No debe perderse la memoria

Verónica Ugarte

Desde hace varios años y de diversas maneras, el pueblo iraní responde desde el interior contra las fallidas medidas económicas que hunden cada año más en la miseria al país. Nada es suficiente para sacar de la pobreza a una población económicamente hundida; socialmente oprimida; políticamente censurada.

Para Occidente, el eterno portador de la democracia, Irán es otro de los estados cuyo gobierno títere fue creado a imagen y semejanza del vasallaje. En lugar de una República, una Monarquía hecha a medida para ser bella, poderosa y vender el petróleo a discreción de quienes la habían inventado, era un negocio redondo.

Fundada la dinastía Pahlaví, Irán conoció deseos de desarrollo de manos de dos monarcas, pero el depuesto Reza Pahlaví se vendió mucho más rápidamente a las compañías petroleras extranjeras. A la par, iniciaron las represiones contra la población, cuyos esfuerzos por darle a Irán una democracia serían marcados por el destierro, el encierro y el entierro.

¿Alguien recuerda los festejos por los 2500 años del Imperio Persa? Gastos aparte, como las joyas preciosas bordadas en los manteles, la crema y nata de las monarquías y las dictaduras, estuvieron presentes, en la “fiesta del diablo”, como la bautizó Jomeini. Un coste de 22 millones de dólares del año 1971.

Durante estos años hemos de recordar al exiliado en una pobre casa a las afuera de Paris. Ese hombre con ceño fruncido que no leyó más allá del Corán y que desde su cueva lavó el cerebro a millones. Jomeini fue la esperanza para derrocar a un régimen corrupto, utilizando la palabra de Dios como medio de salvación.

Con la caída del Sha y posterior exilio por varios países del mundo (hasta por Cuernavaca pasó), EEUU y Europa vieron caer un negocio y un aliado en la región. En el momento en que volvió Jomeini, todas las fichas cayeron. Toma de la embajada de EEUU, nacionalizaciones, la paupérrima libertad que existía.

Son casi cuarenta años de dictadura teocrática donde los jueces dictan sentencias a discreción y viven en el anonimato por seguridad. Donde las mujeres fueron expulsadas de las universidades. Donde las cárceles se volvieron a llenar de opositores al régimen. Donde una niña de 9 años puede ser obligada a casarse. Donde la policía de la moral revisa que una mujer lleve el uniforme negro de manera correcta y cuya virtud como mujer no sea cuestionada. Y si lo es, puede ser asesinada por su padre, su hermano o su marido con total impunidad.

Las revueltas en Irán buscan que el régimen de los Ayatolás cambie, pero hay que tener presente que no conocen otra forma de vida. Con las censuras ha llegado la música y el saber que se puede y se debe manifestarse contra quienes han pisoteado los derechos de Irán. Y como si de un casino se tratase, las fichas han empezado a moverse.

Trump ha abierto diversos frentes, pero de momento no indica si quiere atacar Irán, lo que es un alivio momentáneo. De hacerlo morirían miles de manifestantes y una carnicería humana sería un horror que no le quitaría el sueño.

Tampoco ha dado su bendición al hijo del depuesto Sha, quien ha vivido lejos de su país, entre la fortuna robada a los que ahora defiende con la execrable ambición de volver a reinar en el país que su padre bañó en sangre.

Ha sacado el arsenal de marketing tanto en las redes sociales como en los corredores de DC. Pide a los manifestantes que queman carteles de los Ayatolás, que bailan en las calles sin la cabeza cubierta, que exigen que los teócratas se vayan, que lo apoyen, que ambas luchas son una misma. Siempre tenemos a un oportunista.

En este caso los jóvenes que luchan desde el terreno no conocen la historia del sha. Han nacido y vivido a ciegas. Pedirles que lo apoyen es un acto deleznable. El mismo que será cuando el verdadero dios, aquel que ha atacado a Europa (nunca lo ha hecho Putin); aquel que ha invadido Venezuela; aquel que amenaza al mundo entero, le de su bendición, ante una Europa callada.

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