrán Lajusticia, Gran Maestre de la Orden del Santo Sepulcro, tomó la palabra. A su derecha permanecía sentado don Domingo de Aranda, Gran Maestre de los Hospitalarios. Frente a ambos, en una silla de madera oscura rematada con la cruz patada templaria, escuchaba en silencio don Jorge Villahermosa, Gran Maestre de los Templarios.

La situación en Aragón no era buena en absoluto. El cambio climático hacía que, en mitad de mayo, se superasen los cuarenta grados. Apenas había nieve en los Pirineos y las estaciones de esquí, especialmente las de Teruel, Javalambre y Valdelinares, tenían que fabricar nieve artificial enfriando agua cada pocas horas. Las empresas multinacionales habían llenado Aragón de centros de datos que, si bien durante la construcción habían creado cientos de puestos de trabajo, ahora se limitaban a un guardia jurado y una señora de la limpieza, aunque ocupasen varias hectáreas de servidores informáticos.

La educación pública estaba en las calles. Vale que no fuesen una democracia stricto sensu, pero las diferentes corrientes que formaban las tres órdenes monásticas que gobernaban Aragón —templarios, hospitalarios y Santo Sepulcro, desde la muerte de Alfonso I el Batallador en 1131— tenían distintas sensibilidades, aunque siempre solían barrer para la concertada religiosa. Las carreteras estaban hechas una mierda, a diferencia de las de las vecinas España, Francia y Cataluña. La entrada en la entonces Comunidad Económica Europea, en 1986, del Reino de España y de la República de Cataluña había ahogado la economía aragonesa. Solo se subsistía a base de la opacidad de la banca, los bajos impuestos al tabaco, el contrabando y el turismo de nieve para las clases más pudientes. Y, sin embargo, la gente solía marcharse al extranjero, a Madrid y Barcelona, a buscar un futuro mejor para sus hijos. Las órdenes religiosas intentaron frenar el éxodo, pero era poner puertas al campo: no se podían vallar los cientos de kilómetros de frontera al norte, al sur, al este y al oeste.

—Seguimos siendo la reserva espiritual de Occidente. Aragón seguirá siendo católico, apostólico y romano.

—Ya nadie va a misa, don Ferrán —respondió don Jorge Villahermosa mientras jugueteaba con un rosario de boj.—Solo les gusta vestirse para la ofrenda del Pilar y ponerse el traje de baturro o baturra, aunque tarden horas con el peinado solo por el placer de lucirlo.

—Pero somos un pueblo bravo, de montañeses y almogávares.

—En las zonas montañosas vive cada vez menos gente —intervino don Domingo de Aranda.—Hay comarcas con la densidad de población de Siberia o Laponia. Y encima el verano dura seis meses.

—Tenemos el Ebro y el agua. Y el cierzo, que hace girar nuestros molinos de viento.

Don Jorge negó lentamente con la cabeza.

—Los ecologistas de Aragón se oponen a los molinos. Dicen que prefieren las antiguas minas de carbón que cerramos hace décadas. Que los molinos estropean el paisaje.

—Yo creo que deberíamos apostar por la prioridad nacional —añadió don Domingo.—Las ayudas y las viviendas, primero para los aragoneses. Ni españoles ni catalanes.

Don Ferrán suspiró antes de cambiar de asunto.

—Don Domingo, ¿cuánta gente cree que hay censada en su lugar natal?

—Treinta y seis vecinos.

—Eso quiere decir que allí no vive ni media docena.

—En fiestas nos juntamos casi mil.

—Los de fuera no son un problema.

—Quizá seamos pocos, pero no somos poco.

Durante unos segundos reinó el silencio. Desde las ventanas del Pignatelli se escuchaba el ruido seco del cierzo golpeando las contraventanas.

—¿Y el Real Zaragoza? —preguntó de pronto don Jorge Villahermosa.

—Volvió a ganar la Liga. Menos mal que jugamos la Superliga Aragonesa contra el Huesca, el Teruel, el Ebro y el Alcañiz. Si entrásemos en la liga española, no creo que nos fuese muy bien.

Don Jorge esbozó una sonrisa por primera vez en toda la reunión.

—Tengo una idea. ¿Y si hacemos un campo nuevo en Zaragoza, con cuarenta mil asientos y calefacción, para ser sede del Mundial?

—Me parece bien —contestó don Ferrán—. Déjame que lo hable con Forcén.

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