El pesar de disfrutar del Mundial de Qatar

Juanjo Cáceres

Cada vez está más cerca el silbido que dará inicio al Mundial 2022 y nos acercamos al mismo envueltos en polémicas, ya que no son pocos los que aseguran que no verán este Mundial, por considerar la elección de su sede un aberración y los datos de las personas fallecidas durante la preparación del mismo un escándalo de dimensiones globales. Pese a la falta de certeza sobre la cifra de decesos y sus causas (como mucho algunas decenas según la FIFA, 6.500 según The Guardian), lo cierto es que en mi realidad más cercana son varias las personas que delante de mí han asegurado que no van a seguirlo, pese a su afición o incluso adicción manifiesta al fútbol. Y algunos de ellos cumplirán con su palabra, pero sobre otros tengo más dudas…

Mismamente el eminente periodista John Carlin se ha significado por sus críticas al Mundial y ha renegado del mismo como pocos, pero esta misma semana dedicaba en la Vanguardia una elogiosa crónica a la competición que mantendrán veteranos como Messi, Benzema, Thiago Silva, Modric, Cristiano Ronaldo o Lewandowski con sus respectivas selecciones. Extraña manera esta de desincentivar el seguimiento del Mundial, pero bueno, uno se debe a quién le paga y al fin y al cabo el fútbol es lo más importante. Ya lo dijo Luis Enrique el otro día cuando le preguntaron por la sede mundialista: “Yo no soy político” (lo debió decir pensando para sus adentros “bastante tengo ya con los periodistas deportivos y la hinchada de la Roja, como para meterme en jardines geopolíticos”).

Que entre los que se rasgan las vestiduras por la celebración del Mundial en Qatar, tan solo algunas semanas antes de que suene el pitido, hay mucha doble moral, es un hecho, pero no pasa nada, porque la moral puede ser igualmente triple e incluso cuádruple. Primero, porque no nos queda más remedio que vivir con la nariz tapada ante todos los atropellos a los Derechos Humanos que se cometen en el mundo. Segundo, porque la eficacia de los boicots es la que es y más allá de presumir hacerse, suelen tener muchos números de salir mal. Y finalmente porque el poder del fútbol, en tanto que deporte global, sistema de negocio y expresión significativa de formas de ocio compartidas por todo el planeta, es inmenso, y es entendible que la gente se rinda ante él.

Pasemos por alto todos los antecedentes, es decir, aquellos mundiales y olimpiadas, no muy alejados en el tiempo, donde ha habido violaciones flagrantes de los derechos humanos y donde los equipamientos deportivos se han construido sobre sangre, sudor y lágrimas. También el hecho de que, si tan horrible era llevar el Mundial a Qatar, país donde por lo general se celebran otras competiciones tan importantes como premios de Formula 1 o de MotoGP, tal vez era necesario haberse movido un poco más unos años antes. Hablemos solo de futbol y hablemos de España, de paso.

En nuestro país, donde han aterrizado prestigiosos entrenadores procedentes de la liga qatarí, como Xavi Hernández, hace días que se han paralizado las competiciones profesionales y el foco informativo se ha posado exclusivamente en el Mundial. Desde ahora, todo irá creciendo, especialmente ante las perspectivas que se abren de que España tenga un buen papel. El combinado de Luis Enrique llega al mismo tras una profunda renovación de la Selección iniciada con anterioridad a la última Eurocopa y desarrollada en competiciones secundarias, lo que le convierte en un equipo joven y con hambre en un Mundial repleto de “dinosaurios”. La capacidad de competir del equipo está fuera de toda duda, es de esperar que vaya pasando eliminatorias y si todo se le pone de cara, llegar incluso, contra el pronóstico de la mayoría, a la final del Mundial. No está muy lejos aquel tiempo en que Luis Aragonés hizo lo mismo y se metió en la final de la Eurocopa, abriendo el tarro de las esencias futbolísticas y dejándoselo todo a punto a Del Bosque para conquistar el Mundial de Suráfrica (país, por cierto, que sin duda ha sido, es y será siempre un ejemplo de igualdad y de derechos, en consonancia con el resto del continente africano).

No me resulta difícil imaginar cómo serán las próximas semanas en nuestro país, porque las hemos vivido infinidad de veces. Una creciente emoción ante el inicio del Mundial. Llamamiento generalizado para ver el primer partido de España. Posible avance a las siguientes fases. Cruces decisivos. Vítores y petardos en victorias importantes… De cumplirse todo esto, ¿cuál será la etapa en qué todo el mundo se habrá olvidado ya de los derechos humanos y pensará solo en clave Mundial? ¿Ocurrirá contra la magnífica selección de Alemania, segundo partido de la fase clasificatoria, a disputar el próximo 27 de noviembre, precisamente 13 días antes del Día Internacional de los Derechos Humanos, que este año coincidirá con la celebración de los cuartos de final y que tal vez también dispute España?

¿Y nuestros representantes políticos e institucionales? ¿Dejarán los distintos miembros del Gobierno el escudo de la Selección en manos de los partidos derechistas de la oposición y harán un llamamiento de algún tipo contra la tiranía? ¿Qué dirán la ministra de trabajo de las condiciones laborales del país o la ministra de igualdad sobre la situación de las mujeres qataríes y sus colectivos LGTBI, si España avanza en las eliminatorias? El tiempo lo dirá, ahora volvamos al fútbol.

El futbol tiene tanto de maravilloso como de nefasto en cualquiera de sus niveles, por lo que es conveniente verlo siempre desde esa doble perspectiva, si se quiere admirando sus virtudes, pero denunciando siempre sus defectos. En lo más alto, consigue que cientos de miles de personas disfruten al unísono de una competición deportiva que les genera un torrente de emociones. Esa no es una cuestión en absoluto irrelevante ni carente de importancia, en sociedades donde estrechar los lazos y sentirse alegre pone las bases de muchas cosas y donde aprender a asumir las derrotas resulta absolutamente crucial. Pero lo hace a costa de promover sueldos de escándalo, desviar cantidades ingentes de recursos a personalidades de todo tipo de pelajes o finalidades profundamente discutibles y también de endiosar a personajes que no pueden ser referentes de nada. En lo más bajo de la jerarquía deportiva, mejora igualmente la salud y el bienestar de los más pequeños y les enseña a que prevalezca lo colectivo sobre lo individual, pero convierte a no pocos padres o incluso madres que creen tener una estrella en ciernes, en malos ejemplos y peores influencias para sus descendientes, como cualquiera que frecuente competiciones de categorías inferiores habrá visto en más de una ocasión. Un defecto, este último, que a menudo alcanza a entrenadores y otras personalidades futbolísticas.

Por ser muchas cosas a la vez, es importante respetar el poder que el fútbol ejerce y entenderlo bien, como debemos hacer frente a todo aquello que nos sobrepasa, sobre todo cuando deseamos pulir sus aspectos más lesivos. Y debemos asumir que todo ese caudal de emociones que despierta y toda esa cultura futbolera tremendamente arraigada, que aún se ha hecho más global en las últimas décadas, garantizará que el Mundial se convierta en un éxito y los intentos de boicot en un fracaso. Más aun cuando todo boicot en el que no se impliquen los países, retirando su participación, será testimonial. De ahí que flaco favor le acabaremos haciendo a la gente de Qatar si se organizan campañas fallidas en las que es el más poderoso quien se impone, gracias al poder de seducción del fútbol.

Eso, no obstante, no quiere decir que no podamos hacer nada. Podemos hacer pedagogía. Podemos pensar iniciativas con la vista puesta en el 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos. Pero lo que debemos evitar es que cosas tan importantes queden en forma de reivindicación residual y fallida. Porque además es algo que nos pasa de forma demasiado frecuente y porque ante la disonancia cognitiva que supone contraponer el disfrute del Mundial a la realidad social qatarí, el ajuste no se va a producir de forma favorable a la defensa de los más desfavorecidos. Solo aquellos a los que les dé igual el desenlace del Mundial y sus partidos, como a mí mismo – a mí el futbol profesional me interesa más como fenómeno social y global y como pasarela de personajes valleinclanescos, que en su dimensión estrictamente deportiva – no pagarán un peaje por no ver los partidos, pero no seré yo quien me ponga a manifestarme sobre ello.

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