Alfons Salmerón
Si hay algo que me indigna profundamente es la mentira. Y vivimos en el reino de la mentira. La era de la posverdad. La posverdad ha pasado de ser un concepto académico a un lugar común en el discurso político. Cuando el relato se disocia de los hechos, la verdad es una quimera. He ahí la crisis de la credibilidad contemporánea. En el contexto de la modernidad tardía, la posverdad no solo describe una dinámica cultural; es un recurso de la hegemonía del sistema económico y político que se apoya en redes sociales, plataformas digitales y conglomerados mediáticos para moldear percepciones a escala global. Es gobierno de lo perverso.
Las palabras de Ayuso o de Feijóo tildando de violenta una protesta pacífica que trataba de denunciar la complicidad de la Vuelta en la operación propagandística del gobierno israelí para blanquear la muerte de casi 50.000 víctimas civiles, 18.000 de las cuáles son niños me producen verdadero asco. Tratar de convertir en un debate jurídico el asesinato sistemático por parte de un Estado de decenas de miles de personas civiles solo puede ser propio de personas perversas sin alma. Habíamos crecido en consensos que parecían incontestables más allá de las adscripciones ideológicas. El asesinato de civiles sistemático de civiles no es un hecho colateral, sino un crimen de guerra. Creíamos haber crecido con la lección aprendida del holocausto nazi. Algo que nunca más debería volver a ocurrir y sin embargo, algo parecido está volviendo a suceder frente a nuestras narices y resulta aterrador que no exista un consenso democrático capaz de nombrarlo.
Suele decir Jorge Luis Tizón, psiquiatra y psicoanalista que tuve el honor de tener como profesor de Máster de Psicopatología, que hay que estar muy atentos a las emociones que nos despierta el otro. Cuando una persona nos provoca una emoción de asco, sostiene, es muy probable que estemos delante de una persona perversa. El asco es una de las emociones más primitivas y elementales, presentes en nuestro cerebro reptiliano. Una emoción básica para nuestra supervivencia que nos protege de comer alimentos en mal estado por ejemplo. Es importante fiarse de las emociones, siempre y cuando uno tenga bien afinado su sistema límbico. Lo que ocurre es que este entramado de personalidades perversas y narcisistas que dirige el mundo se empeña en darle la vuelta a la realidad, pervirtiendo su significado, imponiéndonos su relato con todos los instrumentos de poder que tienen a su alcance.
“Solo le pide a Dios que el dolor no me sea indiferente” escribía León Gieco para que luego nos lo cantaran tantas voces maravillosas como Mercedes Sosa o en nuestro país Ana Belén. Qué sencillez, ¿no es cierto? Una sola frase que encierra el sentido de ser humanos, del hecho de ser humano, que no es otra que la capacidad que tenemos para sentirnos conmovidos por el dolor ajeno. ¿Han visto ustedes sufrir de dolor a un solo niño sin que no hayan sufrido ustedes también? ¿Verdad que no? Eso espero. El llanto sin consuelo de un solo niño es un hecho insoportable que puede corroborar cualquier persona que lo haya vivido. Pues bien, en Palestina han sido asesinados 17.921 niños según datos oficiales. Un ejército de hombres hechos y derechos han matado a casi 18.000 niños ¿Es posible pronunciar esta frase sin experimentar dolor, rabia o impotencia? No es posible, a menos que sea usted también una persona perversa y merezca también todo nuestro desprecio.
Vivimos el ascenso de un neofascismo global en la expresión cultural de este capitalismo tardío que se caracteriza por la financiarización extrema, el consumo hipersegmentado y la hegemonía de plataformas digitales, que requiere de narrativas que sostengan su legitimidad. La economía de la atención convierte las emociones en mercancía y recompensa los mensajes virales, aun cuando sean falsos. Este modelo favorece la polarización, simplifica los conflictos complejos y castiga los matices creando un terreno fértil para la desinformación. Mata cualquier posibilidad de debate serio al prescindir de los hechos, reinventando y renombrando la realidad. La máxima de Goebbels llevada a su máxima expresión. Una mentira repetida hasta la saciedad se convierte en verdad.
Por todo eso es tan importante lo que ocurrió el domingo en las calles de Madrid. Madrid otra vez, el Madrid popular que desmiente tantos relatos, el Madrid del no pasarán y el de las Asambleas de la Puerta del Sol. Es importante por lo que tiene de resistencia frente a la mentira. Una resistencia íntima que se convierte en un hecho político colectivo. Porque en tiempos de la posverdad no hay acto más revolucionario que el llamar a las cosas por su nombre. Como nos recuerda Jorge Drexler en su última canción:“Un refugiado es un refugiado/Un niño es un niño y el miedo es el miedo/Destierro es detierro/Y una hipocresia es una hipocresía (…) El dedo que aprieta el gatillo debería saber esto/No hay tuyos ni suyos ni míos, si son niños son nuestros”
Con disculpas de por medio, los psicoanalistas y yo tenemos un pacto de no agresión, pero me lo pone en bandeja. Asco es primitivo, como bien dice. Pero creo que es un poco exagerado para hablar de estos personajes que no tienen ni empatía ni media neurona atada (como el alcalde madrileño). La cuestión es saber cómo actuar sin dejar que las hormonas y las testoteronas se apoderen del escenario.
Ya Mr Cáceres dijo que ríos de tinta corren y correrán, pero mientras a Francesca Albanese se le persigue, las NNUU declararon (¡sorpresa!) que el gobierno de Israel comete un genocidio.
En toda guerra sufre el más débil, y ahora mismo estamos matando, arrebatando infancias, futuros, y creando un odio que volverá. Y seguiremos sin aprender la lección.